Máquina de sumar DIY para preescolares

Maquina de sumar

Hoy os presento la máquina de sumar que hemos hecho en casa. Podemos utilizarla desde los 4 ó 5 años. Con ella, los niños empiezan a comprender el concepto de “suma” (añadir una cantidad a otra o juntar varias cantidades) mientras se divierten jugando con materiales manipulativos.

Como siempre, está elaborada con materiales que tenemos en casa o que son muy fáciles y baratos de conseguir.

MATERIALES:

  • Caja de cartón mediana.
  • Tubos de papel higiénico.
  • Pequeños botecitos de cartón.
  • Goma EVA o cartulinas.
  • Cinta de embalar o de pintor.
  • Papel de regalo, papel de scrapbook o témperas (opcional).
  • Cuentas de manualidades o pompones pequeños.
  • Tijeras.
  • Cúter.
  • Pegamento.
  • Cola fuerte o silicona caliente.
  • Rotulador.
  • Cinta adhesiva de imán o velcro adhesivo.
  • Papel de plastificar.

PASOS:

Primero, escogemos la caja. No es necesario que sea muy grande. La que yo escogí  era blanca, para no tener que complicarme demasiado decorándola. La decoración, por supuesto, es opcional, y dependerá del niño, de sus gustos, y del tiempo y las ganas que tengamos 😉 Cualquier caja no demasiado grande servirá.

Para darle forma, primero cortamos con un cúter la tapa delantera, dejando un pequeño borde inferior, y la reservamos para usarla después.

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Después, cortamos también los laterales, dejando un borde inferior del mismo ancho que el delantero. Por último, cortamos la lengüeta posterior.

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Nos quedará así:

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Pegamos la tapa delantera que hemos reservado sobre la tapa trasera, para que quede así:

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Para evitar que los niños se corten con el cartón, pegamos cinta de embalar o de pintor en los bordes.

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Ahora colocamos los accesorios que nos ayudarán a realizar las sumas.  Para al recipiente principal en el que caerán las cuentas yo utilicé un bote vacío de Pringles y lo forré con papel de Scrapbook. Puede servirnos cualquier botecito de cartón.

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En las esquinas laterales colocamos 2 botecitos más pequeños para almacenar las cuentas (yo usé botecitos de siembra).

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Cuando lo pegamos todo, queda así:

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Ahora preparamos los “toboganes” por los que se deslizarán las cuentas. Usamos 2 tubos de papel higiénico. Para decorarlos, yo los plastifiqué con papel de scrapbook. También podemos pintarlos, o dejarlos como están. Los pegamos con silicona caliente o con cola fuerte, y quedará así:

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En la parte superior ponemos el nombre “Máquina de sumar” con letras de goma EVA o de cartulina.

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En el borde del cajón delineamos los espacios donde colocaremos los números para realizar la suma y pegamos cinta adhesiva de imán o velcro adhesivo.

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Por último, ponemos cuentas de manualidades o pompones de 2 colores en los botecitos reservados para ello, y ya tenemos la máquina terminada.

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Ahora preparamos los números para las sumas. Adaptaremos las cantidades al nivel de los niños. Aquí podéis descargar la plantilla de números hasta el 20. Para que sean más resistentes, podemos pegarlos en cartulinas y plastificarlos.

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Por detrás les ponemos imán o velcro.

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Y ya estamos listos para sumar.

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¿CÓMO LO HAREMOS?

Escogemos las 2 cantidades que queremos sumar, y las ponemos en la máquina de sumar para poder verlas. Cogemos del botecito de la izquierda la cantidad de cuentas o pompones que indica la primera cifra, y las tiramos por el tobogán de la izquierda, para que caigan en el bote centra. Después hacemos lo mismo con las cuentas de la derecha; cogemos las que indica la cifra de la derecha y las dejamos caer por el tobogán de la derecha.

Todas se habrán juntado en el bote central. Ahora solo tenemos que contarlas, buscar la cifra del resultado entre los números, y colocarlo en su lugar para que la suma esté completa.

 

Así de fácil y divertido es aprender a sumar jugando 😉

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Milagros, ¿por qué unas personas los reciben y otras no?

Milagros

Hace unos días, una persona muy querida por mí reflexionaba sobre cómo a veces, con la mejor intención, compartimos situaciones en las que alguien ha vivido un milagro, y personas que no lo han vivido y lo anhelan, se sienten tristes, frustradas, e incluso dudan de su fe.

Yo, personalmente, nunca he vivido un milagro, tal como lo entendemos. Nunca he experimentado un acontecimiento sobrenatural que resolviese una situación que escapaba a mi control. Y os aseguro que ha habido momentos en los que lo he necesitado, y he orado por ello. Pero no llegó. Sí he podido sentir Su cariño, Su abrazo, Su ánimo, Su ayuda, Su dirección. Pero no el milagro.

Aun así, he escuchado historias de personas que sí han experimentado vivencias así. Y las creo. Porque sé que Dios tiene la capacidad y el deseo de hacerlo.

Pero esos milagros suceden hoy en día en muy raras ocasiones. Mientras unas pocas personas son milagrosamente sanadas de su enfermedad, la gran mayoría tiene que luchar duras batallas para vencerlas, y no siempre lo consiguen. Mientras unas pocas personas reciben soluciones milagrosas para sus problemas económicos, la mayoría tiene que luchar, hacer cuentas, apretarse el cinturón, pedir prestado. En ocasiones, perder su coche, su casa, pasar hambre…

No puedo dejar de preguntarme, ¿por qué sucede de esta manera? ¿Tiene Dios favoritos? ¿Es porque esas personas no tienen fe?

Pensando en esto, me vienen a la mente 2 personas a las que admiro mucho:

Una de ellas es Bethany Hamilton. Ella era una prometedora surfista que empezaba a triunfar en el mundo del surf profesional. Cuando tenía 13 años, un tiburón le atacó y le arrancó el brazo. De camino al hospital perdió tanta sangre que los médicos no comprendían cómo continuaba con vida. Dijeron que Bethany era un “milagro vivo”. Pero, si Dios quería hacer un milagro en la vida de Bethany, ¿no podía haber evitado que le atacase el tiburón? ¿O al menos haber permitido que conservase el brazo? ¡Vaya birria de milagro!

La otra persona es Nick Vujicic. Nick nació sin brazos ni piernas. Siendo aun un niño, lloraba y oraba para que Dios le diese brazos y piernas. Él cuenta cómo oraba con fe, convencido de que Dios lo haría, respondería su oración. Pero los brazos y las piernas nunca aparecieron. Su milagro nunca llegó.

Hoy en día, Bethany y Nick tienen ministerios con los que ayudan a otras personas a superar sus dificultades y a encontrar a Dios a través de ellas. Cuando les preguntan si les gustaría que su vida y sus circunstancias hubiesen sido diferentes, los dos responden lo mismo:

-“No, porque esto me ha permitido alcanzar a muchas más personas de las que hubiese alcanzado si esto no me hubiese sucedido.”

No tengo la respuesta a la pregunta inicial. No sé por qué tantas veces oramos con fe, y los milagros que necesitamos (o creemos necesitar), no llegan. Lo que sí sé es que a veces olvido que la prioridad de Dios no es que estemos cómodos, ni sanos, ni que seamos felices. Su gran y única prioridad es que seamos salvos. Y con ese objetivo en mente tomará todas Sus decisiones.

Si tiene que utilizar mi sufrimiento para llegar a mi corazón, lo hará. Y si tiene que utilizar mi sufrimiento para llegar al corazón de otras personas, también lo hará. Y no hay un privilegio más grande.

Cuando Jesús dijo, poco antes de morir, “en el mundo tendréis aflicción”, nos lo dijo a nosotros. No se lo dijo a los incrédulos. Hablaba con nosotros, los creyentes de todas las épocas, los que en teoría tenemos fe. Él sabía que, a pesar de nuestra fe, caeríamos enfermos, entraríamos en bancarrota y enterraríamos seres queridos.

No se trata de cuánta fe tenemos, sino de qué tipo. Se trata de que nuestra fe no se aferre a la capacidad de Dios para solucionar nuestro problema, sino a Su amor. Que seamos capaces de ver nuestras circunstancias a través de Sus ojos. De recordar en cada momento que Dios puede y quiere chasquear los dedos y solucionar nuestra situación. Pero que si no lo hace, es porque hay un plan mucho más grande y profundo que nuestra comodidad temporal en esta Tierra. Y que algún día entenderemos.

Y mientras tanto, ¿qué? ¿Qué hacemos con nuestro sufrimiento?

Joni Eareckson Tada cuenta una experiencia preciosa que nos puede servir de ejemplo. Ella quedó tetrapléjica a los 19 años tras realizar un mal salto a una piscina. Desde entonces se dedica, entre otras cosas, a llevar muletas y sillas de ruedas a África, donde no disponen de esos “lujos”. En una ocasión, viajó a África para entregar un cargamento de sillas de ruedas. Cuando llegaron, se había reunido una multitud. Había muchas más personas que sillas de ruedas. Así que, con gran dolor, la única solución que se les ocurrió fue sortearlas. Una a una fueron entregando las sillas a los afortunados, entre los aplausos de todos los asistentes, hasta que se agotaron. Cuando terminaron, los que no habían recibido sillas felicitaron a los que sí lo habían conseguido, y se marcharon a casa.

¿Qué hacemos mientras tanto? ¿Mientras llega el día en el que entenderemos por qué unos sí y otros no? Pues regocijarnos en las manifestaciones de Su amor y cuidado que se expresan en forma de milagros en la vida de otras personas; alegrarnos con ellos. Y utilizar nuestro dolor para alcanzar otros corazones sufrientes como el nuestro.  Nuestro propio sufrimiento nos da empatía con el sufrimiento ajeno. Podemos identificarnos con el llanto de los demás, porque nosotros mismos hemos llorado. Y llevarlos a la fuente de Consuelo más profundo.

“Él nos consuela en todas nuestras dificultades para que nosotros podamos consolar a otros. Cuando otros pasen por dificultades, podremos ofrecerles el mismo consuelo que Dios nos ha dado a nosotros.” (2 Corintios 1:4)

Al fin y al cabo, eso es lo que hizo Jesús.