Tápame mis ojos (adónde acudir cuando tengo miedo)

Tapame mis ojos

Hace unas semanas me encontraba jugando con mi sobrinita Nerea, de 3 años. Jugábamos a huir de su tío. Ella iba buscando distintos sitios para esconderse y me llamaba: “Tía Tata, men aquí” (sus padres me llaman “Tata”, así que ella me llama “tía Tata”). Al cabo de un rato, y como adulta que soy, me cansé y me senté en el sofá. Ella siguió buscando un sitio en el que esconderse. Pero al verse sola, no encontró ningún lugar en el que sentirse protegida. Después de echar un vistazo alrededor, y de evaluar sus opciones, tomó una decisión que me hizo pensar. Saltó sobre el sofá en el que yo estaba, se acurrucó junto a mí, puso mis manos delante de su cara y dijo:

-“Corre, tía Tata, tápame mis ojos.”

Tenía multitud de sitios en los que esconderse: detrás del sofá, debajo de la cama, en el cuarto de lavar, detrás de la cortina… pero ninguno de esos sitios le parecía seguro si tenía que esconderse sola. Prefirió buscar mi protección, cerrar los ojos para no ver “el peligro”, y descansar tranquila, sabiendo que yo no dejaría que su tío “la atrapase”.

Ésto me hizo pensar: “¿Dónde me refugio yo cuando tengo miedo, cuando estoy en peligro, cuando sufro,  cuando la magnitud de las decisiones a tomar supera mi capacidad para tomarlas?” Dios nos hace una propuesta para momentos como esos:

-“ Venid a Mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y Yo os haré descansar.” (Mt 11:28)

– “Tened ánimo, Yo soy, no temáis.” (Mt 14: 27)

– “La paz os dejo, Mi paz os doy; Yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo.” (Jn 14: 27)

– “Echad toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros.” (1 Ped 5: 7)

– “Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en Él confiaré: mi escudo y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio.” (Sal 18:2)

– “Él me esconderá en Su tabernáculo en el día del mal; me ocultará en lo reservado de Su morada.” (Sal 27: 5)

Y así una larga lista de textos en los que Dios quiere transmitirnos un sencillo mensaje: “Hijo, las pruebas que estás pasando son duras. Y eres libre de pelear solo, si es lo que quieres. Pero si quieres, podemos pelear juntos. Lo único que tienes que hacer es refugiarte en Mí. Las pruebas no desaparecerán, pero serán menos dolorosas si te acurrucas a mi lado y me dejas que te tape los ojos. Así podrás verlas a través de los Míos. Y juntos podremos vencerlas.”

Y recordando esta experiencia, pensé: “¿Dónde se esconden nuestros hijos cuando tienen miedo, cuando son rechazados, cuando su corazón se rompe? ¿Cuál es el refugio de nuestros hijos? ¿Son sus amigos, su música, el deporte, sus videojuegos, su ordenador, la puerta cerrada de su habitación? ¿O es su hogar?”

Ojalá nuestro hogar sea un lugar al que nuestros hijos puedan acudir cuando sientan temor, ansiedad o soledad; en el que reinen la ternura, las risas y el amor; en el que encuentren el apoyo necesario para aprender a confiar de Dios; en el que, cuando se les pregunte por el lugar más especial en el que hayan estado, puedan responder:

  • “Mi casa”.
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Tips de auto-protección para niños

Tips de autoproteccion

Aunque vivimos en un mundo maravilloso, también está lleno de peligros. Y los niños son especialmente vulnerables a algunos de ellos. Principalmente al ataque o agresión de desconocidos y también, tristemente, conocidos. Por eso, no nos queda más remedio que enseñarles a protegerse. Es nuestra responsabilidad hacerlo, pero debemos tener cuidado de hacerlo de forma que se sientan fuertes y capaces, pero nunca asustados y con miedo al mundo.

La web AnxiousToddlers.com nos da algunos consejos sobre acciones sencillas que los niños pueden realizar para autoprotegerse cuando estén en peligro o se sientan inseguros:

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Si convertimos el aprendizaje en un juego, será mucho más fácil.

Ojalá nunca necesitamos poner en práctica estos aprendizajes. Pero si llegase el momento, es mejor estar preparados.

 

 

¿Viven los niños homeschoolers en una burbuja?

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Esa es posiblemente la principal crítica que reciben las familias homeschoolers. Que los niños crecen en una burbuja, en una especie de “realidad paralela” que no tiene parecido con el mundo real.

¿Será cierto eso?

Para poder responder a esta pregunta necesitamos analizar cómo es la infancia de un niño homeschooler:

Los niños que aprenden en familia generalmente pasan sus primeros años sin seguir horarios fijos ni una rutina establecida ni estricta. Sus ritmos biológicos marcan a qué hora se levantan y a qué hora se acuestan. Y dedican la mayor parte del día a jugar.

No tienen estrés, prisas ni plazos de entrega.

Aprenden a su propio ritmo, y dedican la mayor parte de sus esfuerzos y de su tiempo a investigar y aprender sobre las cosas que más les gustan.

No realizan exámenes ni pruebas estandarizadas. No miden sus progresos ni su aprendizaje a través de un número. No comparan su trabajo ni su rendimiento con el trabajo y el rendimiento de los demás, y nadie se compara con ellos. No son penalizados por los errores que cometen, y tienen infinitas posibilidades para intentar algo hasta que consiguen hacerlo bien.

Los estudios no son el centro de su vida ni de su tiempo. Son una parte más, junto con la colaboración en las tareas de la casa, la ayuda a los demás, y el juego, toneladas de tiempo para jugar.

Están rodeados de amistades positivas. No sufren discriminación ni son rechazados por realizar su trabajo peor que los demás o mejor que los demás. Suelen tener un adulto cerca al que recurrir como mediador cuando no pueden resolver sus conflictos. No tienen la menor idea de lo que es el bullying.

Disponen de mucho tiempo libre, a veces hasta el aburrimiento. Aburrimiento que muchas veces termina generando una genialidad. Otras veces, alguna que otra trastada.

Pasan en familia cantidades ingentes de tiempo, creando lazos que durarán toda la vida. El entorno en el que son amados incondicionalmente y el entorno en el que aprenden se fusionan en uno solo, de manera que crecen sabiéndose amados a pesar de su conducta o de su rendimiento.

 

Así que, después de analizar lo anterior, no me queda más remedio que admitir que sí; los niños homeschoolers efectivamente pasan su infancia en una burbuja.

Pero la pregunta realmente importante es: ¿es malo que los niños pasen su infancia en una burbuja? ¿Les perjudica o les dificulta su adaptación al “mundo real” en su vida adulta?

O tal vez… tal vez sea todo lo contrario.

Porque, ¿cómo les afecta el hecho de pasar su infancia en una burbuja?

Para empezar, el que durante sus primeros años de vida sus ritmos biológicos sean respetados y no sufran ningún tipo de estrés ni ansiedad fortalece su sistema nervioso y su sistema inmunológico hasta niveles que aun se están estudiando. El cortisol (la hormona del estrés), necesaria en dosis bajas pero destructora del sistema nervioso en dosis altas, no debería aparecer en la vida del niño hasta que su sistema nervioso esté lo bastante desarrollado y fortalecido para hacerle frente. Por lo tanto, un niño que no ha sufrido subidas de cortisol durante su infancia tendrá más posibilidades de convertirse en un adulto más estable y fuerte psicológica y emocionalmente.

El no estar sometidos a exámenes ni pruebas estandarizadas, el no asociar su valor a un número, el no ser comparados con otros niños… hace que su autoestima crezca fuerte y saludable en unos años que son vitales para ello. No asocian su autoconcepto a su rendimiento escolar. Cuidar y proteger la autoestima de nuestros hijos es una de nuestras principales responsabilidades, ya que, lo que lograrán en la vida no depende de lo que aprendan en el colegio, sino de lo que se crean capaces de conseguir.

No tienen miedo a equivocarse, porque nunca se les ha penalizado por ello. Saben que equivocarse forma parte del aprendizaje, y no les frustra tratar de hacer algo una y otra vez hasta dominarlo. Por la misma razón, que otra persona se equivoque no es motivo de burla o desprecio.

La falta de competitividad hace que no sientan la necesidad de ser mejores que los demás, sino que buscan ser la mejor versión de sí mismos. Aprenden a sentir satisfacción por el trabajo bien hecho. El éxito ajeno no es una amenaza para ellos, por lo que desarrollan una mayor capacidad de empatía, de solidaridad y de ayuda a los demás.

Tienen el tiempo y la ocasión para estar en profundo contacto consigo mismos, para conocerse y descubrir qué les gusta y se les da bien: sus dones. Y para desarrollarlos. De esta manera, en muchas ocasiones desarrollan vocaciones tempranas, saben muy bien lo que quieren y aprenden a luchar por ello. Su aprendizaje está cargado de emoción, que es el pilar básico del mismo (como la neurociencia está demostrando en estos tiempos).

Al haber crecido en ambientes muy diversos, rodeados de personas distintas y con obligaciones muy variadas, desarrollan un gran sentido de la responsabilidad.

La enorme cantidad de tiempo del que disponen para jugar y para aburrirse los hace enormemente creativos.

Sus relaciones sociales son saludables. La discriminación o el rechazo no forman parte de sus opciones; ni para ejercerlos, ni para sufrirlos. No contemplan la posibilidad de ser crueles con los demás, porque no han crecido en un entorno en el que eso ocurra, en el que el abusador sea el líder del grupo. Y tampoco están dispuestos a dejarse someter, porque su autoestima saludable no se lo permite. En su edad adulta muy probablemente se rodearán de sanas compañías y se levantarán en defensa del débil.

Aunque es básico que los niños tengan la ocasión y la oportunidad de resolver sus conflictos sin necesidad de que medien los adultos, es algo muy positivo que casi siempre haya uno cerca observando lo que sucede. Especialmente en la etapa de infantil y primaria, pretender que los niños están capacitados para resolver sus conflictos es una utopía. No disponen de todas las herramientas sociales ni psicológicas que necesitan. Aún están desarrollándolas (¡son niños!). Por eso es básico que un adulto esté presente en todo momento para impedir que un niño sufra, no solo un daño físico (que es cuando los adultos solemos intervenir), sino también, y lo que es más importante, un daño emocional o un ataque a su autoestima que puede dejarle secuelas de por vida. Los niños pequeños se están formando una idea de quiénes son y cuál es su valía a través de su interacción con el medio y las personas que les rodean, y como dijimos anteriormente, su autoestima es uno de sus bienes más preciados, y debe ser protegida a toda costa.

Los fuertes lazos creados con su familia son un escudo durante la adolescencia. Podrán pasar sus crisis, como cualquier adolescente. Pero no se sentirán aislados ni incomprendidos. Tendrán el recuerdo de ese dulce refugio al que pueden acudir siempre que lo deseen.  Porque habrán experimentado aceptación y amor incondicional cada minuto de cada día durante su infancia.

Y ese recuerdo les durará toda la vida.

 

El homeschooling no es garantía de que los niños se convertirán en adultos sanos, emocionalmente estables, con autoestima saludable, responsables, trabajadores, respetuosos y solidarios. Pero sin duda les estaremos proporcionando muchas más herramientas para que lo consigan.

Y no, no nos preocupemos, no es una burbuja hermética. A pesar de ella, los niños conocen el “mundo real”. Tienen primos, amigos, salen a la calle, se relacionan con todo tipo de gente, ven a sus padres salir a trabajar, participan en competiciones deportivas (donde a veces ganan y a veces pierden), miran la televisión… Aprenderán que existen los exámenes de acceso a la universidad, las notas de corte, las entrevistas de trabajo, los plazos de entrega, los despertadores… Y cuando llegue el momento de enfrentarse a todo ello, estarán preparados.

Así que, podemos decir con orgullo que nuestros hijos están creciendo en una burbuja. Una bendita burbuja que desearía que todos los niños del mundo pudieran experimentar.

Bienvenida, princesa

Llevo un tiempo desaparecida por algunos problemas personales. Pero voy a tratar de seguir escribiendo, porque hay que seguir andando a pesar de los problemas. Y además, ¡ésto me da vida!

De momento os dejo algo que escribí cuando nació mi princesa, hace ya 22 meses!!

Bebé durmiendo

Cuando una nueva vida es puesta en nuestras manos, nos llena un sentimiento de felicidad inmensa. Miramos a esa personita tan pequeña, tan indefensa, tan preciosa, y no podemos dejar de dar gracias a Dios por la bendición que representa. La imaginamos crecer, soñamos con las cosas que haremos juntos…

Pero entonces nos miramos a nosotros mismos, y al mundo que nos rodea, y el miedo se instala y se acomoda en nuestro corazón junto a la felicidad. Empezamos a hacernos preguntas. ¿Lo haré bien? ¿Sabré interpretar sus necesidades y satisfacerlas? ¿Sabré mantenerla sana? ¿Podré protegerla de los peligros de este mundo revuelto al que ha venido a parar? ¿Seré un buen ejemplo para ella? ¿Sabré guiarla hasta Dios? ¿Compartiremos una eternidad juntas? ¿Estaré a la altura? ¿A su altura?

Nos sentimos increíblemente pequeños e impotentes ante la magnitud de la responsabilidad que duerme en nuestros brazos. Y pensamos: “No voy a poder”.

En ese momento escuchamos una voz que dice: “No, solo no puedes. El trabajo es demasiado grande y demasiado importante. Pero juntos sí podemos”.

Es verdad, Señor. Si hay un momento en la vida en el que Tú has asegurado que, si queremos, trabajarás con nosotros, es en el cuidado y la educación de nuestros hijos. Porque no son nuestros; son Tuyos. Y por increíble que parezca, Tú los amas incluso más que nosotros.

Y ante ese pensamiento, el miedo empieza a desvanecerse, y comienza a ocupar su lugar un sentimiento de agradecimiento a Dios por Su compañía, especialmente a partir de ese momento.

La responsabilidad sigue siendo abrumadora, pero de la mano de Dios empezamos una aventura que disfrutaremos a cada paso. ¿Nuestro trabajo? Amar a nuestros niños como la obra de Dios que son. Y sobre todo, orar. Orar sin cesar, para que el propósito de Dios se cumpla en sus vidas, y para que seamos un buen conducto hacia él.

Comparto con vosotros una oración que leí, y que quiero hacer mía cada mañana:

“Señor:
Ayúdame a comprender a mis hijos, a escuchar pacientemente lo que tengan que decir, a contestar con cariño todas sus preguntas.
Hazme tan amable con ellos, como quisiera que lo fueran conmigo. No me permitas interrumpirlos, hablándoles de mal modo, sino enseñándoles con amor.
Dame el valor de confesar mis faltas a mis hijos, no permitas que me burle de sus errores, ni que los humille o avergüence delante de sus amigos o hermanos como castigo.
No permitas que induzca a mis hijos a hacer cosas indebidas por seguir mi mal ejemplo.
Te pido que me guíes todos las horas del día, para que pueda demostrarles, por todo lo que diga y haga, que la honestidad es fuente de felicidad.
Reduce el egoísmo que hay dentro de mí, te lo ruego. Haz que cese mis críticas de las faltas ajenas y que cuando la ira trate de dominarme, me ayudes, Oh Señor, a contener mi lengua.
Haz que tenga siempre a flor de labios una palabra de estímulo.
Ayúdame a tratar a mis hijos como los niños que son, y no me permitas que les exija el criterio y normas de vida de los adultos.
No permitas que les robe las oportunidades de actuar por sí mismos con responsabilidad, de pensar, escoger y tomar sus decisiones de acuerdo a su edad.

Evita que alguna vez los castigue para demostrar mi autoridad.
Prohíbeme, Señor, que los agreda física o verbalmente con el pretexto de corregirlos. Por el contrario, que siempre tenga para ellos tiempo, abrazos, amor y besos.
Permíteme el poder satisfacer sus deseos justos, pero dame valor siempre de negarles un privilegio que sé que les causará daño.
Hazme tan justo, tan considerado y amigo de mis hijos, que me sigan por amor y no por temor.

¡Señor, yo quiero ser como Tú, para que valga la pena que mi hijo sea como yo!

Amén”

Bienvenida, princesa. Ya no tengo miedo.