3 cosas que aprendí en 10 estresantes segundos

3 cosas que aprendí

Hace algunas semanas vivimos una experiencia de aquellas que prefieres no vivir, pero que no puedes escoger, llegan sin avisar, y gracias a Dios, traen de la mano grandes lecciones que son, como siempre, grandes bendiciones.

Quiero compartirla con vosotros porque trajo a mi memoria verdades preciosas que solemos tener medio olvidadas, y que deseo que os sean de tanta bendición como lo fueron para mí.

Antes de comenzar os diré que todo salió bien, porque no es mi intención con esta historia haceros pasar un mal rato, sino todo lo contrario. Y ahora, os cuento. Circulábamos por la autopista mi marido, mi hija pequeña de 2 añitos, y yo. Yo conducía, mi marido hablaba por teléfono a mi lado, y nuestra pequeña dormía plácidamente en su sillita. Había bastante tráfico, así que me cambié al carril central para adelantar, pero como ese carril también circulaba lento, me dispuse a cambiar al carril izquierdo de máxima velocidad. Puse el intermitente y esperé a que pasara el coche que venía detrás por ese mismo carril. Cuando pasó, me cambié al carril de la izquierda. Pero en ese momento y sin ningún tipo de aviso ni intermitente, el coche que había estado delante de mí en el carril central se cambió también al izquierdo, obligándome a frenar. Yo estaba en proceso de enfadarme con él cuando vimos que no se detenía ahí, sino que continuaba desplazándose hacia la izquierda hasta terminar en la mediana de la autopista que divide los dos sentidos. Circuló a nuestro lado por la mediana bastantes metros, dando saltos y llevándose por delante todas las plantas de separación. Yo me aparté como pude, tratando de evitar que chocase con nosotros y de evitar también chocar con los otros muchos coches que circulaban por la autopista a esa hora. Cuando encontré un sitio seguro en el arcén, paré, y bajamos a ver qué había pasado. Mi marido llamó a emergencias y caminó hacia donde estaba el coche, mientras yo me quedaba con mi hija, que inexplicablemente seguía dormida.

En el coche viajaba un matrimonio francés con su hija de 15 años. El marido sufría del corazón y había sido operado varias veces. Acababa de sufrir un micro-infarto y un desvanecimiento, y por eso perdió el control del coche. Ya os he adelantado que todos estaban bien. Pero os voy a contar algunas cosas que sucedieron y que me hicieron reflexionar cuando se me pasó el agotamiento tras la subida de adrenalina. Uf!

Esto es lo que aprendí en esos 10 estresantes segundos:

  1. Aprendí que la vida es inmensamente frágil. “Somos como hierba que hoy crece y mañana es cortada y echada al fuego” (Mateo 6: 30). La vida que vivimos es impredecible. En cualquier momento, nosotros o alguno de nuestros seres amados podemos no estar más. Esta frase la hemos escuchado tantas veces, que ya casi no significa nada para nosotros. Pero no por ello deja de ser cierta. Si hubiéramos salido de casa 3 segundos antes, el coche hubiera chocado con nosotros. Si en la mediana, en lugar de haber plantas, hubiera habido un muro, el coche hubiera chocado con nosotros. Ahora estamos, y en un segundo podemos no estar más. Por eso, no dejemos para dentro de un rato los mimos, besos y cariños que podemos dar ahora, cuando estamos juntos. Ahora es el momento de hacer todo lo que haríamos si supiéramos que es nuestro último día aquí en la Tierra. O el suyo. Ahora es el momento de dejar los platos en el fregadero y salir a jugar. De saltar en los charcos, hacer galletas y pintar con los dedos. De hacer ese curso que siempre quisimos. De leer ese libro y hacer ese viaje. De acariciar un perro y alimentar un caballo. De llamar a nuestros hermanos y achuchar a nuestros padres. De ponernos ese vestido o ese traje “especial” y salir a cenar con el amor de nuestra vida, porque sí, sin celebrar nada. De volvernos a enamorar una y otra vez de la misma persona. Ahora es el momento, porque mañana, tal vez no llegue
  2. También experimenté que vivimos en una sociedad cada vez más fría, más individual, más egoísta e indiferente. Fue tremendamente decepcionante comprobar cómo nadie, absolutamente nadie más, paró para ayudar, a pesar de que unos 10 coches presenciaron el accidente. Pero fue aun más triste descubrir un tiempo después que tampoco nadie siquiera llamó a emergencias, tal como nos informó la Guardia Civil. Pasaron decenas de coches junto al coche accidentado en medio de la autovía, y nadie decidió invertir 2 minutos en hacer una llamada que podría salvar vidas, a pesar de no tener ni siquiera que interrumpir su camino. La gente, sencillamente, vive, camina, cumple con su rutina, sin siquiera echar un vistazo alrededor buscando alguien a quien poder ayudar. Ni siquiera aprovechan las oportunidades cuando se les presentan delante. No quiero caer en esa rueda. No quiero que mi corazón se vuelva insensible ante los problemas de los demás. Y deseo con todo mi corazón que mis hijas desarrollen una gran sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno. Anhelo ser capaz de inspirar en ellas pasión por ayudar. Que su corazón sufra con el sufrimiento de los demás, y vibre ante la oportunidad de ayudarlos. Que el deseo de cambiar la vida de los demás sea el pensamiento que motive e impulse a nuestra familia.
  3. Por último, volví a experimentar la seguridad de que, en las manos de Dios, todos somos instrumentos útiles, no importa el momento, el lugar, ni las circunstancias. Están siendo tiempos difíciles para nuestra familia. Pero sentir que Dios te utiliza, a pesar de que no contabas con ello cuando te levantaste por la mañana, es una experiencia indescriptible. La familia accidentada estaba atrapada sin poder salir del coche por el inmenso tráfico que había, y además, sin saldo en el móvil para poder pedir ayuda (era un móvil extranjero). Pero cuando por fin pudieron salir, nos dimos cuenta de que tan solo hablaban francés; ni una palabra de español. Y “casualmente” el único hombre que paró para ayudar, mi marido, habla perfectamente francés, algo poco habitual en España. Cuando la mujer se dio cuenta, empezó a llorar desconsolada, descargando toda su tensión. Mi marido permaneció con ellos durante cerca de 2 horas, tranquilizándoles, haciendo de intérprete entre ellos y los sanitarios y la Guardia Civil, ayudándoles con el papeleo… Su agradecimiento era inmenso. Pero no se dieron cuenta de que éramos nosotros los que estábamos agradecidos, por poder sentir una vez más que somos útiles para Dios, aun cuando las fuerzas fallan. “Siervos inútiles somos, porque sólo hicimos lo que debíamos hacer” (Lucas 17: 10), ¡y qué privilegio!

Una última reflexión. En los dos años y medio de vida que tiene mi hija pequeña, he podido presenciar cómo la mano poderosa de Dios la protegía de un grave accidente, incluso la muerte, al menos en 3 ocasiones. Y no puedo estar más agradecida. Pero esto no tiene por qué ser siempre así. Tal vez, es posible que llegue un día en el que, por razones que no lleguemos a comprender, el Señor decida no actuar poderosamente para protegernos. Oro cada día porque ese momento no llegue. Pero si llega, si la vida nos golpea, necesito haber desarrollado una fe firme, fuerte, que no se tambalee ante el dolor, ante las cosas que no puedo comprender. Necesito confiar a ciegas en mi Dios, Aquel que no rechazó el sufrimiento en Su propia vida. Recordar que “a aquellos que Le aman, todo lo que les sucede es para su bien” (Romanos 8: 28), aunque no podamos comprender. Recordar que esta vida es un suspiro, un momento, y que pronto estaremos viviendo la Vida Verdadera en el lugar al que pertenecemos y del que nunca debimos salir. Y que en aquel día, en los brazos del mayor Amor del mundo, “no le preguntaremos nada” (Juan 16: 23), porque todo tendrá sentido.

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