Bienvenida, princesa

Llevo un tiempo desaparecida por algunos problemas personales. Pero voy a tratar de seguir escribiendo, porque hay que seguir andando a pesar de los problemas. Y además, ¡ésto me da vida!

De momento os dejo algo que escribí cuando nació mi princesa, hace ya 22 meses!!

Bebé durmiendo

Cuando una nueva vida es puesta en nuestras manos, nos llena un sentimiento de felicidad inmensa. Miramos a esa personita tan pequeña, tan indefensa, tan preciosa, y no podemos dejar de dar gracias a Dios por la bendición que representa. La imaginamos crecer, soñamos con las cosas que haremos juntos…

Pero entonces nos miramos a nosotros mismos, y al mundo que nos rodea, y el miedo se instala y se acomoda en nuestro corazón junto a la felicidad. Empezamos a hacernos preguntas. ¿Lo haré bien? ¿Sabré interpretar sus necesidades y satisfacerlas? ¿Sabré mantenerla sana? ¿Podré protegerla de los peligros de este mundo revuelto al que ha venido a parar? ¿Seré un buen ejemplo para ella? ¿Sabré guiarla hasta Dios? ¿Compartiremos una eternidad juntas? ¿Estaré a la altura? ¿A su altura?

Nos sentimos increíblemente pequeños e impotentes ante la magnitud de la responsabilidad que duerme en nuestros brazos. Y pensamos: “No voy a poder”.

En ese momento escuchamos una voz que dice: “No, solo no puedes. El trabajo es demasiado grande y demasiado importante. Pero juntos sí podemos”.

Es verdad, Señor. Si hay un momento en la vida en el que Tú has asegurado que, si queremos, trabajarás con nosotros, es en el cuidado y la educación de nuestros hijos. Porque no son nuestros; son Tuyos. Y por increíble que parezca, Tú los amas incluso más que nosotros.

Y ante ese pensamiento, el miedo empieza a desvanecerse, y comienza a ocupar su lugar un sentimiento de agradecimiento a Dios por Su compañía, especialmente a partir de ese momento.

La responsabilidad sigue siendo abrumadora, pero de la mano de Dios empezamos una aventura que disfrutaremos a cada paso. ¿Nuestro trabajo? Amar a nuestros niños como la obra de Dios que son. Y sobre todo, orar. Orar sin cesar, para que el propósito de Dios se cumpla en sus vidas, y para que seamos un buen conducto hacia él.

Comparto con vosotros una oración que leí, y que quiero hacer mía cada mañana:

“Señor:
Ayúdame a comprender a mis hijos, a escuchar pacientemente lo que tengan que decir, a contestar con cariño todas sus preguntas.
Hazme tan amable con ellos, como quisiera que lo fueran conmigo. No me permitas interrumpirlos, hablándoles de mal modo, sino enseñándoles con amor.
Dame el valor de confesar mis faltas a mis hijos, no permitas que me burle de sus errores, ni que los humille o avergüence delante de sus amigos o hermanos como castigo.
No permitas que induzca a mis hijos a hacer cosas indebidas por seguir mi mal ejemplo.
Te pido que me guíes todos las horas del día, para que pueda demostrarles, por todo lo que diga y haga, que la honestidad es fuente de felicidad.
Reduce el egoísmo que hay dentro de mí, te lo ruego. Haz que cese mis críticas de las faltas ajenas y que cuando la ira trate de dominarme, me ayudes, Oh Señor, a contener mi lengua.
Haz que tenga siempre a flor de labios una palabra de estímulo.
Ayúdame a tratar a mis hijos como los niños que son, y no me permitas que les exija el criterio y normas de vida de los adultos.
No permitas que les robe las oportunidades de actuar por sí mismos con responsabilidad, de pensar, escoger y tomar sus decisiones de acuerdo a su edad.

Evita que alguna vez los castigue para demostrar mi autoridad.
Prohíbeme, Señor, que los agreda física o verbalmente con el pretexto de corregirlos. Por el contrario, que siempre tenga para ellos tiempo, abrazos, amor y besos.
Permíteme el poder satisfacer sus deseos justos, pero dame valor siempre de negarles un privilegio que sé que les causará daño.
Hazme tan justo, tan considerado y amigo de mis hijos, que me sigan por amor y no por temor.

¡Señor, yo quiero ser como Tú, para que valga la pena que mi hijo sea como yo!

Amén”

Bienvenida, princesa. Ya no tengo miedo.

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