Venciendo el complejo de “mamá culpable”

Mamá culpable

He estado unas semanas desconectada de la red, y durante ese tiempo ha habido muchos cambios en mi vida. Uno de los más importantes es que mi niña se ha hecho mayor. Sí, ya sé que he dicho esto muchas veces. Pero esta vez, de verdad, se ha hecho mayor.

Una noche metí en la camita, besé y arropé a mi bebé, y a la mañana siguiente se despertó en su lugar una niñita. Una niñita bellísima, dulce y muy inteligente, pero también traviesa, retadora, y a veces, desafiante. Agotadoramente desafiante.

El paso de bebé a niña ha sido asombrosamente rápido, tan solo unos pocos días. No nos ha dado tiempo a hacernos a la idea, a prepararnos, a leer sobre ello o a planificar una nueva estrategia. Nuestra pequeña ha cambiado su forma de jugar, de relacionarse con el mundo y con nosotros. Su fuerte personalidad, que ya se intuía desde que era muy pequeñita, ha brotado en todo su esplendor. Ahora no se quiere vestir, no se quiere peinar, no se quiere lavar los dientes… Y nos lo hace saber con palabras, gritos, tapándose la boca o echando a correr. Siente una atracción especial por tocar todo lo que no debe tocar, y lo intenta una y otra vez, y lo hace mirándonos a los ojos, y lo vuelve a intentar cuando nos damos la vuelta. Y así una larga lista de pequeñas batallas que ahora son la sal y pimienta de nuestro día a día. Os suena, ¿verdad?

Así que, cuando al final del día cae rendida en su camita, yo me siento a descansar en el sofá, y las imágenes de todo lo que ha sucedido en el día vienen a mi cabeza. Y me doy cuenta de cuántas veces me he enfadado, cuántas veces he tenido que dejar de jugar y dejarla solita reflexionando hasta que decida hacer lo que sabe que debe hacer, cuántas veces he tenido que decir “no” en un tono más alto del que hubiera deseado.

Añoro aquellos días en los que nos dedicábamos a jugar, cambiar pañales, hacer cosquillas, preparar papillas y mecernos hasta quedarnos dormidas. Esos días en los que todo era juego y risa; en los que dejaba a mi pequeña donde necesitaba que estuviera y ella se quedaba allí; en los que, para que no tocase algo peligroso solo necesitaba distraer su atención. Ahora nuestros días siguen llenos de juego y risas, pero también de enfados, pequeñas batallas y algún que otro llanto (suyo, y también mío, he de confesar).

Entonces, me envuelve un sentimiento de culpabilidad. ¿Lo estoy haciendo mal? ¿Es normal un cambio tan grande en tan poco tiempo? ¿Será que me falta paciencia? ¿No sería mejor relajarnos y dejar de batallar? ¿Quizá esperar a que sea un poco más grande para exigir ciertos comportamientos de ella?

Así que acudo a la Biblia buscando el consejo del mejor Educador, del que sigue tratando de educarme a mí sin rendirse todavía. Y ésto es lo que encuentro:

– “Hijo mío, no rechaces la disciplina del Señor, ni te enojes por Sus reprensiones, porque el Señor disciplina al que ama, como un papá al hijo que quiere.” (Proverbios 3: 11, 12)

– “Hijos míos, escuchen las enseñanzas de su papá; presten atención para que adquieran inteligencia.” (Proverbios 4:1)

– “El que no corrige al hijo, lo odia; el que lo ama, lo disciplina a tiempo.” (Proverbios 13:24)

– “Corrige a tu hijo cuando todavía estés a tiempo, pero no acabes con él a punta de castigos.” (Proverbios 19:18)

– “Instruye al niño en su camino, y cuando sea viejo no se apartará de él.” (Proverbios 22:6)

– “La necedad forma parte del corazón del muchacho, pero la disciplina hará que se corrija.” (Proverbios 22:15)

– “Corrige a tu hijo y vivirás en paz, y te sentirás orgulloso de él.” (Proverbios 29:17)

Mi pequeña es una personita maravillosa. Es dulce e increíblemente cariñosa. Es asombrosamente inteligente y disfruta descubriendo y aprendiendo. Tiene un hermoso sentido del humor y muchísimos dones que ya brillan a su tierna edad. Y también un carácter fuerte y una voluntad firme, que serán una gran bendición en su vida. Pero necesita aprender a controlar ese carácter fuerte y enfocar esa voluntad firme hacia el bien. Necesita aprender a dominar sus impulsos y a obedecer a sus padres aunque a veces no comprenda. Y tiene que ser ahora, cuando su pequeño e inquieto cerebro está más receptivo, para lo bueno y para lo malo, cuando absorbe información como una esponjita.

Y solo nosotros se lo podemos enseñar. Pero, ¿cómo hacerlo conservando la alegría, el brillo en los ojos de mi niña, la chispa de mi hogar que tanto amo? ¿Cómo hacerlo sin utilizar recursos fáciles como gritos o castigos?

No será fácil, pero se puede. Igual que Dios hace conmigo. Aunque necesitaré mucha sabiduría, Su sabiduría. ¡Qué bueno saber que me la ofrece con solo pedírsela!

Esta nueva etapa no ha hecho más que empezar, y será desafiante y maravillosa al mismo tiempo. ¡Qué alivio saber que vamos por el buen camino, y que con Su ayuda, mi pequeña florecerá en todo su esplendor!

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