Ideas y manualidades, Tiempo en familia

Alimentos de fieltro DIY

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El blog Pieces by Polly (http://www.piecesbypolly.com/p/felt-food-tutorials.html) nos ofrece un montón de tutoriales para hacer nuestros propios alimentos de fieltro, con los que nuestros hijos pueden jugar y aprender hábitos saludables.

Algunos son sencillos y otros son para los muy habilidosos con la máquina de coser. ¡Tenemos figuritas para todos los niveles! Los niños más mayores nos pueden ayudar y practicar así la costura.

¡Feliz costura y que aproveche!

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Desarrollo espiritual, Educación, Tiempo en familia

5 Ideas para que Jesús sea el centro de la Navidad

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Ya llega la Navidad, mi época favorita del año. Muchos de los recuerdos más bonitos de mi infancia sucedieron en Navidad. Crecí en una familia grande, rodeada de hermanos, tíos y primos, y nos encantaba hacer muchas cosas juntos. Pasábamos largas veladas en familia y teníamos muchísimas tradiciones preciosas, algunas de las cuales hemos transmitido a nuestros propios hijos.

La Navidad me trae a la mente recuerdos de preciosos árboles decorados con luces y muchísimos regalos a sus pies, el olor del boniato en el horno, programas especiales en la iglesia, comer castañas mientras paseamos con la familia, belenes callejeros, villancicos… Muchísima ilusión. Es una época muy tierna para mí.

Pero entre tantas compras, cenas, eventos, decoraciones, regalos… con cuánta facilidad olvidamos por qué o por Quién hacemos todo eso. Sabemos que Jesús no nació realmente en Navidad. Pero es una excusa maravillosa para recordarlo, celebrarlo y agradecerlo. Y aun así, ¡qué fácil es perdernos entre montañas de regalos y olvidar el Regalo más importante que recibimos en estas fechas! ¡Cuán a menudo llenamos nuestros estómagos de deliciosa comida y olvidamos llenar los de los menos afortunados! ¡Cuántas películas preciosas de Navidad vemos en familia, pero cuán pocas veces nos contamos unos a otros la Historia más bella!

Quiero disfrutar la Navidad con mi preciosa familia, quiero decorar un árbol, cantar villancicos e ilusionarme comprando regalos para las personas que amo. Pero quiero que Jesús sea el centro de todo esto, quiero que sea nuestro motivo y nuestra ilusión, que presida nuestras reuniones familiares y llene nuestros corazones. Quiero recordar que “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, y que gracias a eso nosotros tenemos vida, esperanza y podemos disfrutar de estos momentos maravillosos.

Estas son 5 ideas para que el Príncipe de Paz reine en nuestro hogar en estas fiestas:

  1. Que la decoración de nuestro hogar la presida un hermoso Belén. Podemos hacerlo nosotros mismos con nuestros niños, o comprarlo. Y luego colocarlo en un lugar de honor, donde podamos verlo bien. También podemos colorear dibujos y escribir textos bíblicos que hablen del nacimiento de Jesús y colgarlos por la casa. Cualquier cosa que nos recuerde el cumpleaños de Quién estamos celebrando.
  2. Que nuestros niños no crean en Papá Noel ni en los Reyes Magos. Este punto tengo que explicarlo. Cuando mi tío era pequeño, era un niño increiblemente bueno; y mis abuelos eran increiblemente pobres. Ellos siempre hicieron verdaderos esfuerzos por dar a sus amados hijos bonitos regalos por Navidad de parte de los Reyes Magos. Pero, claro, sus recursos eran muy limitados. Una Navidad, mi tío vivió una gran decepción al no comprender por qué él, que era tan obediente, había recibido un pequeño juego de cochecitos de plástico, mientras su primo, que era muy desobediente, había recibido un impresionante tren eléctrico. Mis abuelos se dieron cuenta de que era cruel hacer creer a los niños, en especial a los pobres, que sus regalos dependían de su comportamiento. Le contaron la verdad, lo cual le quitó un peso de encima a mi pobre tío, y desde ese momento todos los niños de la familia nos hemos criado sin creer en las fantasías de Navidad. No os asustéis pensando que eso le quitó magia e ilusión a nuestras navidades. ¡Justamente lo contrario! No creo que haya muchos niños en el mundo que vivan la Navidad con más emoción que lo hicimos nosotros. Sabiendo que los regalos venían de nuestros seres queridos, desde muy pequeñas nuestra ilusión fue comprar regalos para ellos. Cada Navidad desde que éramos niñas, mi hermana, mis primas y yo juntábamos nuestros ahorritos (con aportaciones de nuestros padres, por supuesto), y salíamos a comprar regalos para todos. ¡Para todos! La mañana de Navidad nos despertábamos muy ilusionadas por los regalos que íbamos a recibir, pero sobre todo, por ver las caritas de las personas que más queríamos cuando abriesen nuestros regalos. Experimentamos que “hay más gozo en dar que en recibir”. Y cuando abríamos nuestros regalos, nos lanzábamos a los brazos de quien nos lo había dado, para abrazarle y darle las gracias. Papá Noel y los Reyes formaban parte de nuestra decoración, nuestras tarjetas y la tradición. Pero la magia de nuestra Navidad estaba llena de amor familiar.
  3. Dejar que los niños colaboren en la preparación de la cena de Nochebuena. Preparar una cantidad extra y llevarla a alguna familia que sepamos que no va a poder disfrutar de una cena así.
  4. Antes del día de Navidad, revisar con los niños los juguetes y seleccionar algunos que podamos regalar a niños que no vayan a tener regalos. Ver con ellos que tenemos mucho más de lo que necesitamos, y que tenemos el privilegio de poder compartir. El día de Navidad ir en familia a alegrar a personas cuyo día no es tan feliz. Hay familias muy creativas para ésto. Podemos llevar los juguetes a un orfanato y jugar con los niños, ayudar a servir comida en un comedor social, llevar pastas a una residencia de ancianos y mimar a los abuelitos que pasan el día solos, repartir chocolate caliente a las personas sin hogar… ¡Dejemos volar la imaginación!
  5. La mañana de Navidad, no lanzarnos a abrir los regalos nada más levantarnos. Antes de eso, desayunar en familia y recordar el relato bíblico del nacimiento de Jesús. Podemos leerlo en la Biblia, cantar, representarlo entre todos… Recordar qué estamos celebrando hoy.

Hagámosle al Rey de Reyes una fiesta de cumpleaños por todo lo alto, en la que Su nombre sea ensalzado por encima de todo lo demás.

¡Feliz Navidad!

Educación, Tiempo en familia

Mamá ¿me compras…? (La publicidad en la mente de los niños)

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Ha comenzado el mes de diciembre, y con él, los preparativos de una de las épocas más dulces y entrañables del año: la Navidad.

En medio de las luces, los villancicos y los árboles decorados, hay algo que ya ha empezado a bombardearnos más de lo habitual: la publicidad. Anuncios de ropa, perfumes, y sobre todo, juguetes, ya nos siguen a todas partes. Aunque convivimos con ella a diario, en estas fechas, los anunciantes hacen esfuerzos extras por introducirse en nuestros hogares y en nuestras mentes. Y de forma especial, en las mentes de los niños.

Antiguamente, la publicidad vendía productos. Es decir, una empresa tenía un producto para vender, así que hacía un anuncio más o menos divertido con una musiquita pegadiza, y te contaba lo que su producto podía hacer, por si te pudiera interesar. Pero ahora no. Ahora la publicidad vende emociones, vende valores, vende ilusiones, vende un estilo de vida. Crea en nosotros necesidades que no tenemos. Y la verdad es que lo hacen muy bien. Eso es lo que la hace tan peligrosa.

La publicidad está por todas partes, no solo en los anuncios. Hace un tiempo, el creador de la exitosa serie de dibujos animados para bebés “Pocoyo”, dio una entrevista en la que le preguntaron cuál era el secreto del éxito de su empresa. Y él, con mucha sinceridad, contestó: “Los dibujos animados no son el negocio. El negocio son los productos que vendemos: muñecos, edredones, cuadernos, juguetes… Los dibujos son la publicidad de los productos.” Pues os puedo asegurar que su técnica funciona. Hace unos días fuimos con nuestra hija, que acaba de cumplir 2 años, a una tienda de juguetes. Queríamos comprarle una bici por su cumpleaños, y estábamos probando qué tamaño le iba mejor. En eso estábamos, cuando de repente, dio un grito y salió corriendo pasillo abajo. Fuimos tras ella y la encontramos abrazada a un muñeco de Pocoyo. No es necesario que os cuente cuánto nos costó que lo soltara. Finalmente, la bici se vino a casa y Pocoyo se quedó en la tienda. Pero solo tiene 2 años. ¡Ésto no ha hecho más que empezar! Uf…

¿Es posible limitar la influencia de la publicidad en los niños? ¿Es posible evitar que nuestros hijos (y nosotros también, siendo sinceros) vivan con la sensación permanente de que necesitan cosas que no tienen? ¿Podemos conseguir que nuestra familia no disfrute acumulando cosas, por el simple placer de tenerlas? ¿Podemos evitar que convenzan a nuestros hijos de que necesitan usar cierta ropa, ponerse cierto maquillaje o escuchar cierta música para encajar, para estar “a la moda”? ¿Podemos, en medio de una sociedad tan dominada por el consumismo, criar hijos que disfruten de las cosas sencillas, que empaticen con los que no tienen, que encuentren “más placer en dar que en recibir”?

Esta lucha no es fácil. Implica ir muchas veces contra lo habitual, contra lo que está socialmente aceptado. A veces también implica renunciar a cosas que a nosotros nos gustan. Pero vale la pena el esfuerzo.

Estas son algunas ideas de cosas que podemos hacer para evitar que la publicidad forme parte de nuestra familia y moldee nuestra forma de pensar:

  • Deshacernos de la televisión. Esta es quizá la idea más radical y más difícil, y la que más preguntas, comentarios y bromas suscitará (como escuché graciosamente decir a un personaje de una serie de televisión: “¿No tienes tele? ¿Y hacia dónde miran tus muebles?”). Pero también es la más efectiva. Hace casi dos años que nosotros no tenemos televisión, y es difícil creer lo poco que la echamos de menos.
  • Utilizar vídeos, DVDs y programación de internet. Achucharnos la familia en el sofá, tapaditos con una manta, un bol de palomitas recién hechas, y mirar una película, es una actividad que nos encanta, como a muchísimas familias. Si utilizamos DVDs, disfrutamos igual y nos ahorramos la publicidad. De hecho, disfrutamos más, porque no nos dormimos durante los interminables anuncios.
  • No siempre es posible prescindir de la tele, generalmente porque los padres no se ponen de acuerdo. En ese caso, debemos acostumbrar a los niños a pedir permiso antes de encender la televisión, para poder estar pendientes. También debemos silenciar los anuncios, aprovecharlos para hacer otra cosa, y siempre que sea posible, ver la tele con ellos para poder dialogar sobre lo que estamos viendo.
  • A partir de cierta edad, podemos hablar con nuestros hijos abiertamente sobre la publicidad y su objetivo. Podemos explicarles que no todo lo que dicen los anuncios es verdad, que los hacen empresas que tratan de vendernos cosas, que no tenemos por qué dejar que nos convenzan, que somos demasiado listos para que alguien nos diga cómo debemos ser o lo que debemos comprar.
  • Jugar con los niños, realizar muchas actividades con ellos (manualidades, cocina, deportes, animales…), ayudarles a que desarrollen sus muchos dones, que disfruten “haciendo” en lugar de “mirando”, de forma que sentarse a ver la televisión sea una actividad aburrida.
  • Involucrarnos como familia en actividades de ayuda y voluntariado. Podemos visitar residencias de ancianos y acompañar a los ancianitos que están más solos, colaborar con algún comedor social, apadrinar un niño del tercer mundo, jugar con los niños de un orfanato… Cualquier cosa que se nos ocurra para que nuestros hijos conozcan cómo viven algunas personas que no tienen tanta suerte como nosotros, desarrollen su empatía y disfruten ayudando y haciendo felices a otros.
  • Agradecer a Dios por lo que tenemos. Aprender a fijar nuestra vista en las muchas bendiciones que recibimos, en lugar de fijarnos en lo que no tenemos. Hacer cada semana una lista de todas las bendiciones que hemos recibido durante la semana, especialmente las bendiciones que no son materiales, y colgarla en algún lugar visible de la casa.

Todas estas ideas podemos llevarlas a cabo en cualquier época del año, pero, ¿por qué no empezar esta Navidad?

¡Bendiciones!

Reflexiones, Tiempo en familia

Mi casa está sucia

Tiempo, juntos, jugar, limpiar, atención, casa

Mi casa está sucia. Sí, ya sé. Todas estáis pensando: “Seguro que no es para tanto. La mía está muchísimo peor. Etc, etc…” Pero creedme, está sucia. A simple vista no lo parece. Pero he estado de mudanza recientemente, y me he llevado unas cuantas sorpresas.

A lo mejor la descripción de mi casa os resulta familiar. Repartidos por distintas partes del suelo, que más o menos consigo mantener limpio, aparecen juguetes de distintas formas y tamaños, con los que nos vamos tropezando. Algunos hacen ruido y música, lo cual hace aún más divertido tropezar.

Los platos sucios en la pila de la cocina nunca consiguen desaparecer. El cesto de la ropa sucia nunca está vacío y la montaña de ropa para planchar crece mucho más rápido de lo que decrece.

Todos los espejos y cristales están llenos de huellitas de una mano preciosa y pequeñita. Algunos tienen las marcas que ha dejado esa misma manita al intentar limpiarlos con una toallita llena de crema.

Como decía, alrededor de los muebles, sofás, estanterías y demás, el suelo está limpio. Pero por favor, no intentéis moverlos y mirar debajo.

Mi coche transporta una mezcla de juguetes, trocitos de galleta, chupetes perdidos y botellas de agua. Y podría seguir con la nevera, el horno o los estantes que están demasiado altos para establecer contacto visual con ellos, pero creo que habéis captado la idea.

Mi casa es un hogar, no un palacio. Es acogedora, está lo bastante limpia como para que mi pequeña pueda jugar en el suelo o nuestros amigos vengan a visitarnos, tiene velitas perfumadas y luces cálidas, y huele a vainilla. Es nuestro hogar. Pero no está preparada para una visita Real inesperada. La razón es simple: no me paso el día limpiando. Supongo que en opinión de muchos, debería hacerlo, ya que soy ama de casa. Pero no lo hago.

No me interpretéis mal, me encanta el orden y la limpieza. Desde muy pequeña el desorden me creaba ansiedad, necesitaba tener todo perfectamente limpio y ordenado a mi alrededor. Así que cuando llegó nuestra pequeña y tomamos la decisión de que yo me quedase en casa con ella, también tomamos otra decisión: priorizar. Decidimos que nuestra pequeña sería lo primero y más importante.

Nuestros hijos necesitan lo mejor de nuestro tiempo, y en gran cantidad. A veces cometemos el error de creer que, porque estamos en casa con nuestros hijos, les estamos dedicando el tiempo que necesitan. Pero no necesariamente es así. Cuando estamos constantemente ocupados con nuestras muchas ocupaciones, hasta el punto que nos falta el tiempo y la energía para sentarnos en el suelo a jugar con nuestros hijos, algo estamos haciendo mal. Cuando al acabar el día nuestra casa está impecable pero nuestros zapatos no están sucios de jugar en la calle con nuestros pequeños, algo hemos hecho mal. Si hemos conseguido terminar todas nuestras tareas pero no nos duele la tripa de tanto reir, algo hemos hecho mal.

Mi casa está sucia, es cierto. Hemos renunciado a una casa perfecta. Pero a cambio hemos obtenido mucho más.

Hemos obtenido risas y juegos desde que nos despertamos, antes incluso de salir de la cama; sesiones de abracitos y mimos a cualquier hora del día; páginas y páginas de nuestro cuaderno con flores y corazones dibujados; largos paseos por el campo observando bichitos, recogiendo flores y acariciando caballos; tardes enteras jugando a la pelota en el jardín o construyendo la torre más alta del mundo para derribarla después…

Hemos obtenido un lugar lleno de juegos, risas, abrazos, cosquillas, sin prisa y sin mirar el reloj. Hemos obtenido un lugar lleno de amor y confianza, en el que podemos descansar tranquilos sabiendo que las personas siempre estarán por encima de todo lo demás. Hemos cambiado nuestra casa por un hogar.

Hace tiempo tomamos la decisión de que lo urgente no robaría el tiempo a lo importante. Pero es una decisión que debemos seguir tomando cada día, en cada momento. Cada vez que estoy limpiando o estudiando y mi pequeña viene a mí con un libro o con su muñeca, necesito volver a tomar la misma decisión.

No siempre voy a poder complacerla. Algunas tareas no pueden esperar. Y es en esos momentos cuando ella aprenderá a manejar su frustración. Pero nunca, más de lo imprescindible.

“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su momento.” (Eclesiastés 3:1)

Este es su tiempo, su momento. Nuestro momento. Algún día, mi pequeña estará lista para volar, y se marchará. Entonces volveré a tener tiempo de sobra y mi casa volverá a brillar como el cristal. Pero aun no. Este es su momento, y necesito asegurarme de no lamentar ni un minuto de los que Dios me regale a su lado; mirar atrás y sonreir recordando todas las cosas que hemos hecho juntas, sin tener que lamentar todas las que no hicimos.

Necesito que, después de volar, mi “pequeña” vuelva a casa de vez en cuando para recibir más del amor y la atención que recibió en su hogar. Y cuando eso suceda, dejaré lo que esté haciendo y me sentaré con ella a reir, llorar, jugar y recordar.

Aprendiendo, Desarrollo espiritual, Educación, Tiempo en familia

Leyendo la Biblia con preescolares (las mejores 15 historias para ellos)

Leyendo la Biblia con preescolares

Me encanta leerle a mi pequeña. Lo hago prácticamente desde que nació, aunque no pueda entenderme. Escogemos un libro, nos tumbamos en la cama o nos achuchamos en el sofá, y leemos. Pasamos las páginas hacia alante y hacia atrás una y otra vez, miramos los dibujos, hacemos los ruiditos de los animales… Tardamos una eternidad en leer un libro. ¡Pero lo pasamos tan bien!

Hace un tiempo leí una frase que me encantó:

Leer a los niños antes de que entiendan las palabras hace que relacionen los libros con sentimientos de amor y ternura.

Me gustaría mucho que llegue a amar los libros. Y de todos los libros que hay en el mundo, el que quiero que ame más es la Biblia. Por eso, ahora que se acerca a los dos años y entiende mucho de las historias que le cuento, estoy reflexionando mucho sobre cómo quiero presentarle ese maravilloso libro y el Dios del que habla.

La Biblia tiene infinidad de historias, reales o ficticias, que nos presentan las distintas cualidades de Dios. Pero no todas esas historias ni esas cualidades estamos preparados para comprenderlas a cualquier edad. Si somos sinceros, incluso a los adultos nos cuesta asimilar algunos pasajes de la Biblia, y los aceptamos porque confiamos en el amor incondicional de un Dios que todo lo sabe, y que algún día nos explicará lo que no llegamos a comprender.

Muchas de las historias que tradicionalmente contamos a los pequeños se basan en eso, tradición, y no en su capacidad para transmitir a los niños la imagen de Dios y los valores que necesitan en esta tierna edad. Los niños preescolares necesitan “leche”, necesitan comprender los atributos más tiernos de Dios, para poder llegar a amarlo. Porque solo de un corazón amante podrá brotar más adelante la obediencia sincera y voluntaria, que es la única que tiene valor.

Qué quiero que mi pequeña aprenda sobre Dios en sus tiernos años preescolares?

  • Que Dios la ama profundamente, desde antes de que naciera, pase lo que pase y haga lo que haga. Que ama a todo el mundo con un amor incondicional, y que siente una ternura especial hacia los niños.
  • Que está a su lado para protegerla, que nunca está solita y que no necesita tener miedo nunca, porque Dios y su ángel están con ella.
  • Que Él nos da todo lo que necesitamos. Y que si alguna vez no nos da algo que queremos, seguramente es porque no lo necesitamos.
  • Que Dios es poderoso. No hay nada que Él no pueda hacer.
  • Que le gusta que tratemos a los demás con amor y con respeto, igual que Él nos trata a nosotros. Y si alguna vez no lo hacemos así, y estamos tristes por ello, a Dios le encanta perdonarnos y hacer como si nunca hubiera pasado.

Así que evitaré contarle historias que, al no poder comprenderlas por su tierna edad, hagan difícil que ella comprenda todo lo anterior. De momento, renunciaremos a muchas de las historias tradicionales, aunque tengan preciosas figuritas de franelógrafo. Voy a evitar historias:

  • Que tengan contenido violento. Para ellos es difícil entender que algunos personajes de la Biblia usaron la violencia, y se ven tentados a usarla ellos también (por ejemplo, la historia de David y Goliat).
  • Que hablen sobre la muerte. Es un concepto que los pequeños aun no conocen o asimilan, y no es bueno forzar su mente con un tema tan duro y delicado (así, evitaremos la historia del Arca de Noé o la de la reina Esther).
  • Que sean difíciles de asimilar, porque comprender la conducta de los hombres, o incluso la de Dios, requiera cierta madurez (por ejemplo, la historia del sacrificio de Isaac).
  • Sobre la muerte de Jesús. Los niños de esta edad llegan a amar a Jesús con todo su corazón, y conocer sobre su sufrimiento y su muerte, cuando ni siquiera llegan a comprender, les produce gran ansiedad y tristeza. Muchos tienen pesadillas, y llegan a pensar que Jesús está muerto, porque no pueden comprender la resurrección.

Pensando en todo lo anterior, esta es mi pequeña selección de las 15 historias bíblicas por las que voy a comenzar (la mayoría son sobre la vida de Jesús):

  1. La Creación.
  2. Daniel en el foso de los leones (aunque no entiende la muerte, sabe que un león da miedo, y comprende que Dios protegió a Daniel).
  3. Los amigos de Daniel en el horno de fuego (cuando sea más mayor, porque aun puede darle miedo).
  4. La viuda de Sarepta.
  5. Dios llama a Samuel.
  6. Dios elige a David como rey.
  7. Nacimiento de Jesús.
  8. Jesús dice a los discípulos que dejen a los niños venir a Él.
  9. El leproso agradecido.
  10. La multiplicación de los panes y los peces.
  11. La curación del paralítico.
  12. Zaqueo.
  13. Jesús sana al ciego.
  14. Todas las parábolas de Jesús (al principio no comprenderá los símbolos, pero podemos sacar aplicaciones para la vida diaria, y según vaya creciendo, las irá comprendiendo mejor).
  15. Pablo y Silas en la cárcel.
    Iremos añadiendo nuevas historias, según mi pequeña vaya creciendo, madurando y comprendiendo, porque son los niños los que deben marcar el ritmo de su propio aprendizaje.
Educación, Tiempo en familia

10 maneras de hacer que nuestros hijos se sientan especiales

Familia feliz

Cuando mi pequeña nació, hice una lista de las cosas que más deseaba para ella, de lo que quería conseguir con su educación:

  • Que aprenda a amar y respetar a sus padres, para después amar y respetar a Dios.
  • Que se acepte como es, se valore y tenga un buen concepto de sí misma. Que al mismo tiempo sea capaz de reconocer sus errores y las facetas de ella misma que necesitan mejorar.
  • Que tenga confianza en sí misma y se sienta capaz de enfrentar cualquier desafío y superar cualquier problema.
  • Que tenga la suficiente seguridad en sí misma como para escoger lo correcto aunque no sea popular; que no tenga miedo de ser diferente; que haga lo que sabe que debe hacer aunque nadie lo vea.
  • Que sea sensible hacia el sufrimiento de los demás, que ayude a quien lo necesite y defienda la justicia.

Ese es el tipo de persona que quisiera que mi pequeña sea. Esa es la razón por la que cada día intento ser mejor y hacerlo mejor. Pero no es algo fácil de conseguir. El mundo en el que vivimos no promueve este tipo de valores, y no son fáciles de transmitir a nuestros niños. Vivimos en una sociedad egoísta que nos incita a pensar en nosotros mismos y en nuestro propio bien, especialmente en estos tiempos de crisis. Aunque nos creemos independientes, en el fondo somos profundamente dependientes: de la opinión de los demás, de la tecnología, de la moda, del “qué dirán”… La presión del grupo sobre los jóvenes ha alcanzado niveles preocupantes. Es muy difícil encontrar personas con una autoestima equilibrada, capaces de valorar sus virtudes, y detectar y corregir sus defectos (la gran mayoría nos inclinamos hacia uno u otro extremo). Con nuestra costumbre de premiar a los niños cuando hacen algo bien, sin querer les estamos enseñando a hacer las cosas bien solo cuando hay un premio detrás. El respeto hacia los padres está desapareciendo poco a poco. Y el respeto hacia Dios prácticamente ha desaparecido del todo.

Entonces, ¿qué podemos hacer para que nuestros hijos desarrollen estos valores tan poco populares? Aprender estos valores es un proceso largo, que llevará muchos años de la vida del niño, y que pasará por momentos de duda y de crisis. Así que debemos ser muy pacientes y constantes. Pero hay algo muy importante que debemos hacer, que será la base de todo, y en lo que no nos podemos permitir fallar: debemos cultivar en ellos el sentimiento de que son especiales, enormemente valiosos, amados por nosotros y amados por Dios.

Deben crecer con la seguridad de que los amamos incondicionalmente, sean como sean y hagan lo que hagan. Deben sentir que no están en el mundo por casualidad o por error, sino que Dios los puso en una familia que los deseaba y los esperaba con todo su corazón. Deben saber que Dios les amaba desde antes de nacer, y les dio dones y capacidades maravillosas, que podrán usar para llevar adelante el plan que tiene para ellos.

Ese sentimiento de que son amados, aceptados, que pertenecen a un lugar y que tienen un propósito les dará la fuerza para ser ellos mismos, defender la justicia y hacer lo que saben que es correcto, no importa lo que pase alrededor.

Hay muchas formas de mostrar a nuestros hijos desde que nacen, y cada día, que son valiosos y especiales. Esta es mi pequeña selección:

1.  Cuéntales historias de cuando eran pequeños. A los niños les encanta escuchar historias de las cosas que hacían cuando eran más pequeños: sus primeras palabras, los sitios a los que les gustaba ir, y sobre todo, anécdotas de cosas graciosas que hacían. Les demuestra que esas cosas fueron importantes para sus padres y por eso las recuerdan.

2.  Guarda en una caja cosas de cuando eran bebés. Muéstrasela de vez en cuando y cuéntales la historia de esas cosas. Yo guardo cosas como sus chupetes, un babero que yo le hice, la decoración de su baby shower, un pañal pequeñito o los zapatos con los que dio sus primeros pasos. Ver que sus padres guardan esas cosas como un tesoro les da sentimientos de profundo amor y pertenencia.

3.  Háblales de cuánto los amaba Dios desde antes de nacer. Muéstrales textos de la Biblia que lo dicen. Recuérdaselo constantemente, pon esos textos a la vista en cuadros en su dormitorio, ponles notitas con esos textos en la mochila o la bolsa de la comida… Usa lenguaje sencillo y pon el nombre del niño en el texto.

4.  Cuando hacen algo bueno y creen que nadie lo ha notado, reconócelo. Diles que tú lo notaste y lo valoras mucho. Diles lo orgulloso que estás de ellos. Llama su atención sobre lo bien que se sintió la persona que se benefició de su acción.

5.  Déjales notas por la casa con las cosas que te gustan de ellos. Rasgos positivos de su carácter, dones o cómo resolvieron alguna situación complicada.

6.  Hazte fotos con ellos haciendo muchas actividades, y miradlas juntos de vez en cuando. Recordad lo bien que lo pasasteis y volved a reír. Atesorad en el recuerdo esos momentos.

7.  Cuando estéis con otras personas, háblales de las cualidades y logros de vuestros hijos, especialmente cuando ellos creen que no sabéis que nos escuchan. Esos momentos en los que notamos que nuestro hijo ha puesto un oído en la conversación de los adultos es perfecto para dejar caer una alabanza.

8.  Exhibe en casa fotos y recuerdos de sus logros. Trabajos que han hecho, manualidades, regalitos hechos a mano, fotos de los campeonatos deportivos (no importa si ganaron o perdieron)… Deben saber que valoráis su esfuerzo, no el resultado.

9.  Dedica tiempo especial para cada uno de vuestros hijos, haciendo lo que más les gusta o desarrollando algún don. Es bueno que cada padre reservemos al menos un ratito a la semana con cada hijo. Solos los dos, sin competencia, y haciendo alguna actividad que le guste mucho, y le haga sentir amado, especial, teniendo toda la atención de su padre y de su madre.

10.  Alaba sus cualidades y sus logros cuando suceden, pero siendo realistas. Los niños saben distinguir entre una alabanza real y un intento vano por adularlos.

Dejemos volar la imaginación. Hay mil formas de hacer que nuestros hijos se sientan valiosos y especiales. ¡Es el momento de ser creativos!

Crianza, Tiempo en familia

Los niños no necesitan tiempo en cantidad; necesitan tiempo de calidad… y otras mentiras

Photo credit: ~PhotograTree~ via photopin cc
Photo credit: ~PhotograTree~ via photopin cc

¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase? La hemos oído salir de labios de familiares, amigos, psicólogos, educadores y médicos. La hemos leído en libros de educación y revistas. La hemos escuchado en programas de televisión. La hemos oído tanto que ya forma parte de nuestra cultura social.

Pero, ¿es cierta esa afirmación?¿Cuál es su base científica? ¿Qué estudios sociológicos la apoyan? Ninguno. No hay. No hay ninguna prueba que demuestre que nuestros hijos son igual de felices cuando les dedicamos solo un poco de nuestro tiempo y nuestra atención, siempre y cuando sea de calidad.

Antiguamente los niños nunca estaban solos. Las familias vivían juntas en grandes casas familiares, con los abuelos, los tíos, los primos… Y siempre había alguien acompañando a los niños. Entonces llegó la Revolución Industrial, y con ella, el progreso económico. Pero junto al progreso llegaron grandes cambios para las familias. Los padres se mudaron con sus hijos a pequeños apartamentos en la ciudad para poder ir a trabajar, y se disolvió la familia extensa. Las nuevas demandas económicas hicieron que los dos padres tuviesen la necesidad de trabajar. Creamos el sistema actual de educación obligatoria y guarderías para dejar a los niños mientras los padres trabajaban. Y a partir de ahí, en un esfuerzo por mitigar los sentimientos de culpa de los padres, y en especial, de las madres, los médicos y psicólogos empezaron a crear nuevas teorías. Tranquilizadoras, pero falsas:

  • Es bueno dejar llorar a los bebés, para que no se malcríen, y de paso, fortalezcan sus pulmones.
  • Los niños necesitan ir a la guardería desde edades tempranas, para socializarse.
  • No importa si no tenemos mucho tiempo para estar con nuestros hijos. Ellos no necesitan cantidad; necesitan calidad.

No quiero que se me malinterprete. No se trata de que los padres nos creemos sentimientos de culpa. Soy consciente del mundo y de la sociedad en que vivimos; de que para muchas familias, tener dos trabajos no es un lujo ni un capricho, sino una necesidad; de que la mayoría de padres se marchan de la guardería con el corazón en un puño; que la mayoría de padres no conseguimos dar a nuestros hijos todo el tiempo que nos gustaría. Pero la solución no es engañarnos.

Necesitamos saber cuáles son las verdaderas necesidades de nuestros hijos, para poder satisfacerlas lo mejor que podamos según nuestras posibilidades.

Y la realidad es que nuestros hijos nos necesitan. Nos necesitan mucho. Con calidad y en cantidad. Necesitan estar con nosotros, jugar con nosotros, comer con nosotros, estudiar con nosotros. Necesitan nuestra atención completa durante el mayor tiempo posible, especialmente durante los primeros años de vida. En palabras de la educadora Kay Kuzma:

“La manera de deletrear amor en los primeros siete años es T-I-E-M-P-O”.

Pero como hemos visto que no es tan sencillo como nos gustaría, estas son algunas ideas para que nuestros hijos sientan que son lo más importante de nuestra vida, a pesar del ritmo trepidante en el que vivimos.

Cuando estemos con ellos:

  • Dejar el móvil abandonado, fuera de la vista. Los niños perciben desde muy pequeños que el móvil les roba la atención de sus padres.
  • Tratar de dedicarles toda la atención exclusiva que nos sea posible. Dejar los trabajos no urgentes para más adelante. Bajar nuestra exigencia en cuanto a la limpieza de la casa.
  • Cuando nos levantamos por la mañana, dedicarles a ellos los primeros momentos. Jugar, cantar, retozar en la cama, preparar un buen desayuno… Las tareas de la casa pueden esperar.
  • Convertir los ratos rutinarios de atenderlos (vestirlos, bañarlos, darles de comer) en una fiesta, mediante juegos, cantos y risas.
  • Jugar con ellos. Tumbarnos en el suelo, disfrazarnos, disfrutar de la “merienda” que nos preparan, ir a pasear, leer una historia… Disfrutar con ellos.

Cuando tengamos que dejarlos con otra persona:

  •  Dejarlos con alguien de confianza que sepamos que los van a tratar como lo haríamos nosotros.
  • No dejarlos y desaparecer a escondidas. Explicarles dónde vamos y por qué no los podemos llevar, decirles con quién van a estar y todas las cosas divertidas que podrán hacer, y decirles cuándo vamos a volver. Ser puntuales a la hora de regresar.

Y cuando estemos con ellos, pero no podamos darles atención exclusiva:

  •  Si es posible, involucrarles en nuestra tarea: pueden ayudarnos a preparar la comida, limpiar el polvo o arreglar el jardín. Les divierte y se sienten útiles.
  • Si no nos pueden ayudar, preparar un lugar en el que puedan jugar junto a nosotros. Podemos tener una pequeña mesa de su tamaño o una alfombrita, y ponerla en la habitación en la que estemos.
  • Mirarlos y sonreírles de vez en cuando. Acariciarles cuando pasemos por su lado.
  • Hacer comentarios sobre lo que están haciendo (“Estás pintando una mariposa”). No se trata de alabar todo lo que hacen, sino de mostrar que estamos pendientes de ellos.
  • Cantar juntos mientras hacemos nuestras tareas.
  • Si se ponen nerviosos, dejar lo que estamos haciendo y dedicarles un ratito a ellos. Pretender que un niño pequeño se entretenga solo mucho tiempo es casi imposible. Pero la mayoría estará dispuesto a jugar solo un ratito más después de tener un poco de atención de papá y mamá.

El tiempo que tenemos con ellos es un tesoro que el estrés cotidiano intenta robarnos. En nuestra mano está no permitírselo.

Crianza, Tiempo en familia

Me dijeron que el tiempo pasa volando…

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Acabo de acostar a mi pequeña. La miro y no puedo creer lo mayor que se ha hecho. Cada noche, antes de dormir, papá y yo nos acostamos con ella en la cama y le acariciamos mientras le cantamos una canción. O varias, porque siempre pide más; le encantan esos momentos en familia. Luego la cojo en brazos dispuesta a darle una sesión de mimos, que necesito yo tanto como ella. Pero me ha pedido que la deje en la cuna. Estaba cansada. Me parece que fue ayer cuando la tenía que mecer en brazos durante 30 ó 40 minutos para que se durmiera.

Me dijeron que el tiempo pasa volando. Gracias a Dios les creí, y decidí hacer las cosas como me dictaba mi corazón.

Ella ha pasado en brazos días enteros. Ha dormido conmigo, junto a mí y encima de mí. Me he despertado infinidad de veces sobresaltada por una de sus “dulces” pataditas.

Decidimos no hacer caso de las voces cariñosas pero desafortunadas que nos decían: “Se va a acostumbrar a tanto brazo”. Y contestábamos con humor: “Demasiado tarde; ya está acostumbrada. La malcrié llevándola casi 40 semanas en mi vientre, acunándola con mis movimientos y arrullándola con el latido de mi corazón. Se acostumbró.”

Ella ha tenido a su papá o a su mamá a su lado cada vez que ha llorado, ansiosos por averiguar cuál era su necesidad, y aliviarla.

Ella se ha dormido cada noche en brazos de mamá, que la acunaba y acariciaba hasta que estaba profundamente dormida.

Y con el tiempo, cuando ha estado preparada, ha aprendido a dormirse sola. Lo ha conseguido. Y no ha tenido que sentirse solita y abandonada en una habitación vacía y oscura. Y nosotros no hemos tenido que salir de la habitación con el corazón roto, y subir el volumen de la televisión para no escuchar su llanto, tratando de autoconvencernos de que era lo mejor para ella. Sencillamente, pasó. En su momento, cuando estuvo preparada, y de manera natural. Porque sí, porque ella es una campeona y sabíamos que lo lograría. Y porque confía en el amor constante e incondicional de sus padres, que estarán ahí cuando los llame, siempre.

Pero ahora lo echo de menos. Hace un tiempo que no quiere que la acune para dormir, y lo echo de menos. Los dolores de espalda que sufrí, las tertulias familiares que me perdí encerrada en la habitación tratando de dormirla… no son nada, comparado con la felicidad que obtuve de esos momentos, con la alegría y el privilegio de tener a mi princesa en brazos y crear un vínculo que durará toda la vida. Lo echo de menos.

Ahora estás en otra etapa. No quieres jugar sola; quieres que esté a tu lado siempre, te lea libros y juegue contigo. Así que el polvo se acumula en los muebles y la ropa en la plancha. Pero no me importa, porque sé que antes de lo que desearía esta etapa habrá pasado y la echaré de menos. Voy a disfrutar de ti, respirar tu aroma, memorizar tu sonrisa y fotografiar cada uno de tus gestos, con mi cámara y con mi corazón.

Cómo has crecido, mi vida. Quisiera detener el tiempo… pero no puedo. Lo único que puedo hacer es asegurarme de no tener que lamentar ni uno solo de los minutos que Dios me regale a tu lado.

 

Tiempo en familia

Suelos pegajosos

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Hace un tiempo leí uno de esos preciosos y entrañables cuadros que se venden en USA para decorar las cocinas. El cuadro decía lo siguiente:

“Las buenas madres tienen suelos pegajosos, hornos sucios y niños felices”

Lo primero que pensé al leerlo fue: “Madre mía, los hijos de las buenas madres deben de ser todos gordísimos”. En una sociedad en la que casi no tenemos tiempo para nuestros niños, comenzamos a medir lo buenos o malos padres que somos en función de las cosas que podemos comprarles, o en el mejor de los casos, las cosas que hacemos para ellos. Y no estoy diciendo que eso sea malo, no me interpretéis mal. Hacer cosas para nuestros hijos no solo es bueno, sino necesario. Si podemos permitírnoslo, ¿por qué no vamos a comprarles ese juguete que les hace tanta ilusión? ¿Por qué no vamos a regalarles unas nuevas botas de fútbol? ¿Por qué no vamos a prepararles ese bizcocho que tanto les gusta?

Pero cuando pienso en que, en este momento, mi hija se encuentra registrando en lo más íntimo de su cerebro las cosas que formarán sus recuerdos y que le ayudarán a formar su identidad personal, no puedo dejar de preguntarme: ¿qué recuerdos va a atesorar mi hijita? ¿Las cosas que hice para ella o las cosas que hice con ella?

Yo tuve una infancia feliz, rodeada de una gran familia compuesta por padres, hermanos, abuelos, tíos y primos que vivíamos todos a escasos 4 kilómetros unos de otros. De esa época recuerdo muchos de los regalos que me hicieron: un zoo de playmobil, un muñeco que tiritaba en el agua, una bici rosa… Pero los recuerdos que permanecen en mi corazón y que hacen que aun me emocione cuando cruzan por mi mente, son las cosas que hice con mi familia. Recuerdo cada excursión, cada canción que cantábamos en el coche, anécdotas insignificantes que nos hicieron reír… Muchas de esas actividades son tan queridas para mí que, ahora que soy adulta y tengo mi propia familia, las he convertido en tradición. Quiero que mi pequeña atesore tan bellos recuerdos de su infancia como hice yo.

Así que he hecho mi propia interpretación del cuadrito de la cocina. Quiero que mi pequeña coma deliciosos dulces caseros mientras su aroma impregna cada rincón de nuestro hogar. Pero no los haré para ella; los haré con ella.

Nos recogeremos el pelo, nos pondremos delantales, y nos pringaremos las manos de harina, azúcar y virutas de chocolate. Es posible que se inicie una pequeña guerra de harina, pero no habrá heridos. Pondremos las galletas en el horno y las miraremos crecer mientras nos contamos cómo ha ido el día.

Cuando estén listas, las sacaremos del horno y las colocaremos en una gran bandeja que decoraremos hermosísima. Será un buen momento para limpiar el suelo. Total, hay que dejar que las galletas se enfríen. No necesitamos suelos pegajosos para ser felices. Al contrario, lo limpiaremos y disfrutaremos de la satisfacción del trabajo bien hecho.

Cuando las galletas estén frías, las comeremos sentadas en el suelo de la cocina, mientras nos contamos chistes y nos hacemos cosquillas.

Seguro que nos sobrarán galletas. ¡Tampoco comemos tanto! Así que iremos a llevar algunas a nuestros vecinos, para que puedan disfrutar de nuestra obra maestra.

Por supuesto, papi participará siempre que pueda. Y este es el cuadro que colgaré en mi cocina:

“Las buenas madres hacen galletas con sus hijos y las comen en familia mientras se hacen cosquillas”

Ojalá estas experiencias hagan tan feliz a mi hija que su único deseo sea repetirlas algún día con sus propios hijos.