¿Por qué hacemos lo que hacemos? (Una reflexión sobre el homeschooling y la paternidad entregada)

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Años atrás, cuando supimos que nuestra hija pequeña sería una niña, no hubo necesidad de pensar un nombre para ella, porque su papá llevaba enamorado de un nombre desde mucho antes de que ella existiera. Pero yo quise averiguar si su nombre tenía algún significado especial. Descubrimos que tenía, no uno, sino tres significados. Los dos primeros, muy tiernos: Doncella de Dios y Prenda de Felicidad. Pero el tercero nos llamó la atención: Flecha Fuerte (o La que Vence en las Batallas). Aunque al no ser tan tierno, le dimos menos importancia; casi se nos olvidó.

Hasta hace unos meses.

Hace un tiempo, estaba navegando por uno de los blogs de educación cristiana que me gusta seguir. Habían lanzado una especie de marca comercial que se llamaba “Criando Flechas” (Raising Arrows), basada en el texto de Salmos 127: 3, 4: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre. Como saetas en mano del valiente, así son los hijos habidos en la juventud”.

Y de repente, el nombre de nuestra pequeña cobró un significado especial.

¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Por qué dedicamos nuestra vida entera, muchas veces en exclusiva, a la crianza y la educación de nuestros hijos? ¿Por qué renunciamos a una gran parte, o en ocasiones, a toda nuestra vida profesional? ¿Por qué reorganizamos nuestra vida social? ¿Por qué dedicamos los días a realizar todo tipo de actividades, y las noches a prepararlas? ¿Por qué nos exponemos a la incomprensión social y a tener problemas legales?

¿Lo hacemos para liberar a nuestros hijos de un estrés prematuro e innecesario? Por supuesto que sí. ¿Para darles la oportunidad de que se desarrollen y aprendan a su ritmo? Claro. ¿Para que tengan tiempo de descubrir y desarrollar sus talentos? También.

Pero sobre todo, lo hacemos por una razón superior, mucho más profunda: porque nuestro mayor anhelo es que nazca en su corazón un amor profundo por Dios y por sus semejantes. Deseamos educarlos para el Reino. Deseamos que se despierten cada día de su vida con un anhelo profundo de Dios. Que hagan de Jesús su mejor amigo, consejero y guía. Que tengan un corazón sensible al sufrimiento y a la necesidad ajena. Que sueñen con encontrar la manera de mejorar las vidas que se crucen en su camino. Que sean capaces de defender sus principios, la verdad y la justicia por encima de todo.

Deseamos que sean grandes vencedores, flechas fuertes que lleven luz a un mundo que está en tinieblas.

Parafraseando a una gran educadora, soñamos con que nuestros hijos se conviertan en personas así, porque son las personas que bendicen al mundo con su existencia:

“La mayor necesidad del mundo es la de personas que no se vendan ni se compren; personas que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas; personas que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; personas cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; personas que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos.”

Y para eso necesitamos pasar cantidades ingentes de tiempo con ellos; enseñarles a ver a Dios en los pequeños detalles de la creación y en sus grandes maravillas, en contacto con la naturaleza; enseñarles a priorizar, a distinguir entre lo que es importante y lo que es imprescindible; enseñarles a disfrutar de los pequeños placeres de la vida; a valorar el trabajo bien hecho; proporcionarles oportunidades de ayudar a los demás; enseñarles a disfrutar de la compañía y la presencia de Dios.

Por eso hacemos lo que hacemos.

No es una tarea fácil. Pero tenemos a nuestro lado al Maestro de los Maestros, que tiene el mismo anhelo que nosotros, y que Su mayor sueño es abrazar a nuestros pequeños en Su Reino cuando llegue el momento.

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Tarjetas para conteo DIY

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Una de las primeras cosas que nuestros pequeños aprenden, son los números. Les encanta contarlo todo, y repetir los números de carrerilla. Y pronto vemos a los padres “compitiendo” entre sí:

-“Mi hijo ya cuenta hasta 20”.

-“Pues el mío ya cuenta hasta 100”.

Todos muy orgullosos, como debe ser.

Pero es importante recordar que, el que un niño pueda repetir los números de carrerilla, no significa que sepa contar. Para saber contar es necesario que dominen los principios básicos del conteo, que son 5:

  1. Correspondencia 1 a 1.
  2. Orden estable.
  3. Cardinalidad
  4. Abstracción.
  5. Irrelevancia en el orden.

Para dominar estos principios no es necesario que sean capaces de repetir los números hasta cifras elevadas, sino que cuenten pequeñas cantidades de objetos, muy diversos y en diferentes situaciones.

La vida nos provee infinidad de situaciones en las que debemos contar, y que podemos aprovechar. Pero hoy, además, os explico cómo elaborar un material muy sencillo para que los peques puedan practicar el conteo, y de paso, practicar la psicomotricidad fina. Podemos utilizarlo desde los 2 años, empezando con pocos números, y vamos ampliando según van creciendo.

Se trata de unas tarjetas que tienen 2 niveles de dificultad, para adaptar según el niño va creciendo y dominando el tema.

Como siempre, utilizamos materiales muy sencillos, que tenemos en casa, o que son fáciles de conseguir.

MATERIALES

  • Folios de 2 colores.
  • Cartulinas
  • Papel de plastificar.
  • Números impresos.
  • Pegatinas.
  • Pegamento.
  • Tijeras.
  • Pinzas de tender.

Hacer las tarjetas es muy sencillo. Primero, recortamos rectángulos de los folios de colores, de aproximadamente 10 x 4cm  (tantos de cada color como números queramos trabajar). También recortamos rectángulos de cartulina de esa misma medida.

En cada rectángulo de cartulina pegamos un rectángulo de folio de cada color en cada lado.

Después pegamos en cada lado de la tarjeta un número por delante y por detrás (el mismo número en ambos lados).

En uno de los colores, ponemos tantas pegatinas como el número de la tarjeta indica. En el otro lado, no pondremos pegatinas.

Para hacer las tarjetas más resistentes, podemos plastificarlas.

Quedarán así:

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Ya solo nos queda conseguir unas cuantas pinzas de tender, y empezar a jugar.

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Tenemos que enganchar tantas pinzas como indica el número.

El lado que tiene las pegatinas es el nivel fácil, ya que las pegatinas indican al niño cuántas pinzas debe poner.

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Cuando ya dominan este nivel, podemos jugar por el otro lado, en el que ya no tendrán la pista de las pegatinas.

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¡Con este juego pueden pasar rato y rato sin darse ni cuenta!

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¡Feliz aprendizaje!

Caminando cada paso de la mano del Todopoderoso

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“Orad sin cesar”. Es un texto que siempre me ha frustrado. “Sin cesar” es como… mucho tiempo. ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo lo hago? ¿Cómo incluyo esto en mi rutina de cada día? A duras penas consigo pasar un rato con Él al comenzar el día, estudiando la Biblia y orando (a veces a toda prisa) antes de que comience el movimiento. Después, me zambullo de cabeza en todas mis actividades. Y al acabar el día trato de pasar otro ratito con Él, casi siempre agotada. A veces acostada. Ratito que no suele durar mucho antes de quedarme dormida.

¿Cómo lo hago? ¿Cómo hago para estar en comunión permanente con Él?

Es mi deseo sincero estar todo el día en contacto con Él. Pero en la vorágine del día, entre el cuidado de los niños, la exigencia del trabajo, las tareas de la casa, las cuentas para llegar a fin de mes, trastos por todas partes, el coche que no arranca, no queda ropa limpia, los plazos de entrega… en algún momento, Jesús, sencillamente, se desliza fuera de mi mente. Y Su lugar es ocupado por la tensión, la ansiedad, la frustración, el agotamiento mental, el estrés, las salidas de tono de mi temperamento…

Pero algunas veces, esa carga se vuelve demasiado difícil de llevar. Hay épocas en la vida en que las cargas pesan demasiado. En que nuestros seres queridos sufren, el dinero no alcanza, la salud nos abandona, nuestros hijos se descontrolan, la soledad nos acecha, el futuro es oscuro… Hay épocas en la vida en las que no somos capaces de llevar las cargas solos. Y aferrarnos permanentemente de Su mano ya no es una opción, sino una necesidad vital.

Qué triste que solo siento la necesidad de estar permanentemente conectada a Él cuando las cosas se ponen difíciles, cuando los problemas me estremecen y las decisiones me superan.

Pero aun así, Él no se ofende ni me recrimina; y sigue acudiendo a mi llamado.

Uno de esos momentos me sobrevino hace un tiempo. Y necesité desesperadamente aferrarme a esa Mano poderosa, sanadora, tranquilizadora. Necesité “orar sin cesar”. Pero no sabía cómo hacerlo, porque aunque mi corazón estaba detenido, mi vida y mis obligaciones no lo estaban.

Entonces, el Señor puso una idea en mi corazón: programé mi teléfono móvil para que sonase una alarma cada 30 minutos. Después de estudiar y orar por la mañana, empecé mi actividad. Y como siempre, y sin darme cuenta, Dios se escurrió fuera de mi mente. Pero a la media hora, mi teléfono sonó para recordarme que Él estaba ahí. Que aunque yo no estaba pensando en Él, Él estaba pensando en mí. Y eso sucedió cada media hora durante todo el día. Una pequeña alarma en medio del estrés me recordaba que alzase mis ojos al Cielo, que elevase una pequeña oración, que agradeciese cada bendición, que pusiese en Sus manos mi ansiedad, que rindiese a Él mi temperamento, mi lucha. O simplemente me hacía sonreír al recordar que Él existe, que Él es. Y porque Él es, yo nunca estoy sola.

Fue un día diferente a todos los demás. Lleno de luchas, por supuesto. Pero también, de una paz que hacía mucho tiempo que no sentía.

Os cuento que durante ese día, mi hija pequeña, de fuerte temperamento igual que su mamá, no tuvo ni una sola salida de tono, ni una sola rabieta, ni un solo momento de descontrol. No porque ella fuera diferente, sino porque yo lo era. Durante ese día, la miré con los ojos de Dios, la entendí con Su corazón y le hablé con Sus palabras. Por un día, solo por un día, no fui yo; fue Él en mí. Fue un día agotador, en el que se libraron muchas batallas en mi corazón; pero pude ganarlas casi todas de Su mano, porque, por un día, no la solté. Y esa sensación es indescriptible.

Así que volví a hacerlo al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Y tengo intención de hacerlo cada día, hasta que vivir en permanente comunión con Él sea el estado natural de mi corazón.

Y hasta que caminar literalmente a Su lado ya no sea una lucha, sino una increíble y maravillosa realidad.