Calendario de Adviento

Thinking Kids Blog ha preparado un precioso calendario de adviento que nos propone una lectura bíblica cada día. Podemos hacerlo como un banderín, con forma de árbol de Navidad, o como nuestra imaginación proponga 😉

Printable-Advent-Calendar-with-Advent-Readings-PIN

DESCARGA AQUÍ TU CALENDARIO

Advertisements

Calendario para Thanksgiving enfocado en la gratitud IMPRIMIBLE

Proverbial Homemaker nos ofrece un imprimible que consiste en un calendario para Thanksgiving y tarjetas con motivos de gratitud y textos bíblicos.

Thanksgiving-Calendars-2017-PIN

DESCARGA AQUÍ TU CALENDARIO

Tápame mis ojos (adónde acudir cuando tengo miedo)

Tapame mis ojos

Hace unas semanas me encontraba jugando con mi sobrinita Nerea, de 3 años. Jugábamos a huir de su tío. Ella iba buscando distintos sitios para esconderse y me llamaba: “Tía Tata, men aquí” (sus padres me llaman “Tata”, así que ella me llama “tía Tata”). Al cabo de un rato, y como adulta que soy, me cansé y me senté en el sofá. Ella siguió buscando un sitio en el que esconderse. Pero al verse sola, no encontró ningún lugar en el que sentirse protegida. Después de echar un vistazo alrededor, y de evaluar sus opciones, tomó una decisión que me hizo pensar. Saltó sobre el sofá en el que yo estaba, se acurrucó junto a mí, puso mis manos delante de su cara y dijo:

-“Corre, tía Tata, tápame mis ojos.”

Tenía multitud de sitios en los que esconderse: detrás del sofá, debajo de la cama, en el cuarto de lavar, detrás de la cortina… pero ninguno de esos sitios le parecía seguro si tenía que esconderse sola. Prefirió buscar mi protección, cerrar los ojos para no ver “el peligro”, y descansar tranquila, sabiendo que yo no dejaría que su tío “la atrapase”.

Ésto me hizo pensar: “¿Dónde me refugio yo cuando tengo miedo, cuando estoy en peligro, cuando sufro,  cuando la magnitud de las decisiones a tomar supera mi capacidad para tomarlas?” Dios nos hace una propuesta para momentos como esos:

-“ Venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar.” (Mt 11:28)

– “Tened ánimo, Yo soy, no temáis.” (Mt 14: 27)

– “La paz os dejo, Mi paz os doy; Yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo.” (Jn 14: 27)

– “Echad toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros.” (1 Ped 5: 7)

– “Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en Él confiaré: mi escudo y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio.” (Sal 18:2)

– “Él me esconderá en Su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de Su morada.” (Sal 27: 5)

Y así una larga lista de textos en los que Dios quiere transmitirnos un sencillo mensaje: “Hijo, las pruebas que estás pasando son duras. Y eres libre de pelear solo, si es lo que quieres. Pero si quieres, podemos pelear juntos. Lo único que tienes que hacer es refugiarte en Mí. Las pruebas no desaparecerán, pero serán menos dolorosas si te acurrucas a mi lado y me dejas que te tape los ojos. Así podrás verlas a través de los Míos. Y juntos podremos vencerlas.”

Y recordando esta experiencia, pensé: “¿Dónde se esconden nuestros hijos cuando tienen miedo, cuando son rechazados, cuando su corazón se rompe? ¿Cuál es el refugio de nuestros hijos? ¿Son sus amigos, su música, el deporte, sus videojuegos, su ordenador, la puerta cerrada de su habitación? ¿O es su hogar?”

Ojalá nuestro hogar sea un lugar al que nuestros hijos puedan acudir cuando sientan temor, ansiedad o soledad; en el que reinen la ternura, las risas y el amor; en el que encuentren el apoyo necesario para aprender a confiar de Dios; en el que, cuando se les pregunte por el lugar más especial en el que hayan estado, puedan responder:

  • “Mi casa”.

Cuando pierdo la paciencia (oración cuando los desafíos crecen)

Cuando pierdo la paciencia

Ver a los niños crecer es un espectáculo maravilloso. Cada nueva etapa está llena de magia y espectación, ansiosos por ver qué será lo próximo que aprenderán a hacer o a decir, cuál será su próximo logro.

La etapa de los dos años (en la que nos encontramos ahora) es fascinante. Cada día es nuevo y diferente. Cada día nos despertamos deseando conocer nuevamente a esa niñita que duerme a nuestro lado, y que crece y cambia por minutos. Y cada día nos sorprende con un nuevo descubrimiento o una nueva habilidad. Su pequeña lengüita de trapo nos hace reír a cada instante, y su increible inteligencia no deja de sorprendernos.

Pero los dos años también son una edad desafiante, llena de “¡no quiero!”, de experimentos pringosos no autorizados, de luchas por la independencia y de alguna que otra rabieta. Y cuando mezclamos todo esto y le añadimos las características de un niño de carácter fuerte, el resultado es una etapa agotadora, desafiante, y muchas veces, frustrante. Muy frustrante.

Tan frustrante, que nos encontramos a nosotros mismos perdiendo la paciencia, y haciendo cosas que prometimos no hacer jamás: gritamos, lanzamos miradas amenazantes y dejamos caer castigos sin sentido. Añoramos aquellos tiempos en los que no había conflicto, y nos preguntamos si lo estaremos haciendo bien. Cuando estamos a solas hacemos recuento de los últimos momentos vividos, recordamos las últimas luchas y conflictos, analizamos nuestros errores, planificamos una preciosa y efectiva estrategia, y nos hacemos el firme propósito de no volver a fallar. Pero en algún momento del día, y sin saber cómo, lo volvemos a hacer: volvemos a estallar. Y cada nueva caída aumenta nuestro sentimiento de culpa.

Hace unas noches, acosté a mi pequeña a dormir después de una tarde agotadora, y me dejé caer en la cama, cansada, frustrada, con lágrimas en los ojos y preguntándome qué estábamos haciendo mal. Tratando de relajarme y de evadirme, puse una canción que siempre me llega al corazón. Es una preciosa declaración de intenciones sobre cómo deberíamos tratarnos unos a otros basándonos en cómo Dios nos trata a nosotros, inmerecidamente.

Esta es la canción, cantada por Gaither Vocal Band y Signature Sound, y abajo os dejo la traducción.

1. Entonces viviré como alguien que ha sido perdonado.

Caminaré con alegría, sabiendo que mis deudas han sido pagadas.

Sé que mi nombre está limpio ante mi Padre.

Soy Su hijo y no tengo miedo.

Así que, tan grandemente perdonado, perdonaré a mi hermano.

La Ley de Amor obedeceré con alegría.

2. Entonces viviré como alguien que ha aprendido la compasión.

He sido amado tanto que me arriesgaré a amar también.

Conozco cómo el miedo construye muros en lugar de puentes.

Me atreveré a mirar desde el punto de vista del otro.

Y cuando las relaciones demanden un compromiso,

estaré ahí para ocuparme y cuidarlas.

3. Venga Tu Reino a mi alrededor, a través de mí y en mí.

Que Tu poder y Tu gloria brillen a través de mí.

Que pueda llevar Tu Santo nombre con honor.

Y que Tu Reino Vivo venga a mí.

Que pueda compartir el Pan de Vida con honor.

Y que Tú puedas alimentar un mundo hambriento a través de mí.

Y mientras escuchaba esta canción, me sacudió un pensamiento: Es una declaración de intenciones sobre cómo debemos tratar a nuestros hijos. ¿Por qué muchas veces tratamos mejor a los extraños que a nuestros propios hijos? ¿Por qué aceptamos la compasión de Dios hacia nosotros, pero nos cuesta tanto dársela a nuestros hijos? ¿Por qué seguimos creyendo que si tenemos mucha paciencia con ellos los estamos malcriando?

La paciencia de Dios no tiene límites; nada puede acabar con ella, ni el tiempo ni nuestras acciones. Dios no grita, no amenaza ni intimida. Ni a nosotros ni a nuestros hijos. Él gana nuestro corazón, con Su amor y con Su inagotable paciencia. Y es lo que desea que nosotros hagamos también.

Por supuesto somos humanos, y caemos. A veces estamos cansados, o nos sentimos enfermos. A veces luchamos con problemas que nos superan. A veces la tristeza llena nuestro corazón. Y podemos volver a caer y perder la paciencia, muchas veces con quien no lo merece. Pero para esos momentos está la maravillosa paciencia de Dios con nosotros, para perdonarnos, darnos fuerza y recomponer lo que hayamos roto.

He transformado la canción en una oración por mis hijos, y quiero tenerla en mi mente en todo momento, recordándome que ellos son dignos de todo el amor, el respeto, la compasión y la paciencia del mundo, tal como Dios me los concede a mí sin merecerlos.

1. Ayúdame a vivir como alguien que ha sido perdonado.

Ayúdame a caminar con alegría sabiendo que mis deudas han sido pagadas. Ayúdame a hacer sentir a mis hijos que tampoco tienen ninguna deuda conmigo.

Sé que mi nombre está limpio ante mi Padre, a pesar de que no lo merezco.

Soy Su hija, y no tengo miedo. Y así es como quiero que mis hijos estén ante mí: confiados y sin miedo.

Me has perdonado tanto que deseo ser capaz de perdonar de la misma manera a mis hijos, sin límites ni memoria. Quiero abrir cada día con ellos una página en blanco, en la que no haya recuerdos de los errores pasados.

Tu ley, Dios, es de amor, y quiero que la mía también lo sea, para que mis hijos puedan obedecerla con alegría.

2. Ayúdame a vivir como alguien que ha aprendido lo que es la compasión. He recibido mucha compasión sin merecerla. Y mis hijos también merecen recibirla de mí.

He recibido tanto amor, que deseo que fluya a través de mí y cubra a mis pequeños, no importa lo que hagan.

Sé que el miedo construye muros en lugar de puentes. Por eso deseo educar a mis niños sin temor, sin amenazas, sin castigos y sin gritos. Deseo que en nuestra relación no haya muros de temor, sino puentes de amor.

Quiero ver el mundo a través de sus ojos, ponerme en sus zapatos y entender su corazón. Quiero recordar en todo momento que son niños, que piensan y actúan como niños. Que son activos, olvidadizos, algo testarudos, exploradores, ingenuos y necesitan que les repita las cosas muchas veces. Y así, tratarlos como niños, y esperar de ellos tan solo lo que un niño puede hacer.

Mi relación con mis hijos es la más importante de mi vida, y la que exige mayor compromiso. Y deseo entregarme a ellos en cuerpo y alma. Demostrarles que realmente son lo más importante de mi vida; demostrárselo con palabras, con mis manos, con mi mirada y con mi tiempo. Estar siempre disponible y cubrir sus necesidades físicas y emocionales.

3. Venga Tu reino a mi alrededor, a través de mí y en mí, y que a través de mí llene cada rincón de mi hogar. Deseo que uses mis manos y mi voz para convertir mi hogar en un pedacito de Cielo.

Deseo que Tu poder y Tu gloria brillen a través de mí, y mostrar a mis hijos lo que son capaces de hacer de Tu mano.

Quiero ser una digna representante de Tu Nombre ante mis hijos, y llevarlo con honor. Deseo que puedan verte a Ti a través de mí.

Y que sientan que estás a su lado.

Quiero compartir con ellos el Pan de Vida, hablarles de Tu gran amor por ellos y mostrarles la maravillosa vida que pueden tener Contigo, deseando que algún día escojan esa vida Contigo.

En el pequeño mundo que me has entregado, que es mi hogar, quiero ser Tus manos, Tus pies y Tu voz, para que puedas alimentar este mundo hambriento a través de mí.

Cómo una madre sencilla y corriente puede cambiar el mundo

Madre sencilla puede cambiar el mundo

Quiero compartir con vosotros la experiencia de una mamá y persona maravillosa que hace unos meses decidió pasar de la preocupación a la acción. Su nombre es Emily Wierenga, tengo el privilegio de conocerla personalmente, y os aseguro que su experiencia os va a estremecer e inspirar a la vez.

Nunca había planeado fundar una ONG.

Pero tampoco había planeado enamorarme.

Ocurrió en un viaje de bloggers a Uganda el invierno pasado. Me enamoré de un país del tercer mundo. Me enamoré de su gente de ébano, de las calles de arena rojiza y del verde de las plataneras, con madres descalzas llevando bebés en su espalda y baldes de agua amarillos en sus cabezas, y sus hijas cargando más agua detrás de ellas. Me enamoré de las vacas tumbadas en medio de las intersecciones, con gallinas, perros y el olor a plátano en un mundo que vive fuera -porque dentro no hay nada excepto suelos sucios cubiertos de finos colchones o sacos de paja para dormir. Cocinaban, limpiaban, lavaban la ropa y hacían la colada todos juntos, como una comunidad.

No tenían nada que esconder.

Tomamos un vuelo chárter hacia Gulu para conocer ex-niños soldado que estaban recogiendo los trozos de su devastado pasado y convirtiéndose en costureras y mecánicos, y yo no podía dejar de abrazarlos, intentando de alguna manera aliviar los horrores del pasado.

Volamos a Kampala y visitamos el suburbio de Katwe. Los caminos estaban llenos de basura y los niños tenían abdómenes distendidos. Caminé por esos senderos y le di la mano a madres que estaban dobladas bajo cubos sucios de agua. Sus ojos guardaban el dolor de miles de noches en vela. Me agaché y cogí todos los niñitos que pude, besé sus delgadas mejillas y sentí el vacío de su futuro.

Viajamos en furgoneta a un pueblo cercano, a un hogar de niños en el que conocí al niño que apadrinaba.

Y conocí a su madre.

Había caminado cuatro horas solo para conocerme.

Sus pies estaban rojos por la tierra de Uganda, y ella sudaba bajo el inmenso calor. Sus ojos brillaban pero bajó la mirada. Miró sus sandalias, incluso cuando yo puse mi mano en su hombro, y pude sentir la fuerza en ese brazo de granjera.

Había perdido a su marido unas semanas antes de SIDA, una enfermedad de la que la gente todavía habla en susurros por la vergüenza a la que va asociada.

Había tenido que dejar a sus hijos mucho antes en ese hogar que estaba visitando, porque tenía un marido enfermo que cuidar, una granja que no daba dinero, y ninguna forma de alimentar a sus pequeños.

Y ahí estaba yo, capaz de pagar la ropa y la educación de sus hijos mientras ella no podía. Y no porque yo trabajase más duro. No, ella trabajaba desde el amanecer hasta el anochecer y tenía callos en sus manos y en sus pies. No, era porque yo venía de un país de primera clase que rebosa comida y privilegios, mientras el resto del mundo está obligado a alimentarse de nuestra basura.

Le sonreí, pero me sentía enferma.

Soy madre. Cada noche entro en la habitación de mis hijos, y sufro por ellos que duermen en sus camitas, porque no puedo evitar el sufrimiento que encontrarán en la vida. No puedo imaginar lo doloroso y humillante que debe ser tener que pedir a alguien que se ocupe de tus hijos. No ser capaz de darles agua o comida, no poder tenerlos bajo tu techo, y entonces, caminar 4 horas para conocer a la mujer que sí que puede.

Esa mujer (yo) que viaja en avión con su maleta llena de ropa, su bolso lleno de maquillaje y su cartera llena de dinero, y dice que lo hace en el nombre de Jesús -un Dios al que esta granjera alaba más reverentemente cada día de lo que yo lo haré en toda mi vida.

Nuestro Padre llora. Él sufre por cada madre (porque hay cientos de miles en África en la misma situación) que tiene que perder a sus hijos porque no puede cuidarlos.

Y, ¿sabéis? Él nos está pidiendo que hagamos algo al respecto.

Apadrinar un niño es bueno, no me entendáis mal. Yo apadrino tantos como puedo.

Pero estando ahí junto a esa preciosa mujer de sombrero marrón y mirada triste, y con los ojitos de su hijo brillando al mirarme, pensé: “No. Es suficiente. Tiene que haber más.”

Quiero que ese niño mire con adoración a su madre, no a mí, una extraña.

Quiero que la busque a ella para que supla sus necesidades, no a mí, alguien de fuera que no lo parió sin epidural, que no lloró y oró por él cada noche de su infancia, que no ha pasado cada minuto de cada día tratando de ganar algo de dinero para comprarle un bol de matoke (plátano cocinado) para que no se muera de hambre.

Tras volver a mi casa en Canadá, pasé meses cayendo sobre mis rodillas cuando mi familia se había ido a dormir. Me arrodillaba en la alfombra frente al fuego y lloraba.

Seguía viendo a esos niños VIH-positivos tumbados en el suelo sucio, llorando y llamando a sus madres, que no podían venir porque habían muerto. Esos adolescentes esnifando pegamento para calmar el dolor de su hambre. Esas abuelas que trabajaban 20 horas por día para conseguir comida para los niños de sus hijas muertas; niños que yacían en el suelo mientras los pollos defecaban a su alrededor.

No creé una ONG para ayudar a las madres del suburbio de Katwe porque me sintiera culpable. Simplemente supe que mi vida ya no podría ser la misma, porque una vez Dios te abre los ojos al sufrimiento de los demás, te conviertes en responsable. No podía seguir fingiendo que no había visto nada. No podía seguir fingiendo que todas las personas en el mundo viven igual que yo. Lo había visto. Y me había golpeado.

Nuestra visión en The Lulu Tree es trabajar por las madres viudas VIH-positivas del suburbio de Katwe, Uganda (el peor de los ocho suburbios de Kampala), equipándolas para que puedan cuidar de sus propios hijos. Nuestro slogan es “Previniendo los huérfanos de mañana equipando a las madres de hoy”.

Alto, lo sé. Pero tienes que soñar en grande, ¿no? “Apunta a la luna y aterrizarás en algún lugar en las estrellas”.

Así que estamos apuntando a la luna.

Nos ha llevado leer incontables libros; nos ha llevado hablar con otras ONGs pensando que tenía un plan, y darme cuenta de que mi plan estaba mal. Nos ha llevado intentar hacer las cosas por mí misma, y darme cuenta de que necesitaba contratar a alguien de allí, que tenga el corazón de su gente, que viva allí, que entienda sus mentes y cosas como no dar demasiado dinero del sponsor a las madres, porque les robaría su instinto de supervivencia. Nos ha llevado todo esto darnos cuenta, una vez más, de que no se trata de mí haciendo algo por ellos; se trata de todos trabajando juntos para Dios. Se trata de nosotros haciendo la colada y la vida juntos, fuera, bajo el sol, a la vista de todos, porque no tenemos nada que esconder.

Yo no soy especial. Solo tengo un corazón, como vosotros. Si dejamos que Dios use nuestros corazones, si permitimos que Su amor nos defina, nos moldee y fluya a través de nosotros, Él puede cambiar el mundo.

La fundación que ha creado Emily se llama The Lulu Tree, y en los pocos meses de vida que tiene ha conseguido grandes cosas, entre otras, dar un futuro a 6 preciosas mamás y a sus bellos hijos.

Hay muchas formas en las que os podéis involucrar en este ministerio. Si queréis saber más, poneos en contacto conmigo y os explicaré todo lo que podéis hacer. Pero sobre todo nos gustaría mucho que nos ayudaseis a correr la voz acerca de este precioso proyecto. Hablad del proyecto a vuestros amigos y familiares, compartid el perfil de facebook, visitad la tienda Etsy (cuyos beneficios se destinan íntegramente a los proyectos de la fundación)… Con vuestra ayuda podemos alcanzar a mucha gente, y mostrar cómo, con muy poco, podemos hacer muchísimo.

Podéis leer el post original aquí.

Venciendo el complejo de “mamá culpable”

Mamá culpable

He estado unas semanas desconectada de la red, y durante ese tiempo ha habido muchos cambios en mi vida. Uno de los más importantes es que mi niña se ha hecho mayor. Sí, ya sé que he dicho esto muchas veces. Pero esta vez, de verdad, se ha hecho mayor.

Una noche metí en la camita, besé y arropé a mi bebé, y a la mañana siguiente se despertó en su lugar una niñita. Una niñita bellísima, dulce y muy inteligente, pero también traviesa, retadora, y a veces, desafiante. Agotadoramente desafiante.

El paso de bebé a niña ha sido asombrosamente rápido, tan solo unos pocos días. No nos ha dado tiempo a hacernos a la idea, a prepararnos, a leer sobre ello o a planificar una nueva estrategia. Nuestra pequeña ha cambiado su forma de jugar, de relacionarse con el mundo y con nosotros. Su fuerte personalidad, que ya se intuía desde que era muy pequeñita, ha brotado en todo su esplendor. Ahora no se quiere vestir, no se quiere peinar, no se quiere lavar los dientes… Y nos lo hace saber con palabras, gritos, tapándose la boca o echando a correr. Siente una atracción especial por tocar todo lo que no debe tocar, y lo intenta una y otra vez, y lo hace mirándonos a los ojos, y lo vuelve a intentar cuando nos damos la vuelta. Y así una larga lista de pequeñas batallas que ahora son la sal y pimienta de nuestro día a día. Os suena, ¿verdad?

Así que, cuando al final del día cae rendida en su camita, yo me siento a descansar en el sofá, y las imágenes de todo lo que ha sucedido en el día vienen a mi cabeza. Y me doy cuenta de cuántas veces me he enfadado, cuántas veces he tenido que dejar de jugar y dejarla solita reflexionando hasta que decida hacer lo que sabe que debe hacer, cuántas veces he tenido que decir “no” en un tono más alto del que hubiera deseado.

Añoro aquellos días en los que nos dedicábamos a jugar, cambiar pañales, hacer cosquillas, preparar papillas y mecernos hasta quedarnos dormidas. Esos días en los que todo era juego y risa; en los que dejaba a mi pequeña donde necesitaba que estuviera y ella se quedaba allí; en los que, para que no tocase algo peligroso solo necesitaba distraer su atención. Ahora nuestros días siguen llenos de juego y risas, pero también de enfados, pequeñas batallas y algún que otro llanto (suyo, y también mío, he de confesar).

Entonces, me envuelve un sentimiento de culpabilidad. ¿Lo estoy haciendo mal? ¿Es normal un cambio tan grande en tan poco tiempo? ¿Será que me falta paciencia? ¿No sería mejor relajarnos y dejar de batallar? ¿Quizá esperar a que sea un poco más grande para exigir ciertos comportamientos de ella?

Así que acudo a la Biblia buscando el consejo del mejor Educador, del que sigue tratando de educarme a mí sin rendirse todavía. Y ésto es lo que encuentro:

– “Hijo mío, no rechaces la disciplina del Señor, ni te enojes por Sus reprensiones, porque el Señor disciplina al que ama, como un papá al hijo que quiere.” (Proverbios 3: 11, 12)

– “Hijos míos, escuchen las enseñanzas de su papá; presten atención para que adquieran inteligencia.” (Proverbios 4:1)

– “El que no corrige al hijo, lo odia; el que lo ama, lo disciplina a tiempo.” (Proverbios 13:24)

– “Corrige a tu hijo cuando todavía estés a tiempo, pero no acabes con él a punta de castigos.” (Proverbios 19:18)

– “Instruye al niño en su camino, y cuando sea viejo no se apartará de él.” (Proverbios 22:6)

– “La necedad forma parte del corazón del muchacho, pero la disciplina hará que se corrija.” (Proverbios 22:15)

– “Corrige a tu hijo y vivirás en paz, y te sentirás orgulloso de él.” (Proverbios 29:17)

Mi pequeña es una personita maravillosa. Es dulce e increíblemente cariñosa. Es asombrosamente inteligente y disfruta descubriendo y aprendiendo. Tiene un hermoso sentido del humor y muchísimos dones que ya brillan a su tierna edad. Y también un carácter fuerte y una voluntad firme, que serán una gran bendición en su vida. Pero necesita aprender a controlar ese carácter fuerte y enfocar esa voluntad firme hacia el bien. Necesita aprender a dominar sus impulsos y a obedecer a sus padres aunque a veces no comprenda. Y tiene que ser ahora, cuando su pequeño e inquieto cerebro está más receptivo, para lo bueno y para lo malo, cuando absorbe información como una esponjita.

Y solo nosotros se lo podemos enseñar. Pero, ¿cómo hacerlo conservando la alegría, el brillo en los ojos de mi niña, la chispa de mi hogar que tanto amo? ¿Cómo hacerlo sin utilizar recursos fáciles como gritos o castigos?

No será fácil, pero se puede. Igual que Dios hace conmigo. Aunque necesitaré mucha sabiduría, Su sabiduría. ¡Qué bueno saber que me la ofrece con solo pedírsela!

Esta nueva etapa no ha hecho más que empezar, y será desafiante y maravillosa al mismo tiempo. ¡Qué alivio saber que vamos por el buen camino, y que con Su ayuda, mi pequeña florecerá en todo su esplendor!

5 Ideas para que Jesús sea el centro de la Navidad

image

Ya llega la Navidad, mi época favorita del año. Muchos de los recuerdos más bonitos de mi infancia sucedieron en Navidad. Crecí en una familia grande, rodeada de hermanos, tíos y primos, y nos encantaba hacer muchas cosas juntos. Pasábamos largas veladas en familia y teníamos muchísimas tradiciones preciosas, algunas de las cuales hemos transmitido a nuestros propios hijos.

La Navidad me trae a la mente recuerdos de preciosos árboles decorados con luces y muchísimos regalos a sus pies, el olor del boniato en el horno, programas especiales en la iglesia, comer castañas mientras paseamos con la familia, belenes callejeros, villancicos… Muchísima ilusión. Es una época muy tierna para mí.

Pero entre tantas compras, cenas, eventos, decoraciones, regalos… con cuánta facilidad olvidamos por qué o por Quién hacemos todo eso. Sabemos que Jesús no nació realmente en Navidad. Pero es una excusa maravillosa para recordarlo, celebrarlo y agradecerlo. Y aun así, ¡qué fácil es perdernos entre montañas de regalos y olvidar el Regalo más importante que recibimos en estas fechas! ¡Cuán a menudo llenamos nuestros estómagos de deliciosa comida y olvidamos llenar los de los menos afortunados! ¡Cuántas películas preciosas de Navidad vemos en familia, pero cuán pocas veces nos contamos unos a otros la Historia más bella!

Quiero disfrutar la Navidad con mi preciosa familia, quiero decorar un árbol, cantar villancicos e ilusionarme comprando regalos para las personas que amo. Pero quiero que Jesús sea el centro de todo esto, quiero que sea nuestro motivo y nuestra ilusión, que presida nuestras reuniones familiares y llene nuestros corazones. Quiero recordar que “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”, y que gracias a eso nosotros tenemos vida, esperanza y podemos disfrutar de estos momentos maravillosos.

Estas son 5 ideas para que el Príncipe de Paz reine en nuestro hogar en estas fiestas:

  1. Que la decoración de nuestro hogar la presida un hermoso Belén. Podemos hacerlo nosotros mismos con nuestros niños, o comprarlo. Y luego colocarlo en un lugar de honor, donde podamos verlo bien. También podemos colorear dibujos y escribir textos bíblicos que hablen del nacimiento de Jesús y colgarlos por la casa. Cualquier cosa que nos recuerde el cumpleaños de Quién estamos celebrando.
  2. Que nuestros niños no crean en Papá Noel ni en los Reyes Magos. Este punto tengo que explicarlo. Cuando mi tío era pequeño, era un niño increiblemente bueno; y mis abuelos eran increiblemente pobres. Ellos siempre hicieron verdaderos esfuerzos por dar a sus amados hijos bonitos regalos por Navidad de parte de los Reyes Magos. Pero, claro, sus recursos eran muy limitados. Una Navidad, mi tío vivió una gran decepción al no comprender por qué él, que era tan obediente, había recibido un pequeño juego de cochecitos de plástico, mientras su primo, que era muy desobediente, había recibido un impresionante tren eléctrico. Mis abuelos se dieron cuenta de que era cruel hacer creer a los niños, en especial a los pobres, que sus regalos dependían de su comportamiento. Le contaron la verdad, lo cual le quitó un peso de encima a mi pobre tío, y desde ese momento todos los niños de la familia nos hemos criado sin creer en las fantasías de Navidad. No os asustéis pensando que eso le quitó magia e ilusión a nuestras navidades. ¡Justamente lo contrario! No creo que haya muchos niños en el mundo que vivan la Navidad con más emoción que lo hicimos nosotros. Sabiendo que los regalos venían de nuestros seres queridos, desde muy pequeñas nuestra ilusión fue comprar regalos para ellos. Cada Navidad desde que éramos niñas, mi hermana, mis primas y yo juntábamos nuestros ahorritos (con aportaciones de nuestros padres, por supuesto), y salíamos a comprar regalos para todos. ¡Para todos! La mañana de Navidad nos despertábamos muy ilusionadas por los regalos que íbamos a recibir, pero sobre todo, por ver las caritas de las personas que más queríamos cuando abriesen nuestros regalos. Experimentamos que “hay más gozo en dar que en recibir”. Y cuando abríamos nuestros regalos, nos lanzábamos a los brazos de quien nos lo había dado, para abrazarle y darle las gracias. Papá Noel y los Reyes formaban parte de nuestra decoración, nuestras tarjetas y la tradición. Pero la magia de nuestra Navidad estaba llena de amor familiar.
  3. Dejar que los niños colaboren en la preparación de la cena de Nochebuena. Preparar una cantidad extra y llevarla a alguna familia que sepamos que no va a poder disfrutar de una cena así.
  4. Antes del día de Navidad, revisar con los niños los juguetes y seleccionar algunos que podamos regalar a niños que no vayan a tener regalos. Ver con ellos que tenemos mucho más de lo que necesitamos, y que tenemos el privilegio de poder compartir. El día de Navidad ir en familia a alegrar a personas cuyo día no es tan feliz. Hay familias muy creativas para ésto. Podemos llevar los juguetes a un orfanato y jugar con los niños, ayudar a servir comida en un comedor social, llevar pastas a una residencia de ancianos y mimar a los abuelitos que pasan el día solos, repartir chocolate caliente a las personas sin hogar… ¡Dejemos volar la imaginación!
  5. La mañana de Navidad, no lanzarnos a abrir los regalos nada más levantarnos. Antes de eso, desayunar en familia y recordar el relato bíblico del nacimiento de Jesús. Podemos leerlo en la Biblia, cantar, representarlo entre todos… Recordar qué estamos celebrando hoy.

Hagámosle al Rey de Reyes una fiesta de cumpleaños por todo lo alto, en la que Su nombre sea ensalzado por encima de todo lo demás.

¡Feliz Navidad!