Me dijeron que el tiempo pasa volando…

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Acabo de acostar a mi pequeña. La miro y no puedo creer lo mayor que se ha hecho. Cada noche, antes de dormir, papá y yo nos acostamos con ella en la cama y le acariciamos mientras le cantamos una canción. O varias, porque siempre pide más; le encantan esos momentos en familia. Luego la cojo en brazos dispuesta a darle una sesión de mimos, que necesito yo tanto como ella. Pero me ha pedido que la deje en la cuna. Estaba cansada. Me parece que fue ayer cuando la tenía que mecer en brazos durante 30 ó 40 minutos para que se durmiera.

Me dijeron que el tiempo pasa volando. Gracias a Dios les creí, y decidí hacer las cosas como me dictaba mi corazón.

Ella ha pasado en brazos días enteros. Ha dormido conmigo, junto a mí y encima de mí. Me he despertado infinidad de veces sobresaltada por una de sus “dulces” pataditas.

Decidimos no hacer caso de las voces cariñosas pero desafortunadas que nos decían: “Se va a acostumbrar a tanto brazo”. Y contestábamos con humor: “Demasiado tarde; ya está acostumbrada. La malcrié llevándola casi 40 semanas en mi vientre, acunándola con mis movimientos y arrullándola con el latido de mi corazón. Se acostumbró.”

Ella ha tenido a su papá o a su mamá a su lado cada vez que ha llorado, ansiosos por averiguar cuál era su necesidad, y aliviarla.

Ella se ha dormido cada noche en brazos de mamá, que la acunaba y acariciaba hasta que estaba profundamente dormida.

Y con el tiempo, cuando ha estado preparada, ha aprendido a dormirse sola. Lo ha conseguido. Y no ha tenido que sentirse solita y abandonada en una habitación vacía y oscura. Y nosotros no hemos tenido que salir de la habitación con el corazón roto, y subir el volumen de la televisión para no escuchar su llanto, tratando de autoconvencernos de que era lo mejor para ella. Sencillamente, pasó. En su momento, cuando estuvo preparada, y de manera natural. Porque sí, porque ella es una campeona y sabíamos que lo lograría. Y porque confía en el amor constante e incondicional de sus padres, que estarán ahí cuando los llame, siempre.

Pero ahora lo echo de menos. Hace un tiempo que no quiere que la acune para dormir, y lo echo de menos. Los dolores de espalda que sufrí, las tertulias familiares que me perdí encerrada en la habitación tratando de dormirla… no son nada, comparado con la felicidad que obtuve de esos momentos, con la alegría y el privilegio de tener a mi princesa en brazos y crear un vínculo que durará toda la vida. Lo echo de menos.

Ahora estás en otra etapa. No quieres jugar sola; quieres que esté a tu lado siempre, te lea libros y juegue contigo. Así que el polvo se acumula en los muebles y la ropa en la plancha. Pero no me importa, porque sé que antes de lo que desearía esta etapa habrá pasado y la echaré de menos. Voy a disfrutar de ti, respirar tu aroma, memorizar tu sonrisa y fotografiar cada uno de tus gestos, con mi cámara y con mi corazón.

Cómo has crecido, mi vida. Quisiera detener el tiempo… pero no puedo. Lo único que puedo hacer es asegurarme de no tener que lamentar ni uno solo de los minutos que Dios me regale a tu lado.

 

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