Mamá ¿me compras…? (La publicidad en la mente de los niños)

Mamá,-¿me-compras...-

Ha comenzado el mes de diciembre, y con él, los preparativos de una de las épocas más dulces y entrañables del año: la Navidad.

En medio de las luces, los villancicos y los árboles decorados, hay algo que ya ha empezado a bombardearnos más de lo habitual: la publicidad. Anuncios de ropa, perfumes, y sobre todo, juguetes, ya nos siguen a todas partes. Aunque convivimos con ella a diario, en estas fechas, los anunciantes hacen esfuerzos extras por introducirse en nuestros hogares y en nuestras mentes. Y de forma especial, en las mentes de los niños.

Antiguamente, la publicidad vendía productos. Es decir, una empresa tenía un producto para vender, así que hacía un anuncio más o menos divertido con una musiquita pegadiza, y te contaba lo que su producto podía hacer, por si te pudiera interesar. Pero ahora no. Ahora la publicidad vende emociones, vende valores, vende ilusiones, vende un estilo de vida. Crea en nosotros necesidades que no tenemos. Y la verdad es que lo hacen muy bien. Eso es lo que la hace tan peligrosa.

La publicidad está por todas partes, no solo en los anuncios. Hace un tiempo, el creador de la exitosa serie de dibujos animados para bebés “Pocoyo”, dio una entrevista en la que le preguntaron cuál era el secreto del éxito de su empresa. Y él, con mucha sinceridad, contestó: “Los dibujos animados no son el negocio. El negocio son los productos que vendemos: muñecos, edredones, cuadernos, juguetes… Los dibujos son la publicidad de los productos.” Pues os puedo asegurar que su técnica funciona. Hace unos días fuimos con nuestra hija, que acaba de cumplir 2 años, a una tienda de juguetes. Queríamos comprarle una bici por su cumpleaños, y estábamos probando qué tamaño le iba mejor. En eso estábamos, cuando de repente, dio un grito y salió corriendo pasillo abajo. Fuimos tras ella y la encontramos abrazada a un muñeco de Pocoyo. No es necesario que os cuente cuánto nos costó que lo soltara. Finalmente, la bici se vino a casa y Pocoyo se quedó en la tienda. Pero solo tiene 2 años. ¡Ésto no ha hecho más que empezar! Uf…

¿Es posible limitar la influencia de la publicidad en los niños? ¿Es posible evitar que nuestros hijos (y nosotros también, siendo sinceros) vivan con la sensación permanente de que necesitan cosas que no tienen? ¿Podemos conseguir que nuestra familia no disfrute acumulando cosas, por el simple placer de tenerlas? ¿Podemos evitar que convenzan a nuestros hijos de que necesitan usar cierta ropa, ponerse cierto maquillaje o escuchar cierta música para encajar, para estar “a la moda”? ¿Podemos, en medio de una sociedad tan dominada por el consumismo, criar hijos que disfruten de las cosas sencillas, que empaticen con los que no tienen, que encuentren “más placer en dar que en recibir”?

Esta lucha no es fácil. Implica ir muchas veces contra lo habitual, contra lo que está socialmente aceptado. A veces también implica renunciar a cosas que a nosotros nos gustan. Pero vale la pena el esfuerzo.

Estas son algunas ideas de cosas que podemos hacer para evitar que la publicidad forme parte de nuestra familia y moldee nuestra forma de pensar:

  • Deshacernos de la televisión. Esta es quizá la idea más radical y más difícil, y la que más preguntas, comentarios y bromas suscitará (como escuché graciosamente decir a un personaje de una serie de televisión: “¿No tienes tele? ¿Y hacia dónde miran tus muebles?”). Pero también es la más efectiva. Hace casi dos años que nosotros no tenemos televisión, y es difícil creer lo poco que la echamos de menos.
  • Utilizar vídeos, DVDs y programación de internet. Achucharnos la familia en el sofá, tapaditos con una manta, un bol de palomitas recién hechas, y mirar una película, es una actividad que nos encanta, como a muchísimas familias. Si utilizamos DVDs, disfrutamos igual y nos ahorramos la publicidad. De hecho, disfrutamos más, porque no nos dormimos durante los interminables anuncios.
  • No siempre es posible prescindir de la tele, generalmente porque los padres no se ponen de acuerdo. En ese caso, debemos acostumbrar a los niños a pedir permiso antes de encender la televisión, para poder estar pendientes. También debemos silenciar los anuncios, aprovecharlos para hacer otra cosa, y siempre que sea posible, ver la tele con ellos para poder dialogar sobre lo que estamos viendo.
  • A partir de cierta edad, podemos hablar con nuestros hijos abiertamente sobre la publicidad y su objetivo. Podemos explicarles que no todo lo que dicen los anuncios es verdad, que los hacen empresas que tratan de vendernos cosas, que no tenemos por qué dejar que nos convenzan, que somos demasiado listos para que alguien nos diga cómo debemos ser o lo que debemos comprar.
  • Jugar con los niños, realizar muchas actividades con ellos (manualidades, cocina, deportes, animales…), ayudarles a que desarrollen sus muchos dones, que disfruten “haciendo” en lugar de “mirando”, de forma que sentarse a ver la televisión sea una actividad aburrida.
  • Involucrarnos como familia en actividades de ayuda y voluntariado. Podemos visitar residencias de ancianos y acompañar a los ancianitos que están más solos, colaborar con algún comedor social, apadrinar un niño del tercer mundo, jugar con los niños de un orfanato… Cualquier cosa que se nos ocurra para que nuestros hijos conozcan cómo viven algunas personas que no tienen tanta suerte como nosotros, desarrollen su empatía y disfruten ayudando y haciendo felices a otros.
  • Agradecer a Dios por lo que tenemos. Aprender a fijar nuestra vista en las muchas bendiciones que recibimos, en lugar de fijarnos en lo que no tenemos. Hacer cada semana una lista de todas las bendiciones que hemos recibido durante la semana, especialmente las bendiciones que no son materiales, y colgarla en algún lugar visible de la casa.

Todas estas ideas podemos llevarlas a cabo en cualquier época del año, pero, ¿por qué no empezar esta Navidad?

¡Bendiciones!

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