La peor madre del mundo

Este es un artículo que escribió una buena amiga y madre maravillosa: Karen. En él nos abre su corazón y nos cuenta su experiencia con esa enfermedad terrible y muy desconocida que se llama “depresión post-parto”.

Para mí, las primeras semanas de cuidar a mi pequeña estuvieron llenas de muchísimo estrés y agotamiento, y no viví nada ni siquiera parecido a la depresión post-parto. No puedo ni imaginar el sufrimiento que esta enfermedad puede causar.

Sé que este artículo puede ser una gran bendición para mujeres que estén pasando por lo mismo, y por eso lo comparto con su permiso. Gracias, Karen, por tu valentía y por abrirnos la puerta de tu corazón.

Puedes leer más sobre Karen y su experiencia en su blog ASAP Mom.

La peor madre del mundo

La peor madre del mundo. Soy horrible. Soy terrible en ésto. Nadie debería nunca tener que arreglárselas con una madre como yo. Un ruido interrumpe mis pensamientos. El bebé está llorando. Espera, ¡el bebé está llorando! Corre. Llega donde él está. ¡Cálmale! No dejes que despierte a nadie. Podrían odiarlo. Podrían querer dejarme sola. Ssssh, ssssh, por favor, no llores. Por favor, no me odies. ¿Necesitas que te cambie el pañal? ¿Tienes hambre? ¿Qué necesitas? ¿Qué puedo hacer para que seas feliz y me quieras? Por favor, por favor, no hagas que los demás te odien. Por favor, sé feliz. Por favor, sé feliz, por favor. Ssssh, ssssh, ssssh. Siento mucho fallarte. Lo siento mucho, lo siento, lo siento. Por favor, no crezcas odiándome.

Me quedo dormida por un momento, y mi cascada de negatividad continúa. Estoy cayendo. Me estoy cayendo. Él no es feliz. Yo no debería ser madre. Es tan injusto que este precioso bebé me tenga a mí como madre, porque claramente le estoy causando estrés e infelicidad. Tampoco estoy haciendo la limpieza. No he hecho la compra desde hace días. Tengo miedo de salir de casa. Y ahora, la única cosa en la que creí que sería buena, estoy fallando. Nunca debí intentar quedarme embarazada. Debería haber estado contenta con mi vida tal como era. Esto es culpa mía por querer más, por no estar satisfecha con lo que ya tenía. Ayudé a criar a dos niños; eso debería haber sido suficiente. Soy egoísta, y éste es mi castigo.

No puedo esperar más. Necesito ir al baño. Le doy el bebé a su papa y voy a aliviar mi vejiga. Dos minutos, es todo lo que necesito; solo dos minutos de tiempo a solas en el baño. Silencio. Calma. Tomarme un momento. Respirar. Está llorando. ¡Le oigo, le oigo! Para. Ya no necesito terminar. ¡Ve, ve a buscarlo, ahora mismo! Espera, ¿no está llorando? ¿Qué es lo que escuché? ¿Qué era ese ruido? No, creo que fue mi imaginación. Parece estar bien. Tal vez me arriesgaré a darme una ducha. Prometo que tardaré menos de 10 minutos. Además, parece estar más feliz contigo ahora de lo que ha estado conmigo en todo el día. Pobre niño, atrapado con alguien que apenas consigue mantenerse a flote en esto de ser mamá.

El premio a la peor madre del año es para… ¡MÍ! Cubriéndome la cara, lloro mientras el agua de la ducha cae sobre mí. Esto es horrible. Yo soy horrible. Este pobre bebé está sufriendo. ¿Por qué no puedo hacer que se vea feliz y satisfecho, igual que en las fotos que veo? Millones de madres han pasado por esto, y sus hijos parecen mucho más felices que el mío. No estaba preparada. Nadie me preparó.  No estaba preparada para la agitación emocional que este bebé trajo con él en el momento en que nació. Odio ésto. No, no digas eso. Le amo. ¡Le amo! ¿Cómo podría decir algo tan horrible acerca de un milagro? Sencillamente esto se me da mal; él es inocente y perfecto. Recomponte, vuelve ahí afuera y sonríe. No dejes que sepan que te sientes miserable. Él es una bendición, un milagro. ¡Sé feliz, demonios! Me empujo fuera de mi fiesta de la desgracia, termino de ducharme y vuelvo con mi recién nacido.

 Ni siquiera lo alimento bien. ¿Qué puedo hacer? ¿Cómo puedo ayudarle? ¿Cómo puedo saber si le estoy dando suficiente de comer? Intento concentrarme en los consejos que me están dando, pero parece que los pensamientos recurrentes son capaces de gritar más fuerte. Señor, ayúdame; voy a matar de hambre a mi hijo. Perdedora, soy una perdedora. ¡Concéntrate! Presta atención. Enséñame, por favor, enséñame qué tengo que hacer para no matar de hambre a mi hijo. De acuerdo, así que tengo que darle de mamar, y después, extraerme leche para asegurarme de incrementar la producción y para poder congelarla para cuando vuelva a trabajar. Vale, lo tengo. Amamantar, extraer, amamantar, extraer, amamantar, extraer. ¿Cómo se supone que voy a hacer la colada, cocinar, o incluso darme una ducha? No importa. No hay otra manera. Ni siquiera te plantees la leche de fórmula. Ésto es lo mejor para él. Además, no puedo pagar la leche de fórmula. No voy a preocuparme por cómo, lentamente, esto me está volviendo loca. Amamantar, extraer, cambiar el pañal, acostarlo. Repetir, durante todo el día.

Ésto me supera. No sé cómo se supone que voy a ser esposa, madrastra, empleada o amiga nunca más. Todo en mi vida está siendo ignorado excepto él. No es justo para ellos. No estoy siendo justa. Van a terminar rechazando al bebé. Necesito encontrar la manera de seguir siendo esposa, madre de mis otros hijos, empleada, y por supuesto, de volver a entrar en mis vaqueros de antes de estar embarazada. En algún momento mi marido querrá atención y quiero estar preparada. No quiero que mis hijastros sientan que los he reemplazado con uno nuevo. En algún momento mis amigos se preguntarán si sigo viva. Y por supuesto, no puedo olvidarme de escribir en Facebook para mostrar lo emocionante que es todo y que estoy disfrutando cada minuto de esto que llaman maternidad. No puedo bajar la guardia y dejar que me vean caer.

Siento que voy a colapsar varias veces al día. Tengo un “tic” en el cuello. Mañana tengo una cita y ni siquiera puedo pensar en ello. Tengo que levantarme temprano y ducharme antes de que se despierte. Amamantar, extraer, y tratar de llegar a mi cita a tiempo. Oro para que se duerma en el coche y así no llore durante la cita. Por favor, haz que piensen que eres un buen bebé. Por favor, no grites ni llores. Quiero que la gente piense que eres precioso y maravilloso. Espero que no se den cuenta de que has perdido peso. No quiero que piensen que soy un desastre como madre. Desearía más tiempo para preparar todo antes de aventurarme a salir fuera. Desearía que me costase menos respirar. No puedo cancelarlo. Tengo que hacerlo. Y asegurarme de sonreír todo lo que  pueda para que nadie vea lo que está pasando bajo la superficie. ¿No hace calor? ¡Demonios, respira!

¿Quieren venir invitados? ¿Tu madre? Mmm, claro, esto tenía que pasar. ¿Mañana? ¿A cenar? Por supuesto. El pánico se instala rápidamente. ¡Hay que arreglar la casa! ¿La nevera está demasiado vacía? ¿Qué dirán mi marido y los niños acerca de cómo me estoy desenvolviendo con el bebé? ¿Contarán lo horrible que está siendo, y que no he sido capaz de hacerle feliz? ¿Estará el bebé de buen humor y dejará que la gente lo tenga en brazos? No creo que pueda cocinar. ¿Estoy en shock otra vez? ¿Estoy temblando? Siento que estoy temblando. ¿Qué me pasa? Estas personas me quieren. Saben que es un bebé y que va a llorar. Intenta relajarte. Respira, respira, intenta calmarte. Él nunca va a dejar de llorar si su madre no es capaz de dejar de llorar.

Haz que pare. Solo haz que pare. Por favor, sálvame. Sálvame; salva a mi bebé de la lunatic en que me he convertido. Lo amo tanto, pero no estoy hecha para esto. Sálvale, protégele, ayúdale. Dios, ayúdame. Dios, ¡ayúdale!

Tristemente, esta fui yo durante las primeras 8-10 semanas de vida de mi hijo. Nadie me habló de esta parte. Nadie me explicó que habría días en los que sentiría que me iba a desmoronar. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Solo compartían historias monas, historias felices, historias de éxito. Entonces apareció el bebé, el agotamiento se instaló, y yo empecé a girar fuera de control. Me sentí devorada viva por un agujero negro llamado “maternidad”. No quería decirle a la gente que había momentos en los que quería devolverlo.  No podía decir en voz alta las veces en que le había dado palmaditas en el culito para calmarlo, y me encontré a mí misma dando más fuerte de lo necesario. Rechacé hablar de cuando apretaba más fuerte el chupete con la vana esperanza de que le ayudaría a calmarse.  Esas acciones eran vergonzosas y embarazosas. Sentí la presión de no dejar que nunca nadie supiera que no estaba siendo una súper-mamá. Con la cabeza alta y la sonrisa pegada en la cara, abracé la falsedad de mi supuesta felicidad. Me volví más miserable con cada día que pasaba.

Así que estoy rompiendo mi silencio.  Estoy desnudando mis pensamientos, sentimientos y emociones más íntimas. Sí, tuve depresión post-parto y ansiedad. Sí, necesité terapia, medicación y ayuda, mucha ayuda. Hoy, mi sonrisa es más real y genuina. Estoy enamorada de mi pequeño príncipe, y aunque sigo agotada, me tomo un día a la vez. Reconozco la necesidad de confiar en la gente, pedir ayuda, y aceptar que mis emociones no son vergonzosas ni horribles. De hecho, son mucho más normales de lo que muchas nuevas mamás piensan. Así que, este es mi consejo para aquellas personas que están sufriendo y sintiendo lo mismo que yo: no te escondas más. Sal. Aceptad ayuda. No eres un fracaso. Eres una mamá, y eres maravillosa a pesar de lo que tus voces interiores te hayan hecho creer.

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