Los deberes nos persiguen. ¿Realmente son necesarios?

Deberes

Hoy quiero reflexionar sobre los deberes, esa actividad cotidiana que persigue a las familias con hijos escolarizados: llenan de actividad las tardes, amenizan los fines de semana e incluso acompañan en vacaciones. Oficialmente cumplen varias funciones: ayudan a fijar contenidos, a asimilar contenidos difíciles, promueven el trabajo autónomo en el niño y la autodisciplina. Estamos tan habituados a ellos, están tan introducidos en nuestra cultura, que son pocas las personas que cuestionan su existencia y su necesidad.

Como madre, los deberes nos acosaron a mi hija mayor y a mí durante muchos años. Y aprendimos a convivir con ellos. Pero como maestra, no puedo dejar de preguntarme: ¿realmente son necesarios? ¿Son la mejor manera de inculcar en los niños el aprendizaje autónomo y la autodisciplina? Si escogemos tareas escolares que los niños ya dominan con el fin de que trabajes solos, ¿no se convierte en una tarea innecesaria? Y si escogemos tareas que aun no dominan, y necesitan a sus padres para realizarlas, ¿no deja de ser trabajo autónomo? (¡Cuántos padres, en un arrebato de desesperación por el tiempo empleado, no acaban terminando ellos las tareas de sus hijos! Que levante la mano quien nunca lo haya hecho. Vaya, no hay manos levantadas. La mía tampoco, tengo que reconocer).

Hace unos días leí un post acerca de esto en la web Actualidad Pedagógica que se llamaba “10 verdades acerca de los deberes”, con el que coincido en muchos de sus puntos de vista:

  1. Los deberes no desarrollan aspectos positivos del carácter como la autodisciplina o la responsabilidad.” Al ser tareas impuestas y poco atractivas, los niños desarrollan rechazo hacia ellas, haciéndolas por obligación, sin motivación, e intentando evitarlas si es posible.
  2. El impacto sobre el resultado académico de los deberes es pequeño en secundaria y mínimo o inexistente en primaria.”
  3. Los deberes alejan a los alumnos de sus familias.” Unos, porque los hacen solos, así que siguen separados de sus padres después de 8 horas en la escuela. Y otros porque su resistencia a hacerlos convierte la casa en un campo de batalla, creando tensiones entre los niños y sus padres.
  4. Cuanto más tiempo se dedique a los deberes, se dispone de menos tiempo de calidad en clase.” Los profesores pierden muchísimo tiempo en clase mandando, controlando y corrigiendo deberes. Tiempo que se podría emplear en reforzar contenidos en el aula sin necesidad de hacerlo en casa.
  5. Son discriminatorios.” Los niños que no tienen a sus padres o a algún adulto para ayudarles o motivarles a hacer los deberes, con frecuencia no los hacen o los hacen mal. Esos niños generalmente pertenecen a clases sociales más bajas.
  6. Los efectos positivos de los deberes son menores que los efectos negativos.” La pérdida de motivación e interés por el estudio, la desidia generada y el perjuicio en las relaciones familiares no son compensados por los supuestos avances académicos que generan los deberes.

No, en mi opinión, los deberes no son necesarios en la infancia. No solo no son necesarios, sino que pueden llegar a causar más perjuicios que beneficios. Debemos salir ya de esa concepción académica y matemático-verbal de la educación, y comprender que los niños se desarrollan en múltiples dimensiones, y que todas ellas tienen la misma importancia. Es necesario que lean, que realicen operaciones matemáticas, que memoricen ríos y capitales y la tabla periódica. Pero es igual de necesario (o incluso más) que hagan deporte, que toquen música, que canten, que pasen tiempo con su familia, que aprendan habilidades de la vida diaria, que se socialicen… que jueguen.

Con esto no estoy queriendo decir que los niños no deberían tener nada que hacer cuando salen de la escuela. Todo lo contrario. Creo que es imprescindible que tengan actividades fuera de la escuela, pero no necesariamente relacionadas con ella. Cuando los niños salen de la escuela después de pasar 8 horas ahí, y tienen que pasar un tiempo indefinido realizando deberes (además de acudir a extraescolares), perciben el mensaje de que su única responsabilidad es la escuela. Y ese mensaje es falso y peligroso. Los niños y adolescentes tienen muchas más responsabilidades: tienen la responsabilidad de colaborar en las tareas de casa, de cuidar de sus hermanos pequeños y ayudar a sus hermanos mayores, de atender a sus abuelitos, de hacer la compra, de cuidar de su mascota, de servir a su comunidad y a sus vecinos, de desarrollar sus talentos… Y cuando llenamos sus días de responsabilidades escolares, no les dejamos tiempo para lo demás.

Creo en el beneficio de que los niños realicen actividades fuera de la escuela, pero no en el concepto tradicional de “deberes”. Ésta sería mi propuesta:

Durante la etapa de Infantil y el primer curso de Primaria, los niños no deberían tener “deberes”. Comparto plenamente la opinión de María Montessori cuando dijo: “Jugar es el trabajo del niño”. Jugando aprenden, conocen su entorno y a sí mismos, se desarrollan físicamente, desarrollan autodisciplina, capacidad de cooperación y una gran creatividad. Pero por alguna razón, nos obsesionamos con que los niños aprendan a leer cuanto antes (a pesar de que en Finlandia, país puntero en materia de educación, no leen hasta los 7 años). Y esa obsesión nos lleva a presionarlos con tareas y ejercicios cuando no es necesario. Cada niño tiene un ritmo de maduración distinto, así que no debemos preocuparnos si, una vez descartado un trastorno grave, un niño aprende a un ritmo diferente. Alcanzará a sus compañeros si mantenemos su autoestima y su pasión innata por aprender. Si aun así consideramos que un niño en la etapa infantil necesita reforzar conocimientos, es necesario que busquemos la manera de que lo hagan conservando su curiosidad infantil, su motivación y su alegría al aprender. En lugar de “mandar deberes”, podemos incentivar su aprendizaje autónomo: “Por cada 10 veces que escribas en casa esta palabra, te daré una fresa”; o “si escribes esta frase 30 veces, mañana te podrás llevar a casa el hámster de la clase”. El aprendizaje es mucho más agradable, voluntario y sólido cuando no es motivado por una imposición, sino por un reto.

Durante la Primaria hay infinidad de actividades que les podemos proponer, que potencien su aprendizaje voluntario, su autonomía y su capacidad de esfuerzo. Se me ocurren algunos ejemplos:

  • Cuando lleguéis a casa vais a ayudar a los papás en las tareas de casa, y mañana compartiremos qué hizo cada uno, si nos pareció fácil o difícil, cómo nos sentimos al terminar…
  • Vamos a hacer un experimento sociológico. Vamos a poner en la puerta de los vecinos algún regalito (una tarjeta de cariño, un bombón, una flor…), tocar el timbre y escondernos para observar cuál es su reacción.
  • Los niños que tienen mascota van a enseñarle a hacer algún truco nuevo.
  • Vamos a buscar un personaje de la historia que nos inspire, y averiguar cómo fue su infancia.
  • Vamos a hacer un experimento químico sencillo que se pueda realizar con productos caseros y con ayuda de toda la familia.
  • Etc…

Si algún niño sigue necesitando refuerzo en un área, debemos seguir enfocando la tarea como un reto, y no como una imposición.

A partir de la Secundaria es buen momento para ir introduciendo los deberes tradicionales, de manera progresiva (no debemos olvidar que entran en Secundaria a la tierna edad de 11 años), ya que los estamos preparando para que realicen estudios superiores que requerirán mucho trabajo académico en casa.

Los niños comienzan a perder el interés por los estudios aproximadamente en 4º de Primaria, y gran parte de la culpa de ello la tienen los deberes. ¡Cómo cambiarán sus vidas si conseguimos que conserven esa curiosidad y ese amor por aprender con el que Dios los hizo nacer!

Aquí tenéis el artículo de Actualidad Pedagógica.

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