Milagros, ¿por qué unas personas los reciben y otras no?

Milagros

Hace unos días, una persona muy querida por mí reflexionaba sobre cómo a veces, con la mejor intención, compartimos situaciones en las que alguien ha vivido un milagro, y personas que no lo han vivido y lo anhelan, se sienten tristes, frustradas, e incluso dudan de su fe.

Yo, personalmente, nunca he vivido un milagro, tal como lo entendemos. Nunca he experimentado un acontecimiento sobrenatural que resolviese una situación que escapaba a mi control. Y os aseguro que ha habido momentos en los que lo he necesitado, y he orado por ello. Pero no llegó. Sí he podido sentir Su cariño, Su abrazo, Su ánimo, Su ayuda, Su dirección. Pero no el milagro.

Aun así, he escuchado historias de personas que sí han experimentado vivencias así. Y las creo. Porque sé que Dios tiene la capacidad y el deseo de hacerlo.

Pero esos milagros suceden hoy en día en muy raras ocasiones. Mientras unas pocas personas son milagrosamente sanadas de su enfermedad, la gran mayoría tiene que luchar duras batallas para vencerlas, y no siempre lo consiguen. Mientras unas pocas personas reciben soluciones milagrosas para sus problemas económicos, la mayoría tiene que luchar, hacer cuentas, apretarse el cinturón, pedir prestado. En ocasiones, perder su coche, su casa, pasar hambre…

No puedo dejar de preguntarme, ¿por qué sucede de esta manera? ¿Tiene Dios favoritos? ¿Es porque esas personas no tienen fe?

Pensando en esto, me vienen a la mente 2 personas a las que admiro mucho:

Una de ellas es Bethany Hamilton. Ella era una prometedora surfista que empezaba a triunfar en el mundo del surf profesional. Cuando tenía 13 años, un tiburón le atacó y le arrancó el brazo. De camino al hospital perdió tanta sangre que los médicos no comprendían cómo continuaba con vida. Dijeron que Bethany era un “milagro vivo”. Pero, si Dios quería hacer un milagro en la vida de Bethany, ¿no podía haber evitado que le atacase el tiburón? ¿O al menos haber permitido que conservase el brazo? ¡Vaya birria de milagro!

La otra persona es Nick Vujicic. Nick nació sin brazos ni piernas. Siendo aun un niño, lloraba y oraba para que Dios le diese brazos y piernas. Él cuenta cómo oraba con fe, convencido de que Dios lo haría, respondería su oración. Pero los brazos y las piernas nunca aparecieron. Su milagro nunca llegó.

Hoy en día, Bethany y Nick tienen ministerios con los que ayudan a otras personas a superar sus dificultades y a encontrar a Dios a través de ellas. Cuando les preguntan si les gustaría que su vida y sus circunstancias hubiesen sido diferentes, los dos responden lo mismo:

-“No, porque esto me ha permitido alcanzar a muchas más personas de las que hubiese alcanzado si esto no me hubiese sucedido.”

No tengo la respuesta a la pregunta inicial. No sé por qué tantas veces oramos con fe, y los milagros que necesitamos (o creemos necesitar), no llegan. Lo que sí sé es que a veces olvido que la prioridad de Dios no es que estemos cómodos, ni sanos, ni que seamos felices. Su gran y única prioridad es que seamos salvos. Y con ese objetivo en mente tomará todas Sus decisiones.

Si tiene que utilizar mi sufrimiento para llegar a mi corazón, lo hará. Y si tiene que utilizar mi sufrimiento para llegar al corazón de otras personas, también lo hará. Y no hay un privilegio más grande.

Cuando Jesús dijo, poco antes de morir, “en el mundo tendréis aflicción”, nos lo dijo a nosotros. No se lo dijo a los incrédulos. Hablaba con nosotros, los creyentes de todas las épocas, los que en teoría tenemos fe. Él sabía que, a pesar de nuestra fe, caeríamos enfermos, entraríamos en bancarrota y enterraríamos seres queridos.

No se trata de cuánta fe tenemos, sino de qué tipo. Se trata de que nuestra fe no se aferre a la capacidad de Dios para solucionar nuestro problema, sino a Su amor. Que seamos capaces de ver nuestras circunstancias a través de Sus ojos. De recordar en cada momento que Dios puede y quiere chasquear los dedos y solucionar nuestra situación. Pero que si no lo hace, es porque hay un plan mucho más grande y profundo que nuestra comodidad temporal en esta Tierra. Y que algún día entenderemos.

Y mientras tanto, ¿qué? ¿Qué hacemos con nuestro sufrimiento?

Joni Eareckson Tada cuenta una experiencia preciosa que nos puede servir de ejemplo. Ella quedó tetrapléjica a los 19 años tras realizar un mal salto a una piscina. Desde entonces se dedica, entre otras cosas, a llevar muletas y sillas de ruedas a África, donde no disponen de esos “lujos”. En una ocasión, viajó a África para entregar un cargamento de sillas de ruedas. Cuando llegaron, se había reunido una multitud. Había muchas más personas que sillas de ruedas. Así que, con gran dolor, la única solución que se les ocurrió fue sortearlas. Una a una fueron entregando las sillas a los afortunados, entre los aplausos de todos los asistentes, hasta que se agotaron. Cuando terminaron, los que no habían recibido sillas felicitaron a los que sí lo habían conseguido, y se marcharon a casa.

¿Qué hacemos mientras tanto? ¿Mientras llega el día en el que entenderemos por qué unos sí y otros no? Pues regocijarnos en las manifestaciones de Su amor y cuidado que se expresan en forma de milagros en la vida de otras personas; alegrarnos con ellos. Y utilizar nuestro dolor para alcanzar otros corazones sufrientes como el nuestro.  Nuestro propio sufrimiento nos da empatía con el sufrimiento ajeno. Podemos identificarnos con el llanto de los demás, porque nosotros mismos hemos llorado. Y llevarlos a la fuente de Consuelo más profundo.

“Él nos consuela en todas nuestras dificultades para que nosotros podamos consolar a otros. Cuando otros pasen por dificultades, podremos ofrecerles el mismo consuelo que Dios nos ha dado a nosotros.” (2 Corintios 1:4)

Al fin y al cabo, eso es lo que hizo Jesús.

Advertisements

3 cosas que aprendí en 10 estresantes segundos

3 cosas que aprendí

Hace algunas semanas vivimos una experiencia de aquellas que prefieres no vivir, pero que no puedes escoger, llegan sin avisar, y gracias a Dios, traen de la mano grandes lecciones que son, como siempre, grandes bendiciones.

Quiero compartirla con vosotros porque trajo a mi memoria verdades preciosas que solemos tener medio olvidadas, y que deseo que os sean de tanta bendición como lo fueron para mí.

Antes de comenzar os diré que todo salió bien, porque no es mi intención con esta historia haceros pasar un mal rato, sino todo lo contrario. Y ahora, os cuento. Circulábamos por la autopista mi marido, mi hija pequeña de 2 añitos, y yo. Yo conducía, mi marido hablaba por teléfono a mi lado, y nuestra pequeña dormía plácidamente en su sillita. Había bastante tráfico, así que me cambié al carril central para adelantar, pero como ese carril también circulaba lento, me dispuse a cambiar al carril izquierdo de máxima velocidad. Puse el intermitente y esperé a que pasara el coche que venía detrás por ese mismo carril. Cuando pasó, me cambié al carril de la izquierda. Pero en ese momento y sin ningún tipo de aviso ni intermitente, el coche que había estado delante de mí en el carril central se cambió también al izquierdo, obligándome a frenar. Yo estaba en proceso de enfadarme con él cuando vimos que no se detenía ahí, sino que continuaba desplazándose hacia la izquierda hasta terminar en la mediana de la autopista que divide los dos sentidos. Circuló a nuestro lado por la mediana bastantes metros, dando saltos y llevándose por delante todas las plantas de separación. Yo me aparté como pude, tratando de evitar que chocase con nosotros y de evitar también chocar con los otros muchos coches que circulaban por la autopista a esa hora. Cuando encontré un sitio seguro en el arcén, paré, y bajamos a ver qué había pasado. Mi marido llamó a emergencias y caminó hacia donde estaba el coche, mientras yo me quedaba con mi hija, que inexplicablemente seguía dormida.

En el coche viajaba un matrimonio francés con su hija de 15 años. El marido sufría del corazón y había sido operado varias veces. Acababa de sufrir un micro-infarto y un desvanecimiento, y por eso perdió el control del coche. Ya os he adelantado que todos estaban bien. Pero os voy a contar algunas cosas que sucedieron y que me hicieron reflexionar cuando se me pasó el agotamiento tras la subida de adrenalina. Uf!

Esto es lo que aprendí en esos 10 estresantes segundos:

  1. Aprendí que la vida es inmensamente frágil. “Somos como hierba que hoy crece y mañana es cortada y echada al fuego” (Mateo 6: 30). La vida que vivimos es impredecible. En cualquier momento, nosotros o alguno de nuestros seres amados podemos no estar más. Esta frase la hemos escuchado tantas veces, que ya casi no significa nada para nosotros. Pero no por ello deja de ser cierta. Si hubiéramos salido de casa 3 segundos antes, el coche hubiera chocado con nosotros. Si en la mediana, en lugar de haber plantas, hubiera habido un muro, el coche hubiera chocado con nosotros. Ahora estamos, y en un segundo podemos no estar más. Por eso, no dejemos para dentro de un rato los mimos, besos y cariños que podemos dar ahora, cuando estamos juntos. Ahora es el momento de hacer todo lo que haríamos si supiéramos que es nuestro último día aquí en la Tierra. O el suyo. Ahora es el momento de dejar los platos en el fregadero y salir a jugar. De saltar en los charcos, hacer galletas y pintar con los dedos. De hacer ese curso que siempre quisimos. De leer ese libro y hacer ese viaje. De acariciar un perro y alimentar un caballo. De llamar a nuestros hermanos y achuchar a nuestros padres. De ponernos ese vestido o ese traje “especial” y salir a cenar con el amor de nuestra vida, porque sí, sin celebrar nada. De volvernos a enamorar una y otra vez de la misma persona. Ahora es el momento, porque mañana, tal vez no llegue
  2. También experimenté que vivimos en una sociedad cada vez más fría, más individual, más egoísta e indiferente. Fue tremendamente decepcionante comprobar cómo nadie, absolutamente nadie más, paró para ayudar, a pesar de que unos 10 coches presenciaron el accidente. Pero fue aun más triste descubrir un tiempo después que tampoco nadie siquiera llamó a emergencias, tal como nos informó la Guardia Civil. Pasaron decenas de coches junto al coche accidentado en medio de la autovía, y nadie decidió invertir 2 minutos en hacer una llamada que podría salvar vidas, a pesar de no tener ni siquiera que interrumpir su camino. La gente, sencillamente, vive, camina, cumple con su rutina, sin siquiera echar un vistazo alrededor buscando alguien a quien poder ayudar. Ni siquiera aprovechan las oportunidades cuando se les presentan delante. No quiero caer en esa rueda. No quiero que mi corazón se vuelva insensible ante los problemas de los demás. Y deseo con todo mi corazón que mis hijas desarrollen una gran sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno. Anhelo ser capaz de inspirar en ellas pasión por ayudar. Que su corazón sufra con el sufrimiento de los demás, y vibre ante la oportunidad de ayudarlos. Que el deseo de cambiar la vida de los demás sea el pensamiento que motive e impulse a nuestra familia.
  3. Por último, volví a experimentar la seguridad de que, en las manos de Dios, todos somos instrumentos útiles, no importa el momento, el lugar, ni las circunstancias. Están siendo tiempos difíciles para nuestra familia. Pero sentir que Dios te utiliza, a pesar de que no contabas con ello cuando te levantaste por la mañana, es una experiencia indescriptible. La familia accidentada estaba atrapada sin poder salir del coche por el inmenso tráfico que había, y además, sin saldo en el móvil para poder pedir ayuda (era un móvil extranjero). Pero cuando por fin pudieron salir, nos dimos cuenta de que tan solo hablaban francés; ni una palabra de español. Y “casualmente” el único hombre que paró para ayudar, mi marido, habla perfectamente francés, algo poco habitual en España. Cuando la mujer se dio cuenta, empezó a llorar desconsolada, descargando toda su tensión. Mi marido permaneció con ellos durante cerca de 2 horas, tranquilizándoles, haciendo de intérprete entre ellos y los sanitarios y la Guardia Civil, ayudándoles con el papeleo… Su agradecimiento era inmenso. Pero no se dieron cuenta de que éramos nosotros los que estábamos agradecidos, por poder sentir una vez más que somos útiles para Dios, aun cuando las fuerzas fallan. “Siervos inútiles somos, porque sólo hicimos lo que debíamos hacer” (Lucas 17: 10), ¡y qué privilegio!

Una última reflexión. En los dos años y medio de vida que tiene mi hija pequeña, he podido presenciar cómo la mano poderosa de Dios la protegía de un grave accidente, incluso la muerte, al menos en 3 ocasiones. Y no puedo estar más agradecida. Pero esto no tiene por qué ser siempre así. Tal vez, es posible que llegue un día en el que, por razones que no lleguemos a comprender, el Señor decida no actuar poderosamente para protegernos. Oro cada día porque ese momento no llegue. Pero si llega, si la vida nos golpea, necesito haber desarrollado una fe firme, fuerte, que no se tambalee ante el dolor, ante las cosas que no puedo comprender. Necesito confiar a ciegas en mi Dios, Aquel que no rechazó el sufrimiento en Su propia vida. Recordar que “a aquellos que Le aman, todo lo que les sucede es para su bien” (Romanos 8: 28), aunque no podamos comprender. Recordar que esta vida es un suspiro, un momento, y que pronto estaremos viviendo la Vida Verdadera en el lugar al que pertenecemos y del que nunca debimos salir. Y que en aquel día, en los brazos del mayor Amor del mundo, “no le preguntaremos nada” (Juan 16: 23), porque todo tendrá sentido.