Cuando pierdo la paciencia (oración cuando los desafíos crecen)

Cuando pierdo la paciencia

Ver a los niños crecer es un espectáculo maravilloso. Cada nueva etapa está llena de magia y espectación, ansiosos por ver qué será lo próximo que aprenderán a hacer o a decir, cuál será su próximo logro.

La etapa de los dos años (en la que nos encontramos ahora) es fascinante. Cada día es nuevo y diferente. Cada día nos despertamos deseando conocer nuevamente a esa niñita que duerme a nuestro lado, y que crece y cambia por minutos. Y cada día nos sorprende con un nuevo descubrimiento o una nueva habilidad. Su pequeña lengüita de trapo nos hace reír a cada instante, y su increible inteligencia no deja de sorprendernos.

Pero los dos años también son una edad desafiante, llena de “¡no quiero!”, de experimentos pringosos no autorizados, de luchas por la independencia y de alguna que otra rabieta. Y cuando mezclamos todo esto y le añadimos las características de un niño de carácter fuerte, el resultado es una etapa agotadora, desafiante, y muchas veces, frustrante. Muy frustrante.

Tan frustrante, que nos encontramos a nosotros mismos perdiendo la paciencia, y haciendo cosas que prometimos no hacer jamás: gritamos, lanzamos miradas amenazantes y dejamos caer castigos sin sentido. Añoramos aquellos tiempos en los que no había conflicto, y nos preguntamos si lo estaremos haciendo bien. Cuando estamos a solas hacemos recuento de los últimos momentos vividos, recordamos las últimas luchas y conflictos, analizamos nuestros errores, planificamos una preciosa y efectiva estrategia, y nos hacemos el firme propósito de no volver a fallar. Pero en algún momento del día, y sin saber cómo, lo volvemos a hacer: volvemos a estallar. Y cada nueva caída aumenta nuestro sentimiento de culpa.

Hace unas noches, acosté a mi pequeña a dormir después de una tarde agotadora, y me dejé caer en la cama, cansada, frustrada, con lágrimas en los ojos y preguntándome qué estábamos haciendo mal. Tratando de relajarme y de evadirme, puse una canción que siempre me llega al corazón. Es una preciosa declaración de intenciones sobre cómo deberíamos tratarnos unos a otros basándonos en cómo Dios nos trata a nosotros, inmerecidamente.

Esta es la canción, cantada por Gaither Vocal Band y Signature Sound, y abajo os dejo la traducción.

1. Entonces viviré como alguien que ha sido perdonado.

Caminaré con alegría, sabiendo que mis deudas han sido pagadas.

Sé que mi nombre está limpio ante mi Padre.

Soy Su hijo y no tengo miedo.

Así que, tan grandemente perdonado, perdonaré a mi hermano.

La Ley de Amor obedeceré con alegría.

2. Entonces viviré como alguien que ha aprendido la compasión.

He sido amado tanto que me arriesgaré a amar también.

Conozco cómo el miedo construye muros en lugar de puentes.

Me atreveré a mirar desde el punto de vista del otro.

Y cuando las relaciones demanden un compromiso,

estaré ahí para ocuparme y cuidarlas.

3. Venga Tu Reino a mi alrededor, a través de mí y en mí.

Que Tu poder y Tu gloria brillen a través de mí.

Que pueda llevar Tu Santo nombre con honor.

Y que Tu Reino Vivo venga a mí.

Que pueda compartir el Pan de Vida con honor.

Y que Tú puedas alimentar un mundo hambriento a través de mí.

Y mientras escuchaba esta canción, me sacudió un pensamiento: Es una declaración de intenciones sobre cómo debemos tratar a nuestros hijos. ¿Por qué muchas veces tratamos mejor a los extraños que a nuestros propios hijos? ¿Por qué aceptamos la compasión de Dios hacia nosotros, pero nos cuesta tanto dársela a nuestros hijos? ¿Por qué seguimos creyendo que si tenemos mucha paciencia con ellos los estamos malcriando?

La paciencia de Dios no tiene límites; nada puede acabar con ella, ni el tiempo ni nuestras acciones. Dios no grita, no amenaza ni intimida. Ni a nosotros ni a nuestros hijos. Él gana nuestro corazón, con Su amor y con Su inagotable paciencia. Y es lo que desea que nosotros hagamos también.

Por supuesto somos humanos, y caemos. A veces estamos cansados, o nos sentimos enfermos. A veces luchamos con problemas que nos superan. A veces la tristeza llena nuestro corazón. Y podemos volver a caer y perder la paciencia, muchas veces con quien no lo merece. Pero para esos momentos está la maravillosa paciencia de Dios con nosotros, para perdonarnos, darnos fuerza y recomponer lo que hayamos roto.

He transformado la canción en una oración por mis hijos, y quiero tenerla en mi mente en todo momento, recordándome que ellos son dignos de todo el amor, el respeto, la compasión y la paciencia del mundo, tal como Dios me los concede a mí sin merecerlos.

1. Ayúdame a vivir como alguien que ha sido perdonado.

Ayúdame a caminar con alegría sabiendo que mis deudas han sido pagadas. Ayúdame a hacer sentir a mis hijos que tampoco tienen ninguna deuda conmigo.

Sé que mi nombre está limpio ante mi Padre, a pesar de que no lo merezco.

Soy Su hija, y no tengo miedo. Y así es como quiero que mis hijos estén ante mí: confiados y sin miedo.

Me has perdonado tanto que deseo ser capaz de perdonar de la misma manera a mis hijos, sin límites ni memoria. Quiero abrir cada día con ellos una página en blanco, en la que no haya recuerdos de los errores pasados.

Tu ley, Dios, es de amor, y quiero que la mía también lo sea, para que mis hijos puedan obedecerla con alegría.

2. Ayúdame a vivir como alguien que ha aprendido lo que es la compasión. He recibido mucha compasión sin merecerla. Y mis hijos también merecen recibirla de mí.

He recibido tanto amor, que deseo que fluya a través de mí y cubra a mis pequeños, no importa lo que hagan.

Sé que el miedo construye muros en lugar de puentes. Por eso deseo educar a mis niños sin temor, sin amenazas, sin castigos y sin gritos. Deseo que en nuestra relación no haya muros de temor, sino puentes de amor.

Quiero ver el mundo a través de sus ojos, ponerme en sus zapatos y entender su corazón. Quiero recordar en todo momento que son niños, que piensan y actúan como niños. Que son activos, olvidadizos, algo testarudos, exploradores, ingenuos y necesitan que les repita las cosas muchas veces. Y así, tratarlos como niños, y esperar de ellos tan solo lo que un niño puede hacer.

Mi relación con mis hijos es la más importante de mi vida, y la que exige mayor compromiso. Y deseo entregarme a ellos en cuerpo y alma. Demostrarles que realmente son lo más importante de mi vida; demostrárselo con palabras, con mis manos, con mi mirada y con mi tiempo. Estar siempre disponible y cubrir sus necesidades físicas y emocionales.

3. Venga Tu reino a mi alrededor, a través de mí y en mí, y que a través de mí llene cada rincón de mi hogar. Deseo que uses mis manos y mi voz para convertir mi hogar en un pedacito de Cielo.

Deseo que Tu poder y Tu gloria brillen a través de mí, y mostrar a mis hijos lo que son capaces de hacer de Tu mano.

Quiero ser una digna representante de Tu Nombre ante mis hijos, y llevarlo con honor. Deseo que puedan verte a Ti a través de mí.

Y que sientan que estás a su lado.

Quiero compartir con ellos el Pan de Vida, hablarles de Tu gran amor por ellos y mostrarles la maravillosa vida que pueden tener Contigo, deseando que algún día escojan esa vida Contigo.

En el pequeño mundo que me has entregado, que es mi hogar, quiero ser Tus manos, Tus pies y Tu voz, para que puedas alimentar este mundo hambriento a través de mí.

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