Cuando Dios se difumina (¿dónde está Dios cuando sufro?)

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Qué bonito se ve todo cuando las cosas van bien, ¿verdad? Cuando nuestros niños están sanitos y felices; cuando tenemos un agradable trabajo que nos ayuda a pagar las cuentas; cuando tenemos una hermosa casa en la que celebramos alegres reuniones familiares.

Qué bonito es todo cuando pasamos una tarde de risas con amigos mientras los niños juegan en el jardín; cuando nuestro perro se acurruca a nuestro lado mientras vemos una película en familia; cuando una suave lluvia riega nuestras rosas recién sembradas.

En esos momentos, el mundo nos parece un lugar feliz. Con sus problemas, sí, pero feliz. Sonreímos. Incluso nos volvemos poetas. Escribimos canciones, cocinamos pasteles, organizamos armarios…

¿Y Dios? En esos momentos, Dios está ahí. Tan real, tan palpable. Podemos oírlo, podemos verlo. En el canto de los pájaros, en la risa de nuestros niños, en el arcoiris. Está por todas partes. Le hablamos, le cantamos, recordamos Sus promesas y le agradecemos Sus muchas bendiciones. Porque está ahí, a nuestro lado. Y estamos seguros de que nunca se va a marchar.

Y de repente, sin ningún aviso, la vida nos golpea. Nos golpea muy fuerte. No me refiero a esos pequeños golpecitos diarios con los que estamos acostumbrados a lidiar. Hablo de esos golpes fuertes, que te sacuden y te dejan tirado en el suelo. Esos tras los que te cuesta levantar la cabeza. Esos que hacen que, de repente, Dios ya no se vea tan nítido. Que hacen que Dios… se difumine.

¿Qué pasa cuando perdemos nuestro bonito trabajo y ya no podemos pagar las cuentas? ¿Cuando las cartas de nuestros acreedores reclamándonos pagos que no podemos hacer se acumulan en el buzón? ¿Cuando nuestra bonita casa en la que guardamos tantos recuerdos, nuestro querido hogar, arde en llamas?

¿Dónde está Dios cuando nuestro pequeño y dulce niño está en una cama de hospital y nadie sabe qué le sucede? ¿Cuando nuestra pareja decide marcharse en busca de aventuras más “excitantes”? ¿Cuando nuestro hijo adolescente escoge caminos dolorosos y nos hace dudar de nuestra capacidad para ser padres? ¿Cuando nuestro amor, nuestro compañero del alma para toda la vida sufre una larga y dolorosa enfermedad mental de la que no se consigue levantar? ¿Cuando la muerte nos separa? ¿Cuando el cáncer consume nuestras fuerzas y nuestras ganas de seguir luchando?

¿Dónde está Dios entonces? Sabemos que está. Nos lo dice la razón, la Biblia y nuestra propia experiencia. Nos lo dicen nuestros seres queridos. Nos lo dice el pastor y el libro de nuestra mesilla de noche. Está. Lo sabemos. Pero no podemos verlo. Las lágrimas nos lo impiden. Y necesitamos verlo.

Yo no sé por qué pasan esas cosas. Y tampoco sé por qué nos cuesta tanto ver a Dios cuando más lo necesitamos. Pero lo que sí sé es que está. Siempre está. Y sentir Su compañía y Su apoyo en nuestras horas más oscuras es el privilegio más grande que podemos tener.

No podemos escoger las batallas que tendremos que pelear, pero podemos escoger al lado de Quién vamos a pelearlas. Podemos escoger mirar con los ojos de la fe. Podemos escoger creer aunque no veamos. Podemos escoger orar aunque no escuchemos la respuesta. Podemos escoger caminar “como viendo al Invisible” (Hebreos 11: 27), sabiendo que Sus promesas son fieles y verdaderas.

Podemos decidir sacar lo bueno de cada experiencia dolorosa, para después poder “consolar de la misma manera que fuimos consolados” (2 Corintios 1: 4). Podemos decidir ser una bendición para los demás.

Podemos decidir recordar que ésto también pasará. Y dejarnos mimar y aconsejar por Aquel que “nos amó hasta el fin” (Juan 13: 1) y “nos tiene esculpidos en las palmas de Sus manos” (Isaías 49: 16).

Y durante todo ese doloroso proceso, en medio de la tormenta, podemos experimentar una intimidad con Dios que jamás conseguiríamos en medio de la calma.

No sé cuál es tu tormenta. Solo sé cuál es la mía. Pero mi deseo para ti y para mí es el mismo: que nos tomemos fuerte de la mano de “Aquel que es poderoso para hacer mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Efesios 3: 20), que cerremos los ojos y esperemos a que pase la tormenta. Y que una vez haya pasado, podamos decir con lágrimas en los ojos, esta vez de alegría:

“De oídas Te conocía, pero ahora mis ojos Te ven” (Job 42: 5)

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