Gymkana de palabras (para potenciar la lectura en preescolares)

Gymkana de palabras

Cuando iniciamos a los niños en la lecto-escritura, nuestro objetivo principal no es que los niños consigan unir letras, sino que se conviertan en lectores. Que la lectura nunca sea una carga ni una actividad tediosa, sino que lleguen a amarla y a disfrutar con ella.

Para conseguirlo, es muy importante que basemos nuestras prácticas de lectura en actividades reales, relacionadas con la vida diaria, y con objetivos prácticos y muy motivadores.

Una actividad muy sencilla que podemos realizar cuando los niños comienzan a captar el concepto de lectura, y empiezan a ser capaces de unir letras, es la Gymkana de Palabras. Con ella conseguiremos ofrecer a los niños una fuerte motivación para esforzarse a leer algunas palabras.

Solo necesitamos pequeños trozos de papel en los que escribiremos las pistas, y un “premio” que será el “tesoro” que tendrán que buscar.

El tesoro puede ser cualquier cosa que se nos ocurra que le pueda hacer ilusión al peque: un chocolate, un juego educativo, incluso algo que hagamos nosotros. Para nuestra primera gymkana yo hice una pequeña libretita (porque le encantan las cosas en miniatura J) usando tan solo papeles de colores y goma EVA. Me quedó así:

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Para el tesoro, el único límite es la imaginación.

Después, prepararemos las pistas. En cada papel ponemos el nombre de un lugar de la casa. Tanto el número de pistas como la dificultad de las palabras dependerán del nivel de lectura en el que está el niño.

Podemos escribirlas a mano o imprimirlas. En este caso, yo opté por escribirlas a mano siguiendo la metodología Montessori (consonantes en rojo y vocales en azul).

Nuestras pistas fueron pocas y con palabras sencillas, ya que nos estamos iniciando en la lectura:

  • Cama.
  • Mesa de comer.
  • Tele.
  • Nevera.
  • Bañera.
  • Niko.
  • Sofá.

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Al día siguiente podemos volver a hacer la gymkana con las mismas pistas pero en diferente orden. De esta manera las palabras ya les suenan del día anterior y le resulta más fácil leerlas usando el contexto. Después, podemos ir inventando nuevas gymkanas, usar diferentes zonas de la casa, palabras más complejas, listas más largas… según vayan avanzando en su nivel de lectura.

Aprender a leer jugando es el motivador más fuerte que podemos encontrar. Encontrar el tesoro es una motivación y una alegría enorme para ellos. Se esfuerzan en leer con un entusiasmo que ojalá les dure toda la vida.

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Tips de auto-protección para niños

Tips de autoproteccion

Aunque vivimos en un mundo maravilloso, también está lleno de peligros. Y los niños son especialmente vulnerables a algunos de ellos. Principalmente al ataque o agresión de desconocidos y también, tristemente, conocidos. Por eso, no nos queda más remedio que enseñarles a protegerse. Es nuestra responsabilidad hacerlo, pero debemos tener cuidado de hacerlo de forma que se sientan fuertes y capaces, pero nunca asustados y con miedo al mundo.

La web AnxiousToddlers.com nos da algunos consejos sobre acciones sencillas que los niños pueden realizar para autoprotegerse cuando estén en peligro o se sientan inseguros:

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Si convertimos el aprendizaje en un juego, será mucho más fácil.

Ojalá nunca necesitamos poner en práctica estos aprendizajes. Pero si llegase el momento, es mejor estar preparados.

 

 

Máquina de sumar DIY para preescolares

Maquina de sumar

Hoy os presento la máquina de sumar que hemos hecho en casa. Podemos utilizarla desde los 4 ó 5 años. Con ella, los niños empiezan a comprender el concepto de “suma” (añadir una cantidad a otra o juntar varias cantidades) mientras se divierten jugando con materiales manipulativos.

Como siempre, está elaborada con materiales que tenemos en casa o que son muy fáciles y baratos de conseguir.

MATERIALES:

  • Caja de cartón mediana.
  • Tubos de papel higiénico.
  • Pequeños botecitos de cartón.
  • Goma EVA o cartulinas.
  • Cinta de embalar o de pintor.
  • Papel de regalo, papel de scrapbook o témperas (opcional).
  • Cuentas de manualidades o pompones pequeños.
  • Tijeras.
  • Cúter.
  • Pegamento.
  • Cola fuerte o silicona caliente.
  • Rotulador.
  • Cinta adhesiva de imán o velcro adhesivo.
  • Papel de plastificar.

PASOS:

Primero, escogemos la caja. No es necesario que sea muy grande. La que yo escogí  era blanca, para no tener que complicarme demasiado decorándola. La decoración, por supuesto, es opcional, y dependerá del niño, de sus gustos, y del tiempo y las ganas que tengamos 😉 Cualquier caja no demasiado grande servirá.

Para darle forma, primero cortamos con un cúter la tapa delantera, dejando un pequeño borde inferior, y la reservamos para usarla después.

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Después, cortamos también los laterales, dejando un borde inferior del mismo ancho que el delantero. Por último, cortamos la lengüeta posterior.

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Nos quedará así:

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Pegamos la tapa delantera que hemos reservado sobre la tapa trasera, para que quede así:

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Para evitar que los niños se corten con el cartón, pegamos cinta de embalar o de pintor en los bordes.

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Ahora colocamos los accesorios que nos ayudarán a realizar las sumas.  Para al recipiente principal en el que caerán las cuentas yo utilicé un bote vacío de Pringles y lo forré con papel de Scrapbook. Puede servirnos cualquier botecito de cartón.

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En las esquinas laterales colocamos 2 botecitos más pequeños para almacenar las cuentas (yo usé botecitos de siembra).

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Cuando lo pegamos todo, queda así:

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Ahora preparamos los “toboganes” por los que se deslizarán las cuentas. Usamos 2 tubos de papel higiénico. Para decorarlos, yo los plastifiqué con papel de scrapbook. También podemos pintarlos, o dejarlos como están. Los pegamos con silicona caliente o con cola fuerte, y quedará así:

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En la parte superior ponemos el nombre “Máquina de sumar” con letras de goma EVA o de cartulina.

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En el borde del cajón delineamos los espacios donde colocaremos los números para realizar la suma y pegamos cinta adhesiva de imán o velcro adhesivo.

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Por último, ponemos cuentas de manualidades o pompones de 2 colores en los botecitos reservados para ello, y ya tenemos la máquina terminada.

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Ahora preparamos los números para las sumas. Adaptaremos las cantidades al nivel de los niños. Aquí podéis descargar la plantilla de números hasta el 20. Para que sean más resistentes, podemos pegarlos en cartulinas y plastificarlos.

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Por detrás les ponemos imán o velcro.

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Y ya estamos listos para sumar.

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¿CÓMO LO HAREMOS?

Escogemos las 2 cantidades que queremos sumar, y las ponemos en la máquina de sumar para poder verlas. Cogemos del botecito de la izquierda la cantidad de cuentas o pompones que indica la primera cifra, y las tiramos por el tobogán de la izquierda, para que caigan en el bote centra. Después hacemos lo mismo con las cuentas de la derecha; cogemos las que indica la cifra de la derecha y las dejamos caer por el tobogán de la derecha.

Todas se habrán juntado en el bote central. Ahora solo tenemos que contarlas, buscar la cifra del resultado entre los números, y colocarlo en su lugar para que la suma esté completa.

 

Así de fácil y divertido es aprender a sumar jugando 😉

Milagros, ¿por qué unas personas los reciben y otras no?

Milagros

Hace unos días, una persona muy querida por mí reflexionaba sobre cómo a veces, con la mejor intención, compartimos situaciones en las que alguien ha vivido un milagro, y personas que no lo han vivido y lo anhelan, se sienten tristes, frustradas, e incluso dudan de su fe.

Yo, personalmente, nunca he vivido un milagro, tal como lo entendemos. Nunca he experimentado un acontecimiento sobrenatural que resolviese una situación que escapaba a mi control. Y os aseguro que ha habido momentos en los que lo he necesitado, y he orado por ello. Pero no llegó. Sí he podido sentir Su cariño, Su abrazo, Su ánimo, Su ayuda, Su dirección. Pero no el milagro.

Aun así, he escuchado historias de personas que sí han experimentado vivencias así. Y las creo. Porque sé que Dios tiene la capacidad y el deseo de hacerlo.

Pero esos milagros suceden hoy en día en muy raras ocasiones. Mientras unas pocas personas son milagrosamente sanadas de su enfermedad, la gran mayoría tiene que luchar duras batallas para vencerlas, y no siempre lo consiguen. Mientras unas pocas personas reciben soluciones milagrosas para sus problemas económicos, la mayoría tiene que luchar, hacer cuentas, apretarse el cinturón, pedir prestado. En ocasiones, perder su coche, su casa, pasar hambre…

No puedo dejar de preguntarme, ¿por qué sucede de esta manera? ¿Tiene Dios favoritos? ¿Es porque esas personas no tienen fe?

Pensando en esto, me vienen a la mente 2 personas a las que admiro mucho:

Una de ellas es Bethany Hamilton. Ella era una prometedora surfista que empezaba a triunfar en el mundo del surf profesional. Cuando tenía 13 años, un tiburón le atacó y le arrancó el brazo. De camino al hospital perdió tanta sangre que los médicos no comprendían cómo continuaba con vida. Dijeron que Bethany era un “milagro vivo”. Pero, si Dios quería hacer un milagro en la vida de Bethany, ¿no podía haber evitado que le atacase el tiburón? ¿O al menos haber permitido que conservase el brazo? ¡Vaya birria de milagro!

La otra persona es Nick Vujicic. Nick nació sin brazos ni piernas. Siendo aun un niño, lloraba y oraba para que Dios le diese brazos y piernas. Él cuenta cómo oraba con fe, convencido de que Dios lo haría, respondería su oración. Pero los brazos y las piernas nunca aparecieron. Su milagro nunca llegó.

Hoy en día, Bethany y Nick tienen ministerios con los que ayudan a otras personas a superar sus dificultades y a encontrar a Dios a través de ellas. Cuando les preguntan si les gustaría que su vida y sus circunstancias hubiesen sido diferentes, los dos responden lo mismo:

-“No, porque esto me ha permitido alcanzar a muchas más personas de las que hubiese alcanzado si esto no me hubiese sucedido.”

No tengo la respuesta a la pregunta inicial. No sé por qué tantas veces oramos con fe, y los milagros que necesitamos (o creemos necesitar), no llegan. Lo que sí sé es que a veces olvido que la prioridad de Dios no es que estemos cómodos, ni sanos, ni que seamos felices. Su gran y única prioridad es que seamos salvos. Y con ese objetivo en mente tomará todas Sus decisiones.

Si tiene que utilizar mi sufrimiento para llegar a mi corazón, lo hará. Y si tiene que utilizar mi sufrimiento para llegar al corazón de otras personas, también lo hará. Y no hay un privilegio más grande.

Cuando Jesús dijo, poco antes de morir, “en el mundo tendréis aflicción”, nos lo dijo a nosotros. No se lo dijo a los incrédulos. Hablaba con nosotros, los creyentes de todas las épocas, los que en teoría tenemos fe. Él sabía que, a pesar de nuestra fe, caeríamos enfermos, entraríamos en bancarrota y enterraríamos seres queridos.

No se trata de cuánta fe tenemos, sino de qué tipo. Se trata de que nuestra fe no se aferre a la capacidad de Dios para solucionar nuestro problema, sino a Su amor. Que seamos capaces de ver nuestras circunstancias a través de Sus ojos. De recordar en cada momento que Dios puede y quiere chasquear los dedos y solucionar nuestra situación. Pero que si no lo hace, es porque hay un plan mucho más grande y profundo que nuestra comodidad temporal en esta Tierra. Y que algún día entenderemos.

Y mientras tanto, ¿qué? ¿Qué hacemos con nuestro sufrimiento?

Joni Eareckson Tada cuenta una experiencia preciosa que nos puede servir de ejemplo. Ella quedó tetrapléjica a los 19 años tras realizar un mal salto a una piscina. Desde entonces se dedica, entre otras cosas, a llevar muletas y sillas de ruedas a África, donde no disponen de esos “lujos”. En una ocasión, viajó a África para entregar un cargamento de sillas de ruedas. Cuando llegaron, se había reunido una multitud. Había muchas más personas que sillas de ruedas. Así que, con gran dolor, la única solución que se les ocurrió fue sortearlas. Una a una fueron entregando las sillas a los afortunados, entre los aplausos de todos los asistentes, hasta que se agotaron. Cuando terminaron, los que no habían recibido sillas felicitaron a los que sí lo habían conseguido, y se marcharon a casa.

¿Qué hacemos mientras tanto? ¿Mientras llega el día en el que entenderemos por qué unos sí y otros no? Pues regocijarnos en las manifestaciones de Su amor y cuidado que se expresan en forma de milagros en la vida de otras personas; alegrarnos con ellos. Y utilizar nuestro dolor para alcanzar otros corazones sufrientes como el nuestro.  Nuestro propio sufrimiento nos da empatía con el sufrimiento ajeno. Podemos identificarnos con el llanto de los demás, porque nosotros mismos hemos llorado. Y llevarlos a la fuente de Consuelo más profundo.

“Él nos consuela en todas nuestras dificultades para que nosotros podamos consolar a otros. Cuando otros pasen por dificultades, podremos ofrecerles el mismo consuelo que Dios nos ha dado a nosotros.” (2 Corintios 1:4)

Al fin y al cabo, eso es lo que hizo Jesús.

Precauciones para ir a la montaña con niños (o lo que una víbora me enseñó)

Precauciones montanya

En nuestra familia amamos la naturaleza. Nos encantan los animales, la playa y la montaña. La naturaleza es el mejor lugar en el que los niños pueden crecer y desarrollarse, y el más estimulante para aprender.

La peque también ama la naturaleza, y parece un cervatillo correteando y saltando cada vez que se encuentra rodeada de verde o de mar. Ahora que ya no es tan peque, hemos empezado a hacer excursiones más largas por la montaña, para que siga aprendiendo a disfrutar de la naturaleza y a protegerla. Tenemos el privilegio de vivir rodeados de espacios naturales a muy poca distancia de nuestra casa. Esto tiene una ventaja y una desventaja. La ventaja es que podemos hacer preciosas excursiones de senderismo conduciendo tan solo 5 minutos. La desventaja es que, cuando nos desplazamos cerca de casa, corremos el riesgo de confiarnos, porque total, estamos “aquí al lado”. Y olvidamos que la naturaleza es tan maravillosa como impredecible. Y debemos tomar precauciones necesarias, especialmente cuando vamos con niños.

Fui muy consciente de ello hace unas semanas, cuando la peque y yo solas fuimos a hacer una de esas excursiones al lado de nuestra casa. Decidimos inspeccionar un río que está a unos 7 minutos en coche. El depósito de gasolina estaba casi vacío, pero no me importó porque íbamos muy cerca. Así que puse en una mochila una botella de agua, una toalla pequeña y el móvil, y nos pusimos en marcha. Mientras caminábamos por el pequeño sendero rumbo al río, mi hija iba jugando y saltando feliz. Comenzó a caminar hacia atrás mientras me hablaba. Y entonces vi 2 pasos detrás de ella lo que yo creí que era una culebra. Instintivamente le grité que se parase, y sorprendentemente y sin que sirva de precedente, ella se paró en seco por primera vez en su vida.

Decidimos aprovechar el regalo que nos había hecho la naturaleza, y observar a la culebra, cómo se desplazaba, hablar de los reptiles… Y en ese momento me di cuenta de que no era una culebra; era una víbora. Y mi hija había estado a 2 pasos de pisarla.

Tras observarla unos minutos y hacer algunas fotos, seguimos nuestro camino. Pero yo no podía dejar de pensar en lo que podía haber pasado si la llega a pisar, y en la cantidad de temeridades que yo había cometido: no llevaba ningún tipo de material sanitario para emergencias, no tenía trazada una ruta mental hasta el hospital más cercano (en momentos de tensión es difícil tomar este tipo de decisiones si no están planificadas con anterioridad), no tenía gasolina en el depósito… Porque, claro, estábamos “ahí al lado”, y perdemos la sensación de peligro cuando estamos cerca de casa.

Esa misma noche hice una pequeña investigación sobre las precauciones básicas que debemos tener SIEMPRE que vayamos a la montaña con niños. Y aquí las comparto con vosotros:

  • Planificar la ruta con antelación, y tener a alguien al tanto de dónde vamos a estar y cuánto esperamos tardar.

  • Llevar el móvil totalmente cargado, y si es posible, movernos por zonas con cobertura.

  • Tener trazada mentalmente el camino que realizaremos hasta el centro de urgencias más cercano en caso de necesidad.

  • Tener el depósito de gasolina del coche lo bastante lleno para realizar un desplazamiento de emergencia a un hospital lejano.

  • Llevar ropa y calzado adecuados (aunque haga calor).

  • Caminar usando un palo, especialmente cuando caminemos por zonas en las que no veamos el suelo.

  • Llevar en la mochila un pequeño botiquín que contenga al menos:

    • Antiséptico.

    • Ibuprofeno.

    • Gasas y vendas.

    • Repelente de insectos.

    • Lápiz de amoniaco para las picaduras.

    • Colirio para los ojos en caso de irritación.

    • Medicación personal si alguien la necesita.

    • Pinzas

    • Suero fisiológico.

    • Una hoja de bisturí.

¿Qué debemos hacer en caso de que se produzca una picadura de víbora?

  1. Restringir el movimiento de la zona mordida y mantenerla por debajo del nivel del corazón.
  2. No cortar ni succionar. Tampoco aplicar frío.
  3. Realizar un vendaje compresivo o un torniquete suave.
  4. Ir rápidamente al centro de urgencias más cercano. Si hemos podido identificar la víbora, mejor. Pero no debemos ponernos en riesgo acercándonos demasiado con el fin de identificarla.

¿Y qué hacemos si somos atacados por un enjambre de abejas?

  1. Cubrirnos el rostro y cerrar la boca.
  2. Coger a los niños en brazos y correr.
  3. Buscar refugio. Puede ser el coche, una casa cercana, un lugar oscuro, cubrirnos con algo… Lo que se nos ocurra y tengamos a mano.
  4. Las abejas pararán el ataque cuando no tengan sensación de peligro.
  5. Una vez se hayan parchado, hay que retirar los aguijones con cuidado para sacar también el saquito de veneno.
  6. Aplicar frío sobre las picaduras.
  7. Si son muchas o el ataque lo ha recibido un niño, realizar un chequeo médico cuanto antes.

Para poder disfrutar de la naturaleza con seguridad, es imprescindible que enseñemos a los niños a observarla y moverse en ella. Deben aprender cómo caminar, cuándo correr y cuándo no, dónde pisar y dónde no, qué pueden golpear y qué no deben golpear…

 

¡Y ahora sí, ya estamos listas para nuestra próxima excursión! 😉

¿Viven los niños homeschoolers en una burbuja?

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Esa es posiblemente la principal crítica que reciben las familias homeschoolers. Que los niños crecen en una burbuja, en una especie de “realidad paralela” que no tiene parecido con el mundo real.

¿Será cierto eso?

Para poder responder a esta pregunta necesitamos analizar cómo es la infancia de un niño homeschooler:

Los niños que aprenden en familia generalmente pasan sus primeros años sin seguir horarios fijos ni una rutina establecida ni estricta. Sus ritmos biológicos marcan a qué hora se levantan y a qué hora se acuestan. Y dedican la mayor parte del día a jugar.

No tienen estrés, prisas ni plazos de entrega.

Aprenden a su propio ritmo, y dedican la mayor parte de sus esfuerzos y de su tiempo a investigar y aprender sobre las cosas que más les gustan.

No realizan exámenes ni pruebas estandarizadas. No miden sus progresos ni su aprendizaje a través de un número. No comparan su trabajo ni su rendimiento con el trabajo y el rendimiento de los demás, y nadie se compara con ellos. No son penalizados por los errores que cometen, y tienen infinitas posibilidades para intentar algo hasta que consiguen hacerlo bien.

Los estudios no son el centro de su vida ni de su tiempo. Son una parte más, junto con la colaboración en las tareas de la casa, la ayuda a los demás, y el juego, toneladas de tiempo para jugar.

Están rodeados de amistades positivas. No sufren discriminación ni son rechazados por realizar su trabajo peor que los demás o mejor que los demás. Suelen tener un adulto cerca al que recurrir como mediador cuando no pueden resolver sus conflictos. No tienen la menor idea de lo que es el bullying.

Disponen de mucho tiempo libre, a veces hasta el aburrimiento. Aburrimiento que muchas veces termina generando una genialidad. Otras veces, alguna que otra trastada.

Pasan en familia cantidades ingentes de tiempo, creando lazos que durarán toda la vida. El entorno en el que son amados incondicionalmente y el entorno en el que aprenden se fusionan en uno solo, de manera que crecen sabiéndose amados a pesar de su conducta o de su rendimiento.

 

Así que, después de analizar lo anterior, no me queda más remedio que admitir que sí; los niños homeschoolers efectivamente pasan su infancia en una burbuja.

Pero la pregunta realmente importante es: ¿es malo que los niños pasen su infancia en una burbuja? ¿Les perjudica o les dificulta su adaptación al “mundo real” en su vida adulta?

O tal vez… tal vez sea todo lo contrario.

Porque, ¿cómo les afecta el hecho de pasar su infancia en una burbuja?

Para empezar, el que durante sus primeros años de vida sus ritmos biológicos sean respetados y no sufran ningún tipo de estrés ni ansiedad fortalece su sistema nervioso y su sistema inmunológico hasta niveles que aun se están estudiando. El cortisol (la hormona del estrés), necesaria en dosis bajas pero destructora del sistema nervioso en dosis altas, no debería aparecer en la vida del niño hasta que su sistema nervioso esté lo bastante desarrollado y fortalecido para hacerle frente. Por lo tanto, un niño que no ha sufrido subidas de cortisol durante su infancia tendrá más posibilidades de convertirse en un adulto más estable y fuerte psicológica y emocionalmente.

El no estar sometidos a exámenes ni pruebas estandarizadas, el no asociar su valor a un número, el no ser comparados con otros niños… hace que su autoestima crezca fuerte y saludable en unos años que son vitales para ello. No asocian su autoconcepto a su rendimiento escolar. Cuidar y proteger la autoestima de nuestros hijos es una de nuestras principales responsabilidades, ya que, lo que lograrán en la vida no depende de lo que aprendan en el colegio, sino de lo que se crean capaces de conseguir.

No tienen miedo a equivocarse, porque nunca se les ha penalizado por ello. Saben que equivocarse forma parte del aprendizaje, y no les frustra tratar de hacer algo una y otra vez hasta dominarlo. Por la misma razón, que otra persona se equivoque no es motivo de burla o desprecio.

La falta de competitividad hace que no sientan la necesidad de ser mejores que los demás, sino que buscan ser la mejor versión de sí mismos. Aprenden a sentir satisfacción por el trabajo bien hecho. El éxito ajeno no es una amenaza para ellos, por lo que desarrollan una mayor capacidad de empatía, de solidaridad y de ayuda a los demás.

Tienen el tiempo y la ocasión para estar en profundo contacto consigo mismos, para conocerse y descubrir qué les gusta y se les da bien: sus dones. Y para desarrollarlos. De esta manera, en muchas ocasiones desarrollan vocaciones tempranas, saben muy bien lo que quieren y aprenden a luchar por ello. Su aprendizaje está cargado de emoción, que es el pilar básico del mismo (como la neurociencia está demostrando en estos tiempos).

Al haber crecido en ambientes muy diversos, rodeados de personas distintas y con obligaciones muy variadas, desarrollan un gran sentido de la responsabilidad.

La enorme cantidad de tiempo del que disponen para jugar y para aburrirse los hace enormemente creativos.

Sus relaciones sociales son saludables. La discriminación o el rechazo no forman parte de sus opciones; ni para ejercerlos, ni para sufrirlos. No contemplan la posibilidad de ser crueles con los demás, porque no han crecido en un entorno en el que eso ocurra, en el que el abusador sea el líder del grupo. Y tampoco están dispuestos a dejarse someter, porque su autoestima saludable no se lo permite. En su edad adulta muy probablemente se rodearán de sanas compañías y se levantarán en defensa del débil.

Aunque es básico que los niños tengan la ocasión y la oportunidad de resolver sus conflictos sin necesidad de que medien los adultos, es algo muy positivo que casi siempre haya uno cerca observando lo que sucede. Especialmente en la etapa de infantil y primaria, pretender que los niños están capacitados para resolver sus conflictos es una utopía. No disponen de todas las herramientas sociales ni psicológicas que necesitan. Aún están desarrollándolas (¡son niños!). Por eso es básico que un adulto esté presente en todo momento para impedir que un niño sufra, no solo un daño físico (que es cuando los adultos solemos intervenir), sino también, y lo que es más importante, un daño emocional o un ataque a su autoestima que puede dejarle secuelas de por vida. Los niños pequeños se están formando una idea de quiénes son y cuál es su valía a través de su interacción con el medio y las personas que les rodean, y como dijimos anteriormente, su autoestima es uno de sus bienes más preciados, y debe ser protegida a toda costa.

Los fuertes lazos creados con su familia son un escudo durante la adolescencia. Podrán pasar sus crisis, como cualquier adolescente. Pero no se sentirán aislados ni incomprendidos. Tendrán el recuerdo de ese dulce refugio al que pueden acudir siempre que lo deseen.  Porque habrán experimentado aceptación y amor incondicional cada minuto de cada día durante su infancia.

Y ese recuerdo les durará toda la vida.

 

El homeschooling no es garantía de que los niños se convertirán en adultos sanos, emocionalmente estables, con autoestima saludable, responsables, trabajadores, respetuosos y solidarios. Pero sin duda les estaremos proporcionando muchas más herramientas para que lo consigan.

Y no, no nos preocupemos, no es una burbuja hermética. A pesar de ella, los niños conocen el “mundo real”. Tienen primos, amigos, salen a la calle, se relacionan con todo tipo de gente, ven a sus padres salir a trabajar, participan en competiciones deportivas (donde a veces ganan y a veces pierden), miran la televisión… Aprenderán que existen los exámenes de acceso a la universidad, las notas de corte, las entrevistas de trabajo, los plazos de entrega, los despertadores… Y cuando llegue el momento de enfrentarse a todo ello, estarán preparados.

Así que, podemos decir con orgullo que nuestros hijos están creciendo en una burbuja. Una bendita burbuja que desearía que todos los niños del mundo pudieran experimentar.

¿Por qué hacemos lo que hacemos? (Una reflexión sobre el homeschooling y la paternidad entregada)

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Años atrás, cuando supimos que nuestra hija pequeña sería una niña, no hubo necesidad de pensar un nombre para ella, porque su papá llevaba enamorado de un nombre desde mucho antes de que ella existiera. Pero yo quise averiguar si su nombre tenía algún significado especial. Descubrimos que tenía, no uno, sino tres significados. Los dos primeros, muy tiernos: Doncella de Dios y Prenda de Felicidad. Pero el tercero nos llamó la atención: Flecha Fuerte (o La que Vence en las Batallas). Aunque al no ser tan tierno, le dimos menos importancia; casi se nos olvidó.

Hasta hace unos meses.

Hace un tiempo, estaba navegando por uno de los blogs de educación cristiana que me gusta seguir. Habían lanzado una especie de marca comercial que se llamaba “Criando Flechas” (Raising Arrows), basada en el texto de Salmos 127: 3, 4: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre. Como saetas en mano del valiente, así son los hijos habidos en la juventud”.

Y de repente, el nombre de nuestra pequeña cobró un significado especial.

¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Por qué dedicamos nuestra vida entera, muchas veces en exclusiva, a la crianza y la educación de nuestros hijos? ¿Por qué renunciamos a una gran parte, o en ocasiones, a toda nuestra vida profesional? ¿Por qué reorganizamos nuestra vida social? ¿Por qué dedicamos los días a realizar todo tipo de actividades, y las noches a prepararlas? ¿Por qué nos exponemos a la incomprensión social y a tener problemas legales?

¿Lo hacemos para liberar a nuestros hijos de un estrés prematuro e innecesario? Por supuesto que sí. ¿Para darles la oportunidad de que se desarrollen y aprendan a su ritmo? Claro. ¿Para que tengan tiempo de descubrir y desarrollar sus talentos? También.

Pero sobre todo, lo hacemos por una razón superior, mucho más profunda: porque nuestro mayor anhelo es que nazca en su corazón un amor profundo por Dios y por sus semejantes. Deseamos educarlos para el Reino. Deseamos que se despierten cada día de su vida con un anhelo profundo de Dios. Que hagan de Jesús su mejor amigo, consejero y guía. Que tengan un corazón sensible al sufrimiento y a la necesidad ajena. Que sueñen con encontrar la manera de mejorar las vidas que se crucen en su camino. Que sean capaces de defender sus principios, la verdad y la justicia por encima de todo.

Deseamos que sean grandes vencedores, flechas fuertes que lleven luz a un mundo que está en tinieblas.

Parafraseando a una gran educadora, soñamos con que nuestros hijos se conviertan en personas así, porque son las personas que bendicen al mundo con su existencia:

“La mayor necesidad del mundo es la de personas que no se vendan ni se compren; personas que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas; personas que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; personas cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; personas que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos.”

Y para eso necesitamos pasar cantidades ingentes de tiempo con ellos; enseñarles a ver a Dios en los pequeños detalles de la creación y en sus grandes maravillas, en contacto con la naturaleza; enseñarles a priorizar, a distinguir entre lo que es importante y lo que es imprescindible; enseñarles a disfrutar de los pequeños placeres de la vida; a valorar el trabajo bien hecho; proporcionarles oportunidades de ayudar a los demás; enseñarles a disfrutar de la compañía y la presencia de Dios.

Por eso hacemos lo que hacemos.

No es una tarea fácil. Pero tenemos a nuestro lado al Maestro de los Maestros, que tiene el mismo anhelo que nosotros, y que Su mayor sueño es abrazar a nuestros pequeños en Su Reino cuando llegue el momento.