Cómo acabar con la creatividad de un niño

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Cuando escuchamos la palabra creatividad, la mayoría de nosotros pensamos en cosas muy parecidas, tales como un cuadro bonito, una pieza musical de las que pone la piel de gallina, una escultura de arte moderno… Es decir, principalmente cosas relacionadas con el mundo de las artes.

La forma que hemos ideado en las escuelas para “potenciar” la creatividad de los niños se materializa en la asignatura de plástica, que consiste en que los niños imiten, ya sea dibujando o a través de una manualidad, un diseño propuesto por el libro o por el profesor. En muy pocas ocasiones se puntúa el esfuerzo; generalmente se puntúa el resultado final. Por esta razón, los niños con una habilidad innata para las artes manuales son “premiados” por su habilidad con buenas notas, mientras que los menos habilidosos reciben notas bajas. Yo me encontraba en el grupo de los poco dotados para el arte, y la asignatura de plástica se convirtió para mí en una frustración.

Es cierto que para el desarrollo de todas las artes hacen falta grandes dosis de creatividad. Pero nos perdemos mucho si limitamos el concepto a la creación de valores que agraden a la vista o al oído.

La creatividad es muchísimo más. Ha sido la característica común de todos los grandes genios de la historia, desde Pablo Picasso hasta Albert Einstein, pasando por Wolfgang Amadeus Mozart, Isaac Newton, Marie Curie, Alexander Fleming, William Shakespeare o Steve Jobs.

También conocida como pensamiento divergente, la creatividad es la capacidad para generar nuevas ideas, para resolver problemas, para hallar soluciones diferentes y eficaces. Las personas creativas tienen gran curiosidad por el mundo e inquietudes intelectuales. Tienen confianza en sí mismos, espíritu crítico y no suelen dejarse influenciar por las opiniones ajenas. Y tienen gran capacidad de empatía y deseo de encontrar soluciones a los problemas, tanto a los suyos propios como a los de los demás. Es por tanto una capacidad importantísima que determinará en gran medida quiénes serán nuestros niños cuando crezcan y cómo se desenvolverán en este mundo tan complejo.

Nuestra mayor preocupación no debe ser cómo potenciar la creatividad en los niños, porque nacen con esa capacidad y la desarrollan de manera natural. Nuestra principal preocupación debe ser no interferir en ese desarrollo, no ponerle obstáculos. Y aquí fallamos estrepitosamente. Si bien el 95% de los niños de 5 años posee pensamiento divergente, solo el 15% de los niños de 15 años lo conserva. ¿Qué ha pasado en el camino? ¿Qué hemos hecho mal? Tristemente muchas cosas. Pero hay una en especial en la que quiero centrarme, porque es enormemente dañina y está fuertemente extendida y aceptada por la sociedad: los exámenes.

Como hemos visto, la creatividad requiere analizar situaciones y hallar soluciones innovadoras. Esto requiere necesariamente probar, intentar, hallar soluciones que no funcionan, volverlo a intentar… Es el método de Ensayo-Error. ¿Cuántas bombillas que no alumbraban inventó Edison antes de dar con el filamento correcto? ¿Cuántos manuscritos tiró Shakespeare a la basura?

Para enfrentarnos a múltiples errores necesitamos tener una gran auto-confianza y un objetivo muy claro.. Pero en cambio, nuestros niños pasan sus años más cruciales para la formación de sus estructuras cerebrales en un sistema que penaliza el error: una respuesta equivocada en el examen es un punto menos, un ejercicio mal resuelto se remarca para siempre en color rojo, y las oportunidades de intento son limitadas. De esta manera los niños crecen tratando de hacer las cosas exactamente como las han visto, memorizar y repetir, minimizando así el riesgo de error, y por tanto, de la temida marca roja. Innovar es demasiado arriesgado y equivocarse es interpretado como un fracaso. Repetir es la opción más segura, y con el tiempo se convierte también en la más cómoda. Poco a poco, su creatividad innata se va diluyendo en la monotonía de la repetición. Cuando terminan sus años de escolaridad, esa forma de pensamiento está demasiado arraigada en ellos, y ya es casi imposible de cambiar.

Pero podemos hacer las cosas de otra manera. Podemos penalizar lo que es necesario penalizar: las trampas, la pereza, el desprecio a los demás, la falta de colaboración… Y podemos empezar apremiar lo que es necesario premiar: el esfuerzo, la capacidad de volverlo a intentar, la empatía… Mientras, dejemos que nuestros niños jueguen, se equivoquen, prueben de otra manera, se ensucien las manos y nos propongan otras ideas diferentes a las nuestras. Al fin y al cabo es su pensamiento divergente y no sus conocimientos acumulados lo que determinará en gran medida hasta dónde llegarán.

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Suelos pegajosos

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Hace un tiempo leí uno de esos preciosos y entrañables cuadros que se venden en USA para decorar las cocinas. El cuadro decía lo siguiente:

“Las buenas madres tienen suelos pegajosos, hornos sucios y niños felices”

Lo primero que pensé al leerlo fue: “Madre mía, los hijos de las buenas madres deben de ser todos gordísimos”. En una sociedad en la que casi no tenemos tiempo para nuestros niños, comenzamos a medir lo buenos o malos padres que somos en función de las cosas que podemos comprarles, o en el mejor de los casos, las cosas que hacemos para ellos. Y no estoy diciendo que eso sea malo, no me interpretéis mal. Hacer cosas para nuestros hijos no solo es bueno, sino necesario. Si podemos permitírnoslo, ¿por qué no vamos a comprarles ese juguete que les hace tanta ilusión? ¿Por qué no vamos a regalarles unas nuevas botas de fútbol? ¿Por qué no vamos a prepararles ese bizcocho que tanto les gusta?

Pero cuando pienso en que, en este momento, mi hija se encuentra registrando en lo más íntimo de su cerebro las cosas que formarán sus recuerdos y que le ayudarán a formar su identidad personal, no puedo dejar de preguntarme: ¿qué recuerdos va a atesorar mi hijita? ¿Las cosas que hice para ella o las cosas que hice con ella?

Yo tuve una infancia feliz, rodeada de una gran familia compuesta por padres, hermanos, abuelos, tíos y primos que vivíamos todos a escasos 4 kilómetros unos de otros. De esa época recuerdo muchos de los regalos que me hicieron: un zoo de playmobil, un muñeco que tiritaba en el agua, una bici rosa… Pero los recuerdos que permanecen en mi corazón y que hacen que aun me emocione cuando cruzan por mi mente, son las cosas que hice con mi familia. Recuerdo cada excursión, cada canción que cantábamos en el coche, anécdotas insignificantes que nos hicieron reír… Muchas de esas actividades son tan queridas para mí que, ahora que soy adulta y tengo mi propia familia, las he convertido en tradición. Quiero que mi pequeña atesore tan bellos recuerdos de su infancia como hice yo.

Así que he hecho mi propia interpretación del cuadrito de la cocina. Quiero que mi pequeña coma deliciosos dulces caseros mientras su aroma impregna cada rincón de nuestro hogar. Pero no los haré para ella; los haré con ella.

Nos recogeremos el pelo, nos pondremos delantales, y nos pringaremos las manos de harina, azúcar y virutas de chocolate. Es posible que se inicie una pequeña guerra de harina, pero no habrá heridos. Pondremos las galletas en el horno y las miraremos crecer mientras nos contamos cómo ha ido el día.

Cuando estén listas, las sacaremos del horno y las colocaremos en una gran bandeja que decoraremos hermosísima. Será un buen momento para limpiar el suelo. Total, hay que dejar que las galletas se enfríen. No necesitamos suelos pegajosos para ser felices. Al contrario, lo limpiaremos y disfrutaremos de la satisfacción del trabajo bien hecho.

Cuando las galletas estén frías, las comeremos sentadas en el suelo de la cocina, mientras nos contamos chistes y nos hacemos cosquillas.

Seguro que nos sobrarán galletas. ¡Tampoco comemos tanto! Así que iremos a llevar algunas a nuestros vecinos, para que puedan disfrutar de nuestra obra maestra.

Por supuesto, papi participará siempre que pueda. Y este es el cuadro que colgaré en mi cocina:

“Las buenas madres hacen galletas con sus hijos y las comen en familia mientras se hacen cosquillas”

Ojalá estas experiencias hagan tan feliz a mi hija que su único deseo sea repetirlas algún día con sus propios hijos.