El poder de las etiquetas

El poder de las etiquetas

Las etiquetas psicológicas están por todas partes. Hay muchos tipos de ellas. Las más llamativas, en mi opinión, son las que nosotros mismos nos asignamos. Por ejemplo, cuando alguien nos pregunta:

– “¿Tú qué eres?”

Generalmente respondemos algo como:

– “Soy maestro.” “Soy médico.” “Soy barrendero.” “Soy contable.”

Casi nunca respondemos cosas como: “Soy un esposo enamorado, soy un amante de los animales, soy madre, soy una persona con mucho sentido del humor o soy un seguidor de Jesús que trata de hacer las cosas cada día mejor.” De todas las muchísimas cualidades que nos caracterizan, consideramos que nuestra profesión es la que más nos define, la más relevante, y por tanto, la que mostramos cuando alguien nos pregunta. Esas etiquetas falsas nos otorgan un lugar social, primero en nuestra propia mente, y después en la de los demás. De manera que, finalmente, un juez se colocará su etiqueta con más seguridad propia que un repartidor.

Pero sin duda, las etiquetas más peligrosas son las que un niño recibe en sus primeros años de vida.  Y en ésto, los padres y educadores tenemos un papel tan grande e importante, una influencia tan abrumadoramente poderosa, que hace que debamos estar constantemente conectados a la Fuente de Sabiduría para evitar cometer errores de consecuencias difíciles de medir; para evitar decir cosas que pueden herir a nuestros hijos de por vida.

“De por vida” es una expresión que puede parecer exagerada. Pero las etiquetas (especialmente las que imponen los padres) se infiltran tan profundamente en la mente y el autoconcepto del niño, que permanecerán ahí hasta que sea consciente de esas etiquetas y pueda luchar contra ellas. Y a veces, se quedan ahí para siempre.

Los seres humanos desarrollamos nuestro autoconcepto en función de las expectativas que los demás depositan en nosotros. Ésto es especialmente cierto en los niños pequeños cuando la etiqueta viene de sus padres, ya que nunca se van a cuestionar su juicio. Sus padres son las personas más importantes, las más sabias, las que más los aman y a quienes ellos más aman. Y para ellos, sus juicios son ciertos. Así que cuando son etiquetados por alguno de sus padres, comienzan a actuar de esa manera.

Las etiquetas negativas tienen el poder de rotular a la persona, definirla y limitar su potencial. Se centran en un aspecto negativo de la persona, pasando por alto todos los positivos. Lejos de mostrarle los puntos que debe mejorar, le dice “quién es”, aumentando su inseguridad y cerrando la puerta a cualquier capacidad de superarse. De esta forma, las etiquetas funcionan como una profecía autocumplida. Lo que nuestros hijos son queda escondido detrás de lo que creen que son, y nunca llegan a descubrir su verdadero potencial.

Pero, ¡es tan fácil caer en la tentación de etiquetar, especialmente cuando las conductas se repiten una y otra vez! Nuestro hijo derrama la leche como cada mañana (“qué torpe eres”).  Nos dice que no tiene tareas cuando sí las tiene (“eres un mentiroso”). Tarda en arreglarse más tiempo de lo normal (“eres un presumido”). Deja la toalla tirada en el baño (“eres un desordenado”). Y así una larga lista de situaciones en las que a veces perdemos el control. Nos ayuda recordar que nuestros hijos perdonarán pequeños deslices ocasionales. Pero hemos de hacer lo imposible porque esos adjetivos no se repitan varias veces, es decir, se conviertan en etiquetas.

Para evitarlo, debemos separar la conducta de la persona. Es decir, podemos no aprobar la conducta de nuestro hijo, y aún así, hacerle saber que lo amamos y lo consideramos infinitamente valioso. En lugar de etiquetar, podemos hablarles de qué parte de su conducta necesita mejorar, evitando usar el verbo “ser” (“es importante que cojas el vaso con más cuidado” o “debes recoger el baño después de ducharte para que el siguiente lo encuentre limpio”) y proporcionarles una alternativa a su conducta, o una ayuda para superar su dificultad. Podemos recordarle cómo tiene que sujetar el vaso para que no se caiga, dejar una nota en la puerta del baño recordándole que recoja la toalla, o aplicar consecuencias adecuadas cuando la mala conducta es intencionada. Pero no dejar que nunca duden de su potencial, de su capacidad para ser mejores y de nuestra confianza en que lo pueden lograr.

Pero, si las etiquetas negativas son tan poderosas, si tienen la capacidad de destruir la autoestima de una persona y moldear su conducta, si sus efectos dañinos pueden durar para siempre, ¿podrían las etiquetas positivas tener el mismo poder pero con el efecto contrario?

En una preciosa película llamada “Criadas y Señoras”, la niñera de una niñita pequeña que no recibe mucho cariño de sus padres, la viste y arregla cada mañana con mucho mimo mientras le dice con ternura:

“Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante.”

¿Realmente nuestras palabras de cariño y afirmación pueden dejar una huella en la mente y el corazón de nuestros hijos? ¿Pueden darles la seguridad de que son valiosos y modelar su conducta hacia el bien? Estoy convencida de que sí, de la misma manera que lo hacen las palabras negativas. Podemos decirles a nuestros hijos que son valiosos, que son capaces de lograr lo que se propongan, que son especiales, importantes y profundamente amados por nosotros y por Dios. Podemos decírselo tantas veces que esas etiquetas moldeen su carácter y su seguridad en ellos mismos.

“Eres importante para mí, para este hogar. Fuiste muy deseado y llegaste como un precioso regalo del Cielo para llenar nuestras vidas de amor y alegría.”

“Eres listo, eres capaz de conseguir lo que te propongas, con tu esfuerzo y con la ayuda de Dios, que te ama desde antes de nacer y estará a tu lado toda tu vida.”

“Eres bueno. A veces cometes errores, como todos lo hacemos. Pero tu corazón está lleno de amor y del deseo de hacer las cosas bien.”

“Tienes talento. Tienes dones preciosos que Dios te ha dado y que te harán muy feliz a ti y a los demás. Podrás usarlos para dejar una huella en el mundo, si tú quieres. No importa si aun no sabes cuáles son tus dones; poco a poco los descubrirás, porque los tienes.”

“Eres un hijo maravilloso.” “Eres trabajador.” “Eres creativo.” “Eres cariñoso.” “Eres…”

Lo más importante: “Eres un hijo de Dios”.

Solo tenemos que darnos un paseo por las páginas de nuestra Biblia para ver cuánto ama y valora Dios a nuestros hijos.

– A Mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable y Yo te amé; daré, pues, hombres por ti y naciones por tu vida. (Isaías  45: 4)

– En las palmas de Mis manos te tengo esculpida. (Isaías  49: 16)

– Con amor eterno te he amado. (Jeremías 31: 3)

– Jehová está en medio de ti, poderoso; Él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos. (Sofonías 3: 17)

– El que te toca, toca a la niña de Mis ojos. (Zacarías 2: 8)

– Como había amado a los Suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. (Juan 13: 1)

– ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios. (Romanos 8: 35, 38, 39)

“No te quiero porque seas todas esas cosas. Te querría aunque no lo fueras. Pero es que, además, ¡lo eres!”

Advertisements

One thought on “El poder de las etiquetas

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s