7 maneras de lidiar con el duelo en Navidad

Duelo Navidad

Para muchas personas, la Navidad es la época más feliz del año. Pero para otras muchas, la Navidad, con sus tradiciones, villancicos, reuniones familiares y regalos, se entremezcla con la enorme añoranza de un ser querido, llenándola de sentimientos agridulces. El dolor se hace mucho más fuerte cuando la pérdida es reciente, haciendo que muchas veces, estas fiestas sean difíciles de soportar.

Quiero compartir con vosotros este precioso artículo de la web JellyTelly en el que comparte algunas ideas para convivir con el dolor en estas fiestas. Dedicado especialmente a los que están sufriendo en esta Navidad. No estáis solos.

Tradiciones Son los pequeños rituales transmitidos de generación en generación que unen a las familias y las hacen únicas. A veces suceden por accidente. Otras tradiciones tienen un propósito. Pero todas provocan recuerdos, risas y unidad.

Mi familia tiene una plétora de tradiciones. El 4 de julio nos reunimos para comer helado casero y contar los fuegos artificiales que explotan en el aire de la noche. Cada vez que se corta la electricidad, nos sentamos alrededor de la mesa y jugamos al juego de mesa Cluedo.

Luego está la Navidad. Tantas tradiciones: desde cortar un árbol hasta tener lugares específicos para que todos se sienten al abrir regalos.

Y luego, en un abrir y cerrar de ojos, la vida cambia. De repente, en lugar de que las tradiciones desencadenen recuerdos positivos, son un recordatorio de que algo anda mal. Un recordatorio de que las cosas no son como deberían ser.

Recuerdo la primera Navidad sin mi hermana. Donde sea que mirara, algo me recordaba que ella se había ido. Cada regalo comprado me recordó que tenía uno menos para comprar. Cada comida significaba que se lavaría un plato, un tenedor y un vaso menos.

El artista cristiano contemporáneo, Mark Schultz, lo explica muy bien en su canción “Distintos tipos de Navidad”.

Hay un lugar menos en la mesa,
    Un regalo menos debajo del árbol,
    Y una nueva forma de tomar su lugar dentro de mí.
    Estoy desenvolviendo todos estos recuerdos,
    Luchando con las lágrimas.
    Es un tipo diferente de Navidad este año.

Al examinar la idea de una “Navidad poco común”, lidiar con el peso del luto durante las vacaciones puede ser “poco común” para algunos. Como un marcado contraste con toda la alegría y la felicidad festiva de la temporada, el dolor no es una emoción que se muestra en las vitrinas de las tiendas, en los anuncios de televisión y en los folletos de publicidad. Pero para muchos, es demasiado común, y coloca una pesada manta sobre los momentos alegres. Entonces, ¿cómo encuentra una familia alegría en las fiestas cuando el dolor es tan pesado en sus corazones? Vivir con dolor durante los últimos 15 años no me ha convertido en una experta, pero me ha enseñado formas de devolver la alegría a las fiestas.

1. Reconoce el dolor y la pérdida
Actuar como si todo estuviera bien solo te lastimará aún más. Habla sobre la persona que falta. Tómate tiempo para compartir recuerdos e historias favoritas. Ya sea por muerte, enfermedad, divorcio u otra expectativa interrumpida, la pena y el dolor son reales, pero ignorar tus emociones no es útil.

2. Modifica las tradiciones
Como las tradiciones eran una parte tan importante de nuestras fiestas, tuvimos que modificarlas para reconocer nuestra nueva normalidad. Tuvimos que aprender a incluir la memoria de mi hermana en estas nuevas tradiciones. Si bien esto fue insoportable y llevó tiempo, permitió que su memoria permaneciera viva durante las fiestas.

3. Deja que las lágrimas fluyan cuando sea necesario
Las lágrimas producen curación. No te avergüences cuando fluyan silenciosamente por tus mejillas. Y también es bueno alejarse de las celebraciones de Navidad por unos momentos para llorar.

4. Sé sincero con tus sentimientos
Deja que tus amigos y familiares sepan cómo te sientes. Serán más compasivos y podrán extender la gracia si comprenden la batalla que está teniendo lugar en tu corazón.

5. Encuentra apoyo
Conoce a otros que están afligidos. Su apoyo puede alentar y validar cómo te sientes. Al escribir este artículo, contacté a una querida amiga que perdió a su madre por el cáncer. Ella compartió varias de estas ideas, y lágrimas, mientras trabajábamos en este artículo. Debido a que entendemos las emociones que ambas tenemos, podemos afirmar la dificultad que cada una enfrenta en las fiestas.

6. Clama al Señor
El duelo golpea en momentos inesperados. Especialmente en los momentos en que parece insoportable, el Señor está allí como nuestro Consolador esperando que le llamemos.
7. Sirve a los demás
Si bien puede ser difícil encontrar la energía, servir a los demás quita el enfoque de ti y te permite ver que muchos están sufriendo. Aunque puede no parecer igual que tu duelo, muchos sufren de expectativas interrumpidas.

El dolor es brutal y las fiestas son solo un recordatorio más de ese dolor. Pero oro para que, aunque estés caminando por el valle, estas Navidades te recuerden que el Señor está cerca de los quebrantados de corazón (Salmo 34:18) y que Dios nos ha prometido que Él secará todas las lágrimas. Y muy pronto “ya no habrá más muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor” (Apocalipsis 21: 4). Esto solo trae alegría a nuestras fiestas.

Puedes leer el artículo original aquí.

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Tápame mis ojos (adónde acudir cuando tengo miedo)

Tapame mis ojos

Hace unas semanas me encontraba jugando con mi sobrinita Nerea, de 3 años. Jugábamos a huir de su tío. Ella iba buscando distintos sitios para esconderse y me llamaba: “Tía Tata, men aquí” (sus padres me llaman “Tata”, así que ella me llama “tía Tata”). Al cabo de un rato, y como adulta que soy, me cansé y me senté en el sofá. Ella siguió buscando un sitio en el que esconderse. Pero al verse sola, no encontró ningún lugar en el que sentirse protegida. Después de echar un vistazo alrededor, y de evaluar sus opciones, tomó una decisión que me hizo pensar. Saltó sobre el sofá en el que yo estaba, se acurrucó junto a mí, puso mis manos delante de su cara y dijo:

-“Corre, tía Tata, tápame mis ojos.”

Tenía multitud de sitios en los que esconderse: detrás del sofá, debajo de la cama, en el cuarto de lavar, detrás de la cortina… pero ninguno de esos sitios le parecía seguro si tenía que esconderse sola. Prefirió buscar mi protección, cerrar los ojos para no ver “el peligro”, y descansar tranquila, sabiendo que yo no dejaría que su tío “la atrapase”.

Ésto me hizo pensar: “¿Dónde me refugio yo cuando tengo miedo, cuando estoy en peligro, cuando sufro,  cuando la magnitud de las decisiones a tomar supera mi capacidad para tomarlas?” Dios nos hace una propuesta para momentos como esos:

-“ Venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar.” (Mt 11:28)

– “Tened ánimo, Yo soy, no temáis.” (Mt 14: 27)

– “La paz os dejo, Mi paz os doy; Yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo.” (Jn 14: 27)

– “Echad toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros.” (1 Ped 5: 7)

– “Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en Él confiaré: mi escudo y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio.” (Sal 18:2)

– “Él me esconderá en Su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de Su morada.” (Sal 27: 5)

Y así una larga lista de textos en los que Dios quiere transmitirnos un sencillo mensaje: “Hijo, las pruebas que estás pasando son duras. Y eres libre de pelear solo, si es lo que quieres. Pero si quieres, podemos pelear juntos. Lo único que tienes que hacer es refugiarte en Mí. Las pruebas no desaparecerán, pero serán menos dolorosas si te acurrucas a mi lado y me dejas que te tape los ojos. Así podrás verlas a través de los Míos. Y juntos podremos vencerlas.”

Y recordando esta experiencia, pensé: “¿Dónde se esconden nuestros hijos cuando tienen miedo, cuando son rechazados, cuando su corazón se rompe? ¿Cuál es el refugio de nuestros hijos? ¿Son sus amigos, su música, el deporte, sus videojuegos, su ordenador, la puerta cerrada de su habitación? ¿O es su hogar?”

Ojalá nuestro hogar sea un lugar al que nuestros hijos puedan acudir cuando sientan temor, ansiedad o soledad; en el que reinen la ternura, las risas y el amor; en el que encuentren el apoyo necesario para aprender a confiar de Dios; en el que, cuando se les pregunte por el lugar más especial en el que hayan estado, puedan responder:

  • “Mi casa”.

¿Viven los niños homeschoolers en una burbuja?

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Esa es posiblemente la principal crítica que reciben las familias homeschoolers. Que los niños crecen en una burbuja, en una especie de “realidad paralela” que no tiene parecido con el mundo real.

¿Será cierto eso?

Para poder responder a esta pregunta necesitamos analizar cómo es la infancia de un niño homeschooler:

Los niños que aprenden en familia generalmente pasan sus primeros años sin seguir horarios fijos ni una rutina establecida ni estricta. Sus ritmos biológicos marcan a qué hora se levantan y a qué hora se acuestan. Y dedican la mayor parte del día a jugar.

No tienen estrés, prisas ni plazos de entrega.

Aprenden a su propio ritmo, y dedican la mayor parte de sus esfuerzos y de su tiempo a investigar y aprender sobre las cosas que más les gustan.

No realizan exámenes ni pruebas estandarizadas. No miden sus progresos ni su aprendizaje a través de un número. No comparan su trabajo ni su rendimiento con el trabajo y el rendimiento de los demás, y nadie se compara con ellos. No son penalizados por los errores que cometen, y tienen infinitas posibilidades para intentar algo hasta que consiguen hacerlo bien.

Los estudios no son el centro de su vida ni de su tiempo. Son una parte más, junto con la colaboración en las tareas de la casa, la ayuda a los demás, y el juego, toneladas de tiempo para jugar.

Están rodeados de amistades positivas. No sufren discriminación ni son rechazados por realizar su trabajo peor que los demás o mejor que los demás. Suelen tener un adulto cerca al que recurrir como mediador cuando no pueden resolver sus conflictos. No tienen la menor idea de lo que es el bullying.

Disponen de mucho tiempo libre, a veces hasta el aburrimiento. Aburrimiento que muchas veces termina generando una genialidad. Otras veces, alguna que otra trastada.

Pasan en familia cantidades ingentes de tiempo, creando lazos que durarán toda la vida. El entorno en el que son amados incondicionalmente y el entorno en el que aprenden se fusionan en uno solo, de manera que crecen sabiéndose amados a pesar de su conducta o de su rendimiento.

 

Así que, después de analizar lo anterior, no me queda más remedio que admitir que sí; los niños homeschoolers efectivamente pasan su infancia en una burbuja.

Pero la pregunta realmente importante es: ¿es malo que los niños pasen su infancia en una burbuja? ¿Les perjudica o les dificulta su adaptación al “mundo real” en su vida adulta?

O tal vez… tal vez sea todo lo contrario.

Porque, ¿cómo les afecta el hecho de pasar su infancia en una burbuja?

Para empezar, el que durante sus primeros años de vida sus ritmos biológicos sean respetados y no sufran ningún tipo de estrés ni ansiedad fortalece su sistema nervioso y su sistema inmunológico hasta niveles que aun se están estudiando. El cortisol (la hormona del estrés), necesaria en dosis bajas pero destructora del sistema nervioso en dosis altas, no debería aparecer en la vida del niño hasta que su sistema nervioso esté lo bastante desarrollado y fortalecido para hacerle frente. Por lo tanto, un niño que no ha sufrido subidas de cortisol durante su infancia tendrá más posibilidades de convertirse en un adulto más estable y fuerte psicológica y emocionalmente.

El no estar sometidos a exámenes ni pruebas estandarizadas, el no asociar su valor a un número, el no ser comparados con otros niños… hace que su autoestima crezca fuerte y saludable en unos años que son vitales para ello. No asocian su autoconcepto a su rendimiento escolar. Cuidar y proteger la autoestima de nuestros hijos es una de nuestras principales responsabilidades, ya que, lo que lograrán en la vida no depende de lo que aprendan en el colegio, sino de lo que se crean capaces de conseguir.

No tienen miedo a equivocarse, porque nunca se les ha penalizado por ello. Saben que equivocarse forma parte del aprendizaje, y no les frustra tratar de hacer algo una y otra vez hasta dominarlo. Por la misma razón, que otra persona se equivoque no es motivo de burla o desprecio.

La falta de competitividad hace que no sientan la necesidad de ser mejores que los demás, sino que buscan ser la mejor versión de sí mismos. Aprenden a sentir satisfacción por el trabajo bien hecho. El éxito ajeno no es una amenaza para ellos, por lo que desarrollan una mayor capacidad de empatía, de solidaridad y de ayuda a los demás.

Tienen el tiempo y la ocasión para estar en profundo contacto consigo mismos, para conocerse y descubrir qué les gusta y se les da bien: sus dones. Y para desarrollarlos. De esta manera, en muchas ocasiones desarrollan vocaciones tempranas, saben muy bien lo que quieren y aprenden a luchar por ello. Su aprendizaje está cargado de emoción, que es el pilar básico del mismo (como la neurociencia está demostrando en estos tiempos).

Al haber crecido en ambientes muy diversos, rodeados de personas distintas y con obligaciones muy variadas, desarrollan un gran sentido de la responsabilidad.

La enorme cantidad de tiempo del que disponen para jugar y para aburrirse los hace enormemente creativos.

Sus relaciones sociales son saludables. La discriminación o el rechazo no forman parte de sus opciones; ni para ejercerlos, ni para sufrirlos. No contemplan la posibilidad de ser crueles con los demás, porque no han crecido en un entorno en el que eso ocurra, en el que el abusador sea el líder del grupo. Y tampoco están dispuestos a dejarse someter, porque su autoestima saludable no se lo permite. En su edad adulta muy probablemente se rodearán de sanas compañías y se levantarán en defensa del débil.

Aunque es básico que los niños tengan la ocasión y la oportunidad de resolver sus conflictos sin necesidad de que medien los adultos, es algo muy positivo que casi siempre haya uno cerca observando lo que sucede. Especialmente en la etapa de infantil y primaria, pretender que los niños están capacitados para resolver sus conflictos es una utopía. No disponen de todas las herramientas sociales ni psicológicas que necesitan. Aún están desarrollándolas (¡son niños!). Por eso es básico que un adulto esté presente en todo momento para impedir que un niño sufra, no solo un daño físico (que es cuando los adultos solemos intervenir), sino también, y lo que es más importante, un daño emocional o un ataque a su autoestima que puede dejarle secuelas de por vida. Los niños pequeños se están formando una idea de quiénes son y cuál es su valía a través de su interacción con el medio y las personas que les rodean, y como dijimos anteriormente, su autoestima es uno de sus bienes más preciados, y debe ser protegida a toda costa.

Los fuertes lazos creados con su familia son un escudo durante la adolescencia. Podrán pasar sus crisis, como cualquier adolescente. Pero no se sentirán aislados ni incomprendidos. Tendrán el recuerdo de ese dulce refugio al que pueden acudir siempre que lo deseen.  Porque habrán experimentado aceptación y amor incondicional cada minuto de cada día durante su infancia.

Y ese recuerdo les durará toda la vida.

 

El homeschooling no es garantía de que los niños se convertirán en adultos sanos, emocionalmente estables, con autoestima saludable, responsables, trabajadores, respetuosos y solidarios. Pero sin duda les estaremos proporcionando muchas más herramientas para que lo consigan.

Y no, no nos preocupemos, no es una burbuja hermética. A pesar de ella, los niños conocen el “mundo real”. Tienen primos, amigos, salen a la calle, se relacionan con todo tipo de gente, ven a sus padres salir a trabajar, participan en competiciones deportivas (donde a veces ganan y a veces pierden), miran la televisión… Aprenderán que existen los exámenes de acceso a la universidad, las notas de corte, las entrevistas de trabajo, los plazos de entrega, los despertadores… Y cuando llegue el momento de enfrentarse a todo ello, estarán preparados.

Así que, podemos decir con orgullo que nuestros hijos están creciendo en una burbuja. Una bendita burbuja que desearía que todos los niños del mundo pudieran experimentar.

¿Por qué hacemos lo que hacemos? (Una reflexión sobre el homeschooling y la paternidad entregada)

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Años atrás, cuando supimos que nuestra hija pequeña sería una niña, no hubo necesidad de pensar un nombre para ella, porque su papá llevaba enamorado de un nombre desde mucho antes de que ella existiera. Pero yo quise averiguar si su nombre tenía algún significado especial. Descubrimos que tenía, no uno, sino tres significados. Los dos primeros, muy tiernos: Doncella de Dios y Prenda de Felicidad. Pero el tercero nos llamó la atención: Flecha Fuerte (o La que Vence en las Batallas). Aunque al no ser tan tierno, le dimos menos importancia; casi se nos olvidó.

Hasta hace unos meses.

Hace un tiempo, estaba navegando por uno de los blogs de educación cristiana que me gusta seguir. Habían lanzado una especie de marca comercial que se llamaba “Criando Flechas” (Raising Arrows), basada en el texto de Salmos 127: 3, 4: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre. Como saetas en mano del valiente, así son los hijos habidos en la juventud”.

Y de repente, el nombre de nuestra pequeña cobró un significado especial.

¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Por qué dedicamos nuestra vida entera, muchas veces en exclusiva, a la crianza y la educación de nuestros hijos? ¿Por qué renunciamos a una gran parte, o en ocasiones, a toda nuestra vida profesional? ¿Por qué reorganizamos nuestra vida social? ¿Por qué dedicamos los días a realizar todo tipo de actividades, y las noches a prepararlas? ¿Por qué nos exponemos a la incomprensión social y a tener problemas legales?

¿Lo hacemos para liberar a nuestros hijos de un estrés prematuro e innecesario? Por supuesto que sí. ¿Para darles la oportunidad de que se desarrollen y aprendan a su ritmo? Claro. ¿Para que tengan tiempo de descubrir y desarrollar sus talentos? También.

Pero sobre todo, lo hacemos por una razón superior, mucho más profunda: porque nuestro mayor anhelo es que nazca en su corazón un amor profundo por Dios y por sus semejantes. Deseamos educarlos para el Reino. Deseamos que se despierten cada día de su vida con un anhelo profundo de Dios. Que hagan de Jesús su mejor amigo, consejero y guía. Que tengan un corazón sensible al sufrimiento y a la necesidad ajena. Que sueñen con encontrar la manera de mejorar las vidas que se crucen en su camino. Que sean capaces de defender sus principios, la verdad y la justicia por encima de todo.

Deseamos que sean grandes vencedores, flechas fuertes que lleven luz a un mundo que está en tinieblas.

Parafraseando a una gran educadora, soñamos con que nuestros hijos se conviertan en personas así, porque son las personas que bendicen al mundo con su existencia:

“La mayor necesidad del mundo es la de personas que no se vendan ni se compren; personas que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas; personas que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; personas cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; personas que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos.”

Y para eso necesitamos pasar cantidades ingentes de tiempo con ellos; enseñarles a ver a Dios en los pequeños detalles de la creación y en sus grandes maravillas, en contacto con la naturaleza; enseñarles a priorizar, a distinguir entre lo que es importante y lo que es imprescindible; enseñarles a disfrutar de los pequeños placeres de la vida; a valorar el trabajo bien hecho; proporcionarles oportunidades de ayudar a los demás; enseñarles a disfrutar de la compañía y la presencia de Dios.

Por eso hacemos lo que hacemos.

No es una tarea fácil. Pero tenemos a nuestro lado al Maestro de los Maestros, que tiene el mismo anhelo que nosotros, y que Su mayor sueño es abrazar a nuestros pequeños en Su Reino cuando llegue el momento.

Libros imprescindibles: “Pequeños Pasos”

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Hoy quiero presentaros un libro muy especial, de esos que son imprescindibles: “Pequeños Pasos”, escrito por una mamá increible y maravillosa amiga: Paloma Estorch.

En él, nos cuenta de una manera muy cercana y tierna sus experiencias como mamá homeschooler de 5 tesoros. Nos habla de educación, de lactancia, de colecho, de crianza con apego, de la pérdida de sus 2 angelitos… y de cómo vive ella todas esas experiencias. Vivencias con las que muchos de nosotros nos sentimos muy identificados. Pone en preciosas palabras muchos de nuestros sentimientos, miedos, frustraciones y alegrías.

Un libro altamente recomedable. Para ti, padre o madre homeschooler que educas a tus hijos en tu hogar. Y para ti también padre o madre que llevas a tus hijos a la escuela. Porque unos y otros tenemos mucho en común en la crianza, educación y amor por nuestros hijos.

¡No os lo perdáis!

Podéis comprarlo en Amazon aquí

También puedes seguir el blog de Paloma: Paideia en Familia.

Si el niño de la rabieta fuera mi hijo…

Educar hijos ajenos

Cuántas veces, a lo largo de mi vida, me he visto a mí misma observando a algún niño montar una escena en la calle, y he pensado: “Madre mía, si fuera mi hijo, yo haría…”. Cuántas veces he visto a un niño gritar, dar una mala contestación, a un adolescente deambular por caminos peligrosos, y he pensado: “Esos padres lo están haciendo mal. Yo…”.

Qué bien educaríamos todos a los hijos de los demás, ¿no es cierto?

Y tras navegar por el maravilloso, pero agotador e incierto mundo de la educación de mis dos hijas, ¡cuántas veces he tenido que lamentar aquellas palabras, aquellos pensamientos, aquellos sentimientos de superioridad y “omnisapiencia”!

En el viaje a través de mi maternidad, que ya dura bastantes años, he enseñado algunas cosas; pero he aprendido muchas más.

He aprendido que, para educar a un niño, no es suficiente estar al día de las últimas tendencias educativas y haber leído los libros más reputados. Para educar a un niño, hay que tener en cuenta su corazón, su personalidad, sus vivencias, sus anhelos más profundos, sus miedos, sus fracasos, sus complejos y traumas, su entorno, su historia familiar… Eso es algo que solo los padres, en un vínculo profundo de amor y confianza, pueden conocer. Y requiere tiempo, mucho tiempo. Por eso, nadie tiene derecho a acercarse a una familia ofreciendo “fórmulas mágicas” para la educación de los niños.

He aprendido que solo un padre o una madre saben lo que sucede dentro de su hogar. Solo ellos conocen los esfuerzos realizados, las largas charlas en la cocina, las horas pasadas en oración buscando la dirección del Padre, las noches sin dormir, las lágrimas derramadas…

He aprendido que el espacio de una familia es sagrado, y nadie tiene derecho a entrar en él si no ha sido invitado.

Y respetar el espacio íntimo de una familia no es únicamente no criticar en su presencia; también es no criticar en su ausencia, no hablar con terceras personas de asuntos que solo a la familia conciernen, no creernos superiores o con soluciones “mágicas”… Es confiar en que esos padres están dando todo de sí para educar a esos niños de la mejor manera que pueden, y que todo lo que hacen, cuando aciertan y cuando yerran, es buscando su bien. En definitiva, es tener la humildad de reconocer que, aunque creamos saber mucho, en realidad, no sabemos nada.

Si estás siendo criticado en la educación de tus hijos, cierra tus oídos, y sigue caminando. Sigue trabajando, sigue orando, sigue amando. La educación es un trabajo arduo y muy largo, que requiere enormes dosis de constancia y paciencia; y cuyos frutos muchas veces no podremos ver hasta muchos años después. No te dejes desanimar.

Si es necesario, defiende la intimidad de tu familia con uñas y dientes; no dejes que nadie se inmiscuya si no ha sido invitado. Podemos leer, podemos escuchar los consejos bienintencionados de personas con experiencia que nos aman de verdad. Pero nadie conoce a nuestra familia, a nuestros hijos, mejor que nosotros. Y si buscamos la sabiduría que viene de Dios, nadie podrá educarlos mejor que nosotros.

Y si eres tú quien critica, por favor, deja de hacerlo. Dejemos de hacerlo. Dejemos de creer que poseemos una verdad universal e infalible, de ofrecer consejos no solicitados, de hablar con otras personas de asuntos que no nos pertenecen en absoluto… Dejemos de profanar la intimidad de las familias. Enfoquemos nuestra atención y todos nuestros esfuerzos en la educación de nuestros propios hijos, tratando por todos los medios de quitar la viga de nuestro propio ojo. Si dedicamos a esta sagrada tarea la atención y el tiempo que se merece, no debería quedarnos tiempo para imaginar cómo educaríamos a los hijos de los demás.

Nuestro trabajo no es juzgar, opinar ni criticar; es ofrecer apoyo, cariño, y una mano amiga y laboriosa si llega la necesidad.