Calendario de Adviento

Thinking Kids Blog ha preparado un precioso calendario de adviento que nos propone una lectura bíblica cada día. Podemos hacerlo como un banderín, con forma de árbol de Navidad, o como nuestra imaginación proponga 😉

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La oración de la calabaza IMPRIMIBLE

El Otoño nos regala muchas calabazas. Y éstas nos regalan oportunidades de extraer preciosas enseñanzas espirituales.

The Crafty Classroom nos propone una bonita y divertida actividad para hacer con calabazas.

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Podéis descargar el imprimible en color, o en blanco y negro para que los niños lo coloreen

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Calendario para Thanksgiving enfocado en la gratitud IMPRIMIBLE

Proverbial Homemaker nos ofrece un imprimible que consiste en un calendario para Thanksgiving y tarjetas con motivos de gratitud y textos bíblicos.

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Árbol de la Gratitud para Thanksgiving DIY

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Thanksgiving está a la vuelta de la esquina, y para mí es una de las fiestas más bonitas del año. Dedicar un día a agradecer a Dios y a nuestros seres queridos todo lo que hacen por nosotros nos hace crecer, ser conscientes de nuestras muchas bendiciones, nos une como familia y a Dios.

Es bueno que cada familia cree sus propias tradiciones, que es una de las mejores formas de fortalecer lazos, crear un sentimiento de pertenencia y formar recuerdos que duran toda la vida.

Os propongo una manualidad y actividad que podemos hacer con materiales económicos y reciclados, y en el que puede participar toda la familia. Incluye una pequeña excursión al campo para conseguir algunos de los materiales. Se llama “Árbol de la Gratitud”. Aquí tenéis las instrucciones.

MATERIALES:

  • Botella de plástico vacía.
  • Cartulinas de colores de Otoño (roja, naranja, amarilla).
  • Lápiz.
  • Tijeras.
  • Cola o pegamento.
  • Arena o tierra.
  • Pequeña rama de árbol.
  • Lazos, cordones o cualquier cosa que sirva para decorar.

PASOS:

  • Cortamos la base de una botella de plástico pata hacer una “maceta”.

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  • Rellenamos la botella con arena o tierra que habremos recogido en nuestro paseo.

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  • Forramos la botella/maceta con cartulina de algún color otoñal que nos guste. Nosotras escogimos rojo.

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  • Escogemos algunas ramas que habremos recogido en nuestro paseo, de manera que puedan formar una especie de arbolito otoñal en miniatura.

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  • Colocamos las ramas en la maceta.

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  • Decoramos a nuestro gusto la maceta y el arbolito, con cintas, cordones, pegatinas… lo que queramos.

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  • Nuestro arbolito otoñal está listo. Nos queda preparar las hojas.

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  • Dibujamos o imprimimos una hoja que nos sirva de plantilla.

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  • Dibujamos y recortamos hojas en las cartulinas de colores.

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  • Y ya tenemos todo preparado.

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Lo ideal es preparar esta actividad varias semanas antes de Thanksgiving. Podemos colocar nuestro arbolito junto con las hojas de cartulina en algún lugar de la casa accesible para todos. Durante esas semanas, los miembros de la familia irán escribiendo en las hojas motivos por los que están agradecidos, y colgarán las hojas en las ramas del árbol. Poco a poco el arbolito se irá llenando de hojas de colores. El día de Thanksgiving, siguiendo la tradición que más nos guste, leeremos lo que hemos escrito en las hojitas a agradeceremos a Dios por todo ello.

¡Feliz Thanksgiving!

 

Tápame mis ojos (adónde acudir cuando tengo miedo)

Tapame mis ojos

Hace unas semanas me encontraba jugando con mi sobrinita Nerea, de 3 años. Jugábamos a huir de su tío. Ella iba buscando distintos sitios para esconderse y me llamaba: “Tía Tata, men aquí” (sus padres me llaman “Tata”, así que ella me llama “tía Tata”). Al cabo de un rato, y como adulta que soy, me cansé y me senté en el sofá. Ella siguió buscando un sitio en el que esconderse. Pero al verse sola, no encontró ningún lugar en el que sentirse protegida. Después de echar un vistazo alrededor, y de evaluar sus opciones, tomó una decisión que me hizo pensar. Saltó sobre el sofá en el que yo estaba, se acurrucó junto a mí, puso mis manos delante de su cara y dijo:

-“Corre, tía Tata, tápame mis ojos.”

Tenía multitud de sitios en los que esconderse: detrás del sofá, debajo de la cama, en el cuarto de lavar, detrás de la cortina… pero ninguno de esos sitios le parecía seguro si tenía que esconderse sola. Prefirió buscar mi protección, cerrar los ojos para no ver “el peligro”, y descansar tranquila, sabiendo que yo no dejaría que su tío “la atrapase”.

Ésto me hizo pensar: “¿Dónde me refugio yo cuando tengo miedo, cuando estoy en peligro, cuando sufro,  cuando la magnitud de las decisiones a tomar supera mi capacidad para tomarlas?” Dios nos hace una propuesta para momentos como esos:

-“ Venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar.” (Mt 11:28)

– “Tened ánimo, Yo soy, no temáis.” (Mt 14: 27)

– “La paz os dejo, Mi paz os doy; Yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo.” (Jn 14: 27)

– “Echad toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros.” (1 Ped 5: 7)

– “Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en Él confiaré: mi escudo y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio.” (Sal 18:2)

– “Él me esconderá en Su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de Su morada.” (Sal 27: 5)

Y así una larga lista de textos en los que Dios quiere transmitirnos un sencillo mensaje: “Hijo, las pruebas que estás pasando son duras. Y eres libre de pelear solo, si es lo que quieres. Pero si quieres, podemos pelear juntos. Lo único que tienes que hacer es refugiarte en Mí. Las pruebas no desaparecerán, pero serán menos dolorosas si te acurrucas a mi lado y me dejas que te tape los ojos. Así podrás verlas a través de los Míos. Y juntos podremos vencerlas.”

Y recordando esta experiencia, pensé: “¿Dónde se esconden nuestros hijos cuando tienen miedo, cuando son rechazados, cuando su corazón se rompe? ¿Cuál es el refugio de nuestros hijos? ¿Son sus amigos, su música, el deporte, sus videojuegos, su ordenador, la puerta cerrada de su habitación? ¿O es su hogar?”

Ojalá nuestro hogar sea un lugar al que nuestros hijos puedan acudir cuando sientan temor, ansiedad o soledad; en el que reinen la ternura, las risas y el amor; en el que encuentren el apoyo necesario para aprender a confiar de Dios; en el que, cuando se les pregunte por el lugar más especial en el que hayan estado, puedan responder:

  • “Mi casa”.

¿Viven los niños homeschoolers en una burbuja?

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Esa es posiblemente la principal crítica que reciben las familias homeschoolers. Que los niños crecen en una burbuja, en una especie de “realidad paralela” que no tiene parecido con el mundo real.

¿Será cierto eso?

Para poder responder a esta pregunta necesitamos analizar cómo es la infancia de un niño homeschooler:

Los niños que aprenden en familia generalmente pasan sus primeros años sin seguir horarios fijos ni una rutina establecida ni estricta. Sus ritmos biológicos marcan a qué hora se levantan y a qué hora se acuestan. Y dedican la mayor parte del día a jugar.

No tienen estrés, prisas ni plazos de entrega.

Aprenden a su propio ritmo, y dedican la mayor parte de sus esfuerzos y de su tiempo a investigar y aprender sobre las cosas que más les gustan.

No realizan exámenes ni pruebas estandarizadas. No miden sus progresos ni su aprendizaje a través de un número. No comparan su trabajo ni su rendimiento con el trabajo y el rendimiento de los demás, y nadie se compara con ellos. No son penalizados por los errores que cometen, y tienen infinitas posibilidades para intentar algo hasta que consiguen hacerlo bien.

Los estudios no son el centro de su vida ni de su tiempo. Son una parte más, junto con la colaboración en las tareas de la casa, la ayuda a los demás, y el juego, toneladas de tiempo para jugar.

Están rodeados de amistades positivas. No sufren discriminación ni son rechazados por realizar su trabajo peor que los demás o mejor que los demás. Suelen tener un adulto cerca al que recurrir como mediador cuando no pueden resolver sus conflictos. No tienen la menor idea de lo que es el bullying.

Disponen de mucho tiempo libre, a veces hasta el aburrimiento. Aburrimiento que muchas veces termina generando una genialidad. Otras veces, alguna que otra trastada.

Pasan en familia cantidades ingentes de tiempo, creando lazos que durarán toda la vida. El entorno en el que son amados incondicionalmente y el entorno en el que aprenden se fusionan en uno solo, de manera que crecen sabiéndose amados a pesar de su conducta o de su rendimiento.

 

Así que, después de analizar lo anterior, no me queda más remedio que admitir que sí; los niños homeschoolers efectivamente pasan su infancia en una burbuja.

Pero la pregunta realmente importante es: ¿es malo que los niños pasen su infancia en una burbuja? ¿Les perjudica o les dificulta su adaptación al “mundo real” en su vida adulta?

O tal vez… tal vez sea todo lo contrario.

Porque, ¿cómo les afecta el hecho de pasar su infancia en una burbuja?

Para empezar, el que durante sus primeros años de vida sus ritmos biológicos sean respetados y no sufran ningún tipo de estrés ni ansiedad fortalece su sistema nervioso y su sistema inmunológico hasta niveles que aun se están estudiando. El cortisol (la hormona del estrés), necesaria en dosis bajas pero destructora del sistema nervioso en dosis altas, no debería aparecer en la vida del niño hasta que su sistema nervioso esté lo bastante desarrollado y fortalecido para hacerle frente. Por lo tanto, un niño que no ha sufrido subidas de cortisol durante su infancia tendrá más posibilidades de convertirse en un adulto más estable y fuerte psicológica y emocionalmente.

El no estar sometidos a exámenes ni pruebas estandarizadas, el no asociar su valor a un número, el no ser comparados con otros niños… hace que su autoestima crezca fuerte y saludable en unos años que son vitales para ello. No asocian su autoconcepto a su rendimiento escolar. Cuidar y proteger la autoestima de nuestros hijos es una de nuestras principales responsabilidades, ya que, lo que lograrán en la vida no depende de lo que aprendan en el colegio, sino de lo que se crean capaces de conseguir.

No tienen miedo a equivocarse, porque nunca se les ha penalizado por ello. Saben que equivocarse forma parte del aprendizaje, y no les frustra tratar de hacer algo una y otra vez hasta dominarlo. Por la misma razón, que otra persona se equivoque no es motivo de burla o desprecio.

La falta de competitividad hace que no sientan la necesidad de ser mejores que los demás, sino que buscan ser la mejor versión de sí mismos. Aprenden a sentir satisfacción por el trabajo bien hecho. El éxito ajeno no es una amenaza para ellos, por lo que desarrollan una mayor capacidad de empatía, de solidaridad y de ayuda a los demás.

Tienen el tiempo y la ocasión para estar en profundo contacto consigo mismos, para conocerse y descubrir qué les gusta y se les da bien: sus dones. Y para desarrollarlos. De esta manera, en muchas ocasiones desarrollan vocaciones tempranas, saben muy bien lo que quieren y aprenden a luchar por ello. Su aprendizaje está cargado de emoción, que es el pilar básico del mismo (como la neurociencia está demostrando en estos tiempos).

Al haber crecido en ambientes muy diversos, rodeados de personas distintas y con obligaciones muy variadas, desarrollan un gran sentido de la responsabilidad.

La enorme cantidad de tiempo del que disponen para jugar y para aburrirse los hace enormemente creativos.

Sus relaciones sociales son saludables. La discriminación o el rechazo no forman parte de sus opciones; ni para ejercerlos, ni para sufrirlos. No contemplan la posibilidad de ser crueles con los demás, porque no han crecido en un entorno en el que eso ocurra, en el que el abusador sea el líder del grupo. Y tampoco están dispuestos a dejarse someter, porque su autoestima saludable no se lo permite. En su edad adulta muy probablemente se rodearán de sanas compañías y se levantarán en defensa del débil.

Aunque es básico que los niños tengan la ocasión y la oportunidad de resolver sus conflictos sin necesidad de que medien los adultos, es algo muy positivo que casi siempre haya uno cerca observando lo que sucede. Especialmente en la etapa de infantil y primaria, pretender que los niños están capacitados para resolver sus conflictos es una utopía. No disponen de todas las herramientas sociales ni psicológicas que necesitan. Aún están desarrollándolas (¡son niños!). Por eso es básico que un adulto esté presente en todo momento para impedir que un niño sufra, no solo un daño físico (que es cuando los adultos solemos intervenir), sino también, y lo que es más importante, un daño emocional o un ataque a su autoestima que puede dejarle secuelas de por vida. Los niños pequeños se están formando una idea de quiénes son y cuál es su valía a través de su interacción con el medio y las personas que les rodean, y como dijimos anteriormente, su autoestima es uno de sus bienes más preciados, y debe ser protegida a toda costa.

Los fuertes lazos creados con su familia son un escudo durante la adolescencia. Podrán pasar sus crisis, como cualquier adolescente. Pero no se sentirán aislados ni incomprendidos. Tendrán el recuerdo de ese dulce refugio al que pueden acudir siempre que lo deseen.  Porque habrán experimentado aceptación y amor incondicional cada minuto de cada día durante su infancia.

Y ese recuerdo les durará toda la vida.

 

El homeschooling no es garantía de que los niños se convertirán en adultos sanos, emocionalmente estables, con autoestima saludable, responsables, trabajadores, respetuosos y solidarios. Pero sin duda les estaremos proporcionando muchas más herramientas para que lo consigan.

Y no, no nos preocupemos, no es una burbuja hermética. A pesar de ella, los niños conocen el “mundo real”. Tienen primos, amigos, salen a la calle, se relacionan con todo tipo de gente, ven a sus padres salir a trabajar, participan en competiciones deportivas (donde a veces ganan y a veces pierden), miran la televisión… Aprenderán que existen los exámenes de acceso a la universidad, las notas de corte, las entrevistas de trabajo, los plazos de entrega, los despertadores… Y cuando llegue el momento de enfrentarse a todo ello, estarán preparados.

Así que, podemos decir con orgullo que nuestros hijos están creciendo en una burbuja. Una bendita burbuja que desearía que todos los niños del mundo pudieran experimentar.

¿Por qué hacemos lo que hacemos? (Una reflexión sobre el homeschooling y la paternidad entregada)

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Años atrás, cuando supimos que nuestra hija pequeña sería una niña, no hubo necesidad de pensar un nombre para ella, porque su papá llevaba enamorado de un nombre desde mucho antes de que ella existiera. Pero yo quise averiguar si su nombre tenía algún significado especial. Descubrimos que tenía, no uno, sino tres significados. Los dos primeros, muy tiernos: Doncella de Dios y Prenda de Felicidad. Pero el tercero nos llamó la atención: Flecha Fuerte (o La que Vence en las Batallas). Aunque al no ser tan tierno, le dimos menos importancia; casi se nos olvidó.

Hasta hace unos meses.

Hace un tiempo, estaba navegando por uno de los blogs de educación cristiana que me gusta seguir. Habían lanzado una especie de marca comercial que se llamaba “Criando Flechas” (Raising Arrows), basada en el texto de Salmos 127: 3, 4: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre. Como saetas en mano del valiente, así son los hijos habidos en la juventud”.

Y de repente, el nombre de nuestra pequeña cobró un significado especial.

¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Por qué dedicamos nuestra vida entera, muchas veces en exclusiva, a la crianza y la educación de nuestros hijos? ¿Por qué renunciamos a una gran parte, o en ocasiones, a toda nuestra vida profesional? ¿Por qué reorganizamos nuestra vida social? ¿Por qué dedicamos los días a realizar todo tipo de actividades, y las noches a prepararlas? ¿Por qué nos exponemos a la incomprensión social y a tener problemas legales?

¿Lo hacemos para liberar a nuestros hijos de un estrés prematuro e innecesario? Por supuesto que sí. ¿Para darles la oportunidad de que se desarrollen y aprendan a su ritmo? Claro. ¿Para que tengan tiempo de descubrir y desarrollar sus talentos? También.

Pero sobre todo, lo hacemos por una razón superior, mucho más profunda: porque nuestro mayor anhelo es que nazca en su corazón un amor profundo por Dios y por sus semejantes. Deseamos educarlos para el Reino. Deseamos que se despierten cada día de su vida con un anhelo profundo de Dios. Que hagan de Jesús su mejor amigo, consejero y guía. Que tengan un corazón sensible al sufrimiento y a la necesidad ajena. Que sueñen con encontrar la manera de mejorar las vidas que se crucen en su camino. Que sean capaces de defender sus principios, la verdad y la justicia por encima de todo.

Deseamos que sean grandes vencedores, flechas fuertes que lleven luz a un mundo que está en tinieblas.

Parafraseando a una gran educadora, soñamos con que nuestros hijos se conviertan en personas así, porque son las personas que bendicen al mundo con su existencia:

“La mayor necesidad del mundo es la de personas que no se vendan ni se compren; personas que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas; personas que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; personas cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; personas que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos.”

Y para eso necesitamos pasar cantidades ingentes de tiempo con ellos; enseñarles a ver a Dios en los pequeños detalles de la creación y en sus grandes maravillas, en contacto con la naturaleza; enseñarles a priorizar, a distinguir entre lo que es importante y lo que es imprescindible; enseñarles a disfrutar de los pequeños placeres de la vida; a valorar el trabajo bien hecho; proporcionarles oportunidades de ayudar a los demás; enseñarles a disfrutar de la compañía y la presencia de Dios.

Por eso hacemos lo que hacemos.

No es una tarea fácil. Pero tenemos a nuestro lado al Maestro de los Maestros, que tiene el mismo anhelo que nosotros, y que Su mayor sueño es abrazar a nuestros pequeños en Su Reino cuando llegue el momento.