Usar la ira para corregir

Usar la ira para corregir

No sé vosotros, pero yo me levanto cada mañana con la intención de ser la madre más paciente del mundo. Y lo consigo, de verdad lo consigo. Cada día tomo la firme decisión de ser tan paciente con mi pequeña como Dios lo es conmigo; de que todos los conflictos que surjan, las desobediencias, las pequeñas rebeldías, serán tratadas con amor sin límites, agachándome a su altura, mirándola a los ojos, tomando su manita, y hablando y razonando hasta encontrar una solución.

Por la mañana nos levantamos tranquilas y jugamos un rato en pijama antes de desayunar. Después tomamos un buen desayuno en familia, sin prisa, riendo y cantando. Cuando terminamos, recogemos la mesa, nos vestimos, y nos preparamos para las tareas del día.

Decido que mi hogar va a ser un pequeño refugio de alegría, risas y amor desde que sale el sol hasta que se esconde. Y lo consigo. Bueno, lo consigo… un rato. De repente, algo pasa. Y todos mis planes y mis buenas intenciones se van al suelo.

Antes de empezar el día trato de pasar un ratito a solas con Dios, buscando sabiduría, fuerza, paciencia y amor para enfrentar el día. Pero estoy tan cansada que no consigo levantarme tan temprano como me gustaría. Ahí es donde cometo mi primer error. Mi tiempo a solas con Dios termina estando compartido con mi pequeña, y mi lectura y oración acaban mezcladas con pañales, canciones y lápices de colores.

Y así, con las pilas solo a medio cargar, enfrento mi desafío diario de ser una madre paciente. Y lo consigo… hasta que algo pasa. De repente, mi pequeña vuelve a hacer por décima vez lo que le he dicho nueve veces que no haga, y las 70 veces 7 que debemos perdonar me parecen demasiadas. De repente, no tiene intención de dejar que haga las tareas de casa. De repente, decide jugar gritando pasillo arriba. De repente, mi teléfono se escurre de su manita y choca fuertemente contra el suelo. De repente, la pelota que acaba de lanzar aterriza en mi cara. De repente… la paciencia y la ternura desaparecen de mi mente y de mi corazón. Y sin saber cómo, me encuentro haciendo las cosas que me había propuesto no hacer.

A quienes estamos totalmente en contra del castigo físico nos resulta muy fácil caer en otras formas de corregir a nuestros pequeños. Formas que no son nada efectivas y pueden lastimarlos tanto o más que una palmada. Con cuánta facilidad utilizamos un grito, una amenaza, una mirada de ira o de decepción. Siendo honestos con nosotros mismos sabemos que no son medidas educativas, sino la forma en la que dejamos salir nuestra frustración. Y tras la explosión, nuestros pequeños se nos quedan mirando sin saber muy bien qué ha pasado entre la mamá cariñosa de hace un minuto y la de ahora.

En palabras del psiquiatra James L.Hymes:

“Los niños pequeños se asustan fácilmente: un tono duro, una reprimenda aguda, una mirada exasperada, el ceño fruncido, lo logran. Pequeñas señales de rechazo. No tienes que pegarles a los niños pequeños para lastimarlos, para herirlos profundamente”.

No quiero hacer eso con mi pequeña. No quiero camuflar mi orgullo y mi falta de autocontrol bajo el nombre de “medidas de corrección”. Cómo dijo una escritora del siglo XIX: “El padre que cuando corrige a su hijo da lugar a la ira está en mayor falta que el niño.”

Gracias a Dios, mi pequeña es un cielo, y en seguida me demuestra que me ha perdonado con sus abrazos y sus risas. Sé que Dios también lo hace. Pero necesito mejorar. Necesito ser mejor, menos egoísta, más tolerante, más paciente… por ella. Porque ella aprenderá esas cualidades a través de mí. Ella aprenderá a lidiar con sus frustraciones observando cómo lo hago yo. Entenderá el amor incondicional de Dios si yo la amo incondicionalmente haga lo que haga.

Necesito pasar cada mañana un tiempo a solas con Dios, aunque me cueste un poco de sueño. A cambio obtendré la capacidad de ver a mi hija a través de Sus ojos.

Necesito recordar que muchos de los rasgos del carácter de mi hija que me hacen enfadar los ha heredado de mí (quizá por eso me desesperan). Necesito ser menos crítica con ella y más conmigo misma.

Necesito ser consciente de cuándo estoy a punto de perder el control. Y en ese momento parar, respirar. Si es necesario, salir unos minutos de la habitación. Necesito dejar que Dios tome el control y sea Él, y no mi frustración, quien corrija a mi hija a través de mí.

Y sobre todo, necesito estar todo el día unida a la mayor Fuente de paciencia que hay, y dejar que me recuerde que:

“El que tarda en airarse es grande en entendimiento.” (Proverbios 14:29)
“La blanda respuesta quita la ira, mas la palabra áspera hace subir el furor.” (Proverbios 15:1)
El corazón del justo piensa para responder.” (Proverbios 15:28)
Con larga paciencia se aplaca el príncipe, y la lengua blanda quebranta los huesos.” (Proverbios 25:15)
“El furioso muchas veces peca.” (Proverbios 29:22)

Al fin y al cabo, si Él todavía no ha perdido la paciencia conmigo…

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s