Tápame mis ojos (adónde acudir cuando tengo miedo)

Tapame mis ojos

Hace unas semanas me encontraba jugando con mi sobrinita Nerea, de 3 años. Jugábamos a huir de su tío. Ella iba buscando distintos sitios para esconderse y me llamaba: “Tía Tata, men aquí” (sus padres me llaman “Tata”, así que ella me llama “tía Tata”). Al cabo de un rato, y como adulta que soy, me cansé y me senté en el sofá. Ella siguió buscando un sitio en el que esconderse. Pero al verse sola, no encontró ningún lugar en el que sentirse protegida. Después de echar un vistazo alrededor, y de evaluar sus opciones, tomó una decisión que me hizo pensar. Saltó sobre el sofá en el que yo estaba, se acurrucó junto a mí, puso mis manos delante de su cara y dijo:

-“Corre, tía Tata, tápame mis ojos.”

Tenía multitud de sitios en los que esconderse: detrás del sofá, debajo de la cama, en el cuarto de lavar, detrás de la cortina… pero ninguno de esos sitios le parecía seguro si tenía que esconderse sola. Prefirió buscar mi protección, cerrar los ojos para no ver “el peligro”, y descansar tranquila, sabiendo que yo no dejaría que su tío “la atrapase”.

Ésto me hizo pensar: “¿Dónde me refugio yo cuando tengo miedo, cuando estoy en peligro, cuando sufro,  cuando la magnitud de las decisiones a tomar supera mi capacidad para tomarlas?” Dios nos hace una propuesta para momentos como esos:

-“ Venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar.” (Mt 11:28)

– “Tened ánimo, Yo soy, no temáis.” (Mt 14: 27)

– “La paz os dejo, Mi paz os doy; Yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo.” (Jn 14: 27)

– “Echad toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros.” (1 Ped 5: 7)

– “Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en Él confiaré: mi escudo y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio.” (Sal 18:2)

– “Él me esconderá en Su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de Su morada.” (Sal 27: 5)

Y así una larga lista de textos en los que Dios quiere transmitirnos un sencillo mensaje: “Hijo, las pruebas que estás pasando son duras. Y eres libre de pelear solo, si es lo que quieres. Pero si quieres, podemos pelear juntos. Lo único que tienes que hacer es refugiarte en Mí. Las pruebas no desaparecerán, pero serán menos dolorosas si te acurrucas a mi lado y me dejas que te tape los ojos. Así podrás verlas a través de los Míos. Y juntos podremos vencerlas.”

Y recordando esta experiencia, pensé: “¿Dónde se esconden nuestros hijos cuando tienen miedo, cuando son rechazados, cuando su corazón se rompe? ¿Cuál es el refugio de nuestros hijos? ¿Son sus amigos, su música, el deporte, sus videojuegos, su ordenador, la puerta cerrada de su habitación? ¿O es su hogar?”

Ojalá nuestro hogar sea un lugar al que nuestros hijos puedan acudir cuando sientan temor, ansiedad o soledad; en el que reinen la ternura, las risas y el amor; en el que encuentren el apoyo necesario para aprender a confiar de Dios; en el que, cuando se les pregunte por el lugar más especial en el que hayan estado, puedan responder:

  • “Mi casa”.

¿Por qué hacemos lo que hacemos? (Una reflexión sobre el homeschooling y la paternidad entregada)

por-que-hacemos-lo-que-hacemos

Años atrás, cuando supimos que nuestra hija pequeña sería una niña, no hubo necesidad de pensar un nombre para ella, porque su papá llevaba enamorado de un nombre desde mucho antes de que ella existiera. Pero yo quise averiguar si su nombre tenía algún significado especial. Descubrimos que tenía, no uno, sino tres significados. Los dos primeros, muy tiernos: Doncella de Dios y Prenda de Felicidad. Pero el tercero nos llamó la atención: Flecha Fuerte (o La que Vence en las Batallas). Aunque al no ser tan tierno, le dimos menos importancia; casi se nos olvidó.

Hasta hace unos meses.

Hace un tiempo, estaba navegando por uno de los blogs de educación cristiana que me gusta seguir. Habían lanzado una especie de marca comercial que se llamaba “Criando Flechas” (Raising Arrows), basada en el texto de Salmos 127: 3, 4: “He aquí, herencia de Jehová son los hijos; cosa de estima el fruto del vientre. Como saetas en mano del valiente, así son los hijos habidos en la juventud”.

Y de repente, el nombre de nuestra pequeña cobró un significado especial.

¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Por qué dedicamos nuestra vida entera, muchas veces en exclusiva, a la crianza y la educación de nuestros hijos? ¿Por qué renunciamos a una gran parte, o en ocasiones, a toda nuestra vida profesional? ¿Por qué reorganizamos nuestra vida social? ¿Por qué dedicamos los días a realizar todo tipo de actividades, y las noches a prepararlas? ¿Por qué nos exponemos a la incomprensión social y a tener problemas legales?

¿Lo hacemos para liberar a nuestros hijos de un estrés prematuro e innecesario? Por supuesto que sí. ¿Para darles la oportunidad de que se desarrollen y aprendan a su ritmo? Claro. ¿Para que tengan tiempo de descubrir y desarrollar sus talentos? También.

Pero sobre todo, lo hacemos por una razón superior, mucho más profunda: porque nuestro mayor anhelo es que nazca en su corazón un amor profundo por Dios y por sus semejantes. Deseamos educarlos para el Reino. Deseamos que se despierten cada día de su vida con un anhelo profundo de Dios. Que hagan de Jesús su mejor amigo, consejero y guía. Que tengan un corazón sensible al sufrimiento y a la necesidad ajena. Que sueñen con encontrar la manera de mejorar las vidas que se crucen en su camino. Que sean capaces de defender sus principios, la verdad y la justicia por encima de todo.

Deseamos que sean grandes vencedores, flechas fuertes que lleven luz a un mundo que está en tinieblas.

Parafraseando a una gran educadora, soñamos con que nuestros hijos se conviertan en personas así, porque son las personas que bendicen al mundo con su existencia:

“La mayor necesidad del mundo es la de personas que no se vendan ni se compren; personas que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas; personas que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; personas cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; personas que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos.”

Y para eso necesitamos pasar cantidades ingentes de tiempo con ellos; enseñarles a ver a Dios en los pequeños detalles de la creación y en sus grandes maravillas, en contacto con la naturaleza; enseñarles a priorizar, a distinguir entre lo que es importante y lo que es imprescindible; enseñarles a disfrutar de los pequeños placeres de la vida; a valorar el trabajo bien hecho; proporcionarles oportunidades de ayudar a los demás; enseñarles a disfrutar de la compañía y la presencia de Dios.

Por eso hacemos lo que hacemos.

No es una tarea fácil. Pero tenemos a nuestro lado al Maestro de los Maestros, que tiene el mismo anhelo que nosotros, y que Su mayor sueño es abrazar a nuestros pequeños en Su Reino cuando llegue el momento.

Si mi hij@ se casa con el tuy@

Hijo se casa

Esta es una pequeña reflexión que comparte Em en su blog Teach me to Braid, y me encantó, porque me dio una nueva perspectiva de la educación que nos muestra que su influencia llega mucho más lejos de lo que muchas veces pensamos.

Solo quiero que sepas que estoy orando por ti.

Cuando estoy despierta en mitad de la noche (alimentando bebés, acunando cólicos, dando Dalsy a pequeños con fiebre, arropando piececitos traviesos, tapando peluches bajo pequeños bracitos…), pienso en ti. Porque es muy posible que tú estés despierta también, hacienda cosas parecidas. Cuidando de niños pequeños que yo ya amo, porque algún día poseerán los corazones que esta noche laten junto a mi pecho.

Oro para que te mantengas firme frente a las presiones para sobre-comprometeros y sobrecargar vuestro horario, que harás callar las voces que te dicen que no estás hacienda suficiente, que tus hijos no están hacienda suficiente.

Oro para que los lleves a la iglesia… para que las madres y padres de nuestros futuros nietos hayan crecido sabiendo lo que significa adorar, incluso si eso significa perderse el torneo de baloncesto o una noche durmiendo en casa de amigos.

Oro para que tu amor y compromiso con tu esposo o esposa aumente cada año que paséis juntos; que cada día amarás más el legado que estás creando, tanto como amas a la persona con quien lo estás creando.

Oro para que les hagas muchísimas fotos, para que un día yo pueda ver de dónde han sacado nuestros nietos esas orejitas tan graciosas y esas sonrisas traviesas.

Oro para que Jesús te dé cada día la fuerza suficiente para aguantar, pero no tanta que te haga olvidar Quién te dio esa fuerza.

Oro para que algún día seamos amigas.

¿Podrías orar por mí también?

Realmente yo no oro por tus hijos. Tal vez debería. Mi esposo sí lo hace, y creo que es maravilloso. Pero seguramente tus hijos están bien. Y seguramente, muchas veces, tú no. Probablemente, si te pareces a mí, estés muy cansada. Y algunos días, desanimada. Algunas veces, tu temperamento estalla, tu orgullo gana, y tu sonrisa es falsa. A veces olvidas cambiar el pañal del bebé, pasar tiempo haciendo tonterías con tu pequeño, ver de verdad a tu esposo. Así que es por ti por quien estoy orando ahora mismo, en la oscuridad, con este puñito de bebé bajo mi barbilla, y esta dulce y soñoliento respiración en mi oído. Ojalá sientas estas oraciones cuando más las necesites.

Estamos en esto juntas, tú y yo. Estamos construyendo algo hermoso con cada camisita doblada, cada pupa besada y cada historia contada.

No sabes cuánto significa para mí que les des a tus hijos todo lo que tienes cada día… incluso los días en los que, lo que tienes, no es mucho. Porque tu hij@ se dormirá junto al mí@ durante unos 50 años. Tu hij@ estará cogiendo la mano del mí@ cuando nazca nuestro primer nieto. Y cuando enfrenten los días más oscuros de sus vidas, serán tu hij@ y el mí@, enfrentándose a la batalla juntos.

Estoy segura que nuestros días más largos (esos que están llenos de tirones de pelo, desastres imposibles y rabietas), son los días en los que estamos moldeando corazones. Y algún día, uno de esos corazones que estoy ayudando a moldear se enamorará de uno de los corazones que tú estás moldeando con amor, y lo que resulte de esa sacudida… depende un poco de nosotras.

Oro para que abraces muy fuerte a tu hijo cuando se sienta triste o solo o asustado. Porque algún día, mi hija (ya mayor y con sus propios bebés) se sentirá triste o sola o asustada. Y él debe saber cómo sostenerla. Enséñale.

Y deja que tus hijas escuchen de ti palabras virtuosas, que traigan vida y esperanza. Porque algún día, mi hijo estará desgastado y cansado, y las palabras que estás colocando en la mente de tu hija hoy, se convertirán en al bálsamo para el alma de mi hijo.

Estoy esforzándome por hacer lo mismo. Y algunas veces… muchas veces… fallo. Ora por mí también.

Algún día nos sentaremos frente a un altar… muy elegantes y con montones de pañuelos en nuestra mano. Veremos a nuestros traviesos, pegajosos y dulces bebés transformarse, de alguna manera, en novios y novias, y hacer las mismas promesas que nosotras hemos mantenido… contra todo pronóstico y solo por Su gracia. Y veremos a esos niños crear sus propias familias con los ingredientes que les hemos dado. Los ingredientes que estamos deslizando en sus almas hoy.

Pero hasta entonces, estoy aquí sentada en la oscuridad con un bebé en mis brazos.

Y estoy orando por ti.

Aquí podéis leer el artículo original.

Mamá ¿me compras…? (La publicidad en la mente de los niños)

Mamá,-¿me-compras...-

Ha comenzado el mes de diciembre, y con él, los preparativos de una de las épocas más dulces y entrañables del año: la Navidad.

En medio de las luces, los villancicos y los árboles decorados, hay algo que ya ha empezado a bombardearnos más de lo habitual: la publicidad. Anuncios de ropa, perfumes, y sobre todo, juguetes, ya nos siguen a todas partes. Aunque convivimos con ella a diario, en estas fechas, los anunciantes hacen esfuerzos extras por introducirse en nuestros hogares y en nuestras mentes. Y de forma especial, en las mentes de los niños.

Antiguamente, la publicidad vendía productos. Es decir, una empresa tenía un producto para vender, así que hacía un anuncio más o menos divertido con una musiquita pegadiza, y te contaba lo que su producto podía hacer, por si te pudiera interesar. Pero ahora no. Ahora la publicidad vende emociones, vende valores, vende ilusiones, vende un estilo de vida. Crea en nosotros necesidades que no tenemos. Y la verdad es que lo hacen muy bien. Eso es lo que la hace tan peligrosa.

La publicidad está por todas partes, no solo en los anuncios. Hace un tiempo, el creador de la exitosa serie de dibujos animados para bebés “Pocoyo”, dio una entrevista en la que le preguntaron cuál era el secreto del éxito de su empresa. Y él, con mucha sinceridad, contestó: “Los dibujos animados no son el negocio. El negocio son los productos que vendemos: muñecos, edredones, cuadernos, juguetes… Los dibujos son la publicidad de los productos.” Pues os puedo asegurar que su técnica funciona. Hace unos días fuimos con nuestra hija, que acaba de cumplir 2 años, a una tienda de juguetes. Queríamos comprarle una bici por su cumpleaños, y estábamos probando qué tamaño le iba mejor. En eso estábamos, cuando de repente, dio un grito y salió corriendo pasillo abajo. Fuimos tras ella y la encontramos abrazada a un muñeco de Pocoyo. No es necesario que os cuente cuánto nos costó que lo soltara. Finalmente, la bici se vino a casa y Pocoyo se quedó en la tienda. Pero solo tiene 2 años. ¡Ésto no ha hecho más que empezar! Uf…

¿Es posible limitar la influencia de la publicidad en los niños? ¿Es posible evitar que nuestros hijos (y nosotros también, siendo sinceros) vivan con la sensación permanente de que necesitan cosas que no tienen? ¿Podemos conseguir que nuestra familia no disfrute acumulando cosas, por el simple placer de tenerlas? ¿Podemos evitar que convenzan a nuestros hijos de que necesitan usar cierta ropa, ponerse cierto maquillaje o escuchar cierta música para encajar, para estar “a la moda”? ¿Podemos, en medio de una sociedad tan dominada por el consumismo, criar hijos que disfruten de las cosas sencillas, que empaticen con los que no tienen, que encuentren “más placer en dar que en recibir”?

Esta lucha no es fácil. Implica ir muchas veces contra lo habitual, contra lo que está socialmente aceptado. A veces también implica renunciar a cosas que a nosotros nos gustan. Pero vale la pena el esfuerzo.

Estas son algunas ideas de cosas que podemos hacer para evitar que la publicidad forme parte de nuestra familia y moldee nuestra forma de pensar:

  • Deshacernos de la televisión. Esta es quizá la idea más radical y más difícil, y la que más preguntas, comentarios y bromas suscitará (como escuché graciosamente decir a un personaje de una serie de televisión: “¿No tienes tele? ¿Y hacia dónde miran tus muebles?”). Pero también es la más efectiva. Hace casi dos años que nosotros no tenemos televisión, y es difícil creer lo poco que la echamos de menos.
  • Utilizar vídeos, DVDs y programación de internet. Achucharnos la familia en el sofá, tapaditos con una manta, un bol de palomitas recién hechas, y mirar una película, es una actividad que nos encanta, como a muchísimas familias. Si utilizamos DVDs, disfrutamos igual y nos ahorramos la publicidad. De hecho, disfrutamos más, porque no nos dormimos durante los interminables anuncios.
  • No siempre es posible prescindir de la tele, generalmente porque los padres no se ponen de acuerdo. En ese caso, debemos acostumbrar a los niños a pedir permiso antes de encender la televisión, para poder estar pendientes. También debemos silenciar los anuncios, aprovecharlos para hacer otra cosa, y siempre que sea posible, ver la tele con ellos para poder dialogar sobre lo que estamos viendo.
  • A partir de cierta edad, podemos hablar con nuestros hijos abiertamente sobre la publicidad y su objetivo. Podemos explicarles que no todo lo que dicen los anuncios es verdad, que los hacen empresas que tratan de vendernos cosas, que no tenemos por qué dejar que nos convenzan, que somos demasiado listos para que alguien nos diga cómo debemos ser o lo que debemos comprar.
  • Jugar con los niños, realizar muchas actividades con ellos (manualidades, cocina, deportes, animales…), ayudarles a que desarrollen sus muchos dones, que disfruten “haciendo” en lugar de “mirando”, de forma que sentarse a ver la televisión sea una actividad aburrida.
  • Involucrarnos como familia en actividades de ayuda y voluntariado. Podemos visitar residencias de ancianos y acompañar a los ancianitos que están más solos, colaborar con algún comedor social, apadrinar un niño del tercer mundo, jugar con los niños de un orfanato… Cualquier cosa que se nos ocurra para que nuestros hijos conozcan cómo viven algunas personas que no tienen tanta suerte como nosotros, desarrollen su empatía y disfruten ayudando y haciendo felices a otros.
  • Agradecer a Dios por lo que tenemos. Aprender a fijar nuestra vista en las muchas bendiciones que recibimos, en lugar de fijarnos en lo que no tenemos. Hacer cada semana una lista de todas las bendiciones que hemos recibido durante la semana, especialmente las bendiciones que no son materiales, y colgarla en algún lugar visible de la casa.

Todas estas ideas podemos llevarlas a cabo en cualquier época del año, pero, ¿por qué no empezar esta Navidad?

¡Bendiciones!

El poder de las etiquetas

El poder de las etiquetas

Las etiquetas psicológicas están por todas partes. Hay muchos tipos de ellas. Las más llamativas, en mi opinión, son las que nosotros mismos nos asignamos. Por ejemplo, cuando alguien nos pregunta:

– “¿Tú qué eres?”

Generalmente respondemos algo como:

– “Soy maestro.” “Soy médico.” “Soy barrendero.” “Soy contable.”

Casi nunca respondemos cosas como: “Soy un esposo enamorado, soy un amante de los animales, soy madre, soy una persona con mucho sentido del humor o soy un seguidor de Jesús que trata de hacer las cosas cada día mejor.” De todas las muchísimas cualidades que nos caracterizan, consideramos que nuestra profesión es la que más nos define, la más relevante, y por tanto, la que mostramos cuando alguien nos pregunta. Esas etiquetas falsas nos otorgan un lugar social, primero en nuestra propia mente, y después en la de los demás. De manera que, finalmente, un juez se colocará su etiqueta con más seguridad propia que un repartidor.

Pero sin duda, las etiquetas más peligrosas son las que un niño recibe en sus primeros años de vida.  Y en ésto, los padres y educadores tenemos un papel tan grande e importante, una influencia tan abrumadoramente poderosa, que hace que debamos estar constantemente conectados a la Fuente de Sabiduría para evitar cometer errores de consecuencias difíciles de medir; para evitar decir cosas que pueden herir a nuestros hijos de por vida.

“De por vida” es una expresión que puede parecer exagerada. Pero las etiquetas (especialmente las que imponen los padres) se infiltran tan profundamente en la mente y el autoconcepto del niño, que permanecerán ahí hasta que sea consciente de esas etiquetas y pueda luchar contra ellas. Y a veces, se quedan ahí para siempre.

Los seres humanos desarrollamos nuestro autoconcepto en función de las expectativas que los demás depositan en nosotros. Ésto es especialmente cierto en los niños pequeños cuando la etiqueta viene de sus padres, ya que nunca se van a cuestionar su juicio. Sus padres son las personas más importantes, las más sabias, las que más los aman y a quienes ellos más aman. Y para ellos, sus juicios son ciertos. Así que cuando son etiquetados por alguno de sus padres, comienzan a actuar de esa manera.

Las etiquetas negativas tienen el poder de rotular a la persona, definirla y limitar su potencial. Se centran en un aspecto negativo de la persona, pasando por alto todos los positivos. Lejos de mostrarle los puntos que debe mejorar, le dice “quién es”, aumentando su inseguridad y cerrando la puerta a cualquier capacidad de superarse. De esta forma, las etiquetas funcionan como una profecía autocumplida. Lo que nuestros hijos son queda escondido detrás de lo que creen que son, y nunca llegan a descubrir su verdadero potencial.

Pero, ¡es tan fácil caer en la tentación de etiquetar, especialmente cuando las conductas se repiten una y otra vez! Nuestro hijo derrama la leche como cada mañana (“qué torpe eres”).  Nos dice que no tiene tareas cuando sí las tiene (“eres un mentiroso”). Tarda en arreglarse más tiempo de lo normal (“eres un presumido”). Deja la toalla tirada en el baño (“eres un desordenado”). Y así una larga lista de situaciones en las que a veces perdemos el control. Nos ayuda recordar que nuestros hijos perdonarán pequeños deslices ocasionales. Pero hemos de hacer lo imposible porque esos adjetivos no se repitan varias veces, es decir, se conviertan en etiquetas.

Para evitarlo, debemos separar la conducta de la persona. Es decir, podemos no aprobar la conducta de nuestro hijo, y aún así, hacerle saber que lo amamos y lo consideramos infinitamente valioso. En lugar de etiquetar, podemos hablarles de qué parte de su conducta necesita mejorar, evitando usar el verbo “ser” (“es importante que cojas el vaso con más cuidado” o “debes recoger el baño después de ducharte para que el siguiente lo encuentre limpio”) y proporcionarles una alternativa a su conducta, o una ayuda para superar su dificultad. Podemos recordarle cómo tiene que sujetar el vaso para que no se caiga, dejar una nota en la puerta del baño recordándole que recoja la toalla, o aplicar consecuencias adecuadas cuando la mala conducta es intencionada. Pero no dejar que nunca duden de su potencial, de su capacidad para ser mejores y de nuestra confianza en que lo pueden lograr.

Pero, si las etiquetas negativas son tan poderosas, si tienen la capacidad de destruir la autoestima de una persona y moldear su conducta, si sus efectos dañinos pueden durar para siempre, ¿podrían las etiquetas positivas tener el mismo poder pero con el efecto contrario?

En una preciosa película llamada “Criadas y Señoras”, la niñera de una niñita pequeña que no recibe mucho cariño de sus padres, la viste y arregla cada mañana con mucho mimo mientras le dice con ternura:

“Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante.”

¿Realmente nuestras palabras de cariño y afirmación pueden dejar una huella en la mente y el corazón de nuestros hijos? ¿Pueden darles la seguridad de que son valiosos y modelar su conducta hacia el bien? Estoy convencida de que sí, de la misma manera que lo hacen las palabras negativas. Podemos decirles a nuestros hijos que son valiosos, que son capaces de lograr lo que se propongan, que son especiales, importantes y profundamente amados por nosotros y por Dios. Podemos decírselo tantas veces que esas etiquetas moldeen su carácter y su seguridad en ellos mismos.

“Eres importante para mí, para este hogar. Fuiste muy deseado y llegaste como un precioso regalo del Cielo para llenar nuestras vidas de amor y alegría.”

“Eres listo, eres capaz de conseguir lo que te propongas, con tu esfuerzo y con la ayuda de Dios, que te ama desde antes de nacer y estará a tu lado toda tu vida.”

“Eres bueno. A veces cometes errores, como todos lo hacemos. Pero tu corazón está lleno de amor y del deseo de hacer las cosas bien.”

“Tienes talento. Tienes dones preciosos que Dios te ha dado y que te harán muy feliz a ti y a los demás. Podrás usarlos para dejar una huella en el mundo, si tú quieres. No importa si aun no sabes cuáles son tus dones; poco a poco los descubrirás, porque los tienes.”

“Eres un hijo maravilloso.” “Eres trabajador.” “Eres creativo.” “Eres cariñoso.” “Eres…”

Lo más importante: “Eres un hijo de Dios”.

Solo tenemos que darnos un paseo por las páginas de nuestra Biblia para ver cuánto ama y valora Dios a nuestros hijos.

– A Mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable y Yo te amé; daré, pues, hombres por ti y naciones por tu vida. (Isaías  45: 4)

– En las palmas de Mis manos te tengo esculpida. (Isaías  49: 16)

– Con amor eterno te he amado. (Jeremías 31: 3)

– Jehová está en medio de ti, poderoso; Él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos. (Sofonías 3: 17)

– El que te toca, toca a la niña de Mis ojos. (Zacarías 2: 8)

– Como había amado a los Suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. (Juan 13: 1)

– ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios. (Romanos 8: 35, 38, 39)

“No te quiero porque seas todas esas cosas. Te querría aunque no lo fueras. Pero es que, además, ¡lo eres!”

Leyendo la Biblia con preescolares (las mejores 15 historias para ellos)

Leyendo la Biblia con preescolares

Me encanta leerle a mi pequeña. Lo hago prácticamente desde que nació, aunque no pueda entenderme. Escogemos un libro, nos tumbamos en la cama o nos achuchamos en el sofá, y leemos. Pasamos las páginas hacia alante y hacia atrás una y otra vez, miramos los dibujos, hacemos los ruiditos de los animales… Tardamos una eternidad en leer un libro. ¡Pero lo pasamos tan bien!

Hace un tiempo leí una frase que me encantó:

Leer a los niños antes de que entiendan las palabras hace que relacionen los libros con sentimientos de amor y ternura.

Me gustaría mucho que llegue a amar los libros. Y de todos los libros que hay en el mundo, el que quiero que ame más es la Biblia. Por eso, ahora que se acerca a los dos años y entiende mucho de las historias que le cuento, estoy reflexionando mucho sobre cómo quiero presentarle ese maravilloso libro y el Dios del que habla.

La Biblia tiene infinidad de historias, reales o ficticias, que nos presentan las distintas cualidades de Dios. Pero no todas esas historias ni esas cualidades estamos preparados para comprenderlas a cualquier edad. Si somos sinceros, incluso a los adultos nos cuesta asimilar algunos pasajes de la Biblia, y los aceptamos porque confiamos en el amor incondicional de un Dios que todo lo sabe, y que algún día nos explicará lo que no llegamos a comprender.

Muchas de las historias que tradicionalmente contamos a los pequeños se basan en eso, tradición, y no en su capacidad para transmitir a los niños la imagen de Dios y los valores que necesitan en esta tierna edad. Los niños preescolares necesitan “leche”, necesitan comprender los atributos más tiernos de Dios, para poder llegar a amarlo. Porque solo de un corazón amante podrá brotar más adelante la obediencia sincera y voluntaria, que es la única que tiene valor.

Qué quiero que mi pequeña aprenda sobre Dios en sus tiernos años preescolares?

  • Que Dios la ama profundamente, desde antes de que naciera, pase lo que pase y haga lo que haga. Que ama a todo el mundo con un amor incondicional, y que siente una ternura especial hacia los niños.
  • Que está a su lado para protegerla, que nunca está solita y que no necesita tener miedo nunca, porque Dios y su ángel están con ella.
  • Que Él nos da todo lo que necesitamos. Y que si alguna vez no nos da algo que queremos, seguramente es porque no lo necesitamos.
  • Que Dios es poderoso. No hay nada que Él no pueda hacer.
  • Que le gusta que tratemos a los demás con amor y con respeto, igual que Él nos trata a nosotros. Y si alguna vez no lo hacemos así, y estamos tristes por ello, a Dios le encanta perdonarnos y hacer como si nunca hubiera pasado.

Así que evitaré contarle historias que, al no poder comprenderlas por su tierna edad, hagan difícil que ella comprenda todo lo anterior. De momento, renunciaremos a muchas de las historias tradicionales, aunque tengan preciosas figuritas de franelógrafo. Voy a evitar historias:

  • Que tengan contenido violento. Para ellos es difícil entender que algunos personajes de la Biblia usaron la violencia, y se ven tentados a usarla ellos también (por ejemplo, la historia de David y Goliat).
  • Que hablen sobre la muerte. Es un concepto que los pequeños aun no conocen o asimilan, y no es bueno forzar su mente con un tema tan duro y delicado (así, evitaremos la historia del Arca de Noé o la de la reina Esther).
  • Que sean difíciles de asimilar, porque comprender la conducta de los hombres, o incluso la de Dios, requiera cierta madurez (por ejemplo, la historia del sacrificio de Isaac).
  • Sobre la muerte de Jesús. Los niños de esta edad llegan a amar a Jesús con todo su corazón, y conocer sobre su sufrimiento y su muerte, cuando ni siquiera llegan a comprender, les produce gran ansiedad y tristeza. Muchos tienen pesadillas, y llegan a pensar que Jesús está muerto, porque no pueden comprender la resurrección.

Pensando en todo lo anterior, esta es mi pequeña selección de las 15 historias bíblicas por las que voy a comenzar (la mayoría son sobre la vida de Jesús):

  1. La Creación.
  2. Daniel en el foso de los leones (aunque no entiende la muerte, sabe que un león da miedo, y comprende que Dios protegió a Daniel).
  3. Los amigos de Daniel en el horno de fuego (cuando sea más mayor, porque aun puede darle miedo).
  4. La viuda de Sarepta.
  5. Dios llama a Samuel.
  6. Dios elige a David como rey.
  7. Nacimiento de Jesús.
  8. Jesús dice a los discípulos que dejen a los niños venir a Él.
  9. El leproso agradecido.
  10. La multiplicación de los panes y los peces.
  11. La curación del paralítico.
  12. Zaqueo.
  13. Jesús sana al ciego.
  14. Todas las parábolas de Jesús (al principio no comprenderá los símbolos, pero podemos sacar aplicaciones para la vida diaria, y según vaya creciendo, las irá comprendiendo mejor).
  15. Pablo y Silas en la cárcel.
    Iremos añadiendo nuevas historias, según mi pequeña vaya creciendo, madurando y comprendiendo, porque son los niños los que deben marcar el ritmo de su propio aprendizaje.