Caminando cada paso de la mano del Todopoderoso

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“Orad sin cesar”. Es un texto que siempre me ha frustrado. “Sin cesar” es como… mucho tiempo. ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo lo hago? ¿Cómo incluyo esto en mi rutina de cada día? A duras penas consigo pasar un rato con Él al comenzar el día, estudiando la Biblia y orando (a veces a toda prisa) antes de que comience el movimiento. Después, me zambullo de cabeza en todas mis actividades. Y al acabar el día trato de pasar otro ratito con Él, casi siempre agotada. A veces acostada. Ratito que no suele durar mucho antes de quedarme dormida.

¿Cómo lo hago? ¿Cómo hago para estar en comunión permanente con Él?

Es mi deseo sincero estar todo el día en contacto con Él. Pero en la vorágine del día, entre el cuidado de los niños, la exigencia del trabajo, las tareas de la casa, las cuentas para llegar a fin de mes, trastos por todas partes, el coche que no arranca, no queda ropa limpia, los plazos de entrega… en algún momento, Jesús, sencillamente, se desliza fuera de mi mente. Y Su lugar es ocupado por la tensión, la ansiedad, la frustración, el agotamiento mental, el estrés, las salidas de tono de mi temperamento…

Pero algunas veces, esa carga se vuelve demasiado difícil de llevar. Hay épocas en la vida en que las cargas pesan demasiado. En que nuestros seres queridos sufren, el dinero no alcanza, la salud nos abandona, nuestros hijos se descontrolan, la soledad nos acecha, el futuro es oscuro… Hay épocas en la vida en las que no somos capaces de llevar las cargas solos. Y aferrarnos permanentemente de Su mano ya no es una opción, sino una necesidad vital.

Qué triste que solo siento la necesidad de estar permanentemente conectada a Él cuando las cosas se ponen difíciles, cuando los problemas me estremecen y las decisiones me superan.

Pero aun así, Él no se ofende ni me recrimina; y sigue acudiendo a mi llamado.

Uno de esos momentos me sobrevino hace un tiempo. Y necesité desesperadamente aferrarme a esa Mano poderosa, sanadora, tranquilizadora. Necesité “orar sin cesar”. Pero no sabía cómo hacerlo, porque aunque mi corazón estaba detenido, mi vida y mis obligaciones no lo estaban.

Entonces, el Señor puso una idea en mi corazón: programé mi teléfono móvil para que sonase una alarma cada 30 minutos. Después de estudiar y orar por la mañana, empecé mi actividad. Y como siempre, y sin darme cuenta, Dios se escurrió fuera de mi mente. Pero a la media hora, mi teléfono sonó para recordarme que Él estaba ahí. Que aunque yo no estaba pensando en Él, Él estaba pensando en mí. Y eso sucedió cada media hora durante todo el día. Una pequeña alarma en medio del estrés me recordaba que alzase mis ojos al Cielo, que elevase una pequeña oración, que agradeciese cada bendición, que pusiese en Sus manos mi ansiedad, que rindiese a Él mi temperamento, mi lucha. O simplemente me hacía sonreír al recordar que Él existe, que Él es. Y porque Él es, yo nunca estoy sola.

Fue un día diferente a todos los demás. Lleno de luchas, por supuesto. Pero también, de una paz que hacía mucho tiempo que no sentía.

Os cuento que durante ese día, mi hija pequeña, de fuerte temperamento igual que su mamá, no tuvo ni una sola salida de tono, ni una sola rabieta, ni un solo momento de descontrol. No porque ella fuera diferente, sino porque yo lo era. Durante ese día, la miré con los ojos de Dios, la entendí con Su corazón y le hablé con Sus palabras. Por un día, solo por un día, no fui yo; fue Él en mí. Fue un día agotador, en el que se libraron muchas batallas en mi corazón; pero pude ganarlas casi todas de Su mano, porque, por un día, no la solté. Y esa sensación es indescriptible.

Así que volví a hacerlo al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Y tengo intención de hacerlo cada día, hasta que vivir en permanente comunión con Él sea el estado natural de mi corazón.

Y hasta que caminar literalmente a Su lado ya no sea una lucha, sino una increíble y maravillosa realidad.

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