Tips de auto-protección para niños

Tips de autoproteccion

Aunque vivimos en un mundo maravilloso, también está lleno de peligros. Y los niños son especialmente vulnerables a algunos de ellos. Principalmente al ataque o agresión de desconocidos y también, tristemente, conocidos. Por eso, no nos queda más remedio que enseñarles a protegerse. Es nuestra responsabilidad hacerlo, pero debemos tener cuidado de hacerlo de forma que se sientan fuertes y capaces, pero nunca asustados y con miedo al mundo.

La web AnxiousToddlers.com nos da algunos consejos sobre acciones sencillas que los niños pueden realizar para autoprotegerse cuando estén en peligro o se sientan inseguros:

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Si convertimos el aprendizaje en un juego, será mucho más fácil.

Ojalá nunca necesitamos poner en práctica estos aprendizajes. Pero si llegase el momento, es mejor estar preparados.

 

 

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Cómo una madre sencilla y corriente puede cambiar el mundo

Madre sencilla puede cambiar el mundo

Quiero compartir con vosotros la experiencia de una mamá y persona maravillosa que hace unos meses decidió pasar de la preocupación a la acción. Su nombre es Emily Wierenga, tengo el privilegio de conocerla personalmente, y os aseguro que su experiencia os va a estremecer e inspirar a la vez.

Nunca había planeado fundar una ONG.

Pero tampoco había planeado enamorarme.

Ocurrió en un viaje de bloggers a Uganda el invierno pasado. Me enamoré de un país del tercer mundo. Me enamoré de su gente de ébano, de las calles de arena rojiza y del verde de las plataneras, con madres descalzas llevando bebés en su espalda y baldes de agua amarillos en sus cabezas, y sus hijas cargando más agua detrás de ellas. Me enamoré de las vacas tumbadas en medio de las intersecciones, con gallinas, perros y el olor a plátano en un mundo que vive fuera -porque dentro no hay nada excepto suelos sucios cubiertos de finos colchones o sacos de paja para dormir. Cocinaban, limpiaban, lavaban la ropa y hacían la colada todos juntos, como una comunidad.

No tenían nada que esconder.

Tomamos un vuelo chárter hacia Gulu para conocer ex-niños soldado que estaban recogiendo los trozos de su devastado pasado y convirtiéndose en costureras y mecánicos, y yo no podía dejar de abrazarlos, intentando de alguna manera aliviar los horrores del pasado.

Volamos a Kampala y visitamos el suburbio de Katwe. Los caminos estaban llenos de basura y los niños tenían abdómenes distendidos. Caminé por esos senderos y le di la mano a madres que estaban dobladas bajo cubos sucios de agua. Sus ojos guardaban el dolor de miles de noches en vela. Me agaché y cogí todos los niñitos que pude, besé sus delgadas mejillas y sentí el vacío de su futuro.

Viajamos en furgoneta a un pueblo cercano, a un hogar de niños en el que conocí al niño que apadrinaba.

Y conocí a su madre.

Había caminado cuatro horas solo para conocerme.

Sus pies estaban rojos por la tierra de Uganda, y ella sudaba bajo el inmenso calor. Sus ojos brillaban pero bajó la mirada. Miró sus sandalias, incluso cuando yo puse mi mano en su hombro, y pude sentir la fuerza en ese brazo de granjera.

Había perdido a su marido unas semanas antes de SIDA, una enfermedad de la que la gente todavía habla en susurros por la vergüenza a la que va asociada.

Había tenido que dejar a sus hijos mucho antes en ese hogar que estaba visitando, porque tenía un marido enfermo que cuidar, una granja que no daba dinero, y ninguna forma de alimentar a sus pequeños.

Y ahí estaba yo, capaz de pagar la ropa y la educación de sus hijos mientras ella no podía. Y no porque yo trabajase más duro. No, ella trabajaba desde el amanecer hasta el anochecer y tenía callos en sus manos y en sus pies. No, era porque yo venía de un país de primera clase que rebosa comida y privilegios, mientras el resto del mundo está obligado a alimentarse de nuestra basura.

Le sonreí, pero me sentía enferma.

Soy madre. Cada noche entro en la habitación de mis hijos, y sufro por ellos que duermen en sus camitas, porque no puedo evitar el sufrimiento que encontrarán en la vida. No puedo imaginar lo doloroso y humillante que debe ser tener que pedir a alguien que se ocupe de tus hijos. No ser capaz de darles agua o comida, no poder tenerlos bajo tu techo, y entonces, caminar 4 horas para conocer a la mujer que sí que puede.

Esa mujer (yo) que viaja en avión con su maleta llena de ropa, su bolso lleno de maquillaje y su cartera llena de dinero, y dice que lo hace en el nombre de Jesús -un Dios al que esta granjera alaba más reverentemente cada día de lo que yo lo haré en toda mi vida.

Nuestro Padre llora. Él sufre por cada madre (porque hay cientos de miles en África en la misma situación) que tiene que perder a sus hijos porque no puede cuidarlos.

Y, ¿sabéis? Él nos está pidiendo que hagamos algo al respecto.

Apadrinar un niño es bueno, no me entendáis mal. Yo apadrino tantos como puedo.

Pero estando ahí junto a esa preciosa mujer de sombrero marrón y mirada triste, y con los ojitos de su hijo brillando al mirarme, pensé: “No. Es suficiente. Tiene que haber más.”

Quiero que ese niño mire con adoración a su madre, no a mí, una extraña.

Quiero que la busque a ella para que supla sus necesidades, no a mí, alguien de fuera que no lo parió sin epidural, que no lloró y oró por él cada noche de su infancia, que no ha pasado cada minuto de cada día tratando de ganar algo de dinero para comprarle un bol de matoke (plátano cocinado) para que no se muera de hambre.

Tras volver a mi casa en Canadá, pasé meses cayendo sobre mis rodillas cuando mi familia se había ido a dormir. Me arrodillaba en la alfombra frente al fuego y lloraba.

Seguía viendo a esos niños VIH-positivos tumbados en el suelo sucio, llorando y llamando a sus madres, que no podían venir porque habían muerto. Esos adolescentes esnifando pegamento para calmar el dolor de su hambre. Esas abuelas que trabajaban 20 horas por día para conseguir comida para los niños de sus hijas muertas; niños que yacían en el suelo mientras los pollos defecaban a su alrededor.

No creé una ONG para ayudar a las madres del suburbio de Katwe porque me sintiera culpable. Simplemente supe que mi vida ya no podría ser la misma, porque una vez Dios te abre los ojos al sufrimiento de los demás, te conviertes en responsable. No podía seguir fingiendo que no había visto nada. No podía seguir fingiendo que todas las personas en el mundo viven igual que yo. Lo había visto. Y me había golpeado.

Nuestra visión en The Lulu Tree es trabajar por las madres viudas VIH-positivas del suburbio de Katwe, Uganda (el peor de los ocho suburbios de Kampala), equipándolas para que puedan cuidar de sus propios hijos. Nuestro slogan es “Previniendo los huérfanos de mañana equipando a las madres de hoy”.

Alto, lo sé. Pero tienes que soñar en grande, ¿no? “Apunta a la luna y aterrizarás en algún lugar en las estrellas”.

Así que estamos apuntando a la luna.

Nos ha llevado leer incontables libros; nos ha llevado hablar con otras ONGs pensando que tenía un plan, y darme cuenta de que mi plan estaba mal. Nos ha llevado intentar hacer las cosas por mí misma, y darme cuenta de que necesitaba contratar a alguien de allí, que tenga el corazón de su gente, que viva allí, que entienda sus mentes y cosas como no dar demasiado dinero del sponsor a las madres, porque les robaría su instinto de supervivencia. Nos ha llevado todo esto darnos cuenta, una vez más, de que no se trata de mí haciendo algo por ellos; se trata de todos trabajando juntos para Dios. Se trata de nosotros haciendo la colada y la vida juntos, fuera, bajo el sol, a la vista de todos, porque no tenemos nada que esconder.

Yo no soy especial. Solo tengo un corazón, como vosotros. Si dejamos que Dios use nuestros corazones, si permitimos que Su amor nos defina, nos moldee y fluya a través de nosotros, Él puede cambiar el mundo.

La fundación que ha creado Emily se llama The Lulu Tree, y en los pocos meses de vida que tiene ha conseguido grandes cosas, entre otras, dar un futuro a 6 preciosas mamás y a sus bellos hijos.

Hay muchas formas en las que os podéis involucrar en este ministerio. Si queréis saber más, poneos en contacto conmigo y os explicaré todo lo que podéis hacer. Pero sobre todo nos gustaría mucho que nos ayudaseis a correr la voz acerca de este precioso proyecto. Hablad del proyecto a vuestros amigos y familiares, compartid el perfil de facebook, visitad la tienda Etsy (cuyos beneficios se destinan íntegramente a los proyectos de la fundación)… Con vuestra ayuda podemos alcanzar a mucha gente, y mostrar cómo, con muy poco, podemos hacer muchísimo.

Podéis leer el post original aquí.

Homeschooling, ¿paraíso o tortura? (3 errores a evitar para vivir un homeschooling feliz)

HS Paraíso o tortura

Acabo de leer un artículo escrito por una madre homeschooler acerca de cosas que la gente no entiende sobre el homeschooling, y sinceramente, no me ha gustado mucho. Hay muchas cosas de su visión del homeschooling que no comparto en absoluto. Pero me ha preocupado aun más leer la contestación que una antigua estudiante homeschooler ha hecho a ese artículo, explicando el punto de vista de los niños (su punto de vista, claro está). Para ella, estar escolarizada en casa fue una experiencia traumática que destrozó su infancia y le dejó secuelas que aún perduran. Y yo he empezado a entrar en pánico al ver la cantidad de comentarios de personas que han tenido experiencias similares y agradecían el testimonio de esta chica.

Me preocupo, porque cuando escogimos esta opción, visualizamos para nuestra pequeña una infancia maravillosa, libre de estrés, llena de vivencias enriquecedoras, de un aprendizaje feliz y de relaciones personales inolvidables. Y cuando leo artículos así, me lleno de temor al pensar que esa pueda ser la experiencia de mi hija. Estos testimonios hacen que incluso personas con decisiones firmemente tomadas como nosotros, nos las volvamos a replantear.

Pero mientras iba leyendo, con el corazón latiendo fuertemente, y orando, han empezado a aparecer infinidad de comentarios de personas que fueron escolarizadas en casa y vivieron experiencias radicalmente diferentes. Todas ellas lamentan que la experiencia de la autora fuera de esa manera, pero insisten en que no necesariamente debe ser así. De hecho, sus infancias fueron tan felices que muchos de ellos han elegido la misma opción para sus hijos (¿podéis oír mi suspiro de alivio?).

Así que después de mucho leer he llegado a la siguiente conclusión: no hay una opción mejor que otra; hay familias diferentes, con niños diferentes y necesidades diferentes. Podemos vivir una escolarización positiva o negativa, y de la misma manera, una educación en casa positiva o negativa.

La experiencia escolar de nuestros hijos variará en función de muchos factores: dependerá del sistema educativo en el que se encuentre (nunca será igual la experiencia de un niño que vive en Finlandia, país con un sistema educativo ejemplar, que la de un niño español, cuyo sistema educativo deja mucho que desear); dependerá de su escuela y de cómo ella aplique el sistema; incluso dentro de una misma escuela, dependerá de su maestro (puede tener la suerte de tener uno que valore el trabajo en equipo, el esfuerzo, los contenidos prácticos y la enseñanza emocional; o puede tener uno que priorice el individualismo, la memorización y las calificaciones). Todos estos factores harán que su experiencia escolar sea positiva o negativa. Y sucede exactamente lo mismo con el homeschooling.

Así que he hecho un pequeño estudio sobre los factores que hacen que las personas vivan su enseñanza en casa de manera positiva o negativa, sobre sus quejas y sobre las cosas que les hicieron inmensamente felices. Porque necesito aprender de la experiencia de los demás qué cosas debo hacer y qué cosas debo evitar. Estas han sido mis conclusiones:

ERRORES QUE DEBO EVITAR

  1. No estar nosotros mismos académicamente preparados. Es la queja que más he leído, y tienen toda la razón. En un mundo competitivo como el que vivimos, no podemos permitir que nuestros hijos se queden atrás académicamente. Es maravilloso que nuestros hijos que aprenden en casa desarrollen grandes habilidades de la vida práctica, pero a la universidad a la que deseen acceder eso no les importará si no han adquirido los conocimientos necesarios. Así que tenemos la obligación de prepararlos. Y para eso, debemos prepararnos nosotros. No podemos improvisar. Debemos planificar con tiempo qué queremos enseñarles y cómo lo vamos a hacer. Y debemos nosotros mismos dominar esos contenidos, repasarlos, estudiarlos. Si los niveles superiores se nos quedan grandes, no pasa nada por pedir ayuda externa. Nuestro objetivo es preparar a nuestros hijos para volar, y los conocimientos académicos son imprescindibles.
  2. No prepararles para el mundo académico y laboral que enfrentarán después. Aunque yo apuesto por un sistema que libere a los niños todo lo posible del estrés, que no los valore por sus calificaciones, que no los compare, que les dé infinitas oportunidades para lograr sus objetivos… lo cierto es que en la vida real no siempre es así. Tarde o temprano ellos tendrán que enfrentar un mundo en el que sus calificaciones marcarán su ingreso en la universidad, en el que tendrán que ser los mejores para obtener un empleo, en el que tendrán horarios y plazos de entrega. Y nuestra obligación es prepararlos para ello. La infancia debe transcurrir de manera relajada y natural, fortaleciendo su autoestima y enseñándoles a intentar algo una y otra vez sin rendirse. Pero la secundaria es un buen momento para mostrarles cómo se hacen las cosas en otros lugares, y empezar a entrenarlos. Podemos comenzar a hacer exámenes, poner plazos de entrega y calificaciones. Ya están preparados.
  3. No proporcionarles suficientes oportunidades de relacionarse con niños de su edad. Aunque los niños educados en casa se relacionan muy bien con personas de otras edades, nuestro gran desafío como padres es facilitarles actividades con otros niños. No es sencillo, ya que la mayoría están en la escuela. Pero es algo imprescindible a lo que debemos prestar especial atención. Las personas que tuvieron malas experiencias en este sentido se quejan de que parecía que sus padres les estaban protegiendo del mundo, en lugar de prepararles para él. No podemos caer en ese error.

Que nuestros hijos aprendan en familia puede ser una experiencia maravillosa para todos, pero debemos convertirlo en nuestro proyecto más importante, dejarnos aconsejar y aprender de la experiencia de las personas que caminaron este sendero antes que nosotros.

¡Feliz homeschooling!

Puedes leer los posts a los que me refiero aquí:

Post de la madre.

Post de la ex-estudiante.

Enviando paquetes de amor a mamás del otro lado del mundo

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Quiero compartir con vosotros el trabajo de una fundación, The Lulu Tree, que acabo de descubrir y que me tiene totalmente enamorada. Acaban de empezar pero sus proyectos son absolutamente maravillosos. Si dedicáis unos minutos a conocerlos, sé que acabaréis tan enamorados como yo.

Realizan su trabajo en el suburbio más pobre de Kampala, Uganda. El lema que motiva su trabajo es: “Previniendo los huérfanos de mañana equipando a las madres de hoy”. Y para ello tratan entre otras cosas de mejorar las condiciones en las que las mujeres de ese suburbio tienen que dar a luz a sus bebés. Pensad durante unos segundos en cómo fueron las condiciones en las que vosotras disteis a luz, el confort de la habitación, una matrona pendiente de vosotras, el cariño de vuestra pareja dándoos fuerza, calmantes para el dolor al alcance de vuestra mano y un maravilloso equipo esperando para darle la bienvenida a vuestro pequeño y asegurarse de que todo está bien. Recordad esos momentos, y después, leed lo que la Fundación The Lulu Tree nos cuenta.

“Las mujeres que viven en los países menos desarrollados del mundo tienen 300 veces más probabilidades de morir como resultado de complicaciones relacionadas con el embarazo y el parto, que las mujeres que viven en los países desarrollados, según UNICEF.

Cada año, más de medio millón de mujeres mueren por complicaciones en el embarazo y el parto, incluyendo unas 70.000 niñas y jóvenes entre 15 y 19 años, explica Ann M. Veneman, directora ejecutiva de UNICEF.

Globalmente, unos 10 millones de mujeres han muerto desde 1990 por complicaciones en el embarazo y el parto (una media de 1.500 cada día), mientras que unos 4 milones de recién nacidos mueren cada año antes de los 28 días de nacidos -una tasa 14 veces superior que en los países industrializados.

El Huffington Post reporta: “Si las mujeres llegan al hospital con un Kit de Mamá -un kit de seguridad para el nacimiento que contiene guantes, una cuchilla esterilizada y una sábana plástica en la que dar a luz- los médicos no pueden aceptarlas.” El reportero continúa: “Cada vez que vuelvo recibo un nuevo shock por las tragedias evitables que suceden -niñas jóvenes que aparecen días después de haberse puesto de parto con niños aun no nacidos dentro de ellas, mujeres con pérdidad de orina y de heces por horribles heridas de parto, futuras mamás cuyos bebés no nacidos sufren malaria fetal.”

Lulu Mama Kits provee esperanza a las mujeres en Uganda que de otra manera no podrían dar a luz a sus bebés en hospitales. Sin los suministros necesarios, las mujeres dan a luz en condiciones insalubres o se ven obligadas a compartir material con otras mujeres, contrayendo y extendiendo a menudo el virus del VIH.”

Cuando leí esto, me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo, y sentí la necesidad de hacer algo. Pero, ¿puedo? ¿Hay algo que las mujeres que vivimos en países desarrollados podamos hacer para aliviar esta enorme carga a mujeres que viven a miles de kilómetros de distancia?

The Lulu Tree ha tenido una idea maravillosa: comprar nosotros los materiales que necesitan, cuyo costo sí está a nuestro alcance, y enviárselos a ellas. Podemos recoger los materiales en nuestra comunidad, en nuestra iglesia, entre nuestros conocidos. Podemos convertirlo en un ministerio, juntarnos con otras familias una vez al mes y montar los Mama Kits mientras compartimos experiencias y los niños juegan.

También existe la opción de donar dinero para que la Fundación compre los kits. Pero cuando nos involucramos de manera personal en un proyecto, se convierte en parte de nosotros. Y la experiencia de hacer una diferencia en la vida de alguien no se compara con nada.

Estos son los materiales que necesita un Mama Kit, todos ellos al alcance de nuestra mano:

  • 2 metros de sábana plástica para que la mujer pueda acostarse durante el parto.
  • 1/2 metro de plástico para proveer una superficie limpia sobre la que dejar el material esterilizado.
  • 2 pares de guantes quirúrgicos para prevenir infecciones bacterianas y VIH.
  • Una pastilla de jabón para lavar las manos.
  • Un rollo de algodón para limpiar la vulva.
  • 2 cuchillas nuevas para cortar el cordón umbilical.
  • 2 piezas de hilo de algodón o cinta para atar el cordón.
  • 2 paquetes de gasas para limpiar los ojos del bebé
  • Un paquete de al menos 8 compresas para la madre.
  • Un succionador nasal para el bebé.
  • Una mantita para envolver al bebé (es muy común no tener nada para envolverlo, o tener una camiseta sucia y usada de algún miembro de la familia).
  • Opcionalmente podemos incluir una foto de nuestra familia, un mensaje de cariño o alguna prenda de ropa o juguete para el bebé

Todos estos productos podemos conseguirlos de manera muy sencilla. Y es muy fácil hacer que la llegada al mundo de estos niños sea más dulce para ellos y para sus increibles mamás.

Si queréis iniciar un proyecto de Mama Kits en vuestra comunidad, podéis poneros en contacto conmigo y os ayudaré a organizarlo, o directamente con The Lulu Tree.