La oración de la calabaza IMPRIMIBLE

El Otoño nos regala muchas calabazas. Y éstas nos regalan oportunidades de extraer preciosas enseñanzas espirituales.

The Crafty Classroom nos propone una bonita y divertida actividad para hacer con calabazas.

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Podéis descargar el imprimible en color, o en blanco y negro para que los niños lo coloreen

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Tápame mis ojos (adónde acudir cuando tengo miedo)

Tapame mis ojos

Hace unas semanas me encontraba jugando con mi sobrinita Nerea, de 3 años. Jugábamos a huir de su tío. Ella iba buscando distintos sitios para esconderse y me llamaba: “Tía Tata, men aquí” (sus padres me llaman “Tata”, así que ella me llama “tía Tata”). Al cabo de un rato, y como adulta que soy, me cansé y me senté en el sofá. Ella siguió buscando un sitio en el que esconderse. Pero al verse sola, no encontró ningún lugar en el que sentirse protegida. Después de echar un vistazo alrededor, y de evaluar sus opciones, tomó una decisión que me hizo pensar. Saltó sobre el sofá en el que yo estaba, se acurrucó junto a mí, puso mis manos delante de su cara y dijo:

-“Corre, tía Tata, tápame mis ojos.”

Tenía multitud de sitios en los que esconderse: detrás del sofá, debajo de la cama, en el cuarto de lavar, detrás de la cortina… pero ninguno de esos sitios le parecía seguro si tenía que esconderse sola. Prefirió buscar mi protección, cerrar los ojos para no ver “el peligro”, y descansar tranquila, sabiendo que yo no dejaría que su tío “la atrapase”.

Ésto me hizo pensar: “¿Dónde me refugio yo cuando tengo miedo, cuando estoy en peligro, cuando sufro,  cuando la magnitud de las decisiones a tomar supera mi capacidad para tomarlas?” Dios nos hace una propuesta para momentos como esos:

-“ Venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar.” (Mt 11:28)

– “Tened ánimo, Yo soy, no temáis.” (Mt 14: 27)

– “La paz os dejo, Mi paz os doy; Yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo.” (Jn 14: 27)

– “Echad toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros.” (1 Ped 5: 7)

– “Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en Él confiaré: mi escudo y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio.” (Sal 18:2)

– “Él me esconderá en Su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de Su morada.” (Sal 27: 5)

Y así una larga lista de textos en los que Dios quiere transmitirnos un sencillo mensaje: “Hijo, las pruebas que estás pasando son duras. Y eres libre de pelear solo, si es lo que quieres. Pero si quieres, podemos pelear juntos. Lo único que tienes que hacer es refugiarte en Mí. Las pruebas no desaparecerán, pero serán menos dolorosas si te acurrucas a mi lado y me dejas que te tape los ojos. Así podrás verlas a través de los Míos. Y juntos podremos vencerlas.”

Y recordando esta experiencia, pensé: “¿Dónde se esconden nuestros hijos cuando tienen miedo, cuando son rechazados, cuando su corazón se rompe? ¿Cuál es el refugio de nuestros hijos? ¿Son sus amigos, su música, el deporte, sus videojuegos, su ordenador, la puerta cerrada de su habitación? ¿O es su hogar?”

Ojalá nuestro hogar sea un lugar al que nuestros hijos puedan acudir cuando sientan temor, ansiedad o soledad; en el que reinen la ternura, las risas y el amor; en el que encuentren el apoyo necesario para aprender a confiar de Dios; en el que, cuando se les pregunte por el lugar más especial en el que hayan estado, puedan responder:

  • “Mi casa”.

Milagros, ¿por qué unas personas los reciben y otras no?

Milagros

Hace unos días, una persona muy querida por mí reflexionaba sobre cómo a veces, con la mejor intención, compartimos situaciones en las que alguien ha vivido un milagro, y personas que no lo han vivido y lo anhelan, se sienten tristes, frustradas, e incluso dudan de su fe.

Yo, personalmente, nunca he vivido un milagro, tal como lo entendemos. Nunca he experimentado un acontecimiento sobrenatural que resolviese una situación que escapaba a mi control. Y os aseguro que ha habido momentos en los que lo he necesitado, y he orado por ello. Pero no llegó. Sí he podido sentir Su cariño, Su abrazo, Su ánimo, Su ayuda, Su dirección. Pero no el milagro.

Aun así, he escuchado historias de personas que sí han experimentado vivencias así. Y las creo. Porque sé que Dios tiene la capacidad y el deseo de hacerlo.

Pero esos milagros suceden hoy en día en muy raras ocasiones. Mientras unas pocas personas son milagrosamente sanadas de su enfermedad, la gran mayoría tiene que luchar duras batallas para vencerlas, y no siempre lo consiguen. Mientras unas pocas personas reciben soluciones milagrosas para sus problemas económicos, la mayoría tiene que luchar, hacer cuentas, apretarse el cinturón, pedir prestado. En ocasiones, perder su coche, su casa, pasar hambre…

No puedo dejar de preguntarme, ¿por qué sucede de esta manera? ¿Tiene Dios favoritos? ¿Es porque esas personas no tienen fe?

Pensando en esto, me vienen a la mente 2 personas a las que admiro mucho:

Una de ellas es Bethany Hamilton. Ella era una prometedora surfista que empezaba a triunfar en el mundo del surf profesional. Cuando tenía 13 años, un tiburón le atacó y le arrancó el brazo. De camino al hospital perdió tanta sangre que los médicos no comprendían cómo continuaba con vida. Dijeron que Bethany era un “milagro vivo”. Pero, si Dios quería hacer un milagro en la vida de Bethany, ¿no podía haber evitado que le atacase el tiburón? ¿O al menos haber permitido que conservase el brazo? ¡Vaya birria de milagro!

La otra persona es Nick Vujicic. Nick nació sin brazos ni piernas. Siendo aun un niño, lloraba y oraba para que Dios le diese brazos y piernas. Él cuenta cómo oraba con fe, convencido de que Dios lo haría, respondería su oración. Pero los brazos y las piernas nunca aparecieron. Su milagro nunca llegó.

Hoy en día, Bethany y Nick tienen ministerios con los que ayudan a otras personas a superar sus dificultades y a encontrar a Dios a través de ellas. Cuando les preguntan si les gustaría que su vida y sus circunstancias hubiesen sido diferentes, los dos responden lo mismo:

-“No, porque esto me ha permitido alcanzar a muchas más personas de las que hubiese alcanzado si esto no me hubiese sucedido.”

No tengo la respuesta a la pregunta inicial. No sé por qué tantas veces oramos con fe, y los milagros que necesitamos (o creemos necesitar), no llegan. Lo que sí sé es que a veces olvido que la prioridad de Dios no es que estemos cómodos, ni sanos, ni que seamos felices. Su gran y única prioridad es que seamos salvos. Y con ese objetivo en mente tomará todas Sus decisiones.

Si tiene que utilizar mi sufrimiento para llegar a mi corazón, lo hará. Y si tiene que utilizar mi sufrimiento para llegar al corazón de otras personas, también lo hará. Y no hay un privilegio más grande.

Cuando Jesús dijo, poco antes de morir, “en el mundo tendréis aflicción”, nos lo dijo a nosotros. No se lo dijo a los incrédulos. Hablaba con nosotros, los creyentes de todas las épocas, los que en teoría tenemos fe. Él sabía que, a pesar de nuestra fe, caeríamos enfermos, entraríamos en bancarrota y enterraríamos seres queridos.

No se trata de cuánta fe tenemos, sino de qué tipo. Se trata de que nuestra fe no se aferre a la capacidad de Dios para solucionar nuestro problema, sino a Su amor. Que seamos capaces de ver nuestras circunstancias a través de Sus ojos. De recordar en cada momento que Dios puede y quiere chasquear los dedos y solucionar nuestra situación. Pero que si no lo hace, es porque hay un plan mucho más grande y profundo que nuestra comodidad temporal en esta Tierra. Y que algún día entenderemos.

Y mientras tanto, ¿qué? ¿Qué hacemos con nuestro sufrimiento?

Joni Eareckson Tada cuenta una experiencia preciosa que nos puede servir de ejemplo. Ella quedó tetrapléjica a los 19 años tras realizar un mal salto a una piscina. Desde entonces se dedica, entre otras cosas, a llevar muletas y sillas de ruedas a África, donde no disponen de esos “lujos”. En una ocasión, viajó a África para entregar un cargamento de sillas de ruedas. Cuando llegaron, se había reunido una multitud. Había muchas más personas que sillas de ruedas. Así que, con gran dolor, la única solución que se les ocurrió fue sortearlas. Una a una fueron entregando las sillas a los afortunados, entre los aplausos de todos los asistentes, hasta que se agotaron. Cuando terminaron, los que no habían recibido sillas felicitaron a los que sí lo habían conseguido, y se marcharon a casa.

¿Qué hacemos mientras tanto? ¿Mientras llega el día en el que entenderemos por qué unos sí y otros no? Pues regocijarnos en las manifestaciones de Su amor y cuidado que se expresan en forma de milagros en la vida de otras personas; alegrarnos con ellos. Y utilizar nuestro dolor para alcanzar otros corazones sufrientes como el nuestro.  Nuestro propio sufrimiento nos da empatía con el sufrimiento ajeno. Podemos identificarnos con el llanto de los demás, porque nosotros mismos hemos llorado. Y llevarlos a la fuente de Consuelo más profundo.

“Él nos consuela en todas nuestras dificultades para que nosotros podamos consolar a otros. Cuando otros pasen por dificultades, podremos ofrecerles el mismo consuelo que Dios nos ha dado a nosotros.” (2 Corintios 1:4)

Al fin y al cabo, eso es lo que hizo Jesús.

Caminando cada paso de la mano del Todopoderoso

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“Orad sin cesar”. Es un texto que siempre me ha frustrado. “Sin cesar” es como… mucho tiempo. ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo lo hago? ¿Cómo incluyo esto en mi rutina de cada día? A duras penas consigo pasar un rato con Él al comenzar el día, estudiando la Biblia y orando (a veces a toda prisa) antes de que comience el movimiento. Después, me zambullo de cabeza en todas mis actividades. Y al acabar el día trato de pasar otro ratito con Él, casi siempre agotada. A veces acostada. Ratito que no suele durar mucho antes de quedarme dormida.

¿Cómo lo hago? ¿Cómo hago para estar en comunión permanente con Él?

Es mi deseo sincero estar todo el día en contacto con Él. Pero en la vorágine del día, entre el cuidado de los niños, la exigencia del trabajo, las tareas de la casa, las cuentas para llegar a fin de mes, trastos por todas partes, el coche que no arranca, no queda ropa limpia, los plazos de entrega… en algún momento, Jesús, sencillamente, se desliza fuera de mi mente. Y Su lugar es ocupado por la tensión, la ansiedad, la frustración, el agotamiento mental, el estrés, las salidas de tono de mi temperamento…

Pero algunas veces, esa carga se vuelve demasiado difícil de llevar. Hay épocas en la vida en que las cargas pesan demasiado. En que nuestros seres queridos sufren, el dinero no alcanza, la salud nos abandona, nuestros hijos se descontrolan, la soledad nos acecha, el futuro es oscuro… Hay épocas en la vida en las que no somos capaces de llevar las cargas solos. Y aferrarnos permanentemente de Su mano ya no es una opción, sino una necesidad vital.

Qué triste que solo siento la necesidad de estar permanentemente conectada a Él cuando las cosas se ponen difíciles, cuando los problemas me estremecen y las decisiones me superan.

Pero aun así, Él no se ofende ni me recrimina; y sigue acudiendo a mi llamado.

Uno de esos momentos me sobrevino hace un tiempo. Y necesité desesperadamente aferrarme a esa Mano poderosa, sanadora, tranquilizadora. Necesité “orar sin cesar”. Pero no sabía cómo hacerlo, porque aunque mi corazón estaba detenido, mi vida y mis obligaciones no lo estaban.

Entonces, el Señor puso una idea en mi corazón: programé mi teléfono móvil para que sonase una alarma cada 30 minutos. Después de estudiar y orar por la mañana, empecé mi actividad. Y como siempre, y sin darme cuenta, Dios se escurrió fuera de mi mente. Pero a la media hora, mi teléfono sonó para recordarme que Él estaba ahí. Que aunque yo no estaba pensando en Él, Él estaba pensando en mí. Y eso sucedió cada media hora durante todo el día. Una pequeña alarma en medio del estrés me recordaba que alzase mis ojos al Cielo, que elevase una pequeña oración, que agradeciese cada bendición, que pusiese en Sus manos mi ansiedad, que rindiese a Él mi temperamento, mi lucha. O simplemente me hacía sonreír al recordar que Él existe, que Él es. Y porque Él es, yo nunca estoy sola.

Fue un día diferente a todos los demás. Lleno de luchas, por supuesto. Pero también, de una paz que hacía mucho tiempo que no sentía.

Os cuento que durante ese día, mi hija pequeña, de fuerte temperamento igual que su mamá, no tuvo ni una sola salida de tono, ni una sola rabieta, ni un solo momento de descontrol. No porque ella fuera diferente, sino porque yo lo era. Durante ese día, la miré con los ojos de Dios, la entendí con Su corazón y le hablé con Sus palabras. Por un día, solo por un día, no fui yo; fue Él en mí. Fue un día agotador, en el que se libraron muchas batallas en mi corazón; pero pude ganarlas casi todas de Su mano, porque, por un día, no la solté. Y esa sensación es indescriptible.

Así que volví a hacerlo al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Y tengo intención de hacerlo cada día, hasta que vivir en permanente comunión con Él sea el estado natural de mi corazón.

Y hasta que caminar literalmente a Su lado ya no sea una lucha, sino una increíble y maravillosa realidad.

3 cosas que aprendí en 10 estresantes segundos

3 cosas que aprendí

Hace algunas semanas vivimos una experiencia de aquellas que prefieres no vivir, pero que no puedes escoger, llegan sin avisar, y gracias a Dios, traen de la mano grandes lecciones que son, como siempre, grandes bendiciones.

Quiero compartirla con vosotros porque trajo a mi memoria verdades preciosas que solemos tener medio olvidadas, y que deseo que os sean de tanta bendición como lo fueron para mí.

Antes de comenzar os diré que todo salió bien, porque no es mi intención con esta historia haceros pasar un mal rato, sino todo lo contrario. Y ahora, os cuento. Circulábamos por la autopista mi marido, mi hija pequeña de 2 añitos, y yo. Yo conducía, mi marido hablaba por teléfono a mi lado, y nuestra pequeña dormía plácidamente en su sillita. Había bastante tráfico, así que me cambié al carril central para adelantar, pero como ese carril también circulaba lento, me dispuse a cambiar al carril izquierdo de máxima velocidad. Puse el intermitente y esperé a que pasara el coche que venía detrás por ese mismo carril. Cuando pasó, me cambié al carril de la izquierda. Pero en ese momento y sin ningún tipo de aviso ni intermitente, el coche que había estado delante de mí en el carril central se cambió también al izquierdo, obligándome a frenar. Yo estaba en proceso de enfadarme con él cuando vimos que no se detenía ahí, sino que continuaba desplazándose hacia la izquierda hasta terminar en la mediana de la autopista que divide los dos sentidos. Circuló a nuestro lado por la mediana bastantes metros, dando saltos y llevándose por delante todas las plantas de separación. Yo me aparté como pude, tratando de evitar que chocase con nosotros y de evitar también chocar con los otros muchos coches que circulaban por la autopista a esa hora. Cuando encontré un sitio seguro en el arcén, paré, y bajamos a ver qué había pasado. Mi marido llamó a emergencias y caminó hacia donde estaba el coche, mientras yo me quedaba con mi hija, que inexplicablemente seguía dormida.

En el coche viajaba un matrimonio francés con su hija de 15 años. El marido sufría del corazón y había sido operado varias veces. Acababa de sufrir un micro-infarto y un desvanecimiento, y por eso perdió el control del coche. Ya os he adelantado que todos estaban bien. Pero os voy a contar algunas cosas que sucedieron y que me hicieron reflexionar cuando se me pasó el agotamiento tras la subida de adrenalina. Uf!

Esto es lo que aprendí en esos 10 estresantes segundos:

  1. Aprendí que la vida es inmensamente frágil. “Somos como hierba que hoy crece y mañana es cortada y echada al fuego” (Mateo 6: 30). La vida que vivimos es impredecible. En cualquier momento, nosotros o alguno de nuestros seres amados podemos no estar más. Esta frase la hemos escuchado tantas veces, que ya casi no significa nada para nosotros. Pero no por ello deja de ser cierta. Si hubiéramos salido de casa 3 segundos antes, el coche hubiera chocado con nosotros. Si en la mediana, en lugar de haber plantas, hubiera habido un muro, el coche hubiera chocado con nosotros. Ahora estamos, y en un segundo podemos no estar más. Por eso, no dejemos para dentro de un rato los mimos, besos y cariños que podemos dar ahora, cuando estamos juntos. Ahora es el momento de hacer todo lo que haríamos si supiéramos que es nuestro último día aquí en la Tierra. O el suyo. Ahora es el momento de dejar los platos en el fregadero y salir a jugar. De saltar en los charcos, hacer galletas y pintar con los dedos. De hacer ese curso que siempre quisimos. De leer ese libro y hacer ese viaje. De acariciar un perro y alimentar un caballo. De llamar a nuestros hermanos y achuchar a nuestros padres. De ponernos ese vestido o ese traje “especial” y salir a cenar con el amor de nuestra vida, porque sí, sin celebrar nada. De volvernos a enamorar una y otra vez de la misma persona. Ahora es el momento, porque mañana, tal vez no llegue
  2. También experimenté que vivimos en una sociedad cada vez más fría, más individual, más egoísta e indiferente. Fue tremendamente decepcionante comprobar cómo nadie, absolutamente nadie más, paró para ayudar, a pesar de que unos 10 coches presenciaron el accidente. Pero fue aun más triste descubrir un tiempo después que tampoco nadie siquiera llamó a emergencias, tal como nos informó la Guardia Civil. Pasaron decenas de coches junto al coche accidentado en medio de la autovía, y nadie decidió invertir 2 minutos en hacer una llamada que podría salvar vidas, a pesar de no tener ni siquiera que interrumpir su camino. La gente, sencillamente, vive, camina, cumple con su rutina, sin siquiera echar un vistazo alrededor buscando alguien a quien poder ayudar. Ni siquiera aprovechan las oportunidades cuando se les presentan delante. No quiero caer en esa rueda. No quiero que mi corazón se vuelva insensible ante los problemas de los demás. Y deseo con todo mi corazón que mis hijas desarrollen una gran sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno. Anhelo ser capaz de inspirar en ellas pasión por ayudar. Que su corazón sufra con el sufrimiento de los demás, y vibre ante la oportunidad de ayudarlos. Que el deseo de cambiar la vida de los demás sea el pensamiento que motive e impulse a nuestra familia.
  3. Por último, volví a experimentar la seguridad de que, en las manos de Dios, todos somos instrumentos útiles, no importa el momento, el lugar, ni las circunstancias. Están siendo tiempos difíciles para nuestra familia. Pero sentir que Dios te utiliza, a pesar de que no contabas con ello cuando te levantaste por la mañana, es una experiencia indescriptible. La familia accidentada estaba atrapada sin poder salir del coche por el inmenso tráfico que había, y además, sin saldo en el móvil para poder pedir ayuda (era un móvil extranjero). Pero cuando por fin pudieron salir, nos dimos cuenta de que tan solo hablaban francés; ni una palabra de español. Y “casualmente” el único hombre que paró para ayudar, mi marido, habla perfectamente francés, algo poco habitual en España. Cuando la mujer se dio cuenta, empezó a llorar desconsolada, descargando toda su tensión. Mi marido permaneció con ellos durante cerca de 2 horas, tranquilizándoles, haciendo de intérprete entre ellos y los sanitarios y la Guardia Civil, ayudándoles con el papeleo… Su agradecimiento era inmenso. Pero no se dieron cuenta de que éramos nosotros los que estábamos agradecidos, por poder sentir una vez más que somos útiles para Dios, aun cuando las fuerzas fallan. “Siervos inútiles somos, porque sólo hicimos lo que debíamos hacer” (Lucas 17: 10), ¡y qué privilegio!

Una última reflexión. En los dos años y medio de vida que tiene mi hija pequeña, he podido presenciar cómo la mano poderosa de Dios la protegía de un grave accidente, incluso la muerte, al menos en 3 ocasiones. Y no puedo estar más agradecida. Pero esto no tiene por qué ser siempre así. Tal vez, es posible que llegue un día en el que, por razones que no lleguemos a comprender, el Señor decida no actuar poderosamente para protegernos. Oro cada día porque ese momento no llegue. Pero si llega, si la vida nos golpea, necesito haber desarrollado una fe firme, fuerte, que no se tambalee ante el dolor, ante las cosas que no puedo comprender. Necesito confiar a ciegas en mi Dios, Aquel que no rechazó el sufrimiento en Su propia vida. Recordar que “a aquellos que Le aman, todo lo que les sucede es para su bien” (Romanos 8: 28), aunque no podamos comprender. Recordar que esta vida es un suspiro, un momento, y que pronto estaremos viviendo la Vida Verdadera en el lugar al que pertenecemos y del que nunca debimos salir. Y que en aquel día, en los brazos del mayor Amor del mundo, “no le preguntaremos nada” (Juan 16: 23), porque todo tendrá sentido.

Cuando pierdo la paciencia (oración cuando los desafíos crecen)

Cuando pierdo la paciencia

Ver a los niños crecer es un espectáculo maravilloso. Cada nueva etapa está llena de magia y espectación, ansiosos por ver qué será lo próximo que aprenderán a hacer o a decir, cuál será su próximo logro.

La etapa de los dos años (en la que nos encontramos ahora) es fascinante. Cada día es nuevo y diferente. Cada día nos despertamos deseando conocer nuevamente a esa niñita que duerme a nuestro lado, y que crece y cambia por minutos. Y cada día nos sorprende con un nuevo descubrimiento o una nueva habilidad. Su pequeña lengüita de trapo nos hace reír a cada instante, y su increible inteligencia no deja de sorprendernos.

Pero los dos años también son una edad desafiante, llena de “¡no quiero!”, de experimentos pringosos no autorizados, de luchas por la independencia y de alguna que otra rabieta. Y cuando mezclamos todo esto y le añadimos las características de un niño de carácter fuerte, el resultado es una etapa agotadora, desafiante, y muchas veces, frustrante. Muy frustrante.

Tan frustrante, que nos encontramos a nosotros mismos perdiendo la paciencia, y haciendo cosas que prometimos no hacer jamás: gritamos, lanzamos miradas amenazantes y dejamos caer castigos sin sentido. Añoramos aquellos tiempos en los que no había conflicto, y nos preguntamos si lo estaremos haciendo bien. Cuando estamos a solas hacemos recuento de los últimos momentos vividos, recordamos las últimas luchas y conflictos, analizamos nuestros errores, planificamos una preciosa y efectiva estrategia, y nos hacemos el firme propósito de no volver a fallar. Pero en algún momento del día, y sin saber cómo, lo volvemos a hacer: volvemos a estallar. Y cada nueva caída aumenta nuestro sentimiento de culpa.

Hace unas noches, acosté a mi pequeña a dormir después de una tarde agotadora, y me dejé caer en la cama, cansada, frustrada, con lágrimas en los ojos y preguntándome qué estábamos haciendo mal. Tratando de relajarme y de evadirme, puse una canción que siempre me llega al corazón. Es una preciosa declaración de intenciones sobre cómo deberíamos tratarnos unos a otros basándonos en cómo Dios nos trata a nosotros, inmerecidamente.

Esta es la canción, cantada por Gaither Vocal Band y Signature Sound, y abajo os dejo la traducción.

1. Entonces viviré como alguien que ha sido perdonado.

Caminaré con alegría, sabiendo que mis deudas han sido pagadas.

Sé que mi nombre está limpio ante mi Padre.

Soy Su hijo y no tengo miedo.

Así que, tan grandemente perdonado, perdonaré a mi hermano.

La Ley de Amor obedeceré con alegría.

2. Entonces viviré como alguien que ha aprendido la compasión.

He sido amado tanto que me arriesgaré a amar también.

Conozco cómo el miedo construye muros en lugar de puentes.

Me atreveré a mirar desde el punto de vista del otro.

Y cuando las relaciones demanden un compromiso,

estaré ahí para ocuparme y cuidarlas.

3. Venga Tu Reino a mi alrededor, a través de mí y en mí.

Que Tu poder y Tu gloria brillen a través de mí.

Que pueda llevar Tu Santo nombre con honor.

Y que Tu Reino Vivo venga a mí.

Que pueda compartir el Pan de Vida con honor.

Y que Tú puedas alimentar un mundo hambriento a través de mí.

Y mientras escuchaba esta canción, me sacudió un pensamiento: Es una declaración de intenciones sobre cómo debemos tratar a nuestros hijos. ¿Por qué muchas veces tratamos mejor a los extraños que a nuestros propios hijos? ¿Por qué aceptamos la compasión de Dios hacia nosotros, pero nos cuesta tanto dársela a nuestros hijos? ¿Por qué seguimos creyendo que si tenemos mucha paciencia con ellos los estamos malcriando?

La paciencia de Dios no tiene límites; nada puede acabar con ella, ni el tiempo ni nuestras acciones. Dios no grita, no amenaza ni intimida. Ni a nosotros ni a nuestros hijos. Él gana nuestro corazón, con Su amor y con Su inagotable paciencia. Y es lo que desea que nosotros hagamos también.

Por supuesto somos humanos, y caemos. A veces estamos cansados, o nos sentimos enfermos. A veces luchamos con problemas que nos superan. A veces la tristeza llena nuestro corazón. Y podemos volver a caer y perder la paciencia, muchas veces con quien no lo merece. Pero para esos momentos está la maravillosa paciencia de Dios con nosotros, para perdonarnos, darnos fuerza y recomponer lo que hayamos roto.

He transformado la canción en una oración por mis hijos, y quiero tenerla en mi mente en todo momento, recordándome que ellos son dignos de todo el amor, el respeto, la compasión y la paciencia del mundo, tal como Dios me los concede a mí sin merecerlos.

1. Ayúdame a vivir como alguien que ha sido perdonado.

Ayúdame a caminar con alegría sabiendo que mis deudas han sido pagadas. Ayúdame a hacer sentir a mis hijos que tampoco tienen ninguna deuda conmigo.

Sé que mi nombre está limpio ante mi Padre, a pesar de que no lo merezco.

Soy Su hija, y no tengo miedo. Y así es como quiero que mis hijos estén ante mí: confiados y sin miedo.

Me has perdonado tanto que deseo ser capaz de perdonar de la misma manera a mis hijos, sin límites ni memoria. Quiero abrir cada día con ellos una página en blanco, en la que no haya recuerdos de los errores pasados.

Tu ley, Dios, es de amor, y quiero que la mía también lo sea, para que mis hijos puedan obedecerla con alegría.

2. Ayúdame a vivir como alguien que ha aprendido lo que es la compasión. He recibido mucha compasión sin merecerla. Y mis hijos también merecen recibirla de mí.

He recibido tanto amor, que deseo que fluya a través de mí y cubra a mis pequeños, no importa lo que hagan.

Sé que el miedo construye muros en lugar de puentes. Por eso deseo educar a mis niños sin temor, sin amenazas, sin castigos y sin gritos. Deseo que en nuestra relación no haya muros de temor, sino puentes de amor.

Quiero ver el mundo a través de sus ojos, ponerme en sus zapatos y entender su corazón. Quiero recordar en todo momento que son niños, que piensan y actúan como niños. Que son activos, olvidadizos, algo testarudos, exploradores, ingenuos y necesitan que les repita las cosas muchas veces. Y así, tratarlos como niños, y esperar de ellos tan solo lo que un niño puede hacer.

Mi relación con mis hijos es la más importante de mi vida, y la que exige mayor compromiso. Y deseo entregarme a ellos en cuerpo y alma. Demostrarles que realmente son lo más importante de mi vida; demostrárselo con palabras, con mis manos, con mi mirada y con mi tiempo. Estar siempre disponible y cubrir sus necesidades físicas y emocionales.

3. Venga Tu reino a mi alrededor, a través de mí y en mí, y que a través de mí llene cada rincón de mi hogar. Deseo que uses mis manos y mi voz para convertir mi hogar en un pedacito de Cielo.

Deseo que Tu poder y Tu gloria brillen a través de mí, y mostrar a mis hijos lo que son capaces de hacer de Tu mano.

Quiero ser una digna representante de Tu Nombre ante mis hijos, y llevarlo con honor. Deseo que puedan verte a Ti a través de mí.

Y que sientan que estás a su lado.

Quiero compartir con ellos el Pan de Vida, hablarles de Tu gran amor por ellos y mostrarles la maravillosa vida que pueden tener Contigo, deseando que algún día escojan esa vida Contigo.

En el pequeño mundo que me has entregado, que es mi hogar, quiero ser Tus manos, Tus pies y Tu voz, para que puedas alimentar este mundo hambriento a través de mí.

Cuando Dios se difumina (¿dónde está Dios cuando sufro?)

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Qué bonito se ve todo cuando las cosas van bien, ¿verdad? Cuando nuestros niños están sanitos y felices; cuando tenemos un agradable trabajo que nos ayuda a pagar las cuentas; cuando tenemos una hermosa casa en la que celebramos alegres reuniones familiares.

Qué bonito es todo cuando pasamos una tarde de risas con amigos mientras los niños juegan en el jardín; cuando nuestro perro se acurruca a nuestro lado mientras vemos una película en familia; cuando una suave lluvia riega nuestras rosas recién sembradas.

En esos momentos, el mundo nos parece un lugar feliz. Con sus problemas, sí, pero feliz. Sonreímos. Incluso nos volvemos poetas. Escribimos canciones, cocinamos pasteles, organizamos armarios…

¿Y Dios? En esos momentos, Dios está ahí. Tan real, tan palpable. Podemos oírlo, podemos verlo. En el canto de los pájaros, en la risa de nuestros niños, en el arcoiris. Está por todas partes. Le hablamos, le cantamos, recordamos Sus promesas y le agradecemos Sus muchas bendiciones. Porque está ahí, a nuestro lado. Y estamos seguros de que nunca se va a marchar.

Y de repente, sin ningún aviso, la vida nos golpea. Nos golpea muy fuerte. No me refiero a esos pequeños golpecitos diarios con los que estamos acostumbrados a lidiar. Hablo de esos golpes fuertes, que te sacuden y te dejan tirado en el suelo. Esos tras los que te cuesta levantar la cabeza. Esos que hacen que, de repente, Dios ya no se vea tan nítido. Que hacen que Dios… se difumine.

¿Qué pasa cuando perdemos nuestro bonito trabajo y ya no podemos pagar las cuentas? ¿Cuando las cartas de nuestros acreedores reclamándonos pagos que no podemos hacer se acumulan en el buzón? ¿Cuando nuestra bonita casa en la que guardamos tantos recuerdos, nuestro querido hogar, arde en llamas?

¿Dónde está Dios cuando nuestro pequeño y dulce niño está en una cama de hospital y nadie sabe qué le sucede? ¿Cuando nuestra pareja decide marcharse en busca de aventuras más “excitantes”? ¿Cuando nuestro hijo adolescente escoge caminos dolorosos y nos hace dudar de nuestra capacidad para ser padres? ¿Cuando nuestro amor, nuestro compañero del alma para toda la vida sufre una larga y dolorosa enfermedad mental de la que no se consigue levantar? ¿Cuando la muerte nos separa? ¿Cuando el cáncer consume nuestras fuerzas y nuestras ganas de seguir luchando?

¿Dónde está Dios entonces? Sabemos que está. Nos lo dice la razón, la Biblia y nuestra propia experiencia. Nos lo dicen nuestros seres queridos. Nos lo dice el pastor y el libro de nuestra mesilla de noche. Está. Lo sabemos. Pero no podemos verlo. Las lágrimas nos lo impiden. Y necesitamos verlo.

Yo no sé por qué pasan esas cosas. Y tampoco sé por qué nos cuesta tanto ver a Dios cuando más lo necesitamos. Pero lo que sí sé es que está. Siempre está. Y sentir Su compañía y Su apoyo en nuestras horas más oscuras es el privilegio más grande que podemos tener.

No podemos escoger las batallas que tendremos que pelear, pero podemos escoger al lado de Quién vamos a pelearlas. Podemos escoger mirar con los ojos de la fe. Podemos escoger creer aunque no veamos. Podemos escoger orar aunque no escuchemos la respuesta. Podemos escoger caminar “como viendo al Invisible” (Hebreos 11: 27), sabiendo que Sus promesas son fieles y verdaderas.

Podemos decidir sacar lo bueno de cada experiencia dolorosa, para después poder “consolar de la misma manera que fuimos consolados” (2 Corintios 1: 4). Podemos decidir ser una bendición para los demás.

Podemos decidir recordar que ésto también pasará. Y dejarnos mimar y aconsejar por Aquel que “nos amó hasta el fin” (Juan 13: 1) y “nos tiene esculpidos en las palmas de Sus manos” (Isaías 49: 16).

Y durante todo ese doloroso proceso, en medio de la tormenta, podemos experimentar una intimidad con Dios que jamás conseguiríamos en medio de la calma.

No sé cuál es tu tormenta. Solo sé cuál es la mía. Pero mi deseo para ti y para mí es el mismo: que nos tomemos fuerte de la mano de “Aquel que es poderoso para hacer mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos” (Efesios 3: 20), que cerremos los ojos y esperemos a que pase la tormenta. Y que una vez haya pasado, podamos decir con lágrimas en los ojos, esta vez de alegría:

“De oídas Te conocía, pero ahora mis ojos Te ven” (Job 42: 5)