Ideas y manualidades, Tiempo en familia

5 ideas de Decoración Navideña DIY para hacer con niños

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La Navidad, una de nuestras fechas favoritas del año, ya casi está aquí. Amo la Navidad. Amo el tiempo juntos, la música, las luces, las reuniones familiares, el olor a chimenea, el chocolate caliente… Pero sobre todo, amo a Quién representa.

También nos encanta la decoración navideña, presidida siempre por un enorme belén que nos recuerda qué estamos celebrando.

La Navidad es una época perfecta para pasar tiempo juntos, ese tiempo que la rutina diaria muchas veces no nos deja disfrutar. Y decorar la casa es una excusa ideal. Las tiendas están llenas de decoraciones preciosas. Pero nosotros estamos descubriendo los placeres de hacer nuestra propia decoración: nos ayuda a pasar tiempo en familia, la adaptamos a nuestro hogar, los niños desarrollan habilidades, y sobre todo, ¡es muy divertido! No serán tan elegantes como las decoraciones compradas, pero estarán hechas con mucho más amor 😉

Aquí os dejo una selección de 5 decoraciones que hemos hecho este año, muy fáciles de hacer y elaboradas con materiales muy sencillos. Espero que os inspiren para crear las vuestras propias y disfrutéis tanto como nosotros.

1) Banderines navideños

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MATERIALES:

  • Cartulinas de colores.
  • Goma EVA blanca con purpurina.
  • Cuerda fina.
  • Cinta para hacer lazos.
  • Tijeras.
  • Cola.
  • Plantilla para los banderines.
  • Plantillas para las letras.

Nosotros escogimos los colores típicos de la Navidad, pero serviría cualquier color, papeles de scrapbook… Recortamos los banderines de cartulina con ayuda de la plantilla. Después recortamos las letras de goma EVA y las pegamos en los banderines, alternando los colores. Finalmente los pegamos en el cordón, dejando aproximadamente 1 dedo entre cada banderín, y un poco más entre las palabras. Para terminar, podemos decorarlo como más nos guste. Nosotros pusimos un lazo dorado en cada extremo. Y ya solo queda colgarlo donde más nos guste.

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2) Guirnaldas de árboles de navidad

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MATERIALES:

  • Cartulinas de colores.
  • Cuerda fina.
  • Tijeras.
  • Cola.
  • Plantilla para el árbol.

Esta decoración es aun más sencilla. Con la ayuda de la plantilla, recortamos tantos árboles de cartulina como queramos. Los pegamos en el cordón. Y ya tenemos guirnaldas para colgarlas donde queramos. Nosotros las pusimos decorando las puertas.

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3) Corona para la puerta

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MATERIALES:

  • Cartulina.
  • Rotulador.
  • Cinta para el lazo.
  • Tijeras.
  • Pegamento.
  • Cartón.
  • Plantilla para la estrella.

Esta decoración queda preciosa con papeles reciclados, papeles antiguos, viejas partituras… Pero como no teníamos, nos decantamos por cartulina amarilla. Recortamos muchas, muchas estrellas de cartulina con ayuda de la plantilla. Repasamos el borde con rotulador para que quede más marcado. Después, recortamos un aro de cartón de unos 3 cm de ancho, para darle consistencia. Y vamos pegando las estrellas superpuestas sobre el aro de cartón. Finalmente hacemos un lazo con la cinta que escojamos. Y ya está lista la corona para decorar nuestra puerta.

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4) Bastoncillos de “caramelo”

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MATERIALES:

  • Alambres acolchados de manualidades.
  • Cuentas de colores (rojo y blanco o plateado).

Esta decoración es la más sencilla, y muy buena para hacer con los más pequeños. Solo tenemos que doblar el extremo del alambre para que las cuentas no se salgan, e ir ensartando cuentas alternando los colores. Una vez lleno el alambre, lo doblamos para darle forma de bastón, y le doblamos el otro extremo.

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5) Copos de nieve

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MATERIALES:

  • Goma EVA blanca con purpurina.
  • Hilo blanco.
  • Tijeras.
  • Cola.
  • Plantillas de copos de nieve.

Esta decoración le da un toque muy invernal a la casa, en especial en los lugares donde la nieve no se asoma. Podemos recortar tanto copos de goma EVA como queramos. Luego los pegamos en el hilo y los colgamos en las ventanas. Y tenemos una “blanca Navidad”.

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¡Feliz Navidad a todos!

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Educación, Reflexiones

Si el niño de la rabieta fuera mi hijo…

Educar hijos ajenos

Cuántas veces, a lo largo de mi vida, me he visto a mí misma observando a algún niño montar una escena en la calle, y he pensado: “Madre mía, si fuera mi hijo, yo haría…”. Cuántas veces he visto a un niño gritar, dar una mala contestación, a un adolescente deambular por caminos peligrosos, y he pensado: “Esos padres lo están haciendo mal. Yo…”.

Qué bien educaríamos todos a los hijos de los demás, ¿no es cierto?

Y tras navegar por el maravilloso, pero agotador e incierto mundo de la educación de mis dos hijas, ¡cuántas veces he tenido que lamentar aquellas palabras, aquellos pensamientos, aquellos sentimientos de superioridad y “omnisapiencia”!

En el viaje a través de mi maternidad, que ya dura bastantes años, he enseñado algunas cosas; pero he aprendido muchas más.

He aprendido que, para educar a un niño, no es suficiente estar al día de las últimas tendencias educativas y haber leído los libros más reputados. Para educar a un niño, hay que tener en cuenta su corazón, su personalidad, sus vivencias, sus anhelos más profundos, sus miedos, sus fracasos, sus complejos y traumas, su entorno, su historia familiar… Eso es algo que solo los padres, en un vínculo profundo de amor y confianza, pueden conocer. Y requiere tiempo, mucho tiempo. Por eso, nadie tiene derecho a acercarse a una familia ofreciendo “fórmulas mágicas” para la educación de los niños.

He aprendido que solo un padre o una madre saben lo que sucede dentro de su hogar. Solo ellos conocen los esfuerzos realizados, las largas charlas en la cocina, las horas pasadas en oración buscando la dirección del Padre, las noches sin dormir, las lágrimas derramadas…

He aprendido que el espacio de una familia es sagrado, y nadie tiene derecho a entrar en él si no ha sido invitado.

Y respetar el espacio íntimo de una familia no es únicamente no criticar en su presencia; también es no criticar en su ausencia, no hablar con terceras personas de asuntos que solo a la familia conciernen, no creernos superiores o con soluciones “mágicas”… Es confiar en que esos padres están dando todo de sí para educar a esos niños de la mejor manera que pueden, y que todo lo que hacen, cuando aciertan y cuando yerran, es buscando su bien. En definitiva, es tener la humildad de reconocer que, aunque creamos saber mucho, en realidad, no sabemos nada.

Si estás siendo criticado en la educación de tus hijos, cierra tus oídos, y sigue caminando. Sigue trabajando, sigue orando, sigue amando. La educación es un trabajo arduo y muy largo, que requiere enormes dosis de constancia y paciencia; y cuyos frutos muchas veces no podremos ver hasta muchos años después. No te dejes desanimar.

Si es necesario, defiende la intimidad de tu familia con uñas y dientes; no dejes que nadie se inmiscuya si no ha sido invitado. Podemos leer, podemos escuchar los consejos bienintencionados de personas con experiencia que nos aman de verdad. Pero nadie conoce a nuestra familia, a nuestros hijos, mejor que nosotros. Y si buscamos la sabiduría que viene de Dios, nadie podrá educarlos mejor que nosotros.

Y si eres tú quien critica, por favor, deja de hacerlo. Dejemos de hacerlo. Dejemos de creer que poseemos una verdad universal e infalible, de ofrecer consejos no solicitados, de hablar con otras personas de asuntos que no nos pertenecen en absoluto… Dejemos de profanar la intimidad de las familias. Enfoquemos nuestra atención y todos nuestros esfuerzos en la educación de nuestros propios hijos, tratando por todos los medios de quitar la viga de nuestro propio ojo. Si dedicamos a esta sagrada tarea la atención y el tiempo que se merece, no debería quedarnos tiempo para imaginar cómo educaríamos a los hijos de los demás.

Nuestro trabajo no es juzgar, opinar ni criticar; es ofrecer apoyo, cariño, y una mano amiga y laboriosa si llega la necesidad.

Aprendiendo, Homeschooling, recursos educativos

Alfabeto móvil Montessori DIY

Alfabeto movil Montessori DIY

Los alfabetos móviles son una forma excelente de introducir a los niños pequeños en la lectoescritura. Simplemente jugando con las letras en libertad se van familiarizando con las grafías, además de asociar la lectura a momentos lúdicos. Si además jugamos con ellos, podemos trabajar de forma sencilla y divertida la discriminación fonológica. También serán capaces de formar palabras antes de que su motricidad esté lo bastante desarrollada para escribirlas. Los niños lo disfrutan muchísimo a partir de los 3 años, aunque por supuesto podemos introducirlo antes. Lo importante es adaptarnos al ritmo y a los intereses del niño, y hacer que la experiencia de aprendizaje sea divertida, motivadora, y creadora de lazos emocionales.

Podemos encontrar alfabetos móviles Montessori con mucha facilidad en internet (su precio puede rondar de los 50 a los 120€ aproximadamente).

Pero si os apetece dedicar algo de tiempo a hacer vosotros mismos vuestro alfabeto, disfrutaréis de una actividad manual en familia súper divertida, y al mismo tiempo, conseguiréis un alfabeto por mucho menos dinero, que siempre viene bien 😉 (el nuestro nos costó menos de 20€).

Aquí os cuento cómo hicimos nuestro alfabeto de una manera muy sencilla:

  • Compramos un alfabeto de madera en Amazon (me gusta la madera por la experiencia sensorial que proporciona). Hay muchos diferentes. Nosotros escogimos este porque tiene una caja en la que las letras quedan clasificadas. Así, los niños pueden ver todas las letras con un solo golpe de vista. Hay 5 piezas de cada letra, el tamaño es adecuado (pequeñitas pero suficiente), y la calidad es buena, bien lijadas y sin astillas.

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Alfabeto 2

Alfabeto 3

Alfabeto 4

  • Después hay que pintar las letras en diferentes colores. Para ello, separamos las letras en 3 montones:
    1. En el primero ponemos una unidad de cada letra. Estas las pintaremos de color negro, y después las pegaremos en la caja, para saber en qué casilla hay que guardar cada letra.
    2. En el segundo pondremos las vocales, que pintaremos de azul.
    3. Y en el tercero pondremos las consonantes, que pintaremos de rojo.

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  • Ponemos las letras sobre un cartón, las pintamos, y las dejamos secar.

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Se secan rápidamente (alrededor de 1 hora) y quedan así:

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  • Pegamos las letras negras en la caja, usando un pegamento especial para madera u otro pegamento fuerte tipo super-glue.

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  • Si queremos, en este punto nuestro alfabeto está terminado. Pero yo quise convertir las letras en magnéticas. Para eso compré una cinta adhesiva magnética. Solo hay que cortar trozos pequeños y pegarlos en la parte de atrás de las letras.

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Como los trozos magnéticos son pequeños, la fuerza magnética no es muy fuerte. No sirve para usar las letras en una pizarra vertical. Pero sí para que no se muevan cuando las usemos en una horizontal o ligeramente inclinada.

  • Por último, colocamos las letras en su sitio.

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¡Y ya tenemos nuestro alfabeto listo para usar!

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Educación, Reflexiones

Si mi hij@ se casa con el tuy@

Hijo se casa

Esta es una pequeña reflexión que comparte Em en su blog Teach me to Braid, y me encantó, porque me dio una nueva perspectiva de la educación que nos muestra que su influencia llega mucho más lejos de lo que muchas veces pensamos.

Solo quiero que sepas que estoy orando por ti.

Cuando estoy despierta en mitad de la noche (alimentando bebés, acunando cólicos, dando Dalsy a pequeños con fiebre, arropando piececitos traviesos, tapando peluches bajo pequeños bracitos…), pienso en ti. Porque es muy posible que tú estés despierta también, hacienda cosas parecidas. Cuidando de niños pequeños que yo ya amo, porque algún día poseerán los corazones que esta noche laten junto a mi pecho.

Oro para que te mantengas firme frente a las presiones para sobre-comprometeros y sobrecargar vuestro horario, que harás callar las voces que te dicen que no estás hacienda suficiente, que tus hijos no están hacienda suficiente.

Oro para que los lleves a la iglesia… para que las madres y padres de nuestros futuros nietos hayan crecido sabiendo lo que significa adorar, incluso si eso significa perderse el torneo de baloncesto o una noche durmiendo en casa de amigos.

Oro para que tu amor y compromiso con tu esposo o esposa aumente cada año que paséis juntos; que cada día amarás más el legado que estás creando, tanto como amas a la persona con quien lo estás creando.

Oro para que les hagas muchísimas fotos, para que un día yo pueda ver de dónde han sacado nuestros nietos esas orejitas tan graciosas y esas sonrisas traviesas.

Oro para que Jesús te dé cada día la fuerza suficiente para aguantar, pero no tanta que te haga olvidar Quién te dio esa fuerza.

Oro para que algún día seamos amigas.

¿Podrías orar por mí también?

Realmente yo no oro por tus hijos. Tal vez debería. Mi esposo sí lo hace, y creo que es maravilloso. Pero seguramente tus hijos están bien. Y seguramente, muchas veces, tú no. Probablemente, si te pareces a mí, estés muy cansada. Y algunos días, desanimada. Algunas veces, tu temperamento estalla, tu orgullo gana, y tu sonrisa es falsa. A veces olvidas cambiar el pañal del bebé, pasar tiempo haciendo tonterías con tu pequeño, ver de verdad a tu esposo. Así que es por ti por quien estoy orando ahora mismo, en la oscuridad, con este puñito de bebé bajo mi barbilla, y esta dulce y soñoliento respiración en mi oído. Ojalá sientas estas oraciones cuando más las necesites.

Estamos en esto juntas, tú y yo. Estamos construyendo algo hermoso con cada camisita doblada, cada pupa besada y cada historia contada.

No sabes cuánto significa para mí que les des a tus hijos todo lo que tienes cada día… incluso los días en los que, lo que tienes, no es mucho. Porque tu hij@ se dormirá junto al mí@ durante unos 50 años. Tu hij@ estará cogiendo la mano del mí@ cuando nazca nuestro primer nieto. Y cuando enfrenten los días más oscuros de sus vidas, serán tu hij@ y el mí@, enfrentándose a la batalla juntos.

Estoy segura que nuestros días más largos (esos que están llenos de tirones de pelo, desastres imposibles y rabietas), son los días en los que estamos moldeando corazones. Y algún día, uno de esos corazones que estoy ayudando a moldear se enamorará de uno de los corazones que tú estás moldeando con amor, y lo que resulte de esa sacudida… depende un poco de nosotras.

Oro para que abraces muy fuerte a tu hijo cuando se sienta triste o solo o asustado. Porque algún día, mi hija (ya mayor y con sus propios bebés) se sentirá triste o sola o asustada. Y él debe saber cómo sostenerla. Enséñale.

Y deja que tus hijas escuchen de ti palabras virtuosas, que traigan vida y esperanza. Porque algún día, mi hijo estará desgastado y cansado, y las palabras que estás colocando en la mente de tu hija hoy, se convertirán en al bálsamo para el alma de mi hijo.

Estoy esforzándome por hacer lo mismo. Y algunas veces… muchas veces… fallo. Ora por mí también.

Algún día nos sentaremos frente a un altar… muy elegantes y con montones de pañuelos en nuestra mano. Veremos a nuestros traviesos, pegajosos y dulces bebés transformarse, de alguna manera, en novios y novias, y hacer las mismas promesas que nosotras hemos mantenido… contra todo pronóstico y solo por Su gracia. Y veremos a esos niños crear sus propias familias con los ingredientes que les hemos dado. Los ingredientes que estamos deslizando en sus almas hoy.

Pero hasta entonces, estoy aquí sentada en la oscuridad con un bebé en mis brazos.

Y estoy orando por ti.

Aquí podéis leer el artículo original.

Reflexiones

Menos es más

Menos es mas

No puedo dejar de compartir con vosotros esta experiencia increíble de un papá que enviudó hace un mes y medio, y que hace que se asomen lágrimas a mis ojos cada vez que pienso en ella.

Ojalá todos, como padres, podamos llegar a este nivel de entrega, renuncia, y amor por encima de nosotros mismos.

Y ojalá muy pronto, esta familia maravillosa pueda ser reunida de nuevo y para siempre.

La Pascua es la fiesta favorita de Joey.

Siempre lo ha sido. No por las cestas de Pascua, los conejitos, los caramelos o los huevos de chocolate, sino porque celebra el día en que Cristo resucitó de los muertos. A Joey le encantaba los programas en la iglesia, las Santa Cenas, y las buenas nuevas de vida que la Pascua traía al mundo. Ella se emocionaba muchísimo cuando llegaba el día y hablaba de ello durante semanas, a veces, incluso meses. Yo tengo que reconocer que mi fiesta favorita es la Navidad. En parte por el nacimiento de Jesús, pero también por un millón de razones sentimentales, y por los árboles, los villancicos y el “sentimiento” que se respira en esa época del año. Creo que me queda mucho por crecer en mi fe.

No puedo evitar pensar en mi esposa hoy. Recordar todas las Pascuas que hemos pasado juntos, y pensar cómo sería esta mañana si ella estuviese aquí con nosotros. Lo que significaría para ella compartir la Pascua este año con nuestra pequeña de 2 años. Habría sido tan, tan especial…

Hay un versículo en la Biblia en el que he estado pensando mucho últimamente… Juan 3:30. Dice: “Es necesario que él crezca, y que yo mengüe”. Sé que en el contexto del versículo está Juan el Bautista hablando acerca de que el ministerio de Jesús debe crecer y el suyo debe disminuir. Pero hoy estoy pensando en ese versículo por Indiana. Y por Joey.

Indiana no ha preguntado por su mamá. Ni una sola vez desde que Joey se fue. Es casi como si no se hubiese dado cuenta de que ella ya no está aquí. Y esto es tan triste… y tan maravilloso, todo al mismo tiempo.

Cuando tuvimos a Indiana, Joey era todo su mundo. El resto de la gente era… bueno, el resto de la gente. Incluido yo. Ella amaba a su mamá muchísimo, y lo único que quería era estar con ella, a su lado, a su vista. Pero a primeros de noviembre, cuando Joey empezó a darse cuenta de que probablemente no ganaría la batalla contra el cáncer, tomó una decisión… “él tiene que crecer, y yo menguar”.

Y ella empezó a ir contra todo lo que en su interior le decía que el tiempo es corto, así que sujeta a tu bebé más fuerte… más tiempo… más… Y en lugar de eso, me lo entregó a mí, y se sentó en la cama, sola, mirando y escuchando cómo mi relación con Indiana crecía… y la suya, menguaba.

Aún recuerdo el día, pocas semanas después, en el que estaba sentado en el sofá cerca de la cama de Joey, mientras Indiana jugaba en el suelo a mis pies. Joey me miró y dijo:

-“ Ella te necesita a ti ahora…”

Miré a Joey, vi su expresión, y supe a qué se refería. Quise llorar. Pero ella sonrió y dijo:

-“Es mejor así, cariño.”

¿Quién hace eso? ¿Quién tiene esa clase de fuerza y de carácter? Yo no, eso es seguro. Yo hubiese tomado el camino sencillo… el que me servía más a mí. Yo hubiese tratado de fortalecer los lazos con nuestro bebé, de que me amase más profundamente, para que no se olvidase de mí… y al final, probablemente habría dejado a nuestro bebé destrozado en el dolor por la pérdida de la persona que más amaba y necesitaba. Ella en cambio, tomó el dolor sobre sus hombros, para tratar de evitármelo a mí. Y aún más, a Indiana.

No me entendáis mal. Aún hubo muchos momentos durante esos pocos meses, en los que puse a Indiana en el regazo de su mamá, y pasaron tiempo juntas, amándose y disfrutando la una de la otra. Pero nunca fue igual. Indiana amaba a su mamá… pero me quería a mí. Me necesitaba a mí.

Gracias, Joey.

No, Indiana no entiende lo que ha sucedido. Por qué su papá está triste. Por qué los amigos nos abrazan fuerte, y por qué corren lágrimas por los rostros de extraños cuando nos saludan. Pero lo hará algún día. Puede que ahora no se dé cuenta de lo increíble que es su mamá, pero lo hará algún día. He documentado nuestras vidas, y la de su mamá… con canciones y vídeos y fotografías, y están por todas partes. Se las tocaré. Y guardadas en su pequeño corazón estarán los preciosos recuerdos de esos primeros dos años de vida que compartió con su mamá. Cuando llegue el momento, los encontrará. Ella recordará. Yo creo en ello.

Indiana y yo visitamos a su mamá cada día.

Caminamos por el campo, hasta el lugar en el que descansa, y nos sentamos junto a su cruz temporal de Madera. Hablo con mi esposa acerca de lo que ha pasado en el día, lo que me preocupa y lo que me entusiasma… y comparto con ella las cosas que Indiana está haciendo.

Nuestra pequeña juega en el césped junto a las flores. Escuchando. “Hablando” con sus manos.

Y durante un ratito, somos una familia otra vez. Indiana está sobre el regazo de Joey y el mundo está bien.

Feliz Pascua, mi amor.

Te queremos.

Puedes leer la historia original aquí:

http://thislifeilive.com/less-is-more/

Educación, Reflexiones

Cuando pierdo la paciencia (oración cuando los desafíos crecen)

Cuando pierdo la paciencia

Ver a los niños crecer es un espectáculo maravilloso. Cada nueva etapa está llena de magia y espectación, ansiosos por ver qué será lo próximo que aprenderán a hacer o a decir, cuál será su próximo logro.

La etapa de los dos años (en la que nos encontramos ahora) es fascinante. Cada día es nuevo y diferente. Cada día nos despertamos deseando conocer nuevamente a esa niñita que duerme a nuestro lado, y que crece y cambia por minutos. Y cada día nos sorprende con un nuevo descubrimiento o una nueva habilidad. Su pequeña lengüita de trapo nos hace reír a cada instante, y su increible inteligencia no deja de sorprendernos.

Pero los dos años también son una edad desafiante, llena de “¡no quiero!”, de experimentos pringosos no autorizados, de luchas por la independencia y de alguna que otra rabieta. Y cuando mezclamos todo esto y le añadimos las características de un niño de carácter fuerte, el resultado es una etapa agotadora, desafiante, y muchas veces, frustrante. Muy frustrante.

Tan frustrante, que nos encontramos a nosotros mismos perdiendo la paciencia, y haciendo cosas que prometimos no hacer jamás: gritamos, lanzamos miradas amenazantes y dejamos caer castigos sin sentido. Añoramos aquellos tiempos en los que no había conflicto, y nos preguntamos si lo estaremos haciendo bien. Cuando estamos a solas hacemos recuento de los últimos momentos vividos, recordamos las últimas luchas y conflictos, analizamos nuestros errores, planificamos una preciosa y efectiva estrategia, y nos hacemos el firme propósito de no volver a fallar. Pero en algún momento del día, y sin saber cómo, lo volvemos a hacer: volvemos a estallar. Y cada nueva caída aumenta nuestro sentimiento de culpa.

Hace unas noches, acosté a mi pequeña a dormir después de una tarde agotadora, y me dejé caer en la cama, cansada, frustrada, con lágrimas en los ojos y preguntándome qué estábamos haciendo mal. Tratando de relajarme y de evadirme, puse una canción que siempre me llega al corazón. Es una preciosa declaración de intenciones sobre cómo deberíamos tratarnos unos a otros basándonos en cómo Dios nos trata a nosotros, inmerecidamente.

Esta es la canción, cantada por Gaither Vocal Band y Signature Sound, y abajo os dejo la traducción.

1. Entonces viviré como alguien que ha sido perdonado.

Caminaré con alegría, sabiendo que mis deudas han sido pagadas.

Sé que mi nombre está limpio ante mi Padre.

Soy Su hijo y no tengo miedo.

Así que, tan grandemente perdonado, perdonaré a mi hermano.

La Ley de Amor obedeceré con alegría.

2. Entonces viviré como alguien que ha aprendido la compasión.

He sido amado tanto que me arriesgaré a amar también.

Conozco cómo el miedo construye muros en lugar de puentes.

Me atreveré a mirar desde el punto de vista del otro.

Y cuando las relaciones demanden un compromiso,

estaré ahí para ocuparme y cuidarlas.

3. Venga Tu Reino a mi alrededor, a través de mí y en mí.

Que Tu poder y Tu gloria brillen a través de mí.

Que pueda llevar Tu Santo nombre con honor.

Y que Tu Reino Vivo venga a mí.

Que pueda compartir el Pan de Vida con honor.

Y que Tú puedas alimentar un mundo hambriento a través de mí.

Y mientras escuchaba esta canción, me sacudió un pensamiento: Es una declaración de intenciones sobre cómo debemos tratar a nuestros hijos. ¿Por qué muchas veces tratamos mejor a los extraños que a nuestros propios hijos? ¿Por qué aceptamos la compasión de Dios hacia nosotros, pero nos cuesta tanto dársela a nuestros hijos? ¿Por qué seguimos creyendo que si tenemos mucha paciencia con ellos los estamos malcriando?

La paciencia de Dios no tiene límites; nada puede acabar con ella, ni el tiempo ni nuestras acciones. Dios no grita, no amenaza ni intimida. Ni a nosotros ni a nuestros hijos. Él gana nuestro corazón, con Su amor y con Su inagotable paciencia. Y es lo que desea que nosotros hagamos también.

Por supuesto somos humanos, y caemos. A veces estamos cansados, o nos sentimos enfermos. A veces luchamos con problemas que nos superan. A veces la tristeza llena nuestro corazón. Y podemos volver a caer y perder la paciencia, muchas veces con quien no lo merece. Pero para esos momentos está la maravillosa paciencia de Dios con nosotros, para perdonarnos, darnos fuerza y recomponer lo que hayamos roto.

He transformado la canción en una oración por mis hijos, y quiero tenerla en mi mente en todo momento, recordándome que ellos son dignos de todo el amor, el respeto, la compasión y la paciencia del mundo, tal como Dios me los concede a mí sin merecerlos.

1. Ayúdame a vivir como alguien que ha sido perdonado.

Ayúdame a caminar con alegría sabiendo que mis deudas han sido pagadas. Ayúdame a hacer sentir a mis hijos que tampoco tienen ninguna deuda conmigo.

Sé que mi nombre está limpio ante mi Padre, a pesar de que no lo merezco.

Soy Su hija, y no tengo miedo. Y así es como quiero que mis hijos estén ante mí: confiados y sin miedo.

Me has perdonado tanto que deseo ser capaz de perdonar de la misma manera a mis hijos, sin límites ni memoria. Quiero abrir cada día con ellos una página en blanco, en la que no haya recuerdos de los errores pasados.

Tu ley, Dios, es de amor, y quiero que la mía también lo sea, para que mis hijos puedan obedecerla con alegría.

2. Ayúdame a vivir como alguien que ha aprendido lo que es la compasión. He recibido mucha compasión sin merecerla. Y mis hijos también merecen recibirla de mí.

He recibido tanto amor, que deseo que fluya a través de mí y cubra a mis pequeños, no importa lo que hagan.

Sé que el miedo construye muros en lugar de puentes. Por eso deseo educar a mis niños sin temor, sin amenazas, sin castigos y sin gritos. Deseo que en nuestra relación no haya muros de temor, sino puentes de amor.

Quiero ver el mundo a través de sus ojos, ponerme en sus zapatos y entender su corazón. Quiero recordar en todo momento que son niños, que piensan y actúan como niños. Que son activos, olvidadizos, algo testarudos, exploradores, ingenuos y necesitan que les repita las cosas muchas veces. Y así, tratarlos como niños, y esperar de ellos tan solo lo que un niño puede hacer.

Mi relación con mis hijos es la más importante de mi vida, y la que exige mayor compromiso. Y deseo entregarme a ellos en cuerpo y alma. Demostrarles que realmente son lo más importante de mi vida; demostrárselo con palabras, con mis manos, con mi mirada y con mi tiempo. Estar siempre disponible y cubrir sus necesidades físicas y emocionales.

3. Venga Tu reino a mi alrededor, a través de mí y en mí, y que a través de mí llene cada rincón de mi hogar. Deseo que uses mis manos y mi voz para convertir mi hogar en un pedacito de Cielo.

Deseo que Tu poder y Tu gloria brillen a través de mí, y mostrar a mis hijos lo que son capaces de hacer de Tu mano.

Quiero ser una digna representante de Tu Nombre ante mis hijos, y llevarlo con honor. Deseo que puedan verte a Ti a través de mí.

Y que sientan que estás a su lado.

Quiero compartir con ellos el Pan de Vida, hablarles de Tu gran amor por ellos y mostrarles la maravillosa vida que pueden tener Contigo, deseando que algún día escojan esa vida Contigo.

En el pequeño mundo que me has entregado, que es mi hogar, quiero ser Tus manos, Tus pies y Tu voz, para que puedas alimentar este mundo hambriento a través de mí.

Desarrollo espiritual, Educación, Reflexiones

Venciendo el complejo de “mamá culpable”

Mamá culpable

He estado unas semanas desconectada de la red, y durante ese tiempo ha habido muchos cambios en mi vida. Uno de los más importantes es que mi niña se ha hecho mayor. Sí, ya sé que he dicho esto muchas veces. Pero esta vez, de verdad, se ha hecho mayor.

Una noche metí en la camita, besé y arropé a mi bebé, y a la mañana siguiente se despertó en su lugar una niñita. Una niñita bellísima, dulce y muy inteligente, pero también traviesa, retadora, y a veces, desafiante. Agotadoramente desafiante.

El paso de bebé a niña ha sido asombrosamente rápido, tan solo unos pocos días. No nos ha dado tiempo a hacernos a la idea, a prepararnos, a leer sobre ello o a planificar una nueva estrategia. Nuestra pequeña ha cambiado su forma de jugar, de relacionarse con el mundo y con nosotros. Su fuerte personalidad, que ya se intuía desde que era muy pequeñita, ha brotado en todo su esplendor. Ahora no se quiere vestir, no se quiere peinar, no se quiere lavar los dientes… Y nos lo hace saber con palabras, gritos, tapándose la boca o echando a correr. Siente una atracción especial por tocar todo lo que no debe tocar, y lo intenta una y otra vez, y lo hace mirándonos a los ojos, y lo vuelve a intentar cuando nos damos la vuelta. Y así una larga lista de pequeñas batallas que ahora son la sal y pimienta de nuestro día a día. Os suena, ¿verdad?

Así que, cuando al final del día cae rendida en su camita, yo me siento a descansar en el sofá, y las imágenes de todo lo que ha sucedido en el día vienen a mi cabeza. Y me doy cuenta de cuántas veces me he enfadado, cuántas veces he tenido que dejar de jugar y dejarla solita reflexionando hasta que decida hacer lo que sabe que debe hacer, cuántas veces he tenido que decir “no” en un tono más alto del que hubiera deseado.

Añoro aquellos días en los que nos dedicábamos a jugar, cambiar pañales, hacer cosquillas, preparar papillas y mecernos hasta quedarnos dormidas. Esos días en los que todo era juego y risa; en los que dejaba a mi pequeña donde necesitaba que estuviera y ella se quedaba allí; en los que, para que no tocase algo peligroso solo necesitaba distraer su atención. Ahora nuestros días siguen llenos de juego y risas, pero también de enfados, pequeñas batallas y algún que otro llanto (suyo, y también mío, he de confesar).

Entonces, me envuelve un sentimiento de culpabilidad. ¿Lo estoy haciendo mal? ¿Es normal un cambio tan grande en tan poco tiempo? ¿Será que me falta paciencia? ¿No sería mejor relajarnos y dejar de batallar? ¿Quizá esperar a que sea un poco más grande para exigir ciertos comportamientos de ella?

Así que acudo a la Biblia buscando el consejo del mejor Educador, del que sigue tratando de educarme a mí sin rendirse todavía. Y ésto es lo que encuentro:

– “Hijo mío, no rechaces la disciplina del Señor, ni te enojes por Sus reprensiones, porque el Señor disciplina al que ama, como un papá al hijo que quiere.” (Proverbios 3: 11, 12)

– “Hijos míos, escuchen las enseñanzas de su papá; presten atención para que adquieran inteligencia.” (Proverbios 4:1)

– “El que no corrige al hijo, lo odia; el que lo ama, lo disciplina a tiempo.” (Proverbios 13:24)

– “Corrige a tu hijo cuando todavía estés a tiempo, pero no acabes con él a punta de castigos.” (Proverbios 19:18)

– “Instruye al niño en su camino, y cuando sea viejo no se apartará de él.” (Proverbios 22:6)

– “La necedad forma parte del corazón del muchacho, pero la disciplina hará que se corrija.” (Proverbios 22:15)

– “Corrige a tu hijo y vivirás en paz, y te sentirás orgulloso de él.” (Proverbios 29:17)

Mi pequeña es una personita maravillosa. Es dulce e increíblemente cariñosa. Es asombrosamente inteligente y disfruta descubriendo y aprendiendo. Tiene un hermoso sentido del humor y muchísimos dones que ya brillan a su tierna edad. Y también un carácter fuerte y una voluntad firme, que serán una gran bendición en su vida. Pero necesita aprender a controlar ese carácter fuerte y enfocar esa voluntad firme hacia el bien. Necesita aprender a dominar sus impulsos y a obedecer a sus padres aunque a veces no comprenda. Y tiene que ser ahora, cuando su pequeño e inquieto cerebro está más receptivo, para lo bueno y para lo malo, cuando absorbe información como una esponjita.

Y solo nosotros se lo podemos enseñar. Pero, ¿cómo hacerlo conservando la alegría, el brillo en los ojos de mi niña, la chispa de mi hogar que tanto amo? ¿Cómo hacerlo sin utilizar recursos fáciles como gritos o castigos?

No será fácil, pero se puede. Igual que Dios hace conmigo. Aunque necesitaré mucha sabiduría, Su sabiduría. ¡Qué bueno saber que me la ofrece con solo pedírsela!

Esta nueva etapa no ha hecho más que empezar, y será desafiante y maravillosa al mismo tiempo. ¡Qué alivio saber que vamos por el buen camino, y que con Su ayuda, mi pequeña florecerá en todo su esplendor!

Reflexiones

Si muriera hoy…

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Esta semana se nos ha ido una estrella, un ángel, una flor. Maddison, una preciosa niña de 20 años, murió atropellada mientras iba a la universidad montada en su bicicleta. En las angustiosas horas que pasaron desde el accidente hasta que su corazón dejó de latir, internet se llenó de mensajes de su familia y sus amigos, hablando de lo maravillosa que era, y pidiendo nuestras oraciones. Hablaban de su dulzura, de su amistad fiel y sincera, de su enorme amor por su Dios.

No pretendo entender por qué suceden estas cosas horribles. Mi pequeña mente humana no podría comprenderlo. Lo único que sé es que nuestra vida aquí es frágil y efímera: hoy estamos y mañana podemos no estar. Hoy podemos estar preocupados por nuestro trabajo, nuestras finanzas, las notas escolares de nuestros hijos… y mañana, todos esos problemas pueden reposar bajo tierra.

Si muriera hoy, necesito saber que alguien notaría mi ausencia.

Necesito saber que la vida de alguien es mejor porque se tropezó con la mía.

Necesito no volver a desperdiciar ni un solo minuto preocupándome por cosas que no han sucedido, discutiendo por tener la razón, trabajando demasiado para tener más…

Mientras estoy viva, necesito vivir. Vivir de verdad, la vida abundante que Dios me ofrece.

Cada vez que me despida de mi marido voy a besarlo como si fuera la última vez que lo voy a ver. No voy a dejar que pase un solo día sin decirle que le quiero, con mis palabras y mis acciones. Voy a dar gracias a Dios cada día por ese maravilloso regalo que es mi alma gemela. Voy a tratarlo con toda la dulzura del mundo, incluso cuando no sienta que es mi alma gemela, porque cada minuto juntos, incluso los difíciles, son un precioso regalo que no quiero dar por sentado.

Voy a amar, valorar, cuidar y respetar a mis hijos como las preciosas joyas de Dios que son. Voy a trabajar menos y jugar más. Voy a reir con ellos a carcajadas y saltar en los charcos. Voy a sonreir cuando vea huellas de pequeñitos pies en el suelo recién fregado, y voy a enseñarles a limpiarlo con ternura y paciencia. Voy a abrazarlos y besarlos sin parar y sin motivo. Voy a corregirlos y disciplinarlos con tanto cariño que nunca tengan dudas de mi amor. Voy a achucharlos antes de dormir y decirles cada noche cuánto les quiero y lo afortunada que soy de ser su mamá, cuando se hayan portado bien y cuando se hayan portado mal. Voy a tratarlos de manera que, si por la mañana no consigo despertarlos, en mi corazón no haya remordimientos, sino la felicidad del recuerdo de los momentos vividos, y la esperanza ansiosa de volver a encontrarlos pronto.

Voy a cuidar de mis padres, ayudar a mis hermanos, mimar a mi sobrinos, apoyar a mis amigos… sin poderme creer la bendición que es que formen parte de mi vida.

No voy a dejar que pase un solo día estando enfadada con alguien amado.

Voy a hacer la diferencia en la vida de algún desconocido, involucrarme en un proyecto social, donar sangre, donar médula, donar cualquier cosa que alguien más pueda usar cuando yo ya no lo necesite.

Si muriera hoy, necesito saber que alguien notaría mi ausencia.

“Bienaventurados los que descansan en el Señor, porque sus obras con ellos siguen”. (Apocalipsis 14: 13)

Maddison se ha ido dando la vida a otras 10 personas. Descansa, Maddy. Pronto, muy pronto.

Para papá y mamá, Reflexiones

Por qué los hijos no pueden ser lo más importante en un matrimonio. ¿O sí?

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Esta semana he leído un artículo en una conocida web que se titulaba “Esta es la razón por la que los hijos no pueden ser lo más importante en un matrimonio”, el cual podéis leer aquí. No me gusta comentar los artículos de otros autores, pero he querido hacerlo con este porque, aunque comparto totalmente la idea principal, está mezclada con otras ideas que pueden hacer mucho daño a las familias y a los niños.

Lo que el artículo quiere transmitir es que no debemos abandonar nuestro matrimonio y a nuestra pareja centrándonos únicamente en el cuidado de nuestros hijos; que es precisamente la unión fuerte entre el matrimonio la que da estabilidad a la familia. Hasta aquí estoy 100% de acuerdo. Pero para ilustrarlo, utiliza 3 ejemplos. Uno de ellos me hizo reir, pero los otros me pusieron enormemente triste.

1) Menciona la típica pegatina de ” Bebé a bordo” que los felices papás de un recién nacido ponen en el cristal trasero de su coche, y sugiere que esa pegatina existe porque los seres humanos consideramos la vida de un bebé mucho más valiosa que la del resto de personas. Es decir, que la razón por la que no ponemos un cartel de ” Adolescente a bordo” es porque amamos y valoramos más a nuestro bebé que a nuestro hijo adolescente. Realmente, la mayoría de los que ponemos esas pegatinas lo hacemos porque son muy monas, y porque estamos orgullosos de nuestro nuevo hijo y queremos que el mundo sepa que ha llegado a nuestras vidas. Y por una razón más: aunque amamos a todos nuestros hijos por igual, todos somos conscientes de que un simple golpe al coche que seguramente no afectaría a nuestro hijo mayor ni a nosotros mismos, podría hacer mucho daño a nuestro bebé. No se trata de qué vida es más valiosa, sino de cuál es más frágil.

2) También menciona la historia de una mujer llamada Ayelet Waldman que escribió un artículo en el que decía: “Yo amo a mi marido más que a mis hijos” (por el que fue duramente criticada), argumentando que gracias a eso sus hijos habían crecido en un hogar sólido y estable. Me recordó a la típica pregunta ” ¿A quién quieres más, a papá o a mamá?”, con la que nos gusta poner en aprietos a los niños, aunque a ellos no les hace ninguna gracia. Yo no amo a mi marido más. Tampoco amo a mis hijas más. Los amo de manera diferente y a todos ellos con toda la plenitud de mi corazón. Es cierto que ahora le dedico más tiempo a mi hija pequeña. Pero esto es porque es pequeña, indefensa, la traje al mundo sin preguntarle si le apetecía, y no puede sobrevivir sin mí (mi marido sí puede). Así que mi obligación como madre es protegerla y enseñarle a vivir, y eso lleva tiempo. Aunque el tiempo que mi marido y yo pasamos juntos tratamos de que sea muy especial, es inevitable dedicar más tiempo a mi hijas mientras son pequeñas.

3) Por último, el autor expresa cómo está socialmente aceptado hablar mal de cualquier persona, pero en cambio está mal visto que hablemos mal de nuestros hijos. ¡Gracias a Dios! Para empezar, no deberíamos hablar mal de nadie. Pero al menos un adulto tiene la capacidad y la autoridad para enfadarse, encararnos, pagarnos con la misma moneda o mandarnos a paseo. Pero,  ¡pobres de nuestros hijos si hacen alguna de esas cosas! Por supuesto que no podemos hablar mal de nuestros hijos. Son pequeñas personitas en formación, muchos de sus defectos de carácter los han heredado de nosotros, y están creciendo y luchando por ser cada día mejores (batalla que muchos adultos ya hemos abandonado en nuestra propia vida). Nuestra obligación como padres es ayudarles a construir una autoestima sólida basada en sus muchas cualidades y en su capacidad de vencer sus defectos. Jamás debemos arruinar su reputación hablando mal de ellos a los demás, quedando así su autoestima destruida por las personas que más quiere y más necesita.

La clave de un matrimonio de éxito y de una familia sólida y feliz no está en poner a nuestra pareja por encima de nuestros hijos, ni a nuestros hijos por encima de nuestra pareja. Dentro de la familia no puede haber prioridades. No se trata de decidir quién es más importante. Se trata de conocer o detectar las necesidades únicas de cada miembro, y satisfacerlas con todo el amor del mundo y la energía de la que disponemos (unas veces es más, y otras es menos). En la familia cada pieza es única, maravillosa, necesaria e insustituible. Somos uno, nos amamos y nos necesitamos los unos a los otros.

Si anhelamos un matrimonio y una familia sólida y feliz, no debemos crear prioridades dentro de la familia. El único secreto es convertir a la familia en la prioridad.

Aprendiendo, Desarrollo espiritual, Educación

El poder de las etiquetas

El poder de las etiquetas

Las etiquetas psicológicas están por todas partes. Hay muchos tipos de ellas. Las más llamativas, en mi opinión, son las que nosotros mismos nos asignamos. Por ejemplo, cuando alguien nos pregunta:

– “¿Tú qué eres?”

Generalmente respondemos algo como:

– “Soy maestro.” “Soy médico.” “Soy barrendero.” “Soy contable.”

Casi nunca respondemos cosas como: “Soy un esposo enamorado, soy un amante de los animales, soy madre, soy una persona con mucho sentido del humor o soy un seguidor de Jesús que trata de hacer las cosas cada día mejor.” De todas las muchísimas cualidades que nos caracterizan, consideramos que nuestra profesión es la que más nos define, la más relevante, y por tanto, la que mostramos cuando alguien nos pregunta. Esas etiquetas falsas nos otorgan un lugar social, primero en nuestra propia mente, y después en la de los demás. De manera que, finalmente, un juez se colocará su etiqueta con más seguridad propia que un repartidor.

Pero sin duda, las etiquetas más peligrosas son las que un niño recibe en sus primeros años de vida.  Y en ésto, los padres y educadores tenemos un papel tan grande e importante, una influencia tan abrumadoramente poderosa, que hace que debamos estar constantemente conectados a la Fuente de Sabiduría para evitar cometer errores de consecuencias difíciles de medir; para evitar decir cosas que pueden herir a nuestros hijos de por vida.

“De por vida” es una expresión que puede parecer exagerada. Pero las etiquetas (especialmente las que imponen los padres) se infiltran tan profundamente en la mente y el autoconcepto del niño, que permanecerán ahí hasta que sea consciente de esas etiquetas y pueda luchar contra ellas. Y a veces, se quedan ahí para siempre.

Los seres humanos desarrollamos nuestro autoconcepto en función de las expectativas que los demás depositan en nosotros. Ésto es especialmente cierto en los niños pequeños cuando la etiqueta viene de sus padres, ya que nunca se van a cuestionar su juicio. Sus padres son las personas más importantes, las más sabias, las que más los aman y a quienes ellos más aman. Y para ellos, sus juicios son ciertos. Así que cuando son etiquetados por alguno de sus padres, comienzan a actuar de esa manera.

Las etiquetas negativas tienen el poder de rotular a la persona, definirla y limitar su potencial. Se centran en un aspecto negativo de la persona, pasando por alto todos los positivos. Lejos de mostrarle los puntos que debe mejorar, le dice “quién es”, aumentando su inseguridad y cerrando la puerta a cualquier capacidad de superarse. De esta forma, las etiquetas funcionan como una profecía autocumplida. Lo que nuestros hijos son queda escondido detrás de lo que creen que son, y nunca llegan a descubrir su verdadero potencial.

Pero, ¡es tan fácil caer en la tentación de etiquetar, especialmente cuando las conductas se repiten una y otra vez! Nuestro hijo derrama la leche como cada mañana (“qué torpe eres”).  Nos dice que no tiene tareas cuando sí las tiene (“eres un mentiroso”). Tarda en arreglarse más tiempo de lo normal (“eres un presumido”). Deja la toalla tirada en el baño (“eres un desordenado”). Y así una larga lista de situaciones en las que a veces perdemos el control. Nos ayuda recordar que nuestros hijos perdonarán pequeños deslices ocasionales. Pero hemos de hacer lo imposible porque esos adjetivos no se repitan varias veces, es decir, se conviertan en etiquetas.

Para evitarlo, debemos separar la conducta de la persona. Es decir, podemos no aprobar la conducta de nuestro hijo, y aún así, hacerle saber que lo amamos y lo consideramos infinitamente valioso. En lugar de etiquetar, podemos hablarles de qué parte de su conducta necesita mejorar, evitando usar el verbo “ser” (“es importante que cojas el vaso con más cuidado” o “debes recoger el baño después de ducharte para que el siguiente lo encuentre limpio”) y proporcionarles una alternativa a su conducta, o una ayuda para superar su dificultad. Podemos recordarle cómo tiene que sujetar el vaso para que no se caiga, dejar una nota en la puerta del baño recordándole que recoja la toalla, o aplicar consecuencias adecuadas cuando la mala conducta es intencionada. Pero no dejar que nunca duden de su potencial, de su capacidad para ser mejores y de nuestra confianza en que lo pueden lograr.

Pero, si las etiquetas negativas son tan poderosas, si tienen la capacidad de destruir la autoestima de una persona y moldear su conducta, si sus efectos dañinos pueden durar para siempre, ¿podrían las etiquetas positivas tener el mismo poder pero con el efecto contrario?

En una preciosa película llamada “Criadas y Señoras”, la niñera de una niñita pequeña que no recibe mucho cariño de sus padres, la viste y arregla cada mañana con mucho mimo mientras le dice con ternura:

“Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante.”

¿Realmente nuestras palabras de cariño y afirmación pueden dejar una huella en la mente y el corazón de nuestros hijos? ¿Pueden darles la seguridad de que son valiosos y modelar su conducta hacia el bien? Estoy convencida de que sí, de la misma manera que lo hacen las palabras negativas. Podemos decirles a nuestros hijos que son valiosos, que son capaces de lograr lo que se propongan, que son especiales, importantes y profundamente amados por nosotros y por Dios. Podemos decírselo tantas veces que esas etiquetas moldeen su carácter y su seguridad en ellos mismos.

“Eres importante para mí, para este hogar. Fuiste muy deseado y llegaste como un precioso regalo del Cielo para llenar nuestras vidas de amor y alegría.”

“Eres listo, eres capaz de conseguir lo que te propongas, con tu esfuerzo y con la ayuda de Dios, que te ama desde antes de nacer y estará a tu lado toda tu vida.”

“Eres bueno. A veces cometes errores, como todos lo hacemos. Pero tu corazón está lleno de amor y del deseo de hacer las cosas bien.”

“Tienes talento. Tienes dones preciosos que Dios te ha dado y que te harán muy feliz a ti y a los demás. Podrás usarlos para dejar una huella en el mundo, si tú quieres. No importa si aun no sabes cuáles son tus dones; poco a poco los descubrirás, porque los tienes.”

“Eres un hijo maravilloso.” “Eres trabajador.” “Eres creativo.” “Eres cariñoso.” “Eres…”

Lo más importante: “Eres un hijo de Dios”.

Solo tenemos que darnos un paseo por las páginas de nuestra Biblia para ver cuánto ama y valora Dios a nuestros hijos.

– A Mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable y Yo te amé; daré, pues, hombres por ti y naciones por tu vida. (Isaías  45: 4)

– En las palmas de Mis manos te tengo esculpida. (Isaías  49: 16)

– Con amor eterno te he amado. (Jeremías 31: 3)

– Jehová está en medio de ti, poderoso; Él salvará; se gozará sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos. (Sofonías 3: 17)

– El que te toca, toca a la niña de Mis ojos. (Zacarías 2: 8)

– Como había amado a los Suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. (Juan 13: 1)

– ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios. (Romanos 8: 35, 38, 39)

“No te quiero porque seas todas esas cosas. Te querría aunque no lo fueras. Pero es que, además, ¡lo eres!”