Cómo una madre sencilla y corriente puede cambiar el mundo

Madre sencilla puede cambiar el mundo

Quiero compartir con vosotros la experiencia de una mamá y persona maravillosa que hace unos meses decidió pasar de la preocupación a la acción. Su nombre es Emily Wierenga, tengo el privilegio de conocerla personalmente, y os aseguro que su experiencia os va a estremecer e inspirar a la vez.

Nunca había planeado fundar una ONG.

Pero tampoco había planeado enamorarme.

Ocurrió en un viaje de bloggers a Uganda el invierno pasado. Me enamoré de un país del tercer mundo. Me enamoré de su gente de ébano, de las calles de arena rojiza y del verde de las plataneras, con madres descalzas llevando bebés en su espalda y baldes de agua amarillos en sus cabezas, y sus hijas cargando más agua detrás de ellas. Me enamoré de las vacas tumbadas en medio de las intersecciones, con gallinas, perros y el olor a plátano en un mundo que vive fuera -porque dentro no hay nada excepto suelos sucios cubiertos de finos colchones o sacos de paja para dormir. Cocinaban, limpiaban, lavaban la ropa y hacían la colada todos juntos, como una comunidad.

No tenían nada que esconder.

Tomamos un vuelo chárter hacia Gulu para conocer ex-niños soldado que estaban recogiendo los trozos de su devastado pasado y convirtiéndose en costureras y mecánicos, y yo no podía dejar de abrazarlos, intentando de alguna manera aliviar los horrores del pasado.

Volamos a Kampala y visitamos el suburbio de Katwe. Los caminos estaban llenos de basura y los niños tenían abdómenes distendidos. Caminé por esos senderos y le di la mano a madres que estaban dobladas bajo cubos sucios de agua. Sus ojos guardaban el dolor de miles de noches en vela. Me agaché y cogí todos los niñitos que pude, besé sus delgadas mejillas y sentí el vacío de su futuro.

Viajamos en furgoneta a un pueblo cercano, a un hogar de niños en el que conocí al niño que apadrinaba.

Y conocí a su madre.

Había caminado cuatro horas solo para conocerme.

Sus pies estaban rojos por la tierra de Uganda, y ella sudaba bajo el inmenso calor. Sus ojos brillaban pero bajó la mirada. Miró sus sandalias, incluso cuando yo puse mi mano en su hombro, y pude sentir la fuerza en ese brazo de granjera.

Había perdido a su marido unas semanas antes de SIDA, una enfermedad de la que la gente todavía habla en susurros por la vergüenza a la que va asociada.

Había tenido que dejar a sus hijos mucho antes en ese hogar que estaba visitando, porque tenía un marido enfermo que cuidar, una granja que no daba dinero, y ninguna forma de alimentar a sus pequeños.

Y ahí estaba yo, capaz de pagar la ropa y la educación de sus hijos mientras ella no podía. Y no porque yo trabajase más duro. No, ella trabajaba desde el amanecer hasta el anochecer y tenía callos en sus manos y en sus pies. No, era porque yo venía de un país de primera clase que rebosa comida y privilegios, mientras el resto del mundo está obligado a alimentarse de nuestra basura.

Le sonreí, pero me sentía enferma.

Soy madre. Cada noche entro en la habitación de mis hijos, y sufro por ellos que duermen en sus camitas, porque no puedo evitar el sufrimiento que encontrarán en la vida. No puedo imaginar lo doloroso y humillante que debe ser tener que pedir a alguien que se ocupe de tus hijos. No ser capaz de darles agua o comida, no poder tenerlos bajo tu techo, y entonces, caminar 4 horas para conocer a la mujer que sí que puede.

Esa mujer (yo) que viaja en avión con su maleta llena de ropa, su bolso lleno de maquillaje y su cartera llena de dinero, y dice que lo hace en el nombre de Jesús -un Dios al que esta granjera alaba más reverentemente cada día de lo que yo lo haré en toda mi vida.

Nuestro Padre llora. Él sufre por cada madre (porque hay cientos de miles en África en la misma situación) que tiene que perder a sus hijos porque no puede cuidarlos.

Y, ¿sabéis? Él nos está pidiendo que hagamos algo al respecto.

Apadrinar un niño es bueno, no me entendáis mal. Yo apadrino tantos como puedo.

Pero estando ahí junto a esa preciosa mujer de sombrero marrón y mirada triste, y con los ojitos de su hijo brillando al mirarme, pensé: “No. Es suficiente. Tiene que haber más.”

Quiero que ese niño mire con adoración a su madre, no a mí, una extraña.

Quiero que la busque a ella para que supla sus necesidades, no a mí, alguien de fuera que no lo parió sin epidural, que no lloró y oró por él cada noche de su infancia, que no ha pasado cada minuto de cada día tratando de ganar algo de dinero para comprarle un bol de matoke (plátano cocinado) para que no se muera de hambre.

Tras volver a mi casa en Canadá, pasé meses cayendo sobre mis rodillas cuando mi familia se había ido a dormir. Me arrodillaba en la alfombra frente al fuego y lloraba.

Seguía viendo a esos niños VIH-positivos tumbados en el suelo sucio, llorando y llamando a sus madres, que no podían venir porque habían muerto. Esos adolescentes esnifando pegamento para calmar el dolor de su hambre. Esas abuelas que trabajaban 20 horas por día para conseguir comida para los niños de sus hijas muertas; niños que yacían en el suelo mientras los pollos defecaban a su alrededor.

No creé una ONG para ayudar a las madres del suburbio de Katwe porque me sintiera culpable. Simplemente supe que mi vida ya no podría ser la misma, porque una vez Dios te abre los ojos al sufrimiento de los demás, te conviertes en responsable. No podía seguir fingiendo que no había visto nada. No podía seguir fingiendo que todas las personas en el mundo viven igual que yo. Lo había visto. Y me había golpeado.

Nuestra visión en The Lulu Tree es trabajar por las madres viudas VIH-positivas del suburbio de Katwe, Uganda (el peor de los ocho suburbios de Kampala), equipándolas para que puedan cuidar de sus propios hijos. Nuestro slogan es “Previniendo los huérfanos de mañana equipando a las madres de hoy”.

Alto, lo sé. Pero tienes que soñar en grande, ¿no? “Apunta a la luna y aterrizarás en algún lugar en las estrellas”.

Así que estamos apuntando a la luna.

Nos ha llevado leer incontables libros; nos ha llevado hablar con otras ONGs pensando que tenía un plan, y darme cuenta de que mi plan estaba mal. Nos ha llevado intentar hacer las cosas por mí misma, y darme cuenta de que necesitaba contratar a alguien de allí, que tenga el corazón de su gente, que viva allí, que entienda sus mentes y cosas como no dar demasiado dinero del sponsor a las madres, porque les robaría su instinto de supervivencia. Nos ha llevado todo esto darnos cuenta, una vez más, de que no se trata de mí haciendo algo por ellos; se trata de todos trabajando juntos para Dios. Se trata de nosotros haciendo la colada y la vida juntos, fuera, bajo el sol, a la vista de todos, porque no tenemos nada que esconder.

Yo no soy especial. Solo tengo un corazón, como vosotros. Si dejamos que Dios use nuestros corazones, si permitimos que Su amor nos defina, nos moldee y fluya a través de nosotros, Él puede cambiar el mundo.

La fundación que ha creado Emily se llama The Lulu Tree, y en los pocos meses de vida que tiene ha conseguido grandes cosas, entre otras, dar un futuro a 6 preciosas mamás y a sus bellos hijos.

Hay muchas formas en las que os podéis involucrar en este ministerio. Si queréis saber más, poneos en contacto conmigo y os explicaré todo lo que podéis hacer. Pero sobre todo nos gustaría mucho que nos ayudaseis a correr la voz acerca de este precioso proyecto. Hablad del proyecto a vuestros amigos y familiares, compartid el perfil de facebook, visitad la tienda Etsy (cuyos beneficios se destinan íntegramente a los proyectos de la fundación)… Con vuestra ayuda podemos alcanzar a mucha gente, y mostrar cómo, con muy poco, podemos hacer muchísimo.

Podéis leer el post original aquí.

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2 thoughts on “Cómo una madre sencilla y corriente puede cambiar el mundo

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