Suelos pegajosos

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Hace un tiempo leí uno de esos preciosos y entrañables cuadros que se venden en USA para decorar las cocinas. El cuadro decía lo siguiente:

“Las buenas madres tienen suelos pegajosos, hornos sucios y niños felices”

Lo primero que pensé al leerlo fue: “Madre mía, los hijos de las buenas madres deben de ser todos gordísimos”. En una sociedad en la que casi no tenemos tiempo para nuestros niños, comenzamos a medir lo buenos o malos padres que somos en función de las cosas que podemos comprarles, o en el mejor de los casos, las cosas que hacemos para ellos. Y no estoy diciendo que eso sea malo, no me interpretéis mal. Hacer cosas para nuestros hijos no solo es bueno, sino necesario. Si podemos permitírnoslo, ¿por qué no vamos a comprarles ese juguete que les hace tanta ilusión? ¿Por qué no vamos a regalarles unas nuevas botas de fútbol? ¿Por qué no vamos a prepararles ese bizcocho que tanto les gusta?

Pero cuando pienso en que, en este momento, mi hija se encuentra registrando en lo más íntimo de su cerebro las cosas que formarán sus recuerdos y que le ayudarán a formar su identidad personal, no puedo dejar de preguntarme: ¿qué recuerdos va a atesorar mi hijita? ¿Las cosas que hice para ella o las cosas que hice con ella?

Yo tuve una infancia feliz, rodeada de una gran familia compuesta por padres, hermanos, abuelos, tíos y primos que vivíamos todos a escasos 4 kilómetros unos de otros. De esa época recuerdo muchos de los regalos que me hicieron: un zoo de playmobil, un muñeco que tiritaba en el agua, una bici rosa… Pero los recuerdos que permanecen en mi corazón y que hacen que aun me emocione cuando cruzan por mi mente, son las cosas que hice con mi familia. Recuerdo cada excursión, cada canción que cantábamos en el coche, anécdotas insignificantes que nos hicieron reír… Muchas de esas actividades son tan queridas para mí que, ahora que soy adulta y tengo mi propia familia, las he convertido en tradición. Quiero que mi pequeña atesore tan bellos recuerdos de su infancia como hice yo.

Así que he hecho mi propia interpretación del cuadrito de la cocina. Quiero que mi pequeña coma deliciosos dulces caseros mientras su aroma impregna cada rincón de nuestro hogar. Pero no los haré para ella; los haré con ella.

Nos recogeremos el pelo, nos pondremos delantales, y nos pringaremos las manos de harina, azúcar y virutas de chocolate. Es posible que se inicie una pequeña guerra de harina, pero no habrá heridos. Pondremos las galletas en el horno y las miraremos crecer mientras nos contamos cómo ha ido el día.

Cuando estén listas, las sacaremos del horno y las colocaremos en una gran bandeja que decoraremos hermosísima. Será un buen momento para limpiar el suelo. Total, hay que dejar que las galletas se enfríen. No necesitamos suelos pegajosos para ser felices. Al contrario, lo limpiaremos y disfrutaremos de la satisfacción del trabajo bien hecho.

Cuando las galletas estén frías, las comeremos sentadas en el suelo de la cocina, mientras nos contamos chistes y nos hacemos cosquillas.

Seguro que nos sobrarán galletas. ¡Tampoco comemos tanto! Así que iremos a llevar algunas a nuestros vecinos, para que puedan disfrutar de nuestra obra maestra.

Por supuesto, papi participará siempre que pueda. Y este es el cuadro que colgaré en mi cocina:

“Las buenas madres hacen galletas con sus hijos y las comen en familia mientras se hacen cosquillas”

Ojalá estas experiencias hagan tan feliz a mi hija que su único deseo sea repetirlas algún día con sus propios hijos.

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