Tápame mis ojos (adónde acudir cuando tengo miedo)

Tapame mis ojos

Hace unas semanas me encontraba jugando con mi sobrinita Nerea, de 3 años. Jugábamos a huir de su tío. Ella iba buscando distintos sitios para esconderse y me llamaba: “Tía Tata, men aquí” (sus padres me llaman “Tata”, así que ella me llama “tía Tata”). Al cabo de un rato, y como adulta que soy, me cansé y me senté en el sofá. Ella siguió buscando un sitio en el que esconderse. Pero al verse sola, no encontró ningún lugar en el que sentirse protegida. Después de echar un vistazo alrededor, y de evaluar sus opciones, tomó una decisión que me hizo pensar. Saltó sobre el sofá en el que yo estaba, se acurrucó junto a mí, puso mis manos delante de su cara y dijo:

-“Corre, tía Tata, tápame mis ojos.”

Tenía multitud de sitios en los que esconderse: detrás del sofá, debajo de la cama, en el cuarto de lavar, detrás de la cortina… pero ninguno de esos sitios le parecía seguro si tenía que esconderse sola. Prefirió buscar mi protección, cerrar los ojos para no ver “el peligro”, y descansar tranquila, sabiendo que yo no dejaría que su tío “la atrapase”.

Ésto me hizo pensar: “¿Dónde me refugio yo cuando tengo miedo, cuando estoy en peligro, cuando sufro,  cuando la magnitud de las decisiones a tomar supera mi capacidad para tomarlas?” Dios nos hace una propuesta para momentos como esos:

-“ Venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar.” (Mt 11:28)

– “Tened ánimo, Yo soy, no temáis.” (Mt 14: 27)

– “La paz os dejo, Mi paz os doy; Yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo.” (Jn 14: 27)

– “Echad toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros.” (1 Ped 5: 7)

– “Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en Él confiaré: mi escudo y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio.” (Sal 18:2)

– “Él me esconderá en Su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de Su morada.” (Sal 27: 5)

Y así una larga lista de textos en los que Dios quiere transmitirnos un sencillo mensaje: “Hijo, las pruebas que estás pasando son duras. Y eres libre de pelear solo, si es lo que quieres. Pero si quieres, podemos pelear juntos. Lo único que tienes que hacer es refugiarte en Mí. Las pruebas no desaparecerán, pero serán menos dolorosas si te acurrucas a mi lado y me dejas que te tape los ojos. Así podrás verlas a través de los Míos. Y juntos podremos vencerlas.”

Y recordando esta experiencia, pensé: “¿Dónde se esconden nuestros hijos cuando tienen miedo, cuando son rechazados, cuando su corazón se rompe? ¿Cuál es el refugio de nuestros hijos? ¿Son sus amigos, su música, el deporte, sus videojuegos, su ordenador, la puerta cerrada de su habitación? ¿O es su hogar?”

Ojalá nuestro hogar sea un lugar al que nuestros hijos puedan acudir cuando sientan temor, ansiedad o soledad; en el que reinen la ternura, las risas y el amor; en el que encuentren el apoyo necesario para aprender a confiar de Dios; en el que, cuando se les pregunte por el lugar más especial en el que hayan estado, puedan responder:

  • “Mi casa”.
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¿Viven los niños homeschoolers en una burbuja?

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Esa es posiblemente la principal crítica que reciben las familias homeschoolers. Que los niños crecen en una burbuja, en una especie de “realidad paralela” que no tiene parecido con el mundo real.

¿Será cierto eso?

Para poder responder a esta pregunta necesitamos analizar cómo es la infancia de un niño homeschooler:

Los niños que aprenden en familia generalmente pasan sus primeros años sin seguir horarios fijos ni una rutina establecida ni estricta. Sus ritmos biológicos marcan a qué hora se levantan y a qué hora se acuestan. Y dedican la mayor parte del día a jugar.

No tienen estrés, prisas ni plazos de entrega.

Aprenden a su propio ritmo, y dedican la mayor parte de sus esfuerzos y de su tiempo a investigar y aprender sobre las cosas que más les gustan.

No realizan exámenes ni pruebas estandarizadas. No miden sus progresos ni su aprendizaje a través de un número. No comparan su trabajo ni su rendimiento con el trabajo y el rendimiento de los demás, y nadie se compara con ellos. No son penalizados por los errores que cometen, y tienen infinitas posibilidades para intentar algo hasta que consiguen hacerlo bien.

Los estudios no son el centro de su vida ni de su tiempo. Son una parte más, junto con la colaboración en las tareas de la casa, la ayuda a los demás, y el juego, toneladas de tiempo para jugar.

Están rodeados de amistades positivas. No sufren discriminación ni son rechazados por realizar su trabajo peor que los demás o mejor que los demás. Suelen tener un adulto cerca al que recurrir como mediador cuando no pueden resolver sus conflictos. No tienen la menor idea de lo que es el bullying.

Disponen de mucho tiempo libre, a veces hasta el aburrimiento. Aburrimiento que muchas veces termina generando una genialidad. Otras veces, alguna que otra trastada.

Pasan en familia cantidades ingentes de tiempo, creando lazos que durarán toda la vida. El entorno en el que son amados incondicionalmente y el entorno en el que aprenden se fusionan en uno solo, de manera que crecen sabiéndose amados a pesar de su conducta o de su rendimiento.

 

Así que, después de analizar lo anterior, no me queda más remedio que admitir que sí; los niños homeschoolers efectivamente pasan su infancia en una burbuja.

Pero la pregunta realmente importante es: ¿es malo que los niños pasen su infancia en una burbuja? ¿Les perjudica o les dificulta su adaptación al “mundo real” en su vida adulta?

O tal vez… tal vez sea todo lo contrario.

Porque, ¿cómo les afecta el hecho de pasar su infancia en una burbuja?

Para empezar, el que durante sus primeros años de vida sus ritmos biológicos sean respetados y no sufran ningún tipo de estrés ni ansiedad fortalece su sistema nervioso y su sistema inmunológico hasta niveles que aun se están estudiando. El cortisol (la hormona del estrés), necesaria en dosis bajas pero destructora del sistema nervioso en dosis altas, no debería aparecer en la vida del niño hasta que su sistema nervioso esté lo bastante desarrollado y fortalecido para hacerle frente. Por lo tanto, un niño que no ha sufrido subidas de cortisol durante su infancia tendrá más posibilidades de convertirse en un adulto más estable y fuerte psicológica y emocionalmente.

El no estar sometidos a exámenes ni pruebas estandarizadas, el no asociar su valor a un número, el no ser comparados con otros niños… hace que su autoestima crezca fuerte y saludable en unos años que son vitales para ello. No asocian su autoconcepto a su rendimiento escolar. Cuidar y proteger la autoestima de nuestros hijos es una de nuestras principales responsabilidades, ya que, lo que lograrán en la vida no depende de lo que aprendan en el colegio, sino de lo que se crean capaces de conseguir.

No tienen miedo a equivocarse, porque nunca se les ha penalizado por ello. Saben que equivocarse forma parte del aprendizaje, y no les frustra tratar de hacer algo una y otra vez hasta dominarlo. Por la misma razón, que otra persona se equivoque no es motivo de burla o desprecio.

La falta de competitividad hace que no sientan la necesidad de ser mejores que los demás, sino que buscan ser la mejor versión de sí mismos. Aprenden a sentir satisfacción por el trabajo bien hecho. El éxito ajeno no es una amenaza para ellos, por lo que desarrollan una mayor capacidad de empatía, de solidaridad y de ayuda a los demás.

Tienen el tiempo y la ocasión para estar en profundo contacto consigo mismos, para conocerse y descubrir qué les gusta y se les da bien: sus dones. Y para desarrollarlos. De esta manera, en muchas ocasiones desarrollan vocaciones tempranas, saben muy bien lo que quieren y aprenden a luchar por ello. Su aprendizaje está cargado de emoción, que es el pilar básico del mismo (como la neurociencia está demostrando en estos tiempos).

Al haber crecido en ambientes muy diversos, rodeados de personas distintas y con obligaciones muy variadas, desarrollan un gran sentido de la responsabilidad.

La enorme cantidad de tiempo del que disponen para jugar y para aburrirse los hace enormemente creativos.

Sus relaciones sociales son saludables. La discriminación o el rechazo no forman parte de sus opciones; ni para ejercerlos, ni para sufrirlos. No contemplan la posibilidad de ser crueles con los demás, porque no han crecido en un entorno en el que eso ocurra, en el que el abusador sea el líder del grupo. Y tampoco están dispuestos a dejarse someter, porque su autoestima saludable no se lo permite. En su edad adulta muy probablemente se rodearán de sanas compañías y se levantarán en defensa del débil.

Aunque es básico que los niños tengan la ocasión y la oportunidad de resolver sus conflictos sin necesidad de que medien los adultos, es algo muy positivo que casi siempre haya uno cerca observando lo que sucede. Especialmente en la etapa de infantil y primaria, pretender que los niños están capacitados para resolver sus conflictos es una utopía. No disponen de todas las herramientas sociales ni psicológicas que necesitan. Aún están desarrollándolas (¡son niños!). Por eso es básico que un adulto esté presente en todo momento para impedir que un niño sufra, no solo un daño físico (que es cuando los adultos solemos intervenir), sino también, y lo que es más importante, un daño emocional o un ataque a su autoestima que puede dejarle secuelas de por vida. Los niños pequeños se están formando una idea de quiénes son y cuál es su valía a través de su interacción con el medio y las personas que les rodean, y como dijimos anteriormente, su autoestima es uno de sus bienes más preciados, y debe ser protegida a toda costa.

Los fuertes lazos creados con su familia son un escudo durante la adolescencia. Podrán pasar sus crisis, como cualquier adolescente. Pero no se sentirán aislados ni incomprendidos. Tendrán el recuerdo de ese dulce refugio al que pueden acudir siempre que lo deseen.  Porque habrán experimentado aceptación y amor incondicional cada minuto de cada día durante su infancia.

Y ese recuerdo les durará toda la vida.

 

El homeschooling no es garantía de que los niños se convertirán en adultos sanos, emocionalmente estables, con autoestima saludable, responsables, trabajadores, respetuosos y solidarios. Pero sin duda les estaremos proporcionando muchas más herramientas para que lo consigan.

Y no, no nos preocupemos, no es una burbuja hermética. A pesar de ella, los niños conocen el “mundo real”. Tienen primos, amigos, salen a la calle, se relacionan con todo tipo de gente, ven a sus padres salir a trabajar, participan en competiciones deportivas (donde a veces ganan y a veces pierden), miran la televisión… Aprenderán que existen los exámenes de acceso a la universidad, las notas de corte, las entrevistas de trabajo, los plazos de entrega, los despertadores… Y cuando llegue el momento de enfrentarse a todo ello, estarán preparados.

Así que, podemos decir con orgullo que nuestros hijos están creciendo en una burbuja. Una bendita burbuja que desearía que todos los niños del mundo pudieran experimentar.

¿Por qué hacemos lo que hacemos? (Una reflexión sobre el homeschooling y la paternidad entregada)

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Años atrás, cuando supimos que nuestra hija pequeña sería una niña, no hubo necesidad de pensar un nombre para ella, porque su papá llevaba enamorado de un nombre desde mucho antes de que ella existiera. Pero yo quise averiguar si su nombre tenía algún significado especial. Descubrimos que tenía, no uno, sino tres significados. Los dos primeros, muy tiernos: Doncella de Dios y Prenda de Felicidad. Pero el tercero nos llamó la atención: Flecha Fuerte (o La que Vence en las Batallas). Aunque al no ser tan tierno, le dimos menos importancia; casi se nos olvidó.

Hasta hace unos meses.

Hace un tiempo, estaba navegando por uno de los blogs de educación cristiana que me gusta seguir. Habían lanzado una especie de marca comercial que se llamaba “Criando Flechas” (Raising Arrows), basada en el texto de Salmos 127: 3, 4: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre. Como saetas en mano del valiente, así son los hijos habidos en la juventud”.

Y de repente, el nombre de nuestra pequeña cobró un significado especial.

¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Por qué dedicamos nuestra vida entera, muchas veces en exclusiva, a la crianza y la educación de nuestros hijos? ¿Por qué renunciamos a una gran parte, o en ocasiones, a toda nuestra vida profesional? ¿Por qué reorganizamos nuestra vida social? ¿Por qué dedicamos los días a realizar todo tipo de actividades, y las noches a prepararlas? ¿Por qué nos exponemos a la incomprensión social y a tener problemas legales?

¿Lo hacemos para liberar a nuestros hijos de un estrés prematuro e innecesario? Por supuesto que sí. ¿Para darles la oportunidad de que se desarrollen y aprendan a su ritmo? Claro. ¿Para que tengan tiempo de descubrir y desarrollar sus talentos? También.

Pero sobre todo, lo hacemos por una razón superior, mucho más profunda: porque nuestro mayor anhelo es que nazca en su corazón un amor profundo por Dios y por sus semejantes. Deseamos educarlos para el Reino. Deseamos que se despierten cada día de su vida con un anhelo profundo de Dios. Que hagan de Jesús su mejor amigo, consejero y guía. Que tengan un corazón sensible al sufrimiento y a la necesidad ajena. Que sueñen con encontrar la manera de mejorar las vidas que se crucen en su camino. Que sean capaces de defender sus principios, la verdad y la justicia por encima de todo.

Deseamos que sean grandes vencedores, flechas fuertes que lleven luz a un mundo que está en tinieblas.

Parafraseando a una gran educadora, soñamos con que nuestros hijos se conviertan en personas así, porque son las personas que bendicen al mundo con su existencia:

“La mayor necesidad del mundo es la de personas que no se vendan ni se compren; personas que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas; personas que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; personas cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; personas que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos.”

Y para eso necesitamos pasar cantidades ingentes de tiempo con ellos; enseñarles a ver a Dios en los pequeños detalles de la creación y en sus grandes maravillas, en contacto con la naturaleza; enseñarles a priorizar, a distinguir entre lo que es importante y lo que es imprescindible; enseñarles a disfrutar de los pequeños placeres de la vida; a valorar el trabajo bien hecho; proporcionarles oportunidades de ayudar a los demás; enseñarles a disfrutar de la compañía y la presencia de Dios.

Por eso hacemos lo que hacemos.

No es una tarea fácil. Pero tenemos a nuestro lado al Maestro de los Maestros, que tiene el mismo anhelo que nosotros, y que Su mayor sueño es abrazar a nuestros pequeños en Su Reino cuando llegue el momento.

Venciendo el complejo de “mamá culpable”

Mamá culpable

He estado unas semanas desconectada de la red, y durante ese tiempo ha habido muchos cambios en mi vida. Uno de los más importantes es que mi niña se ha hecho mayor. Sí, ya sé que he dicho esto muchas veces. Pero esta vez, de verdad, se ha hecho mayor.

Una noche metí en la camita, besé y arropé a mi bebé, y a la mañana siguiente se despertó en su lugar una niñita. Una niñita bellísima, dulce y muy inteligente, pero también traviesa, retadora, y a veces, desafiante. Agotadoramente desafiante.

El paso de bebé a niña ha sido asombrosamente rápido, tan solo unos pocos días. No nos ha dado tiempo a hacernos a la idea, a prepararnos, a leer sobre ello o a planificar una nueva estrategia. Nuestra pequeña ha cambiado su forma de jugar, de relacionarse con el mundo y con nosotros. Su fuerte personalidad, que ya se intuía desde que era muy pequeñita, ha brotado en todo su esplendor. Ahora no se quiere vestir, no se quiere peinar, no se quiere lavar los dientes… Y nos lo hace saber con palabras, gritos, tapándose la boca o echando a correr. Siente una atracción especial por tocar todo lo que no debe tocar, y lo intenta una y otra vez, y lo hace mirándonos a los ojos, y lo vuelve a intentar cuando nos damos la vuelta. Y así una larga lista de pequeñas batallas que ahora son la sal y pimienta de nuestro día a día. Os suena, ¿verdad?

Así que, cuando al final del día cae rendida en su camita, yo me siento a descansar en el sofá, y las imágenes de todo lo que ha sucedido en el día vienen a mi cabeza. Y me doy cuenta de cuántas veces me he enfadado, cuántas veces he tenido que dejar de jugar y dejarla solita reflexionando hasta que decida hacer lo que sabe que debe hacer, cuántas veces he tenido que decir “no” en un tono más alto del que hubiera deseado.

Añoro aquellos días en los que nos dedicábamos a jugar, cambiar pañales, hacer cosquillas, preparar papillas y mecernos hasta quedarnos dormidas. Esos días en los que todo era juego y risa; en los que dejaba a mi pequeña donde necesitaba que estuviera y ella se quedaba allí; en los que, para que no tocase algo peligroso solo necesitaba distraer su atención. Ahora nuestros días siguen llenos de juego y risas, pero también de enfados, pequeñas batallas y algún que otro llanto (suyo, y también mío, he de confesar).

Entonces, me envuelve un sentimiento de culpabilidad. ¿Lo estoy haciendo mal? ¿Es normal un cambio tan grande en tan poco tiempo? ¿Será que me falta paciencia? ¿No sería mejor relajarnos y dejar de batallar? ¿Quizá esperar a que sea un poco más grande para exigir ciertos comportamientos de ella?

Así que acudo a la Biblia buscando el consejo del mejor Educador, del que sigue tratando de educarme a mí sin rendirse todavía. Y ésto es lo que encuentro:

– “Hijo mío, no rechaces la disciplina del Señor, ni te enojes por Sus reprensiones, porque el Señor disciplina al que ama, como un papá al hijo que quiere.” (Proverbios 3: 11, 12)

– “Hijos míos, escuchen las enseñanzas de su papá; presten atención para que adquieran inteligencia.” (Proverbios 4:1)

– “El que no corrige al hijo, lo odia; el que lo ama, lo disciplina a tiempo.” (Proverbios 13:24)

– “Corrige a tu hijo cuando todavía estés a tiempo, pero no acabes con él a punta de castigos.” (Proverbios 19:18)

– “Instruye al niño en su camino, y cuando sea viejo no se apartará de él.” (Proverbios 22:6)

– “La necedad forma parte del corazón del muchacho, pero la disciplina hará que se corrija.” (Proverbios 22:15)

– “Corrige a tu hijo y vivirás en paz, y te sentirás orgulloso de él.” (Proverbios 29:17)

Mi pequeña es una personita maravillosa. Es dulce e increíblemente cariñosa. Es asombrosamente inteligente y disfruta descubriendo y aprendiendo. Tiene un hermoso sentido del humor y muchísimos dones que ya brillan a su tierna edad. Y también un carácter fuerte y una voluntad firme, que serán una gran bendición en su vida. Pero necesita aprender a controlar ese carácter fuerte y enfocar esa voluntad firme hacia el bien. Necesita aprender a dominar sus impulsos y a obedecer a sus padres aunque a veces no comprenda. Y tiene que ser ahora, cuando su pequeño e inquieto cerebro está más receptivo, para lo bueno y para lo malo, cuando absorbe información como una esponjita.

Y solo nosotros se lo podemos enseñar. Pero, ¿cómo hacerlo conservando la alegría, el brillo en los ojos de mi niña, la chispa de mi hogar que tanto amo? ¿Cómo hacerlo sin utilizar recursos fáciles como gritos o castigos?

No será fácil, pero se puede. Igual que Dios hace conmigo. Aunque necesitaré mucha sabiduría, Su sabiduría. ¡Qué bueno saber que me la ofrece con solo pedírsela!

Esta nueva etapa no ha hecho más que empezar, y será desafiante y maravillosa al mismo tiempo. ¡Qué alivio saber que vamos por el buen camino, y que con Su ayuda, mi pequeña florecerá en todo su esplendor!

50 decadencias de Grey

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Cuando está a punto de estrenarse la película 50 Sombras de Grey, no puedo evitar sentir una profunda tristeza y preocupación. Deseo para mis hijas una sociedad en la que la relación sexual sea el lazo que selle un amor puro, profundo y eterno. Y me preocupa, me preocupa grandemente ver cómo nuestra sociedad empieza a considerar prácticas sexuales que degradan y someten a la mujer, como válidas, e incluso, deseables. Me preocupa ver cómo esas prácticas se mezclan con un aire “romántico” que lo hacen atractivo para las mujeres. Me preocupa imaginarme las salas de cine repletas de jóvenes de 18, 19 y 20 años, en pleno descubrimiento sexual, buscando modelos que imitar.

Quisiera pensar que las autoridades se replantearán la calificación de la película y la clasificarán como “contenido violento y sexista”. Quisiera creer que la película será un fracaso y que no tendrá repercusión. Quisiera creerlo, pero no lo creo.

Y por eso, solo puedo esperar que las familias hagamos lo que la sociedad se niega a hacer, y protejamos nuestros hogares de la basura que intenta entrar en ellos.

Os dejo parte de una reflexión de la doctora Meg Meeker, la cual comparto al 100% (podéis leer el artículo íntegro aquí):

La película 50 Sombras de Grey llega a los cines el 13 de febrero de 2015. Esta película sigue la trilogía  que ha vendido más de 70 millones de copias en todo el mundo. Una inocente universitaria, Anastasia, se enamora perdidamente de un billonario atractivo y de dulce hablar, Christian Grey. El argumento engancha a todo romántico que desea que la dulce niña gane al hombre solitario y sufriente que “no  puede amar ni sentir romance”, y lo lleve a la luz fuera de su oscuridad. Queremos que la niña inocente gane al chico malo, pero el problema es que ese es solo el principio. Christian Grey seduce a Anastasia y la lleva a un mundo tan oscuro que, tanto como queremos creer que nadie realmente participa en ese tipo de cosas, nos volvemos tontos porque la realidad es que la gente sí lo hace. Lee “Stolen” de Katarina Rosenblatt PhD, sobre el tráfico sexual de mujeres en USA. ¿Estamos preparados para entretenernos con algo que está destrozando las vidas de niñas inocentes delante de nuestras narices? ¿Podemos decir que el argumento justifica el comportamiento enfermizo? Lo que hace la historia tan popular es justmente eso: un argumento “romántico” entre la chica buena y el chico malo que es condenadamente atractivo.

Mujeres sanas, de pensamientos claros e inteligentes quedan enganchadas por esta retorcida historia que combina la cantidad exacta de esperanza y bondad mezclada con la basura. Pero no debemos olvidar que la basura no solo apesta, también daña gravemente a las personas. Lo más suave que puede pasar es que las personas que la miren pierdan la sensibilidad hacia la unión de sexo y violencia; y lo peor es que las chicas jóvenes sean sexualmente violadas incluso más de lo que ya lo son. Así que, en nombre del entretenimiento, ¿estamos dispuestos a correr el riesgo?

Y eso es exactamente lo que hacemos cuando vemos “porno para mamás”, como fue catalogada la trilogía. No importa cuál sea nuestra excusa para ser entretenidos por el Sr. Grey, debemos estar dispuestos a admitir que si apoyamos la normalización de la pornografía enferma, somos en parte responsables de la caída de nuestros niños y de la sociedad. La realidad es que la gran mayoría de mujeres sanas no se van a involucrar en prácticas sadomasoquistas. Pero esa no es la cuestión. Apoyar la película promueve la aceptación pública de un nivel más oscuro de pornografía que inevitablemente cambiará a aquellos que la vean e incluso a muchos que no.

Pero no estoy aquí para juzgar a aquellos a quienes os gustan estas cosas. Estoy aquí para escribir sobre los efectos de la película en nuestros niños. No hay duda de que cualquier joven de menos de 25 años que vea la película se verá influenciado negativamente por ella.  Los chicos jóvenes verán sadomasoquismo gráfico y quedarán deslumbrados por él. Llegarán a comprender que, en cierto nivel, eso está bien. Al fin y al cabo, Christian Grey, cuyo dinero, aspecto y estilo de vida les atrae, lo hace. Y las chicas jóvenes, viéndolo en una pantalla más grande que la vida misma, verán que si un hombre genial y atractivo se comporta así con una chica inocente, entonces está bien para ellas también. ¿Por qué no? Muchas de esas chicas jóvenes no tendrán un padre en casa que les diga lo contrario.

No puedo contribuir a este tipo de “entretenimiento”. Me niego a colaborar en la creación de una sociedad en la que los jóvenes piensen que utilizar a una chica para satisfacer sus deseos es, no solo aceptable, sino atractivo; una sociedad en la que las chicas crean que está bien dejarse utilizar, someter y humillar por un hombre si es lo bastante sexy.

Me niego a que mis hijas se conviertan en la muñeca hinchable de algún degenerado a cambio de un poco de cariño.

Quiero para mis hijas hombres que las adoren y las admiren, hombres que vivan para amarlas y mimarlas, con un amor puro y profundo que llene por completo sus corazones; que las llenen de ternura y atención. Hombres que las hagan sentir valiosas y capaces, bonitas, inteligentes, maravillosas y dignas del mayor respeto del mundo. Hombres con los que puedan planificar una vida juntos de amor, confianza y felicidad.

Hombres que las vean y las traten como lo que son: preciosas hijas de Dios.

5 Ideas para que Jesús sea el centro de la Navidad

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Ya llega la Navidad, mi época favorita del año. Muchos de los recuerdos más bonitos de mi infancia sucedieron en Navidad. Crecí en una familia grande, rodeada de hermanos, tíos y primos, y nos encantaba hacer muchas cosas juntos. Pasábamos largas veladas en familia y teníamos muchísimas tradiciones preciosas, algunas de las cuales hemos transmitido a nuestros propios hijos.

La Navidad me trae a la mente recuerdos de preciosos árboles decorados con luces y muchísimos regalos a sus pies, el olor del boniato en el horno, programas especiales en la iglesia, comer castañas mientras paseamos con la familia, belenes callejeros, villancicos… Muchísima ilusión. Es una época muy tierna para mí.

Pero entre tantas compras, cenas, eventos, decoraciones, regalos… con cuánta facilidad olvidamos por qué o por Quién hacemos todo eso. Sabemos que Jesús no nació realmente en Navidad. Pero es una excusa maravillosa para recordarlo, celebrarlo y agradecerlo. Y aun así, ¡qué fácil es perdernos entre montañas de regalos y olvidar el Regalo más importante que recibimos en estas fechas! ¡Cuán a menudo llenamos nuestros estómagos de deliciosa comida y olvidamos llenar los de los menos afortunados! ¡Cuántas películas preciosas de Navidad vemos en familia, pero cuán pocas veces nos contamos unos a otros la Historia más bella!

Quiero disfrutar la Navidad con mi preciosa familia, quiero decorar un árbol, cantar villancicos e ilusionarme comprando regalos para las personas que amo. Pero quiero que Jesús sea el centro de todo esto, quiero que sea nuestro motivo y nuestra ilusión, que presida nuestras reuniones familiares y llene nuestros corazones. Quiero recordar que “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, y que gracias a eso nosotros tenemos vida, esperanza y podemos disfrutar de estos momentos maravillosos.

Estas son 5 ideas para que el Príncipe de Paz reine en nuestro hogar en estas fiestas:

  1. Que la decoración de nuestro hogar la presida un hermoso Belén. Podemos hacerlo nosotros mismos con nuestros niños, o comprarlo. Y luego colocarlo en un lugar de honor, donde podamos verlo bien. También podemos colorear dibujos y escribir textos bíblicos que hablen del nacimiento de Jesús y colgarlos por la casa. Cualquier cosa que nos recuerde el cumpleaños de Quién estamos celebrando.
  2. Que nuestros niños no crean en Papá Noel ni en los Reyes Magos. Este punto tengo que explicarlo. Cuando mi tío era pequeño, era un niño increiblemente bueno; y mis abuelos eran increiblemente pobres. Ellos siempre hicieron verdaderos esfuerzos por dar a sus amados hijos bonitos regalos por Navidad de parte de los Reyes Magos. Pero, claro, sus recursos eran muy limitados. Una Navidad, mi tío vivió una gran decepción al no comprender por qué él, que era tan obediente, había recibido un pequeño juego de cochecitos de plástico, mientras su primo, que era muy desobediente, había recibido un impresionante tren eléctrico. Mis abuelos se dieron cuenta de que era cruel hacer creer a los niños, en especial a los pobres, que sus regalos dependían de su comportamiento. Le contaron la verdad, lo cual le quitó un peso de encima a mi pobre tío, y desde ese momento todos los niños de la familia nos hemos criado sin creer en las fantasías de Navidad. No os asustéis pensando que eso le quitó magia e ilusión a nuestras navidades. ¡Justamente lo contrario! No creo que haya muchos niños en el mundo que vivan la Navidad con más emoción que lo hicimos nosotros. Sabiendo que los regalos venían de nuestros seres queridos, desde muy pequeñas nuestra ilusión fue comprar regalos para ellos. Cada Navidad desde que éramos niñas, mi hermana, mis primas y yo juntábamos nuestros ahorritos (con aportaciones de nuestros padres, por supuesto), y salíamos a comprar regalos para todos. ¡Para todos! La mañana de Navidad nos despertábamos muy ilusionadas por los regalos que íbamos a recibir, pero sobre todo, por ver las caritas de las personas que más queríamos cuando abriesen nuestros regalos. Experimentamos que “hay más gozo en dar que en recibir”. Y cuando abríamos nuestros regalos, nos lanzábamos a los brazos de quien nos lo había dado, para abrazarle y darle las gracias. Papá Noel y los Reyes formaban parte de nuestra decoración, nuestras tarjetas y la tradición. Pero la magia de nuestra Navidad estaba llena de amor familiar.
  3. Dejar que los niños colaboren en la preparación de la cena de Nochebuena. Preparar una cantidad extra y llevarla a alguna familia que sepamos que no va a poder disfrutar de una cena así.
  4. Antes del día de Navidad, revisar con los niños los juguetes y seleccionar algunos que podamos regalar a niños que no vayan a tener regalos. Ver con ellos que tenemos mucho más de lo que necesitamos, y que tenemos el privilegio de poder compartir. El día de Navidad ir en familia a alegrar a personas cuyo día no es tan feliz. Hay familias muy creativas para ésto. Podemos llevar los juguetes a un orfanato y jugar con los niños, ayudar a servir comida en un comedor social, llevar pastas a una residencia de ancianos y mimar a los abuelitos que pasan el día solos, repartir chocolate caliente a las personas sin hogar… ¡Dejemos volar la imaginación!
  5. La mañana de Navidad, no lanzarnos a abrir los regalos nada más levantarnos. Antes de eso, desayunar en familia y recordar el relato bíblico del nacimiento de Jesús. Podemos leerlo en la Biblia, cantar, representarlo entre todos… Recordar qué estamos celebrando hoy.

Hagámosle al Rey de Reyes una fiesta de cumpleaños por todo lo alto, en la que Su nombre sea ensalzado por encima de todo lo demás.

¡Feliz Navidad!

El poder de las etiquetas

El poder de las etiquetas

Las etiquetas psicológicas están por todas partes. Hay muchos tipos de ellas. Las más llamativas, en mi opinión, son las que nosotros mismos nos asignamos. Por ejemplo, cuando alguien nos pregunta:

– “¿Tú qué eres?”

Generalmente respondemos algo como:

– “Soy maestro.” “Soy médico.” “Soy barrendero.” “Soy contable.”

Casi nunca respondemos cosas como: “Soy un esposo enamorado, soy un amante de los animales, soy madre, soy una persona con mucho sentido del humor o soy un seguidor de Jesús que trata de hacer las cosas cada día mejor.” De todas las muchísimas cualidades que nos caracterizan, consideramos que nuestra profesión es la que más nos define, la más relevante, y por tanto, la que mostramos cuando alguien nos pregunta. Esas etiquetas falsas nos otorgan un lugar social, primero en nuestra propia mente, y después en la de los demás. De manera que, finalmente, un juez se colocará su etiqueta con más seguridad propia que un repartidor.

Pero sin duda, las etiquetas más peligrosas son las que un niño recibe en sus primeros años de vida.  Y en ésto, los padres y educadores tenemos un papel tan grande e importante, una influencia tan abrumadoramente poderosa, que hace que debamos estar constantemente conectados a la Fuente de Sabiduría para evitar cometer errores de consecuencias difíciles de medir; para evitar decir cosas que pueden herir a nuestros hijos de por vida.

“De por vida” es una expresión que puede parecer exagerada. Pero las etiquetas (especialmente las que imponen los padres) se infiltran tan profundamente en la mente y el autoconcepto del niño, que permanecerán ahí hasta que sea consciente de esas etiquetas y pueda luchar contra ellas. Y a veces, se quedan ahí para siempre.

Los seres humanos desarrollamos nuestro autoconcepto en función de las expectativas que los demás depositan en nosotros. Ésto es especialmente cierto en los niños pequeños cuando la etiqueta viene de sus padres, ya que nunca se van a cuestionar su juicio. Sus padres son las personas más importantes, las más sabias, las que más los aman y a quienes ellos más aman. Y para ellos, sus juicios son ciertos. Así que cuando son etiquetados por alguno de sus padres, comienzan a actuar de esa manera.

Las etiquetas negativas tienen el poder de rotular a la persona, definirla y limitar su potencial. Se centran en un aspecto negativo de la persona, pasando por alto todos los positivos. Lejos de mostrarle los puntos que debe mejorar, le dice “quién es”, aumentando su inseguridad y cerrando la puerta a cualquier capacidad de superarse. De esta forma, las etiquetas funcionan como una profecía autocumplida. Lo que nuestros hijos son queda escondido detrás de lo que creen que son, y nunca llegan a descubrir su verdadero potencial.

Pero, ¡es tan fácil caer en la tentación de etiquetar, especialmente cuando las conductas se repiten una y otra vez! Nuestro hijo derrama la leche como cada mañana (“qué torpe eres”).  Nos dice que no tiene tareas cuando sí las tiene (“eres un mentiroso”). Tarda en arreglarse más tiempo de lo normal (“eres un presumido”). Deja la toalla tirada en el baño (“eres un desordenado”). Y así una larga lista de situaciones en las que a veces perdemos el control. Nos ayuda recordar que nuestros hijos perdonarán pequeños deslices ocasionales. Pero hemos de hacer lo imposible porque esos adjetivos no se repitan varias veces, es decir, se conviertan en etiquetas.

Para evitarlo, debemos separar la conducta de la persona. Es decir, podemos no aprobar la conducta de nuestro hijo, y aún así, hacerle saber que lo amamos y lo consideramos infinitamente valioso. En lugar de etiquetar, podemos hablarles de qué parte de su conducta necesita mejorar, evitando usar el verbo “ser” (“es importante que cojas el vaso con más cuidado” o “debes recoger el baño después de ducharte para que el siguiente lo encuentre limpio”) y proporcionarles una alternativa a su conducta, o una ayuda para superar su dificultad. Podemos recordarle cómo tiene que sujetar el vaso para que no se caiga, dejar una nota en la puerta del baño recordándole que recoja la toalla, o aplicar consecuencias adecuadas cuando la mala conducta es intencionada. Pero no dejar que nunca duden de su potencial, de su capacidad para ser mejores y de nuestra confianza en que lo pueden lograr.

Pero, si las etiquetas negativas son tan poderosas, si tienen la capacidad de destruir la autoestima de una persona y moldear su conducta, si sus efectos dañinos pueden durar para siempre, ¿podrían las etiquetas positivas tener el mismo poder pero con el efecto contrario?

En una preciosa película llamada “Criadas y Señoras”, la niñera de una niñita pequeña que no recibe mucho cariño de sus padres, la viste y arregla cada mañana con mucho mimo mientras le dice con ternura:

“Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante.”

¿Realmente nuestras palabras de cariño y afirmación pueden dejar una huella en la mente y el corazón de nuestros hijos? ¿Pueden darles la seguridad de que son valiosos y modelar su conducta hacia el bien? Estoy convencida de que sí, de la misma manera que lo hacen las palabras negativas. Podemos decirles a nuestros hijos que son valiosos, que son capaces de lograr lo que se propongan, que son especiales, importantes y profundamente amados por nosotros y por Dios. Podemos decírselo tantas veces que esas etiquetas moldeen su carácter y su seguridad en ellos mismos.

“Eres importante para mí, para este hogar. Fuiste muy deseado y llegaste como un precioso regalo del Cielo para llenar nuestras vidas de amor y alegría.”

“Eres listo, eres capaz de conseguir lo que te propongas, con tu esfuerzo y con la ayuda de Dios, que te ama desde antes de nacer y estará a tu lado toda tu vida.”

“Eres bueno. A veces cometes errores, como todos lo hacemos. Pero tu corazón está lleno de amor y del deseo de hacer las cosas bien.”

“Tienes talento. Tienes dones preciosos que Dios te ha dado y que te harán muy feliz a ti y a los demás. Podrás usarlos para dejar una huella en el mundo, si tú quieres. No importa si aun no sabes cuáles son tus dones; poco a poco los descubrirás, porque los tienes.”

“Eres un hijo maravilloso.” “Eres trabajador.” “Eres creativo.” “Eres cariñoso.” “Eres…”

Lo más importante: “Eres un hijo de Dios”.

Solo tenemos que darnos un paseo por las páginas de nuestra Biblia para ver cuánto ama y valora Dios a nuestros hijos.

– A Mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable y Yo te amé; daré, pues, hombres por ti y naciones por tu vida. (Isaías  45: 4)

– En las palmas de Mis manos te tengo esculpida. (Isaías  49: 16)

– Con amor eterno te he amado. (Jeremías 31: 3)

– Jehová está en medio de ti, poderoso; Él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos. (Sofonías 3: 17)

– El que te toca, toca a la niña de Mis ojos. (Zacarías 2: 8)

– Como había amado a los Suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. (Juan 13: 1)

– ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios. (Romanos 8: 35, 38, 39)

“No te quiero porque seas todas esas cosas. Te querría aunque no lo fueras. Pero es que, además, ¡lo eres!”