Comienza el nuevo curso. ¿Cómo nos organizamos?

Horario

Ha llegado septiembre, y con él, la vuelta al cole. El comienzo de un nuevo curso es un momento delicado para muchas familias, principalmente a nivel económico: compra de libros, materiales, uniformes, comedor…

Si bien las familias homeschoolers no pasamos esa crisis económica, pasamos otra tal vez más delicada: una emocional.

Aunque educar en casa es una experiencia maravillosa llena de satisfacciones, también implica grandes sacrificios: no disponer casi de tiempo para uno mismo; tener sobre nuestros hombros la responsabilidad, no solo de la educación, sino de la formación académica de nuestros hijos; la dificultad para mantener en orden una casa en la que hay niños 24 horas al día, jugando y experimentando; la renuncia a un salario; la incomprensión social… Todo ello y mucho más regresa a nuestra vida en septiembre.

Entonces vemos cómo otras familias se preparan para la vuelta al cole, se realizan profesionalmente, viven con 2 salarios, tienen tiempo para sí mismos… Incluso hacen vídeos “graciosos” que se hacen virales, con los padres saltando y bailando de felicidad cuando sus hijos se suben al autobús escolar. Vídeos que, por cierto, no encuentro en absoluto graciosos.

Y entonces, dudamos. Dudamos de nuestra decisión, de nuestra capacidad, de nuestra energía. Nos volvemos a plantear la decisión que una vez tomamos.

Y entonces… nos sentimos culpables por dudar.

Si esto te ha pasado a ti, déjame decirte que no eres el único. Dudar es normal. El estilo de vida que hemos escogido no es sencillo. Así que, no te preocupes. Duda. Porque dudando recordamos por qué hacemos esto. Y necesitamos recordarlo una y otra vez.

A través de mi propia experiencia he ido aprendiendo que, para que la experiencia de la educación en familia sea una bendición y no una tortura, tengo que organizarme, de forma que consiga tener tiempo para todo lo que necesito hacer (o quiero hacer). Para mí es importante, además de atender a mis hijas, conseguir lo siguiente:

  • Que mi casa esté organizada. Mi cerebro no funciona en medio del caos. Me bloqueo y me pongo de mal humor, por lo que tener la casa ordenada no es una opción. No es necesario que esté lista para una visita real, pero debe estar organizada y cómoda.
  • Tener tiempo para mí, para mis intereses y mis hobbies.
  • Tener tiempo a solas con mi pareja cada día.
  • Hacer ejercicio. Aunque me cuesta horrores incluirlo en mi rutina, sé que lo necesito.
  • Que mis obligaciones acaben temprano, para poder descansar.
  • Tiempo a solas con Dios, en grandes cantidades.

Para intentar encajar todo esto, he creado un horario. Por supuesto no lo seguiremos a rajatabla, pero nos servirá de guía. Es útil para familias con niños pequeños, hasta 6 ó 7 años, que no necesitan más de 1 hora o 1 hora y media de trabajo académico al día. Lo comparto con vosotros, por si os puede servir de base para crear vuestro propio horario. Podéis adaptarlo en función de las necesidades de vuestra familia. Pensad qué cosas son importantes para vosotros, que cosas queréis ser capaces de hacer durante el día, a qué hora queréis que se acuesten vuestros peques…

Este es nuestro horario:

  • 7:30 – 8:00— Me levanto. Así tengo un buen rato a solas antes de que se despierte mi pequeña para leer la Biblia, orar, meditar y coger fuerzas para el día. Mi hija se suele levantar entre las 8:30 y las 9.

  • 9 – 9:30— Lectura con mi pequeña, meditación y oración para comenzar el día.

  • 9:30 – 10:00— Desayuno.

  • 10:00 – 10:30— Organizar la casa. Hacer las camas, barrer… Lo básico para un día cómodo. Los niños participan en función de su capacidad.

  • 10:30 – 11:30— Ejercicio. Me cuesta mucha mucho incluir el ejercicio en el horario, pero sé que lo necesito. Finalmente he decidido colocarlo por la mañana, porque por la noche no me queda energía. Y resulta que mi peque se apunta y lo hace conmigo. Así que ya tenemos clase de Educación Física 😉 Hago el ejercicio en casa, porque pierdo mucho tiempo yendo al gimnasio. Después del ejercicio, nos arreglamos.

  • 11:30 – 13:00— Estudio.

  • 13:00— Cocinar. Los peques también pueden colaborar en función de sus capacidades y su edad.

  • 14:30 – 15:30— Comer.

  • 16:00 – 17:30— Reposo, juego libre y peli. Mientras ella se relaja después de comer, jugando o viendo dibujos (en inglés, y así aprovechamos la ocasión 😉 ), yo aprovecho también para relajarme un rato y para preparar actividades y materiales para ella.

  • 17:30 – 19:30— Este espacio queda libre para lo que necesitemos hacer. Podemos merendar, ir de paseo, a la biblioteca, jugar con los materiales educativos, aprovechar para limpiar algo pendiente de la casa, hacer jardinería, ir a la compra, jugar…

  • Antes de ir a la ducha— Hacemos una segunda batida a la casa, recogiendo las cosas que han quedado tiradas durante el día. Cuantos más trastos hayan dejado los niños por ahí, más trabajo tendrán. Así, poco a poco, van aprendiendo que es mejor guardar las cosas después de usarlas (algunos lo aprenden; a otros hay que recordárselo toda la vida. ¡Paciencia!).

  • 19:30 – 20:00— Ducha y pijama.

  • 20:00 – 20:30— Cena.

  • 20:30 – 21:00— Culto familiar.

  • 21:00— ¡Los niños a dormir! Es importante que los niños se acuesten temprano. Además de ser bueno para su salud, concede a los papás algo de tiempo para ellos mismos.

  • A partir de las 21:00— Tiempo para terminar de arreglar la casa, leer, estudiar, relajarse delante de la tele, estar en pareja… y dormir temprano quien quiera hacerlo.

Aquí podéis descargar el horario para imprimir: Horario curso 2017-2018

Os animo a que hagáis vuestro propio horario, y recordéis que es una ayuda, no un tirano al que servir. Tened en cuenta vuestras propias necesidades, buscad un grupo de apoyo, pedid ayuda si la necesitáis, no es creéis cargas innecesarias. Y disfrutad. Recordad que cultivar una relación con nuestros hijos maravillosa es lo importante. Todo lo demás es secundario, y llegará tarde o temprano.

¡Feliz nuevo curso!

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Dormir con mi bebé o “amontonamiento voluntario”

and they folded their wings to sleep

photo credit: DanielJames via photopin cc

El otro día fui al pediatra con mi pequeña, que ya ha cumplido 20 meses (¡madre mía, cómo pasa el tiempo!) para una revisión rutinaria. Su pediatra, que es maravillosa, no estaba disponible, así que nos atendió otra pediatra. Estoy firmemente convencida de su profesionalidad, pero hizo algo que me llamó la atención.

Entre las muchas preguntas que los pediatras nos hacen para ver si nuestros pequeños se están desarrollando correctamente, hizo la siguiente:

– “Ya duerme en su cuarto, ¿verdad?”

Más que una pregunta, fue una afirmación. Así que yo le contesté:

– “No. Duerme con nosotros.”

Al principio mi respuesta le sorprendió, pero se recompuso y siguió con su pequeño “interrogatorio”:

– “Bueno, pero en su propia cuna, ¿verdad?”

En este punto yo ya me estaba divirtiendo, así que le respondí:

– “Sí, en su cuna. Excepto cuando duerme en nuestra cama.”

Yo esperaba iniciar una bonita conversación sobre el colecho y por qué nos resulta tan gratificante, pero la pediatra susurró un suave: “bueno”, y decidió cambiar de tema. Creo que esa parte de la revisión la suspendí.

En ese momento me pregunté: ¿en qué momento el hecho de que un bebé duerma con sus padres se ha convertido en un problema de salud que preocupa a los pediatras?

Hace unos meses vi una noticia en un canal de televisión, que hablaba de un estudio científico que se había realizado sobre la forma “correcta” de dormir de los bebés y los niños. Cuando unimos las palabras “estudio científico” y “televisión”, cualquier cosa que se diga va a ser aceptado por la sociedad como verdad indiscutible. Por eso me pareció tan peligroso. La conclusión a la que llegó el estudio, y las recomendaciones que daban a los padres fueron entre otras: los bebés deben aprender a dormirse solos; no se les debe cantar, acariciar ni acunar; si lloran, está permitido acudir unos segundos para calmarle, tras lo cual hay que volver a dejarlo solo; deben dormir en su propia habitación desde los seis meses de edad…

Todas estas recomendaciones hace tiempo que han sido probadas falsas, innecesarias, e incluso contraproducentes, por decenas de estudios científicos que la cadena de televisión ni siquiera mencionó. Pero entre todas las conclusiones, hubo una que hizo que se me cortara la respiración, por los motivos que dieron: está totalmente desaconsejado científicamente colechar con un bebé. Y estas eran las 2 razones para esta prohibición:

La primera fue que la vida del bebé corre peligro: puede morir asfixiado o aplastado por uno de sus padres. Esta información es incompleta, porque cuando el colecho se realiza de forma consciente, premeditada y tomando las medidas de seguridad necesarias, el riesgo es nulo. Cuando el colecho se realiza de forma correcta, los bebés no mueren. Como científicos, es más inteligente enseñar a los padres cómo dormir con sus hijos, en lugar de prohibirles hacerlo. (En otro artículo veremos cómo practicar colecho de manera segura).

Pero fue la segunda razón la que me dejó sin aliento: cuando dormimos con nuestro bebé, corremos el riesgo de que se cree un vínculo demasiado fuerte entre la madre y el bebé.

¡Un vínculo demasiado fuerte! ¿Qué es un vínculo demasiado fuerte? ¿Un vínculo que haga que el bebé desee estar con su madre? ¿Que se calme cuando ella lo abraza? ¿Que se duerma feliz y profundamente cuando ella lo acuna? ¿Que dé algunos pasitos para explorar el mundo y luego vuelva a sus brazos a “repostar” para poder seguir explorando? ¿Que se sienta fuerte y capaz de hacer cosas cuando ella lo anima?

¿En qué momento un fuerte vínculo se convirtió en algo negativo?

Yo personalmente aspiro a amar a mis hijas como Dios me ama a mí, y como las ama a ellas. Con un amor sin condiciones y sin límites. Aspiro a establecer con ellas el vínculo que Dios quiere tener conmigo. Fuerte, irrompible, que soporte cualquier tempestad, que haga que se sientan capaces de todo. El amor que Dios siente por mí es tan grande, tan inconcebible, que no puedo pensar que haya una cantidad máxima de amor que debamos dar a nuestros hijos. El amor no entiende de cantidades, ni de tiempos, y nunca es demasiado. Nuestros hijos deben recibirlo a raudales para sentirse capaces de salir al mundo sin miedo, y realizar grandes hazañas en él.

Ese es el amor que yo quiero darles. Así que, siempre que lo necesite, nuestra pequeña saltará a nuestra cama y recibirá todo el amor y los mimos del mundo, para que nuestro vínculo sea fuerte como una roca.

 

Carta a mis hijos: Por qué digo “no” a la electrónica

El siguiente artículo no es mío. Es de una maravillosa escritora que se llama Renee Robinson y cuyos escritos os invito a seguir. Comparto al 100% las palabras de este artículo y por eso lo comparto con vosotros, esperando que sea una bendición para vuestra vida como lo ha sido para la mía.

No quisiera que se malinterprete este atículo. Ni la autora ni yo estamos en contra del uso de aparatos electrónicos. Sé que bien utilizados son una buena herramienta de aprendizaje y diversión (una herramienta; no la única como a veces parece). Pero nos rebelamos contra el uso indiscriminado que se hace de ellos, utilizándolos tanto en casa como fuera de ella con el objetivo de mantener a los niños quietos y callados, haciendo así nuestra vida tristemente “más fácil”, y sin pensar en el mensaje que estamos transmitiendo a nuestros hijos.

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photo credit: dcosand via photopin cc

Queridos hijos:

¿Recordáis el día que fuimos a la farmacia y la señora dijo: “Sois los primeros niños que he visto en todo el día que no llevan nada en las manos.” ¿Recordáis cómo se maravillaba de que no necesitabais un dispositivo electrónico para entrar a la tienda? Sé cómo os hicieron sentir sus palabras. Sé cómo os recordó que sois diferentes porque vuestra mamá limita vuestro uso de la electrónica. Sé que también era otro recordatorio.

El mismo recordatorio que recibís cuando salimos a comer y os dais cuenta de que todos los niños están jugando con sus teléfonos y iPads en lugar de hablar con sus padres. Sé que fue un recordatorio de esos eventos deportivos en los que sentís que sois los únicos niños a los que sus padres hacen animar a sus hermanos en lugar de dejar que se entierren en sus teléfonos. Sé que fue otro recordatorio de que os sentís diferentes en esta era electrónica en la que vivimos.

Pues bien, chicos, no sois vosotros. Soy yo. Yo siendo egoísta, tal vez. Mirad, no puedo soportar perderme un momento con vosotros. Dejadme que os explique.

Quiero hablar con vosotros cuando salimos a comer. Quiero escuchar vuestras preguntas. Quiero tener oportunidades de formaros. Quiero dejar espacio para la conversación que nos puede llevar más profundo. Y si siempre estáis distraídos con aparatos electrónicos, bueno… me perderé esos momentos.

Podría daros todas las estadísticas acerca de los dañinos que son para vuestro desarrollo, vuestra capacidad de atención y vuestra habilidad para aprender. Aunque todas estas son razones válidas para mantener lejos los aparatos electrónicos, esa no es la razón principal por la que os digo que no tantas veces. Es más que eso. Mucho más. Necesito que lo entendáis.

Cuando estamos juntos, quiero todo de vosotros. Completos. Quiero experimentaros. Experimentaros de verdad. Pero no puedo hacerlo cuando hay un aparato electrónico entre vosotros y yo. Actúa como una barrera. Quiero ver lo que trae vida a vuestros ojos. Quiero ver el asombro y la magia cruzar vuestro rostro mientras descubrís las maravillas de este mundo. Quiero miraros mientras resolvéis cosas. Quiero veros procesar la vida, desarrollar vuestros pensamientos. Quiero conoceros. Quiero conocer lo que os apasiona. Quiero observaros mientras descubrís los dones y talentos que Dios os ha dado. Y cuando os escondéis detrás de una pantalla, me pierdo todo eso. Y mi tiempo con vosotros… bueno, se habrá acabado en un abrir y cerrar de ojos.

Quiero guiaros en la comprensión de la vida y de quién sois. Chicos, los niños de hoy están hambrientos de atención, de conexión y relación verdaderas. Yo no quiero que vosotros estéis hambrientos. Es por eso que digo “no”. Sé que alimentar vuestro deseo de jugar con vuestros aparatos es como daros un caramelo. Satisface por un momento, pero no nutre a largo plazo. Hace más daño que bien.

No quiero mirar atrás cuando esté fuera de las trincheras de la educación de los niños, y lamentar un solo segundo que tuve con vosotros. No quiero simplemente sobrevivir. Quiero prosperar en esta vida con vosotros. Estamos juntos en ella. Somos una familia.

Sí, cuando estamos esperando en la consulta del médico durante una hora, sería más fácil manteneros callados con mi teléfono. Pero si lo hiciera, me temo que os estaría enviando un mensaje que dice que prefiero que estéis en silencio antes que oír las preciosas palabras que salen de vuestros labios.

No puedo soportar la idea de permitir que os perdáis las maravillas y los misterios de este mundo. Cuando estáis paralizados en una pantalla, os perdéis la belleza de este mundo. En cada momento, la belleza está esperando a ser descubierta. No quiero que os la perdáis.

Quiero que estéis cómodos con vosotros mismos. No quiero que sintáis la necesidad constante de ser entretenidos o distraídos. Si permanecéis detrás de una pantalla, nunca experimentaréis ser sencillamente vosotros, solos con vuestros pensamientos. Quiero que aprendáis a pensar, a reflexionar sobre la vida, a hacer descubrimientos, a crear. Habéis sido dotados por Dios de maneras increíbles. Quiero que esos dones florezcan. No pueden florecer en el brillo de una pantalla. Necesitan vida, vida real, para salir a la luz.

Quiero que tengáis confianza en quién sois. Quiero que seáis capaces de mirar a la gente a los ojos, e inspirarles vida. Si os permito que viváis detrás de una pantalla, tendréis muy poca práctica en eso de mirar a los ojos. Para conocer a alguien de verdad, tienes que mirarle a los ojos. Son la ventana a su corazón. Puedes ver lo que no se puede ver en el
Ciberespacio.

Cuando os digo que nada de aparatos, os estoy dando un regalo. Y me estoy dando a mí misma un regalo. Es el regalo de la relación. Verdadera conexión humana. Es preciosa y un tesoro. Y significáis tanto para mí que no quiero perderme ni un segundo de ella.

Me encanta cómo Dios creó vuestra mente. Me encanta escuchar la forma en que pensáis y procesáis la vida. Me encanta ver lo que os hace reír. Me encanta ver esos ojos abrirse de par en par cuando hacen un nuevo descubrimiento. Y cuando vuestra cabeza está detrás de una pantalla, me pierdo todo eso. Y vosotros también.

En esta vida tenemos pocos animadores. En esta familia nos animaremos unos a otros. Sé que es aburrido sentarse durante una clase de natación y mirar a tu hermano aprender a nadar. Sé que es aburrido sentarse durante dos horas en un entrenamiento de baseball. Y sinceramente, sería fácil para mí daros el iPad y manteneros callados y ocupados. Pero todos perdemos mucho cuando hacemos eso. Vosotros os perderéis ser testigos de los nuevos logros de vuestros hermanos. Le privaréis de que la alegría de ese momento brille sobre vosotros. Os perderéis lo que significa animarnos unos a otros.

Quiero que crezcáis sabiendo que el mundo no gira alrededor vuestro (algún día, vuestra esposa me lo agradecerá). Quiero que aprendáis a daros a vosotros mismos… dar vuestro tiempo, vuestros talentos, vuestros tesoros. Si os distraigo con aparatos electrónicos cuando deberíais estar animando a vuestro hermano, simplemente os estoy diciendo que vuestra felicidad es más importante que entregar vuestro tiempo a otra persona. Este mundo necesita más generosidad. Este mundo necesita más conexión. Este mundo necesita más amor. No podemos aprender esto detrás de una pantalla.

Quiero educar hijos que sepan cómo mirar profundamente en los ojos de las personas que aman. Quiero que mis futuras nueras sepan lo que es tener un marido que las mira a los ojos porque conoce el valor de las relaciones humanas y el tesoro del amor. Y esto se comunica mejor mirando a los ojos.

Quiero ver cómo vuestro rostro se ilumina ante la majestuosidad de la vida –no el brillo de una pantalla. Quiero todo de vosotros. Porque solo os tendré por un tiempo muy corto. Cuando hagáis las maletas para ir a la universidad, quiero mirar atrás sin remordimientos hacia el tiempo que pasé con vosotros. Quiero mirar atrás y recordar cómo vuestros ojos brillaban mientras hablábamos. Quiero mirar atrás y recordar cómo conocía todos esos diminutos detalles de vuestra vida porque teníamos el tiempo para aburrirnos juntos.

No pasa nada por estar aburrido. Podemos aburrirnos juntos. Y podemos descubrir nuevas cosas juntos.

Os quiero. Os quiero demasiado para callaros con un teléfono, una tablet o una consola. Y ni siquiera puedo disculparme, porque no lo lamento. Hago esto para no tener que lamentarlo algún día.

Con todo mi amor,

Mamá

Puedes leer el post original aquí:
http://renee-robinson.com/a-letter-to-my-sons-the-real-reason-i-say-no-to-electronics/